«Estamos siempre solos»: poemas de Leopoldo Panero Torbado

Santa María del Mar

Sobre el mar el cementerio;
la espuma junto al ciprés;
sobre las cruces gaviotas,
y en las alas rosicler;

entre las tumbas del valle
sueña y descansa al nivel
del agua que entre los pinos
se siente resplandecer;

sobre las olas las nubes;
sobre la cumbre mis pies;
y al fin la espuma infinita
abierta como un vergel.

Como un surco de alegría
entre el milagro y la fe,
la soledad nos acerca
a la plenitud del ser;

el tránsito de las nubes
abre la lenta azulez
del cielo como la espuma
que no acaba de romper;

todo está quieto en el alma
cual un rebaño al pacer;
la luz descansa en la orilla
y el heno verde en la mies;

y el mar se cubre de niebla
entre los ojos del buey,
que roza apenas la hierba
y bebe el agua sin sed;

todo está quieto en el valle
y entre las cruces se ve
trémulamente desnuda
una estrella aparecer;

el eco del mar ensancha
la soledad; y a través
de los maizales la brisa
se rompe como un papel.

¡Desde esta cima, estas alas,
y esta dulce ingravidez,
los tréboles y la espuma
me quieren alzar, mecer;

dejarme desnuda el alma
vibrante de carne fiel;
dejarme muerto en las olas
como un grumete doncel…!

¡Que me entierren cuando muera
en esta cumbre y de pie!
¡Que me cubran con la espuma
de las flores al nacer!

¡Que la música del agua
y el son del viento a la vez
me tengan presa la vida
como un pájaro en la red!

¡Que me olviden, que me dejen,
que no me vengan a ver!
¡Sobre el mar el cementerio;
la espuma junto al ciprés;

los ángeles de la mano
como la nieve al caer,
vendrán a velar, velarme,
velarte siempre, Avilés!

La palabra hace el pan

Mojada por la lengua y por el beso,
la palabra del hombre que me digo,
da semilla a la vida, y más que el trigo
hace el pan, la blancura de su peso.

Medida por la tierra y por el hueso,
la palabra es palabra que da abrigo,
que guarece en invierno al que es amigo
y al que enemigo es: palabra, es eso.

Confiadamente sale de la boca
y se pone a correr su alada suerte
y su aventura de semilla viva,

de corazón en corazón va loca,
aprendiendo a morir en cada muerte,
y en miel de libertad a estar cautiva.

Copla de la palabra lenta

Mi corazón no está muerto,
sino cantando,
lejos,
a la santa sombra
de un encinar, en los campos.
No muerto,
sino luchando
diariamente con la vida,
desnuda, hermano.
Lejos,
despacio,
jornalero de la muerte
-¡tan niño, aprendiz de anciano!-,
desde la tierra que piso
viene la copla a mis labios:
…¡ni calla el que está en silencio
ni es toda palabra canto!

Escrito a cada instante
A Pedro Laín Entralgo

Para inventar a Dios, nuestra palabra
busca, dentro del pecho,
su propia semejanza y no la encuentra,
como las olas de la mar tranquila,
una tras otra, iguales,
quieren la exactitud de lo infinito
medir, al par que cantan…
Y Su nombre sin letras,
escrito a cada instante por la espuma,
se borra a cada instante
mecido por la música del agua;
y un eco queda sólo en las orillas.
¿Qué número infinito
nos cuenta el corazón?
Cada latido,
otra vez es más dulce, y otra y otra;
otra vez ciegamente desde dentro
va a pronunciar Su nombre.
Y otra vez se ensombrece el pensamiento,
y la voz no le encuentra.
Dentro del pecho está.
Tus hijos somos,
aunque jamás sepamos
decirte la palabra exacta y Tuya,
que repite en el alma el dulce y fijo
girar de las estrellas.

A mis hermanas

Estamos siempre solos. Cae el viento
entre los encinares y la vega.
A nuestro corazón el ruido llega
del campo silencioso y polvoriento.

Alguien cuenta, sin voz, el viejo cuento
de nuestra infancia, y nuestra sombra juega
trágicamente a la gallina ciega;
y una mano nos coge el pensamiento.

Ángel, Ricardo, Juan, abuelo, abuela,
nos tocan levemente, y sin palabras
nos hablan, nos tropiezan, les tocamos.

¡Estamos siempre solos, siempre en vela,
esperando, Señor, a que nos abras
los ojos para ver, mientras jugamos!

«Se te ve sonreír donde el tiempo no estaba»: un poema de Leopoldo Panero a su hijo Leopoldo María

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Introducción a la ignorancia
Nana para Leopoldo María

Se te ve sonreír para nosotros,
como a la hierba en lo solo de un valle.
Se te ve sonreír para el silencio,
para el azul vivificante de la nieve,
para la luz descalza que hay en lo íntimo del agua,
para la libertad con sabor a ella misma,
para el rocío desprendido del bosque y para la piel de ignorancia del mundo.

Se te ve sonreír donde no estaba nadie,
más que el balido de la flor,
más que el son de la gota,
más que el hilo perdido de la araña,
más que el baile de la hierba y el cielo.

Se te ve sonreír y titilar desde lo último que tienes:
desde el amago de tus manos y el clavel de tus cuerdas vocales;
desde los tallos con aroma de un azul imprevisto;
desde el frescor sin trabajo de lo verde;
desdes tus huesos que se sueltan del orbe.

Se te ve sonreír para todos, desde mi corazón hacia el tuyo;
desde tu rizo columpiado sin fuerza;
desde tus labios intermedios entre la esperanza y el tiempo;
desde tus ojos donde el tiempo no estaba.

Se te ve sonreír donde el tiempo no estaba,
como a la hierba en lo solo de un valle.

Nadie estaba entre las blandas laderas.
Nadie estaba en la delicia del mar vivo.
Nadie estaba en el beso de las hojas.
Nadie estaba en el vaivén del silencio.
Nadie estaba en lo vago de las cimas.

Nadie estaba,
y llegamos de repente,
sorprendiendo a las cosas en su origen,
avisando a los peces,
asustando a los álamos,
poniendo en fuga la materia del día,
igual que el alpinista cuando asciende perdiendo peso hacia la altura.

Nadie estaba: ¿Para quién todo aquello?
¿Para quién el dulce terror que en gozo puro se convierte?
¿Para quién lo concreto de la piedra y lo absoluto de la estrella que nace?
¿Para quién el rumor inasible y el inmenso depósito de vida,
de todo aquello? ¿Para quién todo aquello
desde la cumbre hollada y solitaria,
desde el tiempo sin límite,
desde el terreno de la nieve sin nadie?

Para ti,
Leopoldo María.
Para ti, pobre Niágara de besos.
Para ti, turquesa niña de tu madre.
Para ti todo aquello, y desde el dulce
latir de todo aquello,
se te ve sonreír,
para nosotros,
niños,
los más niños,
eternos creadores de ignorancia.

Para ti todo aquello, todo el aire,
toda la luz en pliegues infinitos,
todo el cansancio de exrusión y de tiempo,
toda la soledad y todo aquello,
como tibio dolor entre plumas,
aun entre vagas plumas,
niño nuestro,
niño que estás aquí, que todavía
no estás aquí,
que vas,
que vienes,
desde dentro y el centro
de nosotros.

Para ti,
Leopoldo María,
diáfano en tu mudez,
despertado hacia el tiempo por nosotros,
intensamente alegre sin saberlo,
intensamente solo sin saberlo,
revelador de un Dios único,
sustancia de una muerte única,
presencia y puro vaso de agua
de un origen profético,
y tuyo,
y que lo tienes tuyo
en dulce titilar,
en ganancia de sombra,
en único tesoro de días.

Para ti todo aquello sin sílabas.
Para ti todo aquello que es nuestro sin saberlo de fijo.
Para ti desde ahora,
tacto de ciego acompañante
que nos alquila en la feria del mundo.

Para ti la verdad en la miseria y los pies que se cumplen andando.
Para ti las infinitas naranjas que al rodar sonríen.
Para ti la tiniebla que es la hierba del cielo.
Para ti la palidez de un momento que parece la vida.
Para ti la bondad de todo aquello;
y más que quiero darte;
y el suelo que a tus plantas yo daría,
y el mar que si pudiera,
la luz que si pudiera,
para ti,
Leopoldo María.

Se te ve sonriéndonos dormido,
necesitado de calor en la sombra,
necesitado de prodigio en el tiempo,
necesitado humanamente en nosotros.

Voluntad aun sin peso en las manos
-como la hierba por lo solo de un valle-,
se te ve con el brillo repentino del agua,
se te ve,
sitio intacto,
con luz de pocos meses, con límite en espera,
con existencia liberándose, con ternura voluble de hoja,
con el alma que transpira, noche y día,
peligro y confianza de su sino,
ignorancia suprema entre unos brazos.

Se te ve sonriendo con la música,
llevado, cuerpo iluso, por ella,
mecido en su figura de aire,
dormido por su silbo,
deletrado con el dedo en los labios,
movible en su palabra, nevado por sus alas,
suspenso por su seda en el viento.

Se te ve,
y tú nos cantas,
tú a nosotros nos cantas,
no nosotros a ti,
cada noche, para la experiencia en suspenso de la noche,
como en un nuevo suelo cada noche,
como en fresca memoria cada noche,
como en un valle serio cada noche,
como en una sonrisa repartida,
al disolverse en niño nuestro sueño.

de Escrito a cada instante (1949), Leopoldo Panero Torbado