«Todo el lógico andamiaje, la ilusoria permanencia de lo que tenemos, desplomándose con estrépito…»: Leopoldo Panero en la poesía de sus hijos

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XVIII

Y aquella tarde que fui al ballet ruso. Mi padre me llevaba de la mano. Su risa se parecía a la muerte. ¿O era él quien se parecía a la muerte? Las cenizas de la marihuana son blancas.
Esto, claro, no se aprende en la escuela.

***

In Memoriam
Leopoldo Panero Torbado, 1909-1962
La luz del día vence sobre la llama de los cirios

de Así se fundó Carnaby Street (1970) – Leopoldo María Panero

GLOSA A UN EPITAFIO
(Carta al padre)
«And fish to catch regeneration»
(SAMUEL BUTLER, Pescador de muertos)

Solos tú y yo, e irremediablemente
unidos por la muerte: torturados aún por
fantasmas que dejamos con torpeza
arañarnos el cuerpo y luchar por los despojos
del sudario, pero ambos muertos, y seguros
de nuestra muerte; dejando al espectro proseguir en vano
con el turbio negocio de los datos: mudo,
el cuerpo, ese impostor en el retrato, y los dos siguiendo
ese otro juego del alma que ya a nada responde,
que lucha con su sombra en el espejo-solos,
caídos frente a él y viendo
detrás del cristal la vida como lluvia, tras del cristal asombrados
por los demás, por aquellos Vous êtes combien? que nos sobreviven
y dicen conocernos, y nos llaman
por nuestro nombre grotesco, ¡ah el sórdido, el
viscoso templo de lo humano!
Y sin embargo
solos los dos, y unidos por el frío
que apenas roza brillante envoltura
solos los dos en esta pausa
eterna del tiempo que nada sabe ni quiere, pero dura
como la piedra, solos los dos, y amándonos
sobre el lecho de la pausa, como se aman
los muertos
«amó», dijiste, autorizado por la muerte
porque sabías de ti como de una tercera persona
«bebió», dijiste, porque Dios estaba (Pound dixit)
en tu baso de whiski
«amó bebió», dijiste, pero ahora espera
¿espera? y en efecto la resurrección
de un cristal inválido te avisa
que con armas nuestra muerte florece
para ti que sólo
sabías de la muerte. Aquí
¿debajo o por encima?
de esta piedra
tú que doraste la sobrenatural dureza y el
dolor sobrenatural de los edificios desnudos
¿en qué perspectiva
-dime- acoger la muerte?
en la mesa de disección
2013-07-28_13h33_35tú que danzaste
enloquecido en la plaza desierta
tropezando
hiriéndote las manos en el trapecio del silencio
en pie contra las hojas muertas que
se adherían a tu cuerpo, y contra la hiedra que tapaba
obsesivamente tu boca hinchada de borracho,
danzas, danzaste
sin espacio, caído, pero
no quiero errar en la mitología
de ese nombre del padre que a todos nos falta,
porque somos tan sólo hermanos de una invasión de lo imposible
y tus pasos repiten el eco de los míos en un largo
corredor donde
retrocedo infatigable, sin
jamás moverme
¡ah los hermanos, los hermanos invisibles que florecen
en el Terror! ¡Ah los hermanos, los hermanos que se defienden
inútilmente de la luz del mundo con las manos,
que se guardan del mundo por el Miedo, y cultivan en la sombra
de su huerto nefasto la amenaza de lo eterno, en
el ruin mundo de los vivos! ¡Ah los hermanos,
Y el ave,
el ave que vuela sobre el mundo en llamas, diciendo solo
a los mortales que se agitan debajo, diciendo
solo: ABISMO, ABISMO!
Abismo, sí, tibia guarida
de nuestro amor de hermanos, padre.
¡Pero tan solos!
¡Tan solos! Fantasmas que hace visible la hiedra
-como hiedramerlín comoniñadecabezacortada como
mujermurciélagola niña que ya es árbol-
crecen hojas
en la foto, y un florecer te arranca
de los labios caníbales de nuestra madre Muerte, madre
de nuestro rezo
florecen los muertos florecen
unidos acaso por el sudor helado
muerto de muchas cabezas hambrientas de los vivos
te esperamos ave, ave nacida
de la cabeza que explotó al crepúsculo
ave dibujada en la piedra y llena
de lo posible de la dulzura, de su sabor
ajeno que es más que la vida, de su crueldad
que es más que la vida
¡ira
de la piedra, ira que a la realidad insulta,
que apalea
a la cabaña torpe de la mentira con verbos
que no son, resplandecen, ira
suprema de lo mudo!
(te esperamos
en la delgada orilla de lo que cae, en el prado
nocturno que atraviesan lentos
los elefantes
percibís el frío
la
conspiración de las algas,
gelatina, escamas, mano
que sobresale de la tumba
manos que surgen de la tierra como tallos
surcos arados por la muerte,
cabezas de ahorcados que echan flor:
decapitados que dialogan
a la luz decreciente de las velas,
¡oh quién nos traerá la rima
la música, el sonido que rompa la campana
de la asfixia, y el cristal borroso
de lo posible, la música del beso!
De ese beso, final, padre, en que
desaparezcan
de un soplo nuestras sombras, para
asidos de ese metro imposible y feroz, quedarnos
a salvo de los hombres para siempre,
solos yo y tú, mi amada,
aquí, bajo esta piedra.

de Narciso en el acorde último de las flautas (1979) – Leopoldo María Panero

EL BESO DE BUENAS NOCHES

I
Padre, me voy:
voy a jugar en la muerte,
padre me voy.
Dile adiós a mi madre,
y apaga la luz de mi cuarto:
padre, me voy.

Dile a aquel niño que allá ríe,
no sé de qué, si de la vida,
mi nombre, sólo mi nombre
pon mis juguetes en buen orden
oso con oso, pon al perro
con el pájaro, en cuanto al pato
déjalo solo, al pato:
padre, me voy: voy a jugar con la muerte.
Había una llama, sí en mis ojos,
porque velaron tantas noches
y no logró nadie cerrarlos
sino yo; perdona, padre, que no hubiera
nadie, sino yo: me voy,
me voy solo a jugar con la muerte.

II
Padre, estoy muerto, ya, y qué oscuro
es todo esto:
no hay luna aquí, no hay sol ni tierras,
padre, estoy muerto.
Somos los muertos como enfermos
y el cementerio el hospital
para jugar aquí a los médicos
sábana blanca y bisturí
y tantas tumbas como lechos
para soñar: y son tan blancos esos huesos
padre tan blancos: como soñar.
Dicen los otros, los más muertos
los que ya llevan tiempo y tiempo
aquí vengándose de Dios
que vendrá el Diablo, el buen Diablo
que vendrá el Diablo con más flores
de las que nadie pueda traer.
Padre, estoy muerto, no estoy solo
padre, estoy muerto, tengo amigos
con quien jugar.

III
Madre, esos besos que en la tumba
aún me das
son despertar, son nuevo frío;
estuve vivo, ya lo supe
ahora
déjame olvidar.

IV
Padre, estoy muerto, y es la tumba
una cuna mucho mejor
padre, no hay nadie, ya estoy solo
padre, si alguna vez de nuevo
vuelvo a vosotros, padre si otra
vez yo vivo
no sé con quién voy a soñar.

de El que no ve (1980) – Leopoldo María Panero


AL LLEGAR EL CUARTO ANIVERSARIO
Estamos siempre solos
LEOPOLDO PANERO

Fue primero el aletazo sordo, la grieta sin remedio
abriéndose una tarde, el alarido animal,
las innecesarias comprobaciones repetidas, el rostro desencajado bajo las sábanas
y la última bocanada de sangre y las moscas en la noche de agosto.
Todo el lógico andamiaje, la ilusoria permanencia de lo que tenemos,
desplomándose con estrépito, lo mismo
que la tierra y las piedras sobre la caja de madera.
Después y tanto tiempo, la tenaz indagación,
las soluciones a deshora: «Si hubiera sido en otra parte…», «Quizás otro médico»,
y el terco recordar, el minucioso tacto de los lugares o los libros,
de la corbata preferida o lo que ahora pensaría si nos viese.
Por las noches a la luz del insomnio o la amargura
el roce aún vivo de otra piel, el eco persistente de sus palabras.
Agotadora lucha, inútil, contra el tiempo,
reuniendo rotos gestos, tardes inalcanzables,
para negar lo que sabíamos, para dar forma al espeso vacío incomprensible.
Y hoy, sin embargo, cuatro años después, qué difícil,
entre endulzadas figuraciones, entre imágenes de pintados colores,
entre sueños, encontrar lo que fuera simple realidad,
reconstruir el apagado brillo de unos ojos, el calor de unas manos,
el sonido de su voz verdadera.
Sí, triste es la muerte, pero más triste aún es su derrota
y ahora miras atrás y ya no tienes lágrimas,
y buscas donde habitaste y es tan solo una sombra,
una mancha borrándose, un papel en el agua.

de A través del tiempo (1968) – Juan Luis Panero

FRENTE A LA ESTATUA DEL POETA LEOPOLDO PANERO

Poeta húmedo como Darío
te define Oreste Macrí
en la última edición de su antología.
Por supuesto no descubre nada nuevo,
el asunto de tu bebida ha dado ya mucho que hablar
y por otro lado la comparación con Rubén Darío es bastante honorable.
También se han comentado tus proezas en los burdelesPanero-estatua-picassa
y algunos de tus amigos las suelen repetir
adornándolas con pintorescos detalles
(aunque es muy posible que esto te divertiría saberlo).
En cuanto a los arranques violentos de tu genio
para qué mencionar lo que todos sabemos.
Sin embargo, para la Historia ya eres:
cristiano viejo, caballero de Astorga,
esposo inolvidable, paladín de los justos.
Y también en todo eso hay algo de verdad.
Sin duda eras un tipo raro y bien curioso.
Rojo para unos, amigo de Vallejo, condenado en San Marcos,
y azul para los otros, amigo de Foxá, poeta del franquismo.
«La caterva infiel de los Panero,
los asesinos de los ruiseñores»,
que airadamente escribió Neruda.
Y tu final -gordo y escéptico-.
con tus trajes ingleses que tanto te gustaban
y tu whisky en la mano, trabajando para una compañía norteamericana.
Y años después canonizados en revistas y libros
(excepto la alusión de Macrí), números de homenaje
y las calles de Leopoldo Panero
y las lápidas de Leopoldo Panero
y el premio Leopoldo Panero
y el colegio Leopoldo Panero
y tu efigie entre otras ilustres
en los muros solemnes del Ateneo
y por fin esta estatua de Leopoldo Panero
que contemplo en un helado atardecer
mientras llueve a lo lejos sobre el Teleno.
De verdad, me gustaría saber
si los muertos conservan un cierto sentido del humor
y frente a tu noble cabeza de patricio romano
(que podría escribir cualquier cretino)
«poeta arraigado», «poeta de la esperanza»,
«leonés sajonizado», «hombre de secreto»,
«eximio vate», «gloria de nuestras letras»,
etc., etc., etc.,
con tu libro de piedra sobre las rodillas
y tus ojos perdidos -extraño personaje-
puedes sonreír irónico y distante,
pensando en tu batalla perdida de antemano.
Yo así te lo deseo y no sin cierta envidia
-estar muerto en España es un lujo envidiable-
esta noche en tu casa mientras me sirvo un whisky
y en el pesado vaso de cristal rayado
el alcohol venerable y tu hijo primogénito
(por supuesto menos venerable) te rinden
-y no es broma- su más fiel homenaje.

de Desapariciones y fracasos (1978) – Juan Luis Panero

EL CONVIDADO DE PIEDRA
                  (L.P.)

A veces, regresas en una pesadilla,
tan absurda como fue nuestra historia,
Panero-C-300x300y al despertar no dejas sino
rencor y descontento, miedo
petrificado en la memoria.
Ni aún ahora, tantos años después,
es posible el pacto entre nosotros,
ni aún ahora, la piedad y el olvido.

de Los viajes sin fin (1993) – Juan Luis Panero

«Tú que sólo palabras dulces tienes para los muertos…»: los Panero escriben por su madre

Copia de ricardo franco   1994   después de tantos años (3 10)avi.wmv_00040246033

MA MÈRE
A mi desoladora madre, con esa extraña
mezcla de compasión y náusea que puede sólo
experimentar quien conoce la causa, banal y
sórdida, quizá, de tanto, tanto desastre.

Yo contemplaba, caído
mi cerebro
aplastado, pasto de serpientes, a
vena de las águilas,
pasto de serpientes
yo contemplaba mi cerebro para siempre aplastado
y mi madre reía, mi madre reía
viéndome hurgar con miedo en los despojos
de mi alma aún calientes
temblando siempre
como quien tiene miedo de saber que está muerto,
y llora, implora caridad a los vivos
para que no le escupan encima la palabra muerto. Vi digo
mi cerebro en el suelo licuándose, como un excremento
para las moscas. Y mi espíritu convertido en teatro
vacío, del que todo pensamiento ha desertado
-tutti gli spiriti miei eran fuggiti
dinanzi a Lei
mi espíritu como un teatro vacío
donde en vano alentaba inútil, mi conciencia,
cosa oscura o
aliento de monstruo presentido en la caverna. Y allí, en el teatro vacío
o bajo la carpa del circo
abandonado, tres atletas
-Mozo, Bozo, Lozo-
saltaban sin descanso, moviendo
con vanidad desesperada el trapecio
de un lado a otro, de un lado a otro. Y también, cortesanas
con el pelo teñido de un oro repugnante, intercambiaban
leyendas sobre lo que nunca hubo
en el palacio en ruinas Y me vi luego, más tarde
mucho más allá del demasiado tarde,
en una esquina desolada de
alguna ciudad invernal, mendigando
a los transeúntes una palabra que dijera
algo de mí, un nombre con que vestirme. Puerta
del infierno -del
infierno de la imposibilidad de sufrir ya-
puerta del infierno
-del infierno de la posibilidad de sufrir ya-
este poema, este canto exhausto
esta puerta que chirría en la casa
sin nadie, llevada sólo por lo deshabitado del viento,
como un pelele o marioneta infame que mimara
su carencia de ser con lo exagerado del gesto: una muñeca
llevada por los hilos invisibles de todas las manos
y negada por todos los ojos. Como una muñeca me mimo
a mí mismo y finjo
delante de nadie que aún existo. Peonza
en la mano del dios de los muertos. Como una muñeca extraviada
en la ruta implacable de tantas otras, de las incontables marionetas
que ejecutan su vida como un rito funerario,
una obsesión senil o un delirio
último de moribundo. Porque los hombres no hablan, me dije, dije
a los ciegos que manchaban
de heces y sangre sus zapatos al pisar mi cerebro.
Y al momento
de pensar eso, un niño
orinó sobre la masa derretida,
dando luego
de beber vino rojo y fuerte a un sapo
para que borracho riera, riera, mientras caía
sobre le invierno de la vida la lluvia
más dura. Y al verlo, y mientras me arrastraba
cojeando entre los muertos, pensé: llueve,
llueve siempre en las ruinas. Y mi madre rió, al oír aquel ruido
que delataba mi pensamiento.

LA MALDAD NACE DE LA SUPRESIÓN HIPÓCRITA DEL GOZO
«Jois e Jovens n’es trichaire
e Malvestatz eis d’aqui»
MARCABRÚ

Una cucaracha recorre el jardín húmedo
de mi chambre y circula por entre las botellas vacías:
la miro a los ojos y veo tus dos ojos
azules, madre mía.
Y canta, cantas por las noches parecida a la locura, velas
con tu maldición para que no me caiga dormido, para que no me olvide
y esté despierto para siempre frente a tus dos ojos, madre mía.

de Narciso en el acorde último de las flautas (1979), de Leopoldo María Panero

A MI MADRE
(reivindicación de una hermosura)

Escucha en las noches cómo se rasga la seda
y cae sin ruido la taza de té al suelo
como una magia
tú que sólo palabras dulces tienes para los muertos
y un manojo de flores llevas en la mano
para esperar a la Muerte
que cae de su corcel, herida
por un caballero que la apresa con sus labios brillantes
y llora por las noches pensando que le amabas,
y dice sal al jardín y contempla cómo caen las estrellas
y hablamos quedamente para que nadie nos escuche
ven, escúchame hablemos de nuestros muebles
tengo una rosa tatuada en la mejilla y un bastón
con empuñadura en forma de pato
y dicen que llueve por nosotros y que la nieve es nuestra
y ahora que el poema expira
te digo como un niño, ven
he construido una diadema
(sal al jardín y verás cómo la noche nos envuelve)

de Poemas del manicomio de Mondragón (1987), de Leopoldo María Panero

APARECE NUEVAMENTE MI MADRE, DISFRAZADA DE BLANCANIEVES

La acetonia y la lamprea se disputan en el reino del ser
en el oscuro juguete para el niño muerto
en la pecera donde una vez lo dije
juego con mis amigos.
En el bosque erra un príncipe
buscando
el sepulcro de cristal y de cuarzo
de Blancanieves: que su llanto
nos consuele, antes del Beso
antes del beso final de dos cadáveres
sobre la página en blanco,
sobre la caída de la página
que finalmente no puede caer
sino sobre sí misma: y
éste es el misterio de Blancanieves
que se corrían los niños gordezuelos de boca en boca
besándose.

de Piedra negra o del temblar (1992), de Leopoldo María Panero

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img_12914 - copiaCEREMONIAS DE OTOÑO

Entre el pellejo y el hueso aún alienta un temblor
-eso que algunos llaman alma-
un terco estertor, inútil esfuerzo de supervivencia.
La vida y sus ocultas raíces tenaces se aferran
en el húmedo atardecer, de principios de otoño,
mientras el desencajado rostro representa su extraño papel
y el coro, con su estúpida y crédula apariencia,
apuesta por el más allá o el más acá, ¿qué importa?
Sólo un aliento, sólo un aliento entrecortado,
entre el pellejo y el hueso,
simboliza un final o, sencillamente,
el borroso sueño de otro sueño desierto.
¿Y para quién tantos aparatosos gestos,
si todos los testigos, los ojos que, casi a escondidas,
se miran y se encuentran, únicamente afirman
el terror -tan real- de su propio cadáver?
Después -fuera del hospital inhóspito-
la última luz del sol dibuja el mar,
ocultándose tras el verde y la piedra del Monte Igueldo
y tiembla en tus manos la pesada copa
que lleva a tus labios el cristal funerario,
donde el alcohol y el hielo dibujan otra muerte.

20 DE DICIEMBRE DE 1990

Termina un año donde la vida y la muerte
tensaron como un arco su furia y resistencia,
las aristas más duras, los filos de las flechas.
Hoy ya -entre tantos otros- Felicidad Blanc,
Jaime Gil, José Luis Alonso, son sólo nombres,
desterradas sombras, tachaduras en la agenda del tiempo.
Muerte y vida, también llegan visiones:
una esquina perdida de una calle perdida,
en Buenos Aires, los ojos de una mujer,
y palabras, Enrique Molina leyendo un poema de Borges
y Borges resucitado en la voz de Adolfo Bioy Casares,desencanto2-333
sentados en su casa, mientras, tibia luz transparente,
entra el sol del invierno austral por la ventana.
Terco superviviente de oscuras derrotas,
espectador aún del color de los días.
El testamento inútil de un rostro en el espejo,
y el misterioso, impreciso vuelo de una flecha,
el metal que hiere y esta vez mata.

los dos últimos poemas pertenecen a Los viajes sin fin (1993), de Juan Luis Panero