«El primero de los Panero»: algunos poemas de Juan Panero

leopoldo y juan panero - copia juanpanero

Lleva mi pecho por amor herida,
me desangro en la angustia de perderte,
y mana grave su temblor de muerte
con la nieve en la sangre detenida.

Dobla mi carne y tiembla, estremecida
en la noble presencia de saberte
tan lejos ya de mí, que se convierte
el mirar de mis ojos en tu vida.

Al pecho mío, con la luz brotada
en la severidad de esta agonía,
de llanto lo ilumino y de consuelo.

Y el alma es sangre tuya recostada,
aposento de paz en la paz mía,
ala de ruiseñor en dulce vuelo.

***

Donde pisan tus pies nacen las rosas,
cuyo color compite la azucena,
nace el jazmín que la blancura ordena,
las leves flores para siempre hermosas.

Por los aires derramas generosas
y delicadas brisas de colmena,
y en tu paso tranquilo se serena
la purísima nieve, que en gozosas

horas del esplendor de primavera
dulcifica los montes sosegados.
Tu lento caminar de manso cielo

extrema mi temblor; y mensajera,
la voz siento perder en desmayados
jazmines que te estrechan por el vuelo.

***

Más allá de la mar…
¡Ay! Los ojos me llevan más allá de la mar;
como si la espuma de quebradas olas
fuera la cadena que a la mar me uniera.

Me espuma los ojos
la mansa obediencia del agua del mar.
Y en la roca viva,
donde esculpe el agua su trágica fuerza con
la blanca espuma,
lentamente huyen los ojos de mí…
Perdidos, se abisman buscando el temblor
fluido del agua.
Ansiosos, cegados de arena,
penetran los ojos en lo más profundo.
Me arrastran los ojos el alma,
y siento la sed invencible de apurar la gracia
desnuda del mar.
Y en la soledad que el mar nos impone
se duermen mis ojos soñando la plácida playa,
las olas que adquieren un rumor de besos,
y brizan la espuma con huellas levísimas de
ángeles heridos.

***

Consagración de la sangre
No es la muerte un morir perfilando facciones,
o estirando los miembros contra severos pi-
nos de muertas primaveras.
Ni es angustiar los pechos con la grave caída
de las piedras sonando sobre la paz del mundo.
Ni es partir a las sombras espesas de la tierra
para escuchar del viento la queja lastimera
que pone en los cipreses,
y oír sonar los pasos de hombres tristes que
llevan el corazón con peso,
y percibir el llanto de la madre que queda
esclava de los ríos,
y el llanto de la amada derramado en las
flores.
Ni es la muerte el desmayo de los labios
serenos
como rosas que pierden lozanía y donaire
sobre el rosal ungido por aguas del otoño.
Ni es el gesto de dolor desvaneciendo el
rostro
al cesar en las dulces pupilas la benéfica llu-
via de que se sirve el hombre para ver el
paisaje sereno de la sierra.
Ni tampoco es la muerte el oro que los cirios
dejan caer, temblado, sobre el grave silencio;
ni es la leve ceniza que se lleva la tierra
como nieve humildísima de un pecho que
se hunde lentamente en el olvido.

Es poner luz de vida sobre la carne oculta en
aquella otra carne que hoy sufre podre-
dumbre,
y mostrar el revés como su almendra muestra
al madurar la fruta, por perecer la carne
con júbilo de pájaros.
Es lograr la apacible dulzura y sentir lo más
frágil de las brisas del cielo, al salvar por
la fe la inocencia del alma;
es apurar la sangre en la luz ordenada por
las nubes que cantan la plata fugitiva del
sueño de los ángeles.

Es la entrega del alma a la perenne paz re-
mansada del tiempo,
donde el silencio afirma la divina palabra,
y un torrente de luz la anega y estremece
para darnos el tiemblo preciso de la Gracia;
donde el silencio afirma el no existir del
tiempo,
porque es la caridad el sostenido asombro de
Dios en nuestros ojos,
y nos ciega la de, y la visión trasciende al
gozar su presencia,
y todo es maravilla, majestad y consuelo.
Porque el tiempo no existe donde le tiem-
po nace;
porque sólo es allí donde la luz adquiere
sentido de lo eterno,
y es la luz la elocuente palabra que redime a
los ojos y consagra la sangre.

Morir es desbordar el ámbito del mundo,
que se inicia en los vuelos suavísimos de las
pequeñas aves cuando alaban airosas las
pujanzas del día;
es cortar las tinieblas para alcanzar el manso
manantial de la luz;
romper gloriosamente con los estrechos lími-
tes que ahogan y torturan lo encendido del hombre en sus estancia de tierra.

Morir es consagrar el fervor de la sangre como
la flor de harina consagra la blancura.
Es hacer evidente la existencia del hombre,
confirmando la honda realidad de la muerte.
¡Oh misterio dulcísimo, prodigiosa ventura
colmada en el silencio redentor de la carne!
¡Oh el amoroso alivio prodigando las glorias
excelsas del descanso en la paz de los cielos!
Oh, morir es hallar el delgado sonido de la
carne que luce su transparente vidrio;
es tañir el silencio celeste con los húmedos
huesos que quedaron perdidos entre piedras
y abrojos de humildes cementerios.

La muerte es plenitud perfecta de la vida.
Es agostar los mares hasta dejar la ola que
siente en soledad la delgadez del agua.
Es el fruto del hombre con madurez colmada,
que en presencia del cielo resucita su sangre.
Es un salir sereno, y ansiado de quietudes, de
la prieta angostura que le ponen sus carnes,
para en respiro eterno reposar como arcánge-
les blancos que despegan sus alas al man-
dato divino,
allí donde se sabe del tránsito en la tierra
porque existen los hombres,
y los hombres ascienden con sus alas de sueño
a la morada última,
donde el descanso acierta a ser descanso
eterno.

de Cantos del ofrecimiento (1936), de Juan Panero Torbado