foto-panero-nocito--490x578

7

Kullervo, old boy, niño viejo que resucitas una y otra vez, a mi semejanza, escribiendo entre muerte y muerte. Ah, tú, conocida virgen del silencio, con minúsculas, virgen de la ruina y del espanto, sabes bien que la literatura ha de ser adoración del espanto, cultivo del cannabis de la ruina, cultivo y devolución del silencio a cambio de la nada, porque pecar es sólo matar, y como dijera el Papa Borgia: «La vida humana tiene escaso valor». Y como dijera Nietzche: «El ser humano es intercambiable».

Os voy a contar un secreto: todos los hombres de la historia soy yo. Yo soy Napoleón, yo soy Pablo de Tarso, yo soy Luis XIV, llamado este último “El Rey Sol”. Todos los hombres de la historia soy yo, y también, como dijera Ruysbrock el admirable: «Si yo no fuera yo, tampoco Dios habría sido». Vuelvo a mis preguntas de siempre, convertida mi chepa en capa española: ¿Quién habló entre la violeta y la violeta?, ¿quién anduvo ente la violeta y la violeta?, ¿quién anduvo sollozando esta noche por un verso de Leopoldo María Panero? Sedal Sengor dice, definiendo un modo de ser: «Aquel que solloza y solloza». ¿Quién anduvo sollozando por una página de Borges que dice que el lenguaje es un sistema cerrado de citas? Borges no pudo decirlo más claro, ni volver a decirlo, porque la resurrección en su caso no es posible: «Los clásicos no existen». Borges explica esto de forma infantil pero eficaz: «Me gustó un verso de Dante, un día jueves, con el sol de otoño; y me gustó un verso de Vallejo en una tarde moribunda». En lo que a mí respecta, me gustó el rostro de una mujer desnuda que vi en una convulsa alucinación masturbatoria, y hoy no es jueves sino martes, y no hay otra mujer desnuda que yo mismo, y los masones no tienen alma, como decía Gimferrer en su traducción del Marqués de Sade, llamándolos scelerats, desalmados, cuerpos sin alma el rojo vivo de la calle, tomándolos como alucinación vacía, cuerpo sin alma en el espejo, vampiros sin poder mirarse al espejo una sola noche. No, no lo hagas, por favor. No me mires esta noche a los ojos. Ana María, no me mires, por favor, ya que sigo enamorado de ti. Dime tú, Ana María Moix, ahora que estamos solos en la noche, sin mirarme a los ojos, dime quién soy. No se puede entrar en una página como quien entra en una tabaquería. No hay huida, Ana María, pese a los años pasados, y sabes bien que no se puede hacer sonreír al hombre de la tabaquería con nuestro terrible ejemplo. Prohibido soñar bajo la tarde entera: la literatura está prohibida, y los pájaros vuelan en torno al retrete, y odio profundamente al Hombre, odio a la vida y al cristianismo, y quiero que mi tumba sea sólo un edicto contra el cristianismo, un frío en las venas y sexo oscuro en la página, todo expresado como silencio, las venas abiertas como corchetes, vacío único en el principio inmediato de mi muerte. Hablaré de mi cuerpo como quien reza en alto determinada plegaria: hinchazones mugrientas, crepúsculos sombre las sábanas, falo oscureciéndose a ritmo de plomo.

Un médico psiquiatra llamado Segundo Manchado, oh tú Segundo Manchado (oh Fleshing, mi pobre Fleshing), siniestro doctor Manchado del psiquiátrico de Las Palmas, que me canibalizaste oscuramente pero sabiendo lo que hacías, porque mi cerebro y mi boca susurraban torpemente en la oscuridad de un viejo chiste: «Soy el Anticristo, soy un hombre que cuenta chistes en la oscuridad, soy el personaje que ríe de Víctor Hugo». Un hombre que se mea en la cama, y se ríe de sí mismo, junto a una mujer con cara de mona que se observa al espejo y también se ríe de sí misma, como ella se reía de sí misma. Soy el olvido del nombre de Signorelli, al principio de Psicopatología de la vida cotidiana de S. Freud, porque Freud se creía un poco el Anticristo, y le dijo a una discípula muy bonita: «¿Sabía usted que yo soy el Diablo y ellos construyen catedrales en torno a mí?». También lo supo Lacan, directamente de boca de Jung, cuando Freud le dijo al oído a éste, ya cerca de los ojos de la célebre estatua que alumbra al Universo: «Ellos no saben que les traemos la peste, aunque deberíamos haber añadido un billete de regreso en primera clase». «Yo no he hecho más -añadía- que presentar a Signorelli como la entrada del discurso en el olvido». Se refiere aquí, cabe suponer, al olvido del nombre Signorelli al principio de Psicopatología de la vida cotidiana de S. Freud. Basta ya de fatuas intrigas, vayamos a lo crucial: ¿quién fue Joaquín Sabina en el agujero negro del culo?, ¿quién fue Jesucristo, a quién agredió?, ¿pueden los hombres aprender de mis páginas la virtud del silencio? Como dijera Wigenstein: «De lo que no se puede hablar mejor callarse». Algún día seré una nada en el agujero del culo, está escrito.

Mañana es siempre un oscuro amanecer: «Coge la ropa, Leopoldito, recoge la badeja». Y la verdad, como en la tragedia griega, es el fin de la obra, los huevos y las pelotas. La verdad es una polla tiesa y una infección en la ingle que me recuerda a Dios; el dios que es preciso negar para ser hombre, para ser algo en el límite de la página, algo bien distinto a la caridad pública que somos cuando salimos a la calle o entablamos contacto duradero con el otro.

de Papá, dame la mano que tengo miedo (2007)

Anuncios

«Godeo Clutex»- Leopoldo María Panero

1618095_10203468293920810_149436278665825788_o

Desde muy niño, soñaba con destruir a Dios; cuando los años ya me hubieron deteriorado, rezaba por las noches para que Dios no existiera, y me masturbaba pensando en la muerte de Dios: al eyacular gritaba «¡Godeo Clutex!» que es palabra mágica que significaba, en aquella lengua informal a la que Fulcanelli llamara  «la lengua de los pájaros», «Cierra a Dios»

Claro está que no me refería al Dios trascendente de los cris­tianos, cuya destrucción o muerte no significaría sino tan sólo un vacío o una pérdida absurda; no, yo me refería al Dios inma­nente de Spinoza y de los cabalistas, y en lo que soñaba, pues, era en la destrucción de todo, incluido, claro está, yo mismo: me odiaba tanto o más que a Dios. Y de aquí derivó un pensamien­to que fue la clave de todo: se me ocurrió que, puesto que Dios es todo pero es, además de un sistema, una unidad necesaria, la destrucción de una de sus partes implicaría indefectiblemente la destrucción del todo. Pero no sería, claro, la destrucción mera­mente física de aquella parte escogida la que atentaría contra el todo, sino su destrucción metafísica: la metódica corrupción de su esencia, de aquello que ni siquiera el tiempo corrompe…

Así pues, ya que yo formaba parte del todo, si yo me destruía metafísicamente, podía acabar con la coherencia del todo, y aquel, perdida su consistencia, se desvanecería en el vacío. Debía, además, modificar o pervertir los signos que me relacionaban con eso todo, además de borrar toda mi naturaleza simbólica.

Así pues, una mañana de sol esplendente, cuando la vida era más fértil y mi odio a ella más fuerte, me decidí a comenzar la empresa. Empecé por cambiar la orientación de mi espejo en re­lación al sol. Luego, tras de practicarme una pequeña herida en la mano, puse una ínfima y casi invisible mancha en el ángulo izquierdo de dicho espejo. Al hacerlo tuve en cuenta que las es­trellas fijas, que están más cerca del Malkhuth o de la corona de Dios, se mueven hacia la derecha, y por eso ubiqué la mancha de sangre en el lado opuesto, a la izquierda. Se había iniciado la corrosión del Infinito, una mañana de sol esplendente: yo había empezado a reparar el inmenso pecado de la creación.

Al día siguiente, salí a la calle y, moviéndome como una ser­piente entre los hombres, procuré alterar las geometrías de sus recorridos: al pasar, por ejemplo, junto a una mujer, que es uno de los símbolos de la divinidad, crucé en diagonal, que es em­blema de Satán; al encontrarme con un niño, otra metáfora de Él (según Heráclito), retrocedí y al tropezar con un anciano, me volví del revés y le enseñé, discretamente, el culo.

Al tercer día salí de noche, cuando el dolor de la creación es menor, y parece como muerta, y enterrada. Me acerqué a un co­mercio cercano a mi casa y cambié sigilosamente -de manera que nadie lo percibiese, sino tan sólo pareciera un desarreglo sin importancia-, una letra del rótulo: la V, inicial de Vida, por la M, que lo es de la palabra «Muerte».

Pero mi mayor ambición era alterar y pervertir los nombres secretos, cabalísticos, de Dios: como aquel Rabí que obrara mi­lagros con el nombre del Más Alto, yo cometería el milagro de su liquidación. De manera que, también de noche, para evitar ser visto, me decidí a escribir a la inversa en lugares insignificantes -para que pasaran desapercibidos por la atención consciente del viandante-, los nombres cabalísticos de los diez sephiroths o po­tencias de Dios. El más importante, aquel que representa la glo­ria más elevada de Dios, Malkhuth («Reino») lo escribí (al revés) en el suelo, y oriné encima.

Hice lo mismo con los nueve siguientes, procurando siempre emplazarlos en lugares inmundos, cercanos al estiércol y a todo lo que el hombre aparenta despreciar: al hacerlo, me reía al acordarme del lema alquímico «in stercore invenitur»:¡qué gran ironía! Finalmente, usando los excrementos de una vaca, escribí en el campo la palabra Ensoph (Infinito), al revés, como todas las demás. Al día siguiente me dirigí a donde las mujeres de la aldea solían a veces arrojar sus fetos, y oré allí. La oración estaba com­puesta por mí y le había puesto el título de «Godeo Clutex».

Es como sigue: «Oh, misterio del ser, desiste y duda de ti: só­lo la nada es buena. Nada: ten piedad. Nada: me arrodillo ante ti. Nada: sueño contigo, te amo como a una mujer. Que la reali­dad se quiebre como por un cuchillo. Que Dios sangre al fin». Esa era la oración. Solía terminarla gritando frente al cielo: «¡Godeo Clutex!» y me reía como un loco.

A medida que iba terminando mi obra, me sentía más y más exaltado: una noche decidí ir a dormir al cementerio.

Por fin, un día, decidí crucificar a un niño. Luego, le apliqué ácido prúsico a la cara para borrar, aún más, su esencia. Una vez más, recé sobre su cadáver la oración «Godeo Clutex». Al ha­cerlo, sentí que las estrellas temblaban y que la existencia de Dios, y del Todo, iba por fin a concluir.

Me retiré entonces, a mi habitación, y, antes de subir a ella, decidí concluir la obra con lo que sería el acto final: borrar mi nombre. Así que, en el buzón, retiré la tarjeta en que estaba es­crito y, en su lugar, escribí «¿Quién?». Y, hecho esto, subí lenta­mente las escaleras en dirección a mi habitación, convencido de que todo iba a acabar. Entré, y apagué la luz: y entonces me di cuenta de que todo mi cuerpo se estaba convirtiendo en ceniza; y comprendí, demasiado tarde, que me había equivocado en un único detalle: el Tiempo, la longitud del árbol sephirótico e, ins­tantes después, me contemplé transformado en la ceniza del ci­garrillo que estaba en la mano de un hombre, quien también soñaba con destruir a Dios.

Cuento incluído en Cuentos dispersos, de Leopoldo María Panero, Cuentos completos (2007).

«Acéfalo (proyecto de un cuento)» – Leopoldo María Panero

10464081_10154333141365051_446179376312835021_n

Ed io senti chiavar l’uscio di sottoall’orribile torre: ond’io guardai nel viso al mio figliuol senza far motto.

Inferno, XXXIII, 46-48

I. 
Descripción de la Torre de Gualandi, en el centro de Le Sette Vie, que sirvió de prisión al Conte Ugolino y a sus dos hijos y a sus dos sobrinos en el año de 1289, y una de cuyas puertas fue sellada tras de ellos: descripción que ha de ser fría, objetiva, geométrica, en modo alguno poética: como, si quien la mirara, no fuera el autor, ni ningún otro hombre, sino el objetivo insensible de una cámara cinematográfica.

II. Presentimientos de Ugolino
1. Una noche, tras de una batalla perdida (la batalla de Meloria, en la desastrosa guerra con Génova, en 1284: fue el regreso de los prisioneros hechos en esa batalla a Pisa uno de los factores que más influyeron en la caída del conte, cuando éste ya se había convertido en déspota de Pisa: en esta ocasión, sin embargo, se supone que no era aún sino capitán general de los ejércitos de Pisa), Ugolino sueña que está en su palacio, en un banquete: pasan ante sus ojos numerosas imágenes de copas de cristal rellenas de Chianti, de vino francés de Médoc; ve verterse en las copas líquidos rojos, o rosáceos, y algunos casi negros: ve el vino derramado por toda la mesa y se siente inmensamente borracho: y de repente le asalta la sospecha, venida no se sabe de dónde, de que lo que mancha los ricos manteles no es vino, sino sangre.
2. Siendo aún capitán general de los ejércitos de Pisa, y después de derrotar, con la ayuda de su aliado el arzobispo Ruggiero degli Ubaldini, a los Visconti, sus rivales para el gobierno de la ciudad (que le habían encarcelado y desterrado antes de 1276), entra triunfalmente en Pisa y desfila junto a degli Ubaldini por sus calles. No se hace mención de sus sentimientos, basta con saber que experimenta un profundo cansancio, que apenas alivia el orgullo: el desfile se le antoja interminable. Entonces, de repente, cree por un segundo ver entre la multitud a un hombre sin cabeza, que le aplaude frenéticamente: se vuelve al instante hacia Ruggiero en demanda de ayuda, y puede ver cómo éste le sonríe.
3. Discusión entre il conte y degli Ubaldini, mucho más tarde, cuando Ugolino es ya tirano de Pisa en la biblioteca del palacio del Arzobispo (por orden del cual habría de ser encerrado luego en la torre de Gualandi).
De la calle llegan chillidos de animales, cerdos tal vez, atenuados por los gruesos cristales coloreados, y la voz de una mujer que canta una canción incomprensible. Mientras Ugolino le habla con tono cada vez más excitado, el arzobispo se dedica a hojear calmosamente un libro, en el que se describe, con singular crudeza, la castración de un santo.
De repente, Ugolino, borracho de cólera, borracho como en su sueño, da un manotazo a la pila de libros que hay sobre la mesa del arzobispo Ruggiero, a guisa de despedida. Pero, sin embargo, algo retiene su mirada y le impide marcharse: una ilustración visible en uno de los libros que se ha abierto al caer al suelo. Era, en verdad, un dibujo muy extraño: tenía el aspecto de un hombre y, sin embargo, no lo era. Había, en efecto, en él una incongruencia que le mantenía allí inmóvil y que, sin embargo, no alcanzaba a precisar. No haciendo caso alguno del arzobispo ligeramente atónito y divertido ante aquella interrupción del teatro de la cólera, il conte se agachó y tomó en sus manos el libro que contenía aquel dibujo, pudo comprobar entonces que la ilustración representaba a un hombre desnudo, pero cubierto de extraños signos: sus intestinos, que eran visibles, componían la forma de una serpiente, y una calavera ocupaba el lugar del estómago; uno de sus brazos sostenía un corazón en llamas, mientras que el otro blandía el frío de una espada. Pero no estaban, sin embargo, aquellos signos en el origen de su extrañeza, pese a ser, como ya se ha dicho, sobremanera extraños; lo que le dejaba perplejo era la sensación de una falta, de una falta monstruosa en aquella figura. Y entonces lo descubrió; y, al hacerlo, sintió como si le hubieran robado el alma, y se encontrara, al caer la tarde, solo en una llanura y sin otra riqueza que un inmóvil asombro de que algo o alguien le hubiera robado su espíritu: y pensó por un segundo que no era extraño que sólo fuera capaz de sentir ese miserable asombro, si no tenía alma. Y es que aquello, aquello que faltaba a la figura, era precisamente el asiento del alma: la figura carecía de cabeza: ésa era su divinidad, o, lo que es lo mismo, su monstruosidad; y se sorprendió de que hubiera tardado tanto en averiguarlo.
Y, a continuación, su mirada se detuvo en una leyenda, en latín y parte en griego, que había debajo de aquella figura, atribuyendo, al parecer, un nombre a lo que había perdido el derecho de llamarse de algún modo. La inscripción decía:

DEUS AKÉFALOS, QUI IMPERAT

OBSCURAM REGIONEM VENTRIS

Y se vio de nuevo en aquel campo solitario, al crepúsculo, caído y maltrecho, y profundamente perplejo por carecer de alma.
4. Ugolino sueña que se despierta, en su habitación, y que las paredes de ésta se van poco a poco desnudando y llenando de una humedad oscura hasta acabar ofreciendo el aspecto de los muros de un calabozo. No se sabe si de dentro o de afuera —de ese improbable afuera llegan chillidos de animales, cerdos tal vez. Es en ese momento cuando nota en su boca un sabor dulce y viscoso, y le asalta el recuerdo impreciso, pero tenaz hasta la asfixia, de haber ingerido una sustancia pegajosa, esponjosa parecida también a la goma; de súbito se ve levantarse lentamente e ir hacia la única ventana y mirar a través de ella: y experimenta entonces la confusa sensación de que es inmortal.

III.
Ugolino despierta, esta vez realmente, y se halla en una celda, en una celda real, y recuerda todo, porque el perdón del sueño no dura indefinidamente: allí están sus dos hijos y sus pequeños sobrinos que chillan como animales, por causa del hambre. No es posible describir el hambre, la reducción del cuerpo al estado de boca, de una boca ávida y dolorosa. Una boca que se ha desnudado de la palabra, de la palabra insípida.
Y, como no es posible describir el hambre, se procede a describir minuciosamente la boca de Ugolino, en un rincón oscuro de la celda, y se nos relata de la forma más minuciosa sus náuseas, bostezos, etc. Igualmente de sus mandíbulas, de su garganta, etc.
En cuanto a la psicología del hambre, se desprecia, haciendo sólo a lo más mención de que su deseo, entonces, es algo distinto de su voluntad, de que es como si habitara su cuerpo un alma que ya no es la suya.

IV.
Mientras los pequeños chillan como cerdos, su mirada encuentra avergonzada —avergonzada, simplemente, de mirar, de delatar la presencia de un ser humano en aquel lugar en que ya no es posible lo humano, la de Gaddo, su hijo de menos edad, que tiembla frente a él—, y le oye, con esa mezcla de exactitud y precisión que es propia de la agonía, decir:
Padre, ¿por qué no me ayudas?
Y luego de decir esto, Gaddo se recuesta en un rincón oscuro de la celda, y se os relata de la forma más crudamente informativa y menos poética posible, simplemente que ha muerto. Y, cuando Ugolino lo sabe, sabe también que le espera, horrible, el gozo.

V.
Sin la concesión a la humanidad que supondría explicar el proceso psicológico que lleva a il conte a devorar a su hijo muerto, explicación que sería inútil, a más de falsa, dado que la decisión de hacerlo ha de cortar inevitablemente toda continuidad psicológica, vemos a Ugolino en el acto de hacerlo, devorando a Gaddo sin apenas darse cuenta de ello. No hay voluntad en el hambre, sería también por ello mentiroso ver el gesto de devorar a Gaddo desde la óptica de una voluntad cualquiera. El hambre no es humana, no se equivoca quien habla accidentalmente de un hambre “sobrehumana”: hambre es, como decía Hesiodo, una divinidad hija de la noche.

VI.
Ugolino, que ha actuado hasta entonces “fuera de sí”, es decir más allá del alcance de toda psicología, despierta de su trance dudando entre la saciedad y el vómito: pero hay algo peor, algo entre sus manos que escapa incluso al argumento del hambre, que rehuye toda lógica incluso la menos humana y la más desesperada: porque, en efecto, tiene entre sus manos bañadas, obviamente en sangre, la cabeza de su hijo menor y, al volverse, contempla a su otro hijo que le mira, no hace falta decirlo, con interrogación y horror: más aún cuando ve que su padre le sonríe, inexplicablemente, como sonríe agresivamente el loco cuando se han cortado todos los puentes que nos podrían unir a él. Y, sin embargo, cuando Ugolino procede a raspar cuidadosamente el cráneo y cuando luego lo abre y le extrae el cerebro, sabe que aquello no carece de lógica, sólo por obedecer a la lógica de un sueño; y, si continúa sonriendo, es porque hay también placer en la pesadilla, y el placer más extremo, del que el hombre sólo está protegido por el Terror.
Descripción de aquella bola pegajosa. Descripción breve de la sensación que produce en su boca aquella sustancia elástica.
Al acabar de devorarla siente la necesidad del vómito, pero no puede—o quizás no quiere—vomitar. Sin embargo, está por hacerlo cuando siente una ligera ebriedad que va creciendo más y más hasta transformarse en una salvaje borrachera.

Al cabo de infinitos años, algunos niños juegan en un campo solitario, al atardecer, aprovechando que ése es el primer día en que no llueve: ha llovido, en efecto, sin cesar durante muchos días, y la lluvia interminable ha removido la tierra, abriendo el camino a sus secretos repugnantes. Juegan con el lodo que no ha tenido tiempo de secarse y, cuando están sumergidos en esa labor, sus manos tropiezan con un objeto sólido que emerge apenas de entre el barro y que resulta ser una tosca caja de madera, cerrada con fuertes y mohosos candados. Pero lo que les hace salir corriendo en busca de la ayuda de sensibilidades más cicatrizadas es la sensación, que luego, a la vista del contenido real de la caja, se demuestra absurda, de que dentro algo respira. Y, sin embargo, sus mayores habrán de comprobar que no hay en apariencia nada extraño, al menos insoportablemente extraño, en dicho contenido: sólo el cadáver incorrupto de un hombre, que suponen enterrado hace sólo escaso tiempo, pese a que la caja presenta las señales del paso de muchos años, de demasiados años. Nada pues, de una extrañeza excesivamente intolerable: excepto aquellos cerrojos, aquellos cerrojos que hacen suponer que ese hombre fue enterrado vivo, y que alguien se aseguró muy bien de que no pudiera escapar de aquella muerte horrenda que, sin embargo, no ha logrado cerrar sus ojos, ni, tal vez… su boca.

Cuento incluído en Cuatro variaciones sobre el filicidio, del libro El lugar del hijo (1976).