Globo rojo (1989) – Leopoldo María Panero

Los años han roto mi cara
y dicen que no es sangre, sino pus lo que corre
lentamente por el tembladeral de mis venas
donde agoniza un dios del pasado
que desde el poema nos llama con la mano de un muerto.

DIARIO DEL MANICOMIO DE MONDRAGÓN
Relación de un asesinato

6 de enero
Toda mi habitación llena de humo, colillas por doquier, la cama deshecha: mañana me obligarán a hacerla de nuevo.

5 de enero
Las campanas de la iglesia tocan a rebato: ¿Sublevación militar en Palma de Mallorca? Will they shoot x-y? Aparece en la puerta un loco que se cree Genaro, el sapo, con una pistola en la mano.

4 de enero
Las campanas de la iglesia tocando a muerto.
De noche.
Mi cadáver en el lecho: ¿resucitaré otra vez, cosido a balazos?
Entra Billy el niño, jugando a vaqueros, y lleva en la mano mi alma.

3 de enero
Un loco que se cree Dios lleva en un cáliz la cabeza devorada de mi amigo Pedro Ancoechea.

6 de enero
Salgo a la puerta y me arrodillo ante la muerte.

4 de enero
Unas viejas beatas susurran: creíamos que lo querían matar por la fe.

3 de enero
En la caja, asolada por la ETA, brillan como cerebros unos dólares falsos. La muerte por un cheque sin fondos.

4 de enero
¿Quién matará hoy, por orden de los «militares»?
¿Garicano, que asesinó a su padre por regañarle acerca de unos exámenes suspendidos, y que se cree un insecto, una mosca que sucesivamente se posa en un armario, en un bolígrafo, en mi cabeza?

6 de abril
Hay un aroma a palizas en el ambiente. El boxeador sonado es una amenaza constante de golpes y de muerte. En mi cenicero hay unos signos que recuerdan a la baraja de póker. Entre muerte y muerte me corro sobre la cara de Santi. Luego escupo, estoy vivo.
En el jardín pasean jirafas.

7 de abril
Temo las borracheras del boxeador sonado, que se cree San Pedro. El tráfico de alcohol aquí es incesante. Mi belleza, con la que han acabado casi el alcohol y los manicomios, es tn sólo un incentivo para la muerte.

20 de abril
Entro en el bar de los enfermos. Todo él está lleno de hojas amarillas que recuerdan a viejos. Caminando hacia la barra pisoteo algunas de ellas semejantes a álbumes o a recuerdos. El camarero está acodado a la barra, y junto a su cabeza hay una cocacola. Me habla de un crimen que cometió hace tiempo, hace mucho tiempo. Luego pasa un trapo de cocina por la frente y susurra: Oh mi cabeza, mi cabeza, mi pobre cabeza!

FIN