«triste oficio / el mío, el tuyo, de resucitar muertos»: LMP traduce a Robert Browning

De cómo un niño llegó a la negra torre

Robert Browning
Traducción de Leopoldo María Panero

I
Mi primer pensamiento hubo de ser
todo miente y hay sólo
un viejo tullido que es el signo
de Toda la Mentira, un viejo de pelo
blanco y ojo tenso, perverso, que espera
en mi faz comprobar el efecto
de Toda la Mentira, y su boca que, presa
del temblor más lascivo, no logra
ocultar el prematuro goce
de contar una víctima más.

II
¿Por qué si no estaría señalando con
su báculo, en qué otra dirección, con qué
distinta meta que la de desviar con la promesa
que contiene la mentira al viajero del camino
cuando inevitablemente lo encontrara
una y otra vez en la misma encrucijada?
Y preví
la risa de calavera en que habría de estallar y qué
epitafio escribiría con su muleta en el
camino atestado y polvoriento,
como pasatiempo
para los demás viajeros,

III
Si aceptando su reto me encami-
nara a lo largo del sendero
inexistente del que sólo habla
por ello la Vieja Mentira y que
conduce sólo a la Torre Negra.
Y sin embargo
le obedecí y pensaba
que sería mejor, como él me indicaba
morir en vida que vivir, simplemente. Abrí
pues la puerta estrecha y penetré
en el lugar que no hay, en el sendero. No
me animaba ya esperanza, orgullo en
dirección a la sugeridad
meta, ni siquiera
la extraña dicha de que haber pudiera
tal meta oscuro, tal Peor Sentido.

IV
Porque, pesa a que sin nunca viajar había viajado
y busqué y pese
a mi experiencia y valor, toda esperanza
decreció en mí hasta ser un espectro
que anidaba acurrucado, acurrucado y trémulo
al fondo
de mi alma —donde yo estaba, incapaz
de enfrentarse con la Otra Alegría—
y qué difícil fue el gesto
mismo de andar, sin tener miedo
de estar contento de esa otra manera. Mi
corazón fracasaba.

V
Como cuando un enfermo está al borde
de la Muerte —Dea Tacita, que no habla—
y no está allí por tanto, oye a algún amigo
recomendar a otro que se salga afuera
a tomar un poco de aire fresco, ya que «todo
terminó», dicen, «y no hay lamento alguno
que pueda reparar el dolor»…

VI
Y alguien también discute si al lado
de tantas, tantas, tumbas habrá espacio
bastante para ésta, y cuál día
será el mejor para avisar a la
funeraria y llevarse el cadáver tras
adornarlo bien, y el hombre, repito,
lo oye todo, y sufre sólo
por no defraudar con una muerte
lenta tan tierno amor.

VII
Así busqué durante tanto tiempo y
demasiado había oído la profecía
y
visto el cumplimiento ciego del fracaso en todos
los caballeros que dirigieron sus pasos en esa
misma inquisición de una Torre Distinta,
que sólo
me preguntaba si sería digno
de fracasar como ellos.

VIII
Así, tranquilo como sólo lo está la
desesperación hice crecer la
distancia entre mí y aquel
adominable tullido, aquel
feto negro dejado
allí como mojón y
abandoné igualmente el camino
real para a lo larg
ir de aquel sendero que
me señaló, en el aire.
La jornada
se demostró extenunante como nin-
guna otra jamás lo había sido, oscura y
cercana ya a su fin, pero antes
lanzó una roja y agria mueca para que
se viese antes de morir la luz cómo acogía
la llanura el rayo último:
la oscuridad
del día llegaba así a su fin y
pronto, con la noche, veríamos la luz.

IX
Pero ¡alerta! Tan pronto como
entregué mi destino a la llanura atroz, tras
de dar un paso o dos, cuando me
detuve por
arrojar una mirada
última, compasiva, hacia atrás, no estaba
ya el camino real. Nada
sino llanura alrededor, llanura
y hasta más allá
de los límites del horizonte que no había
para ser más llanura la llanura, ya no
sin nada que pusiere
allí signo o diferencia; ningún
horizonte, sólo yo, sin mí, y el sol
quemante como espejo. Sólo yo, y debía
continuar pues no quedaba
ya otra cosa por hacer.

X
De modo que seguí, sólo hice eso,
mis pasos como martillo en el metal,
mi pensamiento
como un martillo inútil y tenaz. Pensé que
no hubo naturaleza tan infame, hambrienta
y dadora de hambre como ésa. nada que pudiera
erguirse y todo cuanto era se caía,
allí pudo tan sólo
crecer una flor cuyo solo
nombre sospechado
me hizo temblar. Pero no, tártago, cizaña, eran los
vástagos que de acuerdo con su
tendencia innata hacía crecer
estúpidamente para caer, allí se propagaban sin
que nadie fuera apto para podar o
sentir molestia o dolor por su presencia
una y compacta, sin perdón, fisura, tártago o
cizaña, el nudo
de un solo árbol habría sido allí
un cofre en donde, oculto, respirar.

XI
¡No! No, inercia, miseria, una mueca
el paisaje son toda la herencia
que la tierra nos deja.
«Mira o quédate sin ojos», dijo la Naturaleza
de mal humor, y seca como el pecho
de una madre vieja. «Nada puedes
hacer y nada
de lo que hagas importa
—nada o nadie podría curar la
realidad que es llaga, enfermedad
devenida, paisaje—, sólo el Fuego
exhausto y trabajado, último clavo
en la sien desasistida del hombre
que ya no puede llorar, sólo el Fuego
del Juicio Final y la hoguera para
calentarse un viejo con la leña
sacada de la casa demolida, sólo Él podría
calcinar esta suerte de hueso que es cuanto
queda en mí de vida, espíritu, y
liberar mis presos: triste oficio
el mío, el tuyo, de resucitar muertos.»

XII
Y seguí, olvidando
que la había oído, su voz de carne.
Y seguí y unánime aplaudía
el Fracaso, y tanta la Caída
que si cardo alguno
para su desgracia un poco más crecía
que los demás le era cortada
la corola y el tallo, por que no sintieran celos
los que dormían. Quién ese agujero
inscrito habría, tales cortes, en las
hojas negras del lampazo, así de magu-
llado como
para descartar toda esperanza de verdura,
debe de
habitar aquí un hombre con un cuerpo
de animal, una
bestia híbrida, excretando su
vida como una babosa o
un pez en el tembladeral.

XIII
Y en cuanto a la hierba, crecía rala como
el pelo el la lepra, sus
briznas perforaban apenas
el lodo que pa-
recía amasado con sangre: y un tieso
rocín ciego, huesos relucientes
de pura desnudez, estaba
allí quieto y asombrado, quién
sabe cómo lle-
gó hasta ese espacio un día, arrojado
por inservible del establo
inmóvil y putrefacto del diablo.

XIV
¿Vive? Muy bien podría estar muerto, si hay
diferencia alguna entre los dos estados: y con aquel
cuello exhausto, desvaído y
colorado, y los ojos cerrados bajo
la crin lacia y herrumbrosa.
¡Pocas veces lo grotesco fue tan doloroso! Y nunca vi
a una bestia a la que odiara tanto, muy
maligno debió ser en vida, si
es el mal lo que merece el sufrimiento.

XV
Cerré mis ojos y observé
cómo mi corazón se movía como cola
arrancada de gusano, y cual
un hombre que pide un
trago antes de luchar, imploró algún sorbo
de recuerdos más felices antes
de cumplir mi destino. Primero
pensar lo que de combatir se ha, éste es
el arte del soldado, y el sabor
de tiempos idos pone todo en su lugar.

XVI
¡Ni siquiera! Imaginé el
rostro encendido de aquel Cuthbert bajo
su guarnición de hilo dorado, santo
cuyo rostro lamo con lengua cansada.
Soñé así a Cuthbert y creí
por un momento que su brazo
sujetaba el mío para retenerme
siempre en aquel lugar. ¡Ay, otra noche
del desastre más entero! Se aleja el fuego
de mi corazón más nuevo, y sólo
queda, detrás, el frío.

XVII
Y es luego Giles quien aparece
de pie en mi alma, para sentir el frío,
Giles, el espíritu
mismo del honor, tan recto y franco como cuando
por vez primera caballero fue
ordenado. Cualquier cosa a que alguien
claro y valiente atreverse pudiera, él la osó. Pero de nuevo
la escena se demuda, ¿qué manos de verdugo
clavan en su pecho la afrenta de un pergamino? Son
los mismos caballeros de su orden,
¡pobre traidor al que la muerte escupe
y cubre con su maldición!

XVIII
Más vale el presente que vivir otra vez;
otra vida, así que regresé
una vez más al de todos los caminos
más negro, hediondo. Ni un sonido, ni
un matiz, un color, hasta donde los ojos
podían llegar, los ojos que sudaban
el más frío sudor. ¿Enviaría la noche por caridad
un solo murciélago? Pensé, cuando algo
en el llano más lúgubre bloquea
el pensamiento y lo deja
allí convertido en hielo, y varía
inmóvilmente su curso.

XIX
Y ahora, de pronto, un río interrumpe
mi paso, inesperado
como una larga serpiente, que no se ve.
Su corriente
serena no fue, desacorde
con aquella calma, aquella
pesadumbre oscura; y, rica en toda
clase de espuma negra y blanca, hubiera servido
bien de baño a las pezuñas del diablo, por la hirviente
cólera del negro
impulso suyo y por sus aguas
cubiertas de escamas.

XX
Río peligroso y exiguo. A lo largo
de él los alisos enanos y
pocos se inclinaban
no para verse; y los sauces
empapados de agua se arrojaban
allí de cabeza, en un acceso
rotundo de una lenta desesperación, como
por un acuerdo tácito y fulmíneo de suicidio
colectivo y total, como si el mundo
se suicidara entero, con la imagen
del río en las pupilas de
todos los que iban a morir, y el cauce
que al desespero les había
inducido pasaba de largo sin jamás
repetir en sus aguas la silueta.

XXI
Infame arroyo, cuando lo crucé. ¡Dios mío!, qué miedo
tenía de que mi bastón tocara buscando
suelo firme a un hombre
muerto, o de que en mis pies
desnudos y húmedos sintiera su barba
o cabellera viscosa y muerta, convertida
en pez de las profundidades. Tal vez
tal vez sólo fuera una rata
de agua lo que atravesó
de cuajo mi bastón, pero aquel grito
—lo juro— era el de un niño.

XXII
Así que respiré cuando en mitad
de la asfixia llegué a la otra orilla, aun cuando
vanos es el movimiento de la esperanza,
tardo
como el de un gusano al que el pie ha aplastado. No había
ya, en la otra orilla, realidad,
sino lucha, lucha de
sombras anónimas, que nadie podía
saber quiénes
fueron o por qué se
mantenían en «vida» sólo por la lucha
cuyo estremecedor pisoteo convertía
la tierra en un charco. Sapos en un envenenado
estanque o salvajes
gatos en una jaula al rojo. Aquel ruido
me volvió sordo o me volvió loco.

XXIII
A eso el combate semejaba en aquel circo
para Infames. ¿Qué los hacía
pelear mejor que
huir o morir, qué los retenía
en el barro y la lucha? Y ni una huella
en la tierra, pese a que aquel
espacio parecía atestado, y pese a que
ninguna salió nunca de él: un brebaje
sin duda que el espíritu
deja toda la vida agonizante era lo que hacía
a sus cerebros funcionar, con la locura
de la máquina, cual
esclavos de galeras que matándose
divierten al Turco.

XXIV
Y aún peor, un estado más
allá, por qué, para qué podía
ser esa máquina, o freno, o rueda, o hierro útil
¿para embobinar los cuerpos de hombres como seda? Con todo
el aire de ser el
instrumento abominable de Tophet, abandonado
allí por el viento o traído
por una mano sin cuerpo para que le afilaran
la falta de brisa los oxidados dientes.

XXV
Y di un paso más en el horror. Llegué
entonces a un pedazo de
tierra desigual, que fuera
en otra época bosque, más lejos que el recuerdo.
Al lado estaba de un pantano, al parecer, y lo que fuera
antaño reposo del
sol y lo que fuera
un bosque o un padre ahora
sólo desesperada tierra, y
acabada como la vida del viento (así
el loco se divierte, haciendo y
rompiendo), y en un cuarto de acre se extendía
junto a él como digo una ciénaga,
arcilla, escombros de vida, y desnuda
desolación como palabra muda.

XI
Y allí, tan pronto manchas podridas
de algún color, chillón, como el traje
de quien ayer mató a su amigo y hoy se viste
para una fiesta con atuendos
caros que ha malcomprado, tan pronto
manchas donde la miseria
atroz de la tierra se nombra como
musgo poblado de granos y forúnculos
rojos y purulentos; y más tarde, como alivio
de una lluvia para alguien
muerto o agonizante, alguna
encina temblando de una
enfermedad que no se cura, abierta
de par en par por un único tajo como boca
de labios rotos, boca hambrienta
de un hambre que no se cura, y que
sólo se cerrará cuando el
tronco caiga y el barro lo cubra
con vergüenza.

XXVII
Y un paso más, y un paso, ni dos, alteran
este estar lejos como siempre del fin. Nada
sino el atardecer en la distancia, nada que animara
a dar un paso y otro más, y sin embargo
ando con la fuerza de un martillo, con su misma
necesidad, sobre el yunque del que sale fuego
para nada, en lo oscuro. Con la misma
necesidad del golpe, avanzo. Y cuando pensaba
en esto, si eso es pensar, un pájaro
negro hermano y amante
incestuoso de Apollyon pasó al vuelo,
planeando, sin mover
nunca para volar las alas y no obstante
ásperamente me rozaron el pelo y dejaron
allí un líquido
espeso y blanco, semen o sangre. Y de ellas el roce
le digo áspero, como lija o madera
seca, y la semilla
blanca que dejó en mi cerebro
la siento
crecer y moverse entre las glándulas. Era éste quizás,
éste de alas de dragón el guía que buscaba,
el padre.

XXVIII
Y he aquí que al mirar
a lo alto sin creer en el cielo, veo
a pesar de la sombra,
que crecieron montañas donde no había ya nada, montañas que no son
sino tierra y rocas apiladas, montones de
basura que se elevan hasta
tapar el cielo que yo nunca vi. Y aquella visión, aquella
también me cogió por la espalda, a traición: una
y otra vez era enculado por la pesadilla. Escapar.

XXIX
Y asomaba la cara de la trampa. En la boca
amenazaba la palabra, la clave
peor que no saber, que estar oscuro. La había soñado
aquella explicación, la había soñado
ya en alguna pesadilla. Aquí
terminaba el camino. Y cuando
estaba a punto de no pensar, de olvidar, un chasquido
se oyó como una trampa
que para siempre se cierra,
y tú estás dentro de ella.

XXX
Y era peor la luz. Sobre mi mente
cayó como un rayo, quemando
el pensamiento, quemándome, la idea de que
el lugar era ése, de que estaba
yo allí, donde se acaba, y no cabe
arrepentirse o volver
atrás o tan siquiera
pensarlo todo otra vez, donde no hay
salida ya porque se sabe
por entero la Verdad, y no hay por
tanto más que una sola realidad, eterna,
y el tiempo ha muerto: nada más que verdad.
Aquellas dos montañas como toros
agazapados para embestir y con los cuernos
trabados ya en la lucha
y el conflicto sin fin. Y en el centro
la montaña esculpida. Imbécil
de mí, loco, despertarme dormido
el día que esperé toda mi vida.

XXXI
¿Qué había allí, en el medio, sino
la Torre misma, redondo
y chato torreón con almenas
esperando como el Juicio Final, como al final
del laberinto el monstruo? Sí, el redondo
torreón con almenas ciego como el corazón
de un idiota, hecho
de piedra oscura, sin igual
en cualquier paisaje del mundo, conteniendo
en sí toda la mirada. Así el genio
de la tempestad sarcástico lleva de la mano
al timonel contra
el arrecife y él lo sabe
sólo cuando cruje la madera, sólo
por el oído que ensordece, ahora.
La noche. Su luz.
La noche. Deshaz mi cuerpo.

XXXII
¿Cerrar los ojos? ¿En la noche? ¿Llamar a otra noche
más densa en que no pueda ver? No, el día volvió sólo
para eso, para hacerme mirar, mirar. Y antes de ponerse
el sol relumbró por la grieta: había
colinas cual gigantes a la caza
de hombres, con el mentón
en la mano sucia de tierra, para ver
por fin a la presa
acorralada, dando vueltas: ya te
rodea el círculo. «¡Ahora apuñala y remata
a la víctima clavándole la espada
hasta la empuñadura que ya no dice nada!»

XXXIII
¿O tapar los oídos? ¿Para no oír el silencio?
¿Para no oír el estruendo? Sí, el ruido
tenso y vibrante de la más enorme
campana. Y cuando en mis orejas
resonaban, apiñados, los nombres
de los héroes mejores que yo, cuán fuerte
uno era, otro qué valiente,
otro qué dichoso hasta llegar ahí. Y sin embargo todos
y cada uno de tantos
hombres excesivos estaba
perdido, ¡perdido! Y las campanas
doblaron otra vez para que se supiera
el desastre de los siglos.

XXXIV
Ahí estaban de pie, en fila, a los dos lados
de la colina para ver mi fin y verme
entrar en el cuadro y no
moverme allí —en una sábana de
fuego los vi a todos y a
todos los reconozco. Y cuando iba —una
figura más en el cuadro atestado
a ocupar el último lugar en el Museo, a subir
con mi cuerpo al pedestal vacío
para mí, y a
morir, o a estar vivo
para nada en la tela sin embargo
puse el cuerno en los labios por decir
—por decir al aire que no me esperaba—
por decir:
al frío y al viento que después de mí
hablaría girando en derredor
de la Negra Torre, una y otra vez, con
el mismo sonido, por decir —una vez
más— por decir a quienes no oyeron
ni oirán, decir: «Soy un niño, pues
no viví nunca, soy un niño, y
un niño llegó hoy a la Torre Negra, un niño
para hablarles a los muertos del Terror.»

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