Dios en la herejía medieval

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Cátaros, bogomilas, guaraníes, aztecas (y el degollado en Treveris)
exterminados por un asesino que dice ser ‘único’,
cíclope de un solo ojo,
exterminados en el nombre de Dios.
Leopoldo María Panero, Teoría

En los textos de Qumrán, escritura original de los Evangelios, puede leerse “la ofrenda cereal debe comerse con las grasas y la carne en el día de su sacrificio…y en lo que concierne a la ternera roja de la ofrenda por el pecado…” (Carta Heláquica). En los referidos textos de Qumrán, al decir de uno de sus intérpretes, Thompson, había cuatro Mesías y un Maestro de Justicia que no perdonaba a sus enemigos. En los mismos textos de Qumrán se habla de astrología, cosa que la Iglesia desprestigia y rechaza.
Es más, si los cristianos primitivos estuvieron tan obsesionados por el espagirismo, que consiste en creer que los dioses son hombres, Joven un rey y Venus una mujer, es por cuanto Jesucristo era un hombre: así leemos en L’energie sexuelle de Robert S. De Ropp que Jesucristo fue divinizado en el siglo II después de Cristo, y ello ante la protesta del patriarca Pablo de Samosata que lo consideró absurdo.
Es más, si los cristianos primitivos fueron los esenios, éstos adoraban al Sol, al fuego original de Heráclito, y es por ello que Nerón quiso achacar a los cristianos el incendio de Roma. Ahora bien, según Freud en Moisés y la religión monoteísta, Moisés y la Biblia judía tuvieron su cuna en el monoteísmo de Amenofis IV, quien también creía que el Sol era el único dios. Es decir, que el monoteísmo en su principio no tiene por rey a un dios muerto y lejano situado en el Más Allá, que es lo que hizo decir a mi amigo Javier Sádaba que el dogma principal del cristianismo es la no existencia de Dios.
Ahora bien, en las herejías medievales es en donde vuelve la idea de Dios como experiencia, la idea de un dios vivo que también pulula en la Mística, enemiga lo mismo que la herejía de la letra. Así pues, situar a Dios del lado de acá es poner en cuestión la injusticia de este mundo, y es por eso que las herejías medievales eran políticamente peligrosas.
La mayoría de las herejías medievales, los donatistas por ejemplo, rechazaban los sacramentos y la penitencia, adoraban, y no solo de boquilla como los hermanos de San Juan de Dios, la pobreza primitiva de Cristo y practicaban una lectura ácrata de la Biblia: así los bogomilas niegan el Antiguo Testamento y los cátaros aseguran que ese Antiguo Testamento es obra del Diablo y no de Dios. Así, según los referidos cátaros, el mundo es obra del Diablo y el cielo no está aquí. Así el sacramento principal de los cátaros era la endura, que consistía en una misa extraña en que para subir al cielo se ayudaban mutuamente a quitarse la vida.
Que Dios para esos herejes fuera la imagen de la felicidad, lo mismo que mear es un símbolo de la risa, es lo que habla del limón, en hebreo etrog, amarillo como la orina, como símbolo de Jesucristo y de la cerveza.
Ahora bien, esta idea del Mesías, alegre como Xipe Tótec, nuestro señor el insolente, a quien también descubrimos meando -y que era Dios para los aztecas-, coincide con la postura de los petrobrusianos de no adorar al crucifijo, el cual para ellos sería una blasfemia, por cuanto significa adorar a Dios en la muerte, y no en la vida, si es cierto que aquella pertenecía a Jesucristo. También Eón de la Estrella no creía que Dios fuera la Iglesia y se oponía a la construcción de iglesias, a las que atacaba y despojaba de sus ornamentos. Del mismo modo Thomas Müntzer, otro pseudo-Mesías, atacaba a ricos y curas sosteniendo una llama por enseña, lo mismo que Eón de la Estrella, quien se creía eum o eso, como en la frase bíblica per eum qui venturus est judicare vivos et mortuos et seculum per ignem.
Enrique el Monje, otro pesudo-Mesías, patriarca de los tejedores y de los arrianos, también rechazaba por completo los sacramentos incluido el matrimonio. Así, practicaba el amor libre, sosteniendo como los Herejes del Espíritu Libre que “todo es puro para el puro”, y como los ophitas, cuya comunión era el intercambio de semen, al que ellos llamaban el licor precioso, sostenían que “toda tierra es tierra”, refiriéndose a la sodomía como un posible territorio de Dios. Del mismo modo Margarita Porete, otra hereje del Espíritu Libre, argumentaba en su libro Le miroir des âmes simples et anéanties que el robo era defendible como patrimonio de los pobres, y decía “allá donde pones el ojo pon la mano”.
Ahora bien, para los cátaros el verdadero sacrilegio es la misa: Ecberto definía al pan y al vino como parte de la creación perversa o demoníaca, y para dos campesinos, Clemente y Ebrardo, el pueblo de Bucy-le-Long, la boca del sacerdote es la entrada al infierno. Por el contrario, los valdenses reincidieron en la postura de los cristianos primitivos que se intercambiaban los trajes y que, por tanto, es de suponer que no eran castos, convirtiéndose en seguidores desnudos de un Cristo desnudo, y dando a las mujeres acceso a la predicación, cosa que sólo muy recientemente ha aprobado la Iglesia
católica, la infecta Iglesia católica contra la que se rebelaron los valdenses al considerar pecado mortal cualquier mentira. También los cátaros rechazaban completamente la mentira siguiendo así las palabras de Jesús “no jurarás”.

II
Con todo esto hemos comprobado que la herejía no solo no es un error de la letra o una divergencia de aquellos, sino que es perseguida precisamente por tomarse las cosas al pie de la letra, lo mismo que el loco y lo mismo que Lacan a Freud cuando dice “La Némesis, para coger en la trampa a su propio autor, no tuvo más que tomarle al pie de la letra”. Del mismo modo que la herejía, el Apocalipsis, en el cual Lacan también creía, es, como la locura, un retorno catastrófico de la letra, una incidencia de Dios sobre la realidad malsana, porque lo verdaderamente maldito (y este es el sentido de la herejía) es la idea de Dios, si con ello aludimos a ese Dios no aristotélico y abstracto que no nos toca y al cual rezamos, sino a ese continuum que reenvía el psiquismo animal a las formas de la Mística, por cuanto ese animal es un continuum del que dijera Bataille en su teoría de la religión, que un animal manduca a otro animal sin otro territorio ni límite que el suelo; del mismo modo que Böhme, zapatero que creía en el Sol, dijera que Dios es un abismo o Ungrund, literalmente no territorio en el que desaparecen los “yoes” igual que en la locura. GLORIA IN EXCELSIS NIHI, diremos al igual que Stirner, fundador del anarquismo individualista que realizara una crítica de Hegel y de las categorías en función del “yo”: “Yo he basado mi causa en nada: no hay nada ni nadie por encima de mí”.

 

Conferencia leída en el Salón de Actos de la Facultad de Psicología el 21 de marzo de 1995. Vacío, n°5, primavera de 1996, pp. 35-36.

«Disuelto estás en mi alma igual que el viento…»: Leopoldo Panero escribe a sus hermanos

A MIS HERMANAS

Estamos siempre solos. Cae el viento
entre los encinares y la vega.
A nuestro corazón el ruido llega
del campo silencioso y polvoriento.

Alguien cuenta, sin voz, el viejo cuento
de nuestra infancia, y nuestra sombra juega
trágicamente a la gallina ciega;
y una mano nos coge el pensamiento.

Ángel, Ricardo, Juan, abuelo, abuela,
nos tocan levemente, y sin palabras
nos hablan, nos tropiezan, les tocamos.

¡Estamos siempre solos, siempre en vela,
esperando, Señor, a que nos abras
los ojos para ver, mientras jugamos!

TU SUELO AZUL
(Con mi hermana Rosario)

Disuelta en risa tuya está la estrella,
y disuelto en el alma cada día
está tu suelo azul, tu compañía
de niña con dos trenzas; y en la huella

disuelto está tu paso, y suelta aquella
agilidad feliz de tu alegría;
y en evidencia y éxtasis, más mía,
más mi hermana eres hoy, disuelta y bella

plenitud inmortal en gozo y nada.
…Disuelta en todo estás y en nada existes;
sólo mi corazón te nutre ahora.

¡Tu fresca voz, la piel de tu mirada,
las olas de tu risa…! ¿En qué consistes
sino es en mi dolor mientras te llora?

DISUELTO ESTÁS EN MI ALMA…
(Con mi hermano Juan)

Disuelto estás en mi alma igual que el viento,
disuelto en el aroma, y no lejano;
disuelto y suelto al fin, pero en mi mano,
pero en mi corazón raíz te siento.

Cotidiano estupor, disuelto y lento,
de no vivir contigo y ser tu hermano;
y serlo siempre más; y siempre en vano
abrazarte disuelto en pensamiento.

Y así saber de ti cada mañana,
saber de ti disuelto, y no olvidarte,
y no poder, con plenitud humana,

disolverme también, para llenarte
de nuevo el corazón: disuelto en gana
de ser contigo dos, mas nunca aparte.

en Escrito a cada instante (1949)

La noción de “pecado” como certidumbre del otro – LMP

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La sospecha de Atenas de que el pensamiento puede
tener alguna aplicación sobre la vida tuvo como
consecuencia la aplicación de la cicuta.
Ezra Pound

Decía Lacan que “l’inconsciente c’est le discours de l’Autre avec un grand A”, y este por cuanto el “Otro”, en la sociedad capitalista occidental, es tan solo una oscuridad o una sospecha, una sombra kafkiana o paranoica, y el “Otro”, única evidencia, es una evidencia indecible. Y si el sexo se plantea aquí como una agresión es por cuanto siendo aquel, como dijera Marx, la relación natural entre hombre y hombre, al faltar el espejo, él solo puede manifestarse como una violencia ciega.
Ahora bien, la burguesía, que acabó con la religión para deshacerse del derecho divino de la nobleza, que la privaba arbitrariamente de sus riquezas, y al inventar lo que Hegel llamara el “cristianismo ateo”, un cristianismo esquizofrénico o, mejor dicho, hipócrita, en que no se cree en lo que se dice, la burguesía, digo, creó así una sociedad infernal y paranoica donde la única evidencia o situación es la lucha, y en donde al que se le llama “loco”, y se le castiga y tortura en el manicomio, para vengarnos aún más de su fracaso.
Porque, como dijera el antipsiquiatra inglés Edwin Lemert, existe una suerte de “tasa social sobre el fracaso”, y en esa sociedad al que cae no lo levanta ni dios: “Te suelen soltar la mano si ven que hacia abajo vas”, como dijera en palabras terribles y poéticas Julio Iglesias.
Es así que aquí, a la inversa de un cristianismo al que encima se pretende reclamar, el despojo, el desgraciado, no sólo no son objeto de caridad cristiana alguna, sino que se hacen objetos de la persecución más implacable, y de la juerga flamenca más tenebrosa, que ni siquiera encuentra su término entre los muros del manicomio, donde el castigo sigue y no cesa jamás, y encuentra sólo su límite en el estupor catatónico, o en la muerte, único término y final de la más terrible de las conspiraciones, que no tiene otro sentido que el misterio terrible de la maldad humana: “cuán bestial es el topetazo de la injusticia absoluta”, como dijera Dámaso Alonso; y cuando digo aquí “absoluta” lo digo bien, por cuanto se trata de una injusticia universal, colectiva y sin salida, como no sea la dinamita con que acaba El proceso de Franz Kafka, única salida posible para un mal que está ahí pero que no se dice, y que es efecto de una moral del desconocimiento, de la que la mejor descripción es la de la película de Michelangelo Antonioni Blow-Up, la descripción de un crimen que a nadie interesa, y de una pistola en las tinieblas.
Y es que si hay alguna realidad de la noción de pecado, ésta es ese “tú”, semejante o prójimo -que significa “cercano”- que falta al capitalismo, sistema basado en la competencia desleal más salvaje y en la mas ciega de las luchas porque a aquélla le falta incluso la moral del guerrero, la moral de la Valhöll, donde las espadas nos dan al fin su luz.
“Y al faltar el tú, o la situación, estamos para siempre en la merienda de los locos de Carroll, donde siempre es a las seis, siempre es la misma luna y la misma mañana, el mismo veneno y la misma CIA, el mismo manicomio y la misma muerte, lejos de la verdad, de nuestra única y posible verdad, que son los carruajes vacíos en el crepúsculo, moviéndose en dirección al Salón de los espejos” (cito un poema mío del libro Así se fundó Carnaby Street, titulado “Ann Donne: Undone).

EGIN, 16 de juio de 1998. En Prosas econtradas.

«…para tener seguridad, / te toco / para apoyarme en ti si estoy cansado»: García Nieto y Rosales escriben por Panero

A Leopoldo Panero
que tenía certidumbre de corazón      

Como un golpe de más que se ha quedado
Inmóvil de repente, como un poco
de más ¡tan repentino!, de mar loco
ya entre el cielo y la tierra amortajado,

o un resquebrajamiento que ha cambiado
la tierra de lugar, ahora te invoco
para tener seguridad,
te toco
para apoyarme en ti si estoy cansado.

Tenía que ser así, como un manojo
de enebro y hierbabuena, estaba hecho
de aspereza inmediata y de ternura;

como crece la llama en el rastrojo
de repente murió;
tenía derecho,
y algo de Dios ya en primogenitura.

Luis Rosales

 

Oración por Leopoldo Panero en la ermita del Cristo de la Gracia

Busco tu compañía en esta ermita
donde he entrado a rezar por ti, tocado
de soledad, herido y asombrado
por todo lo que un golpe precipita.

Y tú no estás. ¿O no era aquí la cita?
Estoy solo. Pasaba. Me han llamado.
Y era tu voz; la voz del desterrado
que en el desierto del poema grita.

Torre de hombría, paz andante, lumbre
cautiva, acostumbrada pesadumbre:
¡cuánto valor sin sitio y tan aparte!

Rezo sin entender…¿Cómo podía
haber sido…? En la Cruz, Él me decía
Que lo mejor estaba de su parte.

José García Nieto

«Estamos siempre solos»: poemas de Leopoldo Panero Torbado

Santa María del Mar

Sobre el mar el cementerio;
la espuma junto al ciprés;
sobre las cruces gaviotas,
y en las alas rosicler;

entre las tumbas del valle
sueña y descansa al nivel
del agua que entre los pinos
se siente resplandecer;

sobre las olas las nubes;
sobre la cumbre mis pies;
y al fin la espuma infinita
abierta como un vergel.

Como un surco de alegría
entre el milagro y la fe,
la soledad nos acerca
a la plenitud del ser;

el tránsito de las nubes
abre la lenta azulez
del cielo como la espuma
que no acaba de romper;

todo está quieto en el alma
cual un rebaño al pacer;
la luz descansa en la orilla
y el heno verde en la mies;

y el mar se cubre de niebla
entre los ojos del buey,
que roza apenas la hierba
y bebe el agua sin sed;

todo está quieto en el valle
y entre las cruces se ve
trémulamente desnuda
una estrella aparecer;

el eco del mar ensancha
la soledad; y a través
de los maizales la brisa
se rompe como un papel.

¡Desde esta cima, estas alas,
y esta dulce ingravidez,
los tréboles y la espuma
me quieren alzar, mecer;

dejarme desnuda el alma
vibrante de carne fiel;
dejarme muerto en las olas
como un grumete doncel…!

¡Que me entierren cuando muera
en esta cumbre y de pie!
¡Que me cubran con la espuma
de las flores al nacer!

¡Que la música del agua
y el son del viento a la vez
me tengan presa la vida
como un pájaro en la red!

¡Que me olviden, que me dejen,
que no me vengan a ver!
¡Sobre el mar el cementerio;
la espuma junto al ciprés;

los ángeles de la mano
como la nieve al caer,
vendrán a velar, velarme,
velarte siempre, Avilés!

La palabra hace el pan

Mojada por la lengua y por el beso,
la palabra del hombre que me digo,
da semilla a la vida, y más que el trigo
hace el pan, la blancura de su peso.

Medida por la tierra y por el hueso,
la palabra es palabra que da abrigo,
que guarece en invierno al que es amigo
y al que enemigo es: palabra, es eso.

Confiadamente sale de la boca
y se pone a correr su alada suerte
y su aventura de semilla viva,

de corazón en corazón va loca,
aprendiendo a morir en cada muerte,
y en miel de libertad a estar cautiva.

Copla de la palabra lenta

Mi corazón no está muerto,
sino cantando,
lejos,
a la santa sombra
de un encinar, en los campos.
No muerto,
sino luchando
diariamente con la vida,
desnuda, hermano.
Lejos,
despacio,
jornalero de la muerte
-¡tan niño, aprendiz de anciano!-,
desde la tierra que piso
viene la copla a mis labios:
…¡ni calla el que está en silencio
ni es toda palabra canto!

Escrito a cada instante
A Pedro Laín Entralgo

Para inventar a Dios, nuestra palabra
busca, dentro del pecho,
su propia semejanza y no la encuentra,
como las olas de la mar tranquila,
una tras otra, iguales,
quieren la exactitud de lo infinito
medir, al par que cantan…
Y Su nombre sin letras,
escrito a cada instante por la espuma,
se borra a cada instante
mecido por la música del agua;
y un eco queda sólo en las orillas.
¿Qué número infinito
nos cuenta el corazón?
Cada latido,
otra vez es más dulce, y otra y otra;
otra vez ciegamente desde dentro
va a pronunciar Su nombre.
Y otra vez se ensombrece el pensamiento,
y la voz no le encuentra.
Dentro del pecho está.
Tus hijos somos,
aunque jamás sepamos
decirte la palabra exacta y Tuya,
que repite en el alma el dulce y fijo
girar de las estrellas.

A mis hermanas

Estamos siempre solos. Cae el viento
entre los encinares y la vega.
A nuestro corazón el ruido llega
del campo silencioso y polvoriento.

Alguien cuenta, sin voz, el viejo cuento
de nuestra infancia, y nuestra sombra juega
trágicamente a la gallina ciega;
y una mano nos coge el pensamiento.

Ángel, Ricardo, Juan, abuelo, abuela,
nos tocan levemente, y sin palabras
nos hablan, nos tropiezan, les tocamos.

¡Estamos siempre solos, siempre en vela,
esperando, Señor, a que nos abras
los ojos para ver, mientras jugamos!

Acerca del “Hombre de los lobos”

lmpaneroDeleuze, en su revisión radical del psicoanálisis freudo-lacaniano, hablaba en pro de una “territorialización”, o mejor “reterritorialización”, del llamado “enfermo”: ahora bien, esta territorialización es siempre fascista, o como dijera el ingenuo marxista, imperialista. Es siempre imperialismo, imperialismo del signo, pero imperialismo.
Efectivamente, la relación psicoanalista/paciente es una relación entre amo y esclavo. Y una relación que no es una relación, por cuanto no es dialéctica, en el sentido más humano que esta palabra tiene, que es el de la dialéctica socrática, el de la filosofía en situación y ubicada fuera del imperialismo del signo.
Así, el loco, ubicado por la sociedad fuera del terreno de lo social, esto es, de lo humano, acude como áncora de salvación al médico o psicoanalista en busca precisamente de un territorio, y éste lo desterritorializa aún más, y si lo ubica, lo hace como esclavo suyo, como pieza de un fantasmal museo nosográfico.
El ejemplo por excelencia de esta “histeria de conversión” -por decirlo irónicamente- es el del célebre “Hombre de los lobos” freudiano. Aquél se creía Jesucristo, como suelen creerse muchos hombres hiperputeados y que han sufrido mucho, siendo la identificación con Jesucristo una metáfora de su dolor, y no de su dolor psicótico o, lo que es lo mismo, imaginario, sino de su dolor real o, lo que es lo mismo, humano. Y conste que al decir humano me estoy refiriendo a lo que los chinos llaman , o “virtud de lo humano”, no a lo que los psicólogos llaman “hombre”, tomando a aquél por una foto robot que se parece más que al hombre al animal-máquina cartesiano, único que es sólo capaz, como los perros de Pávlov, de funcionar según mecánica estímulo-respuesta.
Pero, volviendo al “Hombre de los lobos”, Freud, interpretando su deseo según los términos de una funesta maquinaria sexual, y decirle que su sueño de unos animales con falo, esto es, unos perros provistos de razón, tenía como base una homosexualidad no impuesta sino reprimida, hizo decir a aquél: “¿Jesucristo tenía culo?”
Porque, como ya hemos dicho, el animal cartesiano se creía Jesucristo. Ahora bien, el hombre que no tenía acceso por su diferencia a otro territorio, acabó por creerse homosexual, y Freud lo paseó de museo en museo nosográfico, con los títulos de homosexual freudeano (o cristiano, mejor dicho, excristiano).
Otro ejemplo de territorialización abusiva o fascista lo constituye el de los locos tratados por psiquiatras marxistas, como Giovanni Jervis: allí, los locos, por creerse algo y figurar como alguien en el mapa de lo humano, acaban por creerse por obligación personajes de un auto sacramental político o parapolítico, siendo así que su problemática es más humana o real que cualquier problemática de homo econmicus.
Por lo menos, los lobos o los pseudomarxistas -o marxistizados- no son ya sapos o cucarachas, como se creen algunos psicóticos por trasladar así a su espejo su única posible imagen, que es la de un ser que sólo inspira repugnancia, ya que a falta de espejo no hay óptia, y por eso el asco, como aquel que nos inspira lo oculto, el ratón que sale de la cañería o del retrete, o las cucarachas que brotan de lo oscuro.

Leopoldo María Panero, EGIN, 24 de marzo de 1998, página 6. [en Prosas Encontradas]

La prohibición de la infancia (II) – Leopoldo María Panero

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Como dijera Ezra Pound, citando unas palabras del cura José María Elizondo, “hay aquí mucho catolicismo – (sounded catolithismo) – y muy poco reliHion”: porque la religión es asunto del espíritu y no de las letras, y parece ser que en este Reino, por así decirlo, sólo la letra y la blasfemia se consideran como virtud y pecado, y no lo que los chinos llamaran yen o “virtud de lo humano”, que está lejos de ta hio o “cantidad de lo humano”, con lo que se quiere decir que un hombre noble puede, como Hércules, proclamando su virtud, destruir a la Humanidad, como un loco de aquí, de Mondragón, que se proclama noeniano y reivindica el Arca de Noé, por cuanto no hay en esta tierra nada que recuerde lo humano.
O si queréis, Sodoma y Gomorra, donde no es precisamente la homosexualidad lo que debe castigarse, sino la falta de yen o “virtud de lo humano”, y eso que falta a lo humano es la infancia o la locura, como pontificara en esta dirección San Pablo: “Busca la piedra que el constructor ha descartado: he aquí la piedra angular”; o Nicolás Flamel, uno de los padres de la alquimia: Notre Pierre est couverte de fiente et d’excréments; o bien en latín, in stercore invenitur, en el estiércol lo encontrarás, perdido en el manicomio y cubierto de heno y de excrementos: porque lo que todo el mundo busca es ese deseo maldito de la infancia, es el deseo, y el deseo niega al “yo”, pero puede por fin hablar y devolvernos la infancia masacrada por la sociedad, pero no por toda sociedad, sino tan sólo por la sociedad capitalista u occidental, que es la única que niega el deseo tan radicalmente como para que de ella no reaparezca la última luz, que adviene cuando a oscuridad lo domina todo.
“¡Ah, el rey con corona! Todas las noches lo veo”, el rey cuya muerte es la luz, como dijera Ronald D. Laing -demoledoras palabras de Laing- en The Politics of Experience and the Bird of Paradise, olvidando que no hay espacio oloroso alguno, porque cuando Mary Barnes pinta la pared de mierda no quiere decir sino lo más obvio -el sello de la carta robada-, esto es, no quiere decir más que la verdad: y la verdad es que la familia, lo mismo que el manicomio, son dos colonias penitenciarias y dos lugares de castigo y de represión para prohibir el deseo y negar la luz y lo humano.

EGIN, 24 de marzo de 1997, página 6. [En Prosas encontradas]