«Y este resulta un muerto inmenso»: Leopoldo Panero en la poesía de sus amigos

(…) Leopoldo, en tu ternura sin riberas, o en aquellas inmensas erupciones volcánicas de tus honradas iras, siempre mi amigo verdadero,
Leopoldo, aquí solo en la noche de noviembre,
de este sesenta y dos, de este año duro,
en que tú te me has muerto y en que tantos
lienzos de mi ilusión se me han hundido
y en que he visto rozándome, hocicándome, las púas en astillas y el putrescente aliento de las furias (humanas)
-sesenta y cuatro años de niño jamás imaginaron
que tales monstruos daba nuestro mundo-
se me cuaja la pena, y en náusea me rebosa el alma, el cuerpo,
y gritaría (¿a quién?):
«Ah, yo dimito de hombre» (…)

Dámaso Alonso. “Última noche de la amistad” (fragmento).

***

(…) No basta que estés muerto
para saber que ya no estás. No basta.
Tendrías que no habernos existido
en ti, en tu casa,
en Feli y en tus hijos,
en una carta tuya
o en un verso cualquiera.

Y lo sabes. No habías terminado
de hablar contigo y con nosotros. Fuiste
demasiado señor, para morirte
sin decir nada a nadie. Aún habías
de estrecharnos la mano muchas veces.
Teníamos que hablar tranquilamente
de los hijos que estudian,
de las hijas mayores que se casan,
de una copa de vino o de un paisaje,
de versos y pintura.

Y aquí estamos pensando sin remedio.
No me asusta pensar lo que ha ocurrido,
Leopoldo. El miedo, el miedo es de otras cosas.

Tal vez todo esté entero
si el pensamiento se hace
aire en el polvo de la carne muerta.

Fernando Gutiérrez. “A Leopoldo Panero” (fragmento).

***

De noche hacia tu dios
«…dime quién soy también»
L.P.

Me olvidé de la noche. Y te veía.
Todo en la noche que por mí se hizo.
No eras forma concreta, era el hechizo
de tu luz en mi sombra sobre el día.

Presente de amorosa lejanía,
yo mismo era un fulgor de albor nochizo
en la vida de Dios, con que agonizo
sin que acabe tu muerte mi agonía.

Pero estás ya en su Nombre. Todo ha sido
nombrarte y olvidarte de mi sombra,
acercarme de lejos a este olvido

en que tu ausencia misma arde en un fuego
con que es, tu ser en todo, amor que nombra
y yo el amanecer de verte, ciego.

P. Ángel Martínez. “Feliz nochebuena para Leopoldo Panero” (extracto)

***

He dicho muerto. He dicho que Leopoldo
Panero cierra ya la puerta
de la sombra tras él. He dicho que se apuran
las hormigas comiendo este silencio;
comiendo el pan mortal que hay en su alma.
Agosto, y digo que la sombra vino
con este 27. Acaso todo
quede ya resumido en una boca:
pasión de cuarzo y sombra del poema.

Por eso quiero yo mover la música
por él. Subir al ruiseñor
hasta el techo y el cielo de su casa.
Sembrar el trigo con airada mano
junto a su cementerio, para que en julio se hablen
los dos con esa inmensidad
que sólo Dios consigue sin razones.

He dicho muerto. Pero a sus cantadas
encinas yo las moveré
para que salgan del asombro. Manos,
alma y cielo pondré al asunto.
Arrancaré la música a sus copas
sonámbulas. Y al pájaro, y al campo
cegador, y a esta ciudad de Astorga
diré que se levanten porque un poeta cruza
como un gigante silencioso, más
que ceñida al pecho la camisa
triste, con la que anduvo errante por el mundo. (…)

Sí; por él robaré
la voz que necesite para el canto.
Por ese muerto ardiente que ente pecho
y espalda nos oculta la verdad,
saldré esta noche -cohetes y dulzainas-
para volver con esos maragatos, y todos
haremos corro… y le completaremos
la fiesta.

He dicho muerto,
Leopoldo, sombra y rabia mía
de amor; poema entretenido
con pausas infinitas en su boca;
forma de un cuerpo hecho a la medida
del sueño.

He dicho muerto
con tal inmensidad que no sé cómo
han de cantar las aves
para que se levanten un milímetro
del suelo. (Un muerto baja siempre,
siempre… No se responde; ni responde
su estatura a los lirios, ni su voz
a los pájaros.)

Resulta indiferente
que digamos aquí «Leopoldo», repetido
mil años por el alma, si es imposible
remitir del abismo ni una brizna, aun a pulso
de cánticos. Y este resulta un muerto inmenso
-con siglos, mundo, poemas y hermanos.
donde la terca gravedad divina
pudo extremar su neutro poderío.

Gaspar Moisés Gómez. “Última sinfonía por un poeta” (fragmentos)

***

Te digo y es verdad: tan hondamente
como nace tu voz, mi verso nace
para cantar al tuyo, transparente

como la pura linfa que el mar hace
sobre la playa, y hondo y sosegado
como el oculto valle, donde pace

el temeroso ciervo descuidado.
Palabra de mi edad, en ella suena
un eco de la tuya prolongado.

Porque es tu voz, Leopoldo, de colmena,
de misterioso trigo y levadura
que el corazón fecunda, nutre y llena

y vertical asciende hasta su altura,
como la yedra milagrosa trepa
de aérea y vegetal arquitectura,

te digo en amistad de pura cepa
que eres ante mis ojos el primero,
te sepa a adulación o no te sepa.

(…) Cuando me falte voz, por mí responda
la tuya manantial, palabra río
brotada a cada instante como onda

de la boca de Dios, donde confío
que habremos de encontrarnos otro día
más verdaderamente tuyo y mío.

(…) Nada conozco humanamente leve.
(Tampoco en poesía, que es humana
o nada es, y quien niegue que lo pruebe.)

Por eso, al despertar cada mañana
y verme tan inválido y exiguo
ante lo alrededor, me cerca y gana

un nuevo miedo general, antiguo
como toda la historia que me tiene,
y no puedo pensar y me santiguo.

Pero el mismo misterio nos sostiene,
tal si Dios nos soñara o como en vilo
nos mueve el universo y lo mantiene.

Nosotros, vicedioses, nuestro hilo
nos debemos hacer, del que pendemos
y del que pende el mundo. En ese filo

vacilantes andamos, nos movemos
temblorosos y a tientas, como en fría,
oscura, libre mar, solos, sin remos.

Para cruzarla en buena compañía
ha nacido tu verso, al que me asilo,
porque de su interior aerofanía

la esperanza de Dios, como tranquilo
manantial se derrama a cada instante,
igual que de tu alma y de tu estilo.

Por eso, a tu palabra, a tu incesante
busca de la Verdad hoy canto, amigo:
porque quiero seguirte, caminante

acogido a tu sombra y a tu trigo.

Jaime Delgado. “Carta a Leopoldo Panero” (fragmentos).

***

A Leopoldo, en su tierra de Astorga
«El dolor español de haber nacido»
Leopoldo Panero

En cuerpo y alma España te dolía
y por seguir sufriéndola, en su tierra
preferiste caer: no se destierra
el eco de la voz, la luz del día.

Te derrumbaste en medio de la vía
con tu dolor que abona ya la sierra.
El surco en torno de tu voz se cierra.
Vuelve a su cauce, al fin, la Poesía.

Mientras tu alma busca por el cielo
la morada de Dios, regresa al suelo
hecho rumor, tu corazón herido.

Como el Cid, eres ya polvo de España
y, apoyado en tu sombra, hasta su entraña
-buzo de la armonía- has descendido.

Oscar Echeverri Mejía 

 

Todos los poemas fueron publicados en Cuadernos Hispanoamericanos (edición en memoria de Leopoldo Panero). Julio-agosto 1965.

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Los abominables mamarrachos – L.M.P.

panero“De todas las palabras, la que quizás ha hecho más daño a la escritura ha sido la palabra ‘genio’. Si perdura, al mismo tiempo que nociones más silvestres que salvajes como ‘inspiración’, ello sin duda se debe al desinvestimiento de la escritura por parte del capitalismo, a su descodificación por parte de este sistema ‘profundamente analfabeto’.

DELEUZE – GUATTARI

Puesto que el artista no cuenta ya, a causa de esta desintregración del sistema, con un lector, con una crítica “viva”, ya que la única respuesta con la que cabe contar es con la de una crítica “muerta”, que opera con códigos arcaicos que ya no tienen vigencia ni en el escritor ni en el improbable lector (por consiguiente, la función de esta crítica es policial: se trata sobre todo de “juzgar”, el presente no ya por el pasado sino por el resentimiento que originó el fallecimiento de este; se trata no ya de analizar sino de prohibir o elogiar lo que aún se atenga al principio de identidad, lo que a pesar de todo persevere en los pobres y secos mitos de la división del trabajo); puesto que su producción es en suma, en este sistema, improductiva, inexistente, inútil: o bien el artista hace suya esta situación, dando así lugar al “esteticismo”, en el que se celebra el absurdo -por supuesto previo al esteticismo- del “arte por el arte” (pese a lo cual el esteticista se afana en publicar, en lugar de autosatisfacerse con sus propias obra, que sería lo consecuente y en algunos casos lo más provechoso para el lector: me refiero por ejemplo al segundo Carnero, El sueño de Escipión, y al tercer y cuarto Gimferrer); o bien rechaza -vanamente, impolíticamente- este no-código capitalista mediante códigos fenecidos, mediante nociones silvestres como “inspiración” o “genio” al mismo tiempo que se refugia en un público, en un lector inexistente: la posteridad.

Todo ello en lugar de la única actitud valerosa, que sería, no ya acomodarse al presente -esteticismo- o tratar de resucitar desesperadamente el pasado, sino ir aún más lejos en esa -para el espíritu pequeñoburgués- espantosa descodificación, ir aún más lejos de lo que el capitalismo ha ido en la muerte del arte, de la escritura: hacer ver, por ejemplo, que si el arte, la escritura, han muerto no ha sido sólo por causas externas, sino también internas: el arte, la escritura han muerto por una sola causa: por cuanto eran fruto de la división social del trabajo, de la división entre el trabajo manual y el trabajo intelectual, y de la división del hombre entre lenguaje y energía, entre significado y sentido: así nos correspondería inaugurar un nuevo arte total, hecho por todos, fusión de sentido y significado. Esto es lo que, fundamentalmente, quieren decir Lautréamont, Mallarmé, Artaud: no habrá ya entonces necesidad  de “crítica”, por cuanto, de ahora en adelante, esta radicará en el mismo arte: se acabó el arte “inspirado”, ateórico (y por consiguiente ideológico) y acrítico; y la crítica, si aún quiere ser, habrá de ser artística, tan total como el arte que pretende criticar. Ejemplos de este arte total, en España, sería imposible encontrarlos en la escritura: el único que me viene a la memoria pertenece a otro género y es Darío Villalba, quien con sus obras he hecho morir el “cuadro”, ha abolido -o tratado, al menos, desesperadamente de abolir- la separación existente entre público y “autor”. El arte entonces ya no se “consume”, por cuanto producción y consumición vienen a ser uno y lo mismo: la producción se consume a sí misma, la consumición es ahora capaz de, consumiendo, producir.

En el campo de la escritura todo sigue tan desesperado e inmóvil – iba a decir como siempre, pero no siempre fue así- no hay que olvidar lo olvidado: la escritura del despotismo (en el sentido que esta palabra tiene en el contexto Deleuze-Guattari): Góngora, Villamediana, Bocángel, Juan de Jáuregui. Hay de un lado la escritura que pretende hacer brillar las condiciones a que se ve sometida por el capitalismo -que pretende incluso haber inventado ella misma estas represiones-: Gimferrer, Carnero, Félix de Azúa; por otro lado hay los “genios”: Carlos Trías, Ana Moix, Víctor Orenga -este último nombre quizá resulte desconocido para el lector, pero en breve plazo, si no me equivoco, tendrá ocasión de hacerse con una obra suya, en Tusquets Editores, una mezquina imitación de Beckett. Y la verdad es que de lo malo escojo lo peor: prefiero a los “ambiciosos burgueses” a los “abominables mamarrachos”, al menos los primeros ejercen sobre sí cierta censura, su ambición les obliga a cierto sentido de la realidad, lo cual redunda en beneficio de la calidad; mientras que los segundos, fiados en su divinidad, no se obligan a nada, la escritura les importa un bledo, el lector también; actúan impunemente y cualquier teorización de su práctica les sonará a falsa: les preocupa únicamente saber (?) que son genios, y como esta palabra, a decir verdad, es difícil de significar (ni siquiera Goethe lo logró plenamente), se sienten libres para cometer toda clase de crímenes, contra la escritura, contra la producción: en efecto, no hay nadie que responda en nombre de una ni de otra: es, pues, fácil para ellos ser “irresponsables”, y hacer coincidir esta noción con la de genio.

Puesto que es necesario que esto se dirija a alguien, y a alguien reciente, escogeré Walter, por qué te fuiste de Ana María Moix, aun cuando podría ilustrar esta crítica obras pasadas -como El juego del lagarto de Carlos Trías- o futuras como Ouroboros de Víctor Ortega.

Y nada más queda por añadir, excepto quizás, solicitar en vano un poco más de respeto para una palabra que Poe tanto amó.

 

Diario de Mallorca, “Letras”, 9 de mayo de 1974, página 34.

Dios en la herejía medieval

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Cátaros, bogomilas, guaraníes, aztecas (y el degollado en Treveris)
exterminados por un asesino que dice ser ‘único’,
cíclope de un solo ojo,
exterminados en el nombre de Dios.
Leopoldo María Panero, Teoría

En los textos de Qumrán, escritura original de los Evangelios, puede leerse “la ofrenda cereal debe comerse con las grasas y la carne en el día de su sacrificio…y en lo que concierne a la ternera roja de la ofrenda por el pecado…” (Carta Heláquica). En los referidos textos de Qumrán, al decir de uno de sus intérpretes, Thompson, había cuatro Mesías y un Maestro de Justicia que no perdonaba a sus enemigos. En los mismos textos de Qumrán se habla de astrología, cosa que la Iglesia desprestigia y rechaza.
Es más, si los cristianos primitivos estuvieron tan obsesionados por el espagirismo, que consiste en creer que los dioses son hombres, Joven un rey y Venus una mujer, es por cuanto Jesucristo era un hombre: así leemos en L’energie sexuelle de Robert S. De Ropp que Jesucristo fue divinizado en el siglo II después de Cristo, y ello ante la protesta del patriarca Pablo de Samosata que lo consideró absurdo.
Es más, si los cristianos primitivos fueron los esenios, éstos adoraban al Sol, al fuego original de Heráclito, y es por ello que Nerón quiso achacar a los cristianos el incendio de Roma. Ahora bien, según Freud en Moisés y la religión monoteísta, Moisés y la Biblia judía tuvieron su cuna en el monoteísmo de Amenofis IV, quien también creía que el Sol era el único dios. Es decir, que el monoteísmo en su principio no tiene por rey a un dios muerto y lejano situado en el Más Allá, que es lo que hizo decir a mi amigo Javier Sádaba que el dogma principal del cristianismo es la no existencia de Dios.
Ahora bien, en las herejías medievales es en donde vuelve la idea de Dios como experiencia, la idea de un dios vivo que también pulula en la Mística, enemiga lo mismo que la herejía de la letra. Así pues, situar a Dios del lado de acá es poner en cuestión la injusticia de este mundo, y es por eso que las herejías medievales eran políticamente peligrosas.
La mayoría de las herejías medievales, los donatistas por ejemplo, rechazaban los sacramentos y la penitencia, adoraban, y no solo de boquilla como los hermanos de San Juan de Dios, la pobreza primitiva de Cristo y practicaban una lectura ácrata de la Biblia: así los bogomilas niegan el Antiguo Testamento y los cátaros aseguran que ese Antiguo Testamento es obra del Diablo y no de Dios. Así, según los referidos cátaros, el mundo es obra del Diablo y el cielo no está aquí. Así el sacramento principal de los cátaros era la endura, que consistía en una misa extraña en que para subir al cielo se ayudaban mutuamente a quitarse la vida.
Que Dios para esos herejes fuera la imagen de la felicidad, lo mismo que mear es un símbolo de la risa, es lo que habla del limón, en hebreo etrog, amarillo como la orina, como símbolo de Jesucristo y de la cerveza.
Ahora bien, esta idea del Mesías, alegre como Xipe Tótec, nuestro señor el insolente, a quien también descubrimos meando -y que era Dios para los aztecas-, coincide con la postura de los petrobrusianos de no adorar al crucifijo, el cual para ellos sería una blasfemia, por cuanto significa adorar a Dios en la muerte, y no en la vida, si es cierto que aquella pertenecía a Jesucristo. También Eón de la Estrella no creía que Dios fuera la Iglesia y se oponía a la construcción de iglesias, a las que atacaba y despojaba de sus ornamentos. Del mismo modo Thomas Müntzer, otro pseudo-Mesías, atacaba a ricos y curas sosteniendo una llama por enseña, lo mismo que Eón de la Estrella, quien se creía eum o eso, como en la frase bíblica per eum qui venturus est judicare vivos et mortuos et seculum per ignem.
Enrique el Monje, otro pesudo-Mesías, patriarca de los tejedores y de los arrianos, también rechazaba por completo los sacramentos incluido el matrimonio. Así, practicaba el amor libre, sosteniendo como los Herejes del Espíritu Libre que “todo es puro para el puro”, y como los ophitas, cuya comunión era el intercambio de semen, al que ellos llamaban el licor precioso, sostenían que “toda tierra es tierra”, refiriéndose a la sodomía como un posible territorio de Dios. Del mismo modo Margarita Porete, otra hereje del Espíritu Libre, argumentaba en su libro Le miroir des âmes simples et anéanties que el robo era defendible como patrimonio de los pobres, y decía “allá donde pones el ojo pon la mano”.
Ahora bien, para los cátaros el verdadero sacrilegio es la misa: Ecberto definía al pan y al vino como parte de la creación perversa o demoníaca, y para dos campesinos, Clemente y Ebrardo, el pueblo de Bucy-le-Long, la boca del sacerdote es la entrada al infierno. Por el contrario, los valdenses reincidieron en la postura de los cristianos primitivos que se intercambiaban los trajes y que, por tanto, es de suponer que no eran castos, convirtiéndose en seguidores desnudos de un Cristo desnudo, y dando a las mujeres acceso a la predicación, cosa que sólo muy recientemente ha aprobado la Iglesia
católica, la infecta Iglesia católica contra la que se rebelaron los valdenses al considerar pecado mortal cualquier mentira. También los cátaros rechazaban completamente la mentira siguiendo así las palabras de Jesús “no jurarás”.

II
Con todo esto hemos comprobado que la herejía no solo no es un error de la letra o una divergencia de aquellos, sino que es perseguida precisamente por tomarse las cosas al pie de la letra, lo mismo que el loco y lo mismo que Lacan a Freud cuando dice “La Némesis, para coger en la trampa a su propio autor, no tuvo más que tomarle al pie de la letra”. Del mismo modo que la herejía, el Apocalipsis, en el cual Lacan también creía, es, como la locura, un retorno catastrófico de la letra, una incidencia de Dios sobre la realidad malsana, porque lo verdaderamente maldito (y este es el sentido de la herejía) es la idea de Dios, si con ello aludimos a ese Dios no aristotélico y abstracto que no nos toca y al cual rezamos, sino a ese continuum que reenvía el psiquismo animal a las formas de la Mística, por cuanto ese animal es un continuum del que dijera Bataille en su teoría de la religión, que un animal manduca a otro animal sin otro territorio ni límite que el suelo; del mismo modo que Böhme, zapatero que creía en el Sol, dijera que Dios es un abismo o Ungrund, literalmente no territorio en el que desaparecen los “yoes” igual que en la locura. GLORIA IN EXCELSIS NIHI, diremos al igual que Stirner, fundador del anarquismo individualista que realizara una crítica de Hegel y de las categorías en función del “yo”: “Yo he basado mi causa en nada: no hay nada ni nadie por encima de mí”.

 

Conferencia leída en el Salón de Actos de la Facultad de Psicología el 21 de marzo de 1995. Vacío, n°5, primavera de 1996, pp. 35-36.

«Disuelto estás en mi alma igual que el viento…»: Leopoldo Panero escribe a sus hermanos

A MIS HERMANAS

Estamos siempre solos. Cae el viento
entre los encinares y la vega.
A nuestro corazón el ruido llega
del campo silencioso y polvoriento.

Alguien cuenta, sin voz, el viejo cuento
de nuestra infancia, y nuestra sombra juega
trágicamente a la gallina ciega;
y una mano nos coge el pensamiento.

Ángel, Ricardo, Juan, abuelo, abuela,
nos tocan levemente, y sin palabras
nos hablan, nos tropiezan, les tocamos.

¡Estamos siempre solos, siempre en vela,
esperando, Señor, a que nos abras
los ojos para ver, mientras jugamos!

TU SUELO AZUL
(Con mi hermana Rosario)

Disuelta en risa tuya está la estrella,
y disuelto en el alma cada día
está tu suelo azul, tu compañía
de niña con dos trenzas; y en la huella

disuelto está tu paso, y suelta aquella
agilidad feliz de tu alegría;
y en evidencia y éxtasis, más mía,
más mi hermana eres hoy, disuelta y bella

plenitud inmortal en gozo y nada.
…Disuelta en todo estás y en nada existes;
sólo mi corazón te nutre ahora.

¡Tu fresca voz, la piel de tu mirada,
las olas de tu risa…! ¿En qué consistes
sino es en mi dolor mientras te llora?

DISUELTO ESTÁS EN MI ALMA…
(Con mi hermano Juan)

Disuelto estás en mi alma igual que el viento,
disuelto en el aroma, y no lejano;
disuelto y suelto al fin, pero en mi mano,
pero en mi corazón raíz te siento.

Cotidiano estupor, disuelto y lento,
de no vivir contigo y ser tu hermano;
y serlo siempre más; y siempre en vano
abrazarte disuelto en pensamiento.

Y así saber de ti cada mañana,
saber de ti disuelto, y no olvidarte,
y no poder, con plenitud humana,

disolverme también, para llenarte
de nuevo el corazón: disuelto en gana
de ser contigo dos, mas nunca aparte.

en Escrito a cada instante (1949)

La noción de “pecado” como certidumbre del otro – LMP

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La sospecha de Atenas de que el pensamiento puede
tener alguna aplicación sobre la vida tuvo como
consecuencia la aplicación de la cicuta.
Ezra Pound

Decía Lacan que “l’inconsciente c’est le discours de l’Autre avec un grand A”, y este por cuanto el “Otro”, en la sociedad capitalista occidental, es tan solo una oscuridad o una sospecha, una sombra kafkiana o paranoica, y el “Otro”, única evidencia, es una evidencia indecible. Y si el sexo se plantea aquí como una agresión es por cuanto siendo aquel, como dijera Marx, la relación natural entre hombre y hombre, al faltar el espejo, él solo puede manifestarse como una violencia ciega.
Ahora bien, la burguesía, que acabó con la religión para deshacerse del derecho divino de la nobleza, que la privaba arbitrariamente de sus riquezas, y al inventar lo que Hegel llamara el “cristianismo ateo”, un cristianismo esquizofrénico o, mejor dicho, hipócrita, en que no se cree en lo que se dice, la burguesía, digo, creó así una sociedad infernal y paranoica donde la única evidencia o situación es la lucha, y en donde al que se le llama “loco”, y se le castiga y tortura en el manicomio, para vengarnos aún más de su fracaso.
Porque, como dijera el antipsiquiatra inglés Edwin Lemert, existe una suerte de “tasa social sobre el fracaso”, y en esa sociedad al que cae no lo levanta ni dios: “Te suelen soltar la mano si ven que hacia abajo vas”, como dijera en palabras terribles y poéticas Julio Iglesias.
Es así que aquí, a la inversa de un cristianismo al que encima se pretende reclamar, el despojo, el desgraciado, no sólo no son objeto de caridad cristiana alguna, sino que se hacen objetos de la persecución más implacable, y de la juerga flamenca más tenebrosa, que ni siquiera encuentra su término entre los muros del manicomio, donde el castigo sigue y no cesa jamás, y encuentra sólo su límite en el estupor catatónico, o en la muerte, único término y final de la más terrible de las conspiraciones, que no tiene otro sentido que el misterio terrible de la maldad humana: “cuán bestial es el topetazo de la injusticia absoluta”, como dijera Dámaso Alonso; y cuando digo aquí “absoluta” lo digo bien, por cuanto se trata de una injusticia universal, colectiva y sin salida, como no sea la dinamita con que acaba El proceso de Franz Kafka, única salida posible para un mal que está ahí pero que no se dice, y que es efecto de una moral del desconocimiento, de la que la mejor descripción es la de la película de Michelangelo Antonioni Blow-Up, la descripción de un crimen que a nadie interesa, y de una pistola en las tinieblas.
Y es que si hay alguna realidad de la noción de pecado, ésta es ese “tú”, semejante o prójimo -que significa “cercano”- que falta al capitalismo, sistema basado en la competencia desleal más salvaje y en la mas ciega de las luchas porque a aquélla le falta incluso la moral del guerrero, la moral de la Valhöll, donde las espadas nos dan al fin su luz.
“Y al faltar el tú, o la situación, estamos para siempre en la merienda de los locos de Carroll, donde siempre es a las seis, siempre es la misma luna y la misma mañana, el mismo veneno y la misma CIA, el mismo manicomio y la misma muerte, lejos de la verdad, de nuestra única y posible verdad, que son los carruajes vacíos en el crepúsculo, moviéndose en dirección al Salón de los espejos” (cito un poema mío del libro Así se fundó Carnaby Street, titulado “Ann Donne: Undone).

EGIN, 16 de juio de 1998. En Prosas econtradas.

«…para tener seguridad, / te toco / para apoyarme en ti si estoy cansado»: García Nieto y Rosales escriben por Panero

A Leopoldo Panero
que tenía certidumbre de corazón      

Como un golpe de más que se ha quedado
Inmóvil de repente, como un poco
de más ¡tan repentino!, de mar loco
ya entre el cielo y la tierra amortajado,

o un resquebrajamiento que ha cambiado
la tierra de lugar, ahora te invoco
para tener seguridad,
te toco
para apoyarme en ti si estoy cansado.

Tenía que ser así, como un manojo
de enebro y hierbabuena, estaba hecho
de aspereza inmediata y de ternura;

como crece la llama en el rastrojo
de repente murió;
tenía derecho,
y algo de Dios ya en primogenitura.

Luis Rosales

 

Oración por Leopoldo Panero en la ermita del Cristo de la Gracia

Busco tu compañía en esta ermita
donde he entrado a rezar por ti, tocado
de soledad, herido y asombrado
por todo lo que un golpe precipita.

Y tú no estás. ¿O no era aquí la cita?
Estoy solo. Pasaba. Me han llamado.
Y era tu voz; la voz del desterrado
que en el desierto del poema grita.

Torre de hombría, paz andante, lumbre
cautiva, acostumbrada pesadumbre:
¡cuánto valor sin sitio y tan aparte!

Rezo sin entender…¿Cómo podía
haber sido…? En la Cruz, Él me decía
Que lo mejor estaba de su parte.

José García Nieto

«Estamos siempre solos»: poemas de Leopoldo Panero Torbado

Santa María del Mar

Sobre el mar el cementerio;
la espuma junto al ciprés;
sobre las cruces gaviotas,
y en las alas rosicler;

entre las tumbas del valle
sueña y descansa al nivel
del agua que entre los pinos
se siente resplandecer;

sobre las olas las nubes;
sobre la cumbre mis pies;
y al fin la espuma infinita
abierta como un vergel.

Como un surco de alegría
entre el milagro y la fe,
la soledad nos acerca
a la plenitud del ser;

el tránsito de las nubes
abre la lenta azulez
del cielo como la espuma
que no acaba de romper;

todo está quieto en el alma
cual un rebaño al pacer;
la luz descansa en la orilla
y el heno verde en la mies;

y el mar se cubre de niebla
entre los ojos del buey,
que roza apenas la hierba
y bebe el agua sin sed;

todo está quieto en el valle
y entre las cruces se ve
trémulamente desnuda
una estrella aparecer;

el eco del mar ensancha
la soledad; y a través
de los maizales la brisa
se rompe como un papel.

¡Desde esta cima, estas alas,
y esta dulce ingravidez,
los tréboles y la espuma
me quieren alzar, mecer;

dejarme desnuda el alma
vibrante de carne fiel;
dejarme muerto en las olas
como un grumete doncel…!

¡Que me entierren cuando muera
en esta cumbre y de pie!
¡Que me cubran con la espuma
de las flores al nacer!

¡Que la música del agua
y el son del viento a la vez
me tengan presa la vida
como un pájaro en la red!

¡Que me olviden, que me dejen,
que no me vengan a ver!
¡Sobre el mar el cementerio;
la espuma junto al ciprés;

los ángeles de la mano
como la nieve al caer,
vendrán a velar, velarme,
velarte siempre, Avilés!

La palabra hace el pan

Mojada por la lengua y por el beso,
la palabra del hombre que me digo,
da semilla a la vida, y más que el trigo
hace el pan, la blancura de su peso.

Medida por la tierra y por el hueso,
la palabra es palabra que da abrigo,
que guarece en invierno al que es amigo
y al que enemigo es: palabra, es eso.

Confiadamente sale de la boca
y se pone a correr su alada suerte
y su aventura de semilla viva,

de corazón en corazón va loca,
aprendiendo a morir en cada muerte,
y en miel de libertad a estar cautiva.

Copla de la palabra lenta

Mi corazón no está muerto,
sino cantando,
lejos,
a la santa sombra
de un encinar, en los campos.
No muerto,
sino luchando
diariamente con la vida,
desnuda, hermano.
Lejos,
despacio,
jornalero de la muerte
-¡tan niño, aprendiz de anciano!-,
desde la tierra que piso
viene la copla a mis labios:
…¡ni calla el que está en silencio
ni es toda palabra canto!

Escrito a cada instante
A Pedro Laín Entralgo

Para inventar a Dios, nuestra palabra
busca, dentro del pecho,
su propia semejanza y no la encuentra,
como las olas de la mar tranquila,
una tras otra, iguales,
quieren la exactitud de lo infinito
medir, al par que cantan…
Y Su nombre sin letras,
escrito a cada instante por la espuma,
se borra a cada instante
mecido por la música del agua;
y un eco queda sólo en las orillas.
¿Qué número infinito
nos cuenta el corazón?
Cada latido,
otra vez es más dulce, y otra y otra;
otra vez ciegamente desde dentro
va a pronunciar Su nombre.
Y otra vez se ensombrece el pensamiento,
y la voz no le encuentra.
Dentro del pecho está.
Tus hijos somos,
aunque jamás sepamos
decirte la palabra exacta y Tuya,
que repite en el alma el dulce y fijo
girar de las estrellas.

A mis hermanas

Estamos siempre solos. Cae el viento
entre los encinares y la vega.
A nuestro corazón el ruido llega
del campo silencioso y polvoriento.

Alguien cuenta, sin voz, el viejo cuento
de nuestra infancia, y nuestra sombra juega
trágicamente a la gallina ciega;
y una mano nos coge el pensamiento.

Ángel, Ricardo, Juan, abuelo, abuela,
nos tocan levemente, y sin palabras
nos hablan, nos tropiezan, les tocamos.

¡Estamos siempre solos, siempre en vela,
esperando, Señor, a que nos abras
los ojos para ver, mientras jugamos!