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Kullervo, old boy, niño viejo que resucitas una y otra vez, a mi semejanza, escribiendo entre muerte y muerte. Ah, tú, conocida virgen del silencio, con minúsculas, virgen de la ruina y del espanto, sabes bien que la literatura ha de ser adoración del espanto, cultivo del cannabis de la ruina, cultivo y devolución del silencio a cambio de la nada, porque pecar es sólo matar, y como dijera el Papa Borgia: «La vida humana tiene escaso valor». Y como dijera Nietzche: «El ser humano es intercambiable».

Os voy a contar un secreto: todos los hombres de la historia soy yo. Yo soy Napoleón, yo soy Pablo de Tarso, yo soy Luis XIV, llamado este último “El Rey Sol”. Todos los hombres de la historia soy yo, y también, como dijera Ruysbrock el admirable: «Si yo no fuera yo, tampoco Dios habría sido». Vuelvo a mis preguntas de siempre, convertida mi chepa en capa española: ¿Quién habló entre la violeta y la violeta?, ¿quién anduvo ente la violeta y la violeta?, ¿quién anduvo sollozando esta noche por un verso de Leopoldo María Panero? Sedal Sengor dice, definiendo un modo de ser: «Aquel que solloza y solloza». ¿Quién anduvo sollozando por una página de Borges que dice que el lenguaje es un sistema cerrado de citas? Borges no pudo decirlo más claro, ni volver a decirlo, porque la resurrección en su caso no es posible: «Los clásicos no existen». Borges explica esto de forma infantil pero eficaz: «Me gustó un verso de Dante, un día jueves, con el sol de otoño; y me gustó un verso de Vallejo en una tarde moribunda». En lo que a mí respecta, me gustó el rostro de una mujer desnuda que vi en una convulsa alucinación masturbatoria, y hoy no es jueves sino martes, y no hay otra mujer desnuda que yo mismo, y los masones no tienen alma, como decía Gimferrer en su traducción del Marqués de Sade, llamándolos scelerats, desalmados, cuerpos sin alma el rojo vivo de la calle, tomándolos como alucinación vacía, cuerpo sin alma en el espejo, vampiros sin poder mirarse al espejo una sola noche. No, no lo hagas, por favor. No me mires esta noche a los ojos. Ana María, no me mires, por favor, ya que sigo enamorado de ti. Dime tú, Ana María Moix, ahora que estamos solos en la noche, sin mirarme a los ojos, dime quién soy. No se puede entrar en una página como quien entra en una tabaquería. No hay huida, Ana María, pese a los años pasados, y sabes bien que no se puede hacer sonreír al hombre de la tabaquería con nuestro terrible ejemplo. Prohibido soñar bajo la tarde entera: la literatura está prohibida, y los pájaros vuelan en torno al retrete, y odio profundamente al Hombre, odio a la vida y al cristianismo, y quiero que mi tumba sea sólo un edicto contra el cristianismo, un frío en las venas y sexo oscuro en la página, todo expresado como silencio, las venas abiertas como corchetes, vacío único en el principio inmediato de mi muerte. Hablaré de mi cuerpo como quien reza en alto determinada plegaria: hinchazones mugrientas, crepúsculos sombre las sábanas, falo oscureciéndose a ritmo de plomo.

Un médico psiquiatra llamado Segundo Manchado, oh tú Segundo Manchado (oh Fleshing, mi pobre Fleshing), siniestro doctor Manchado del psiquiátrico de Las Palmas, que me canibalizaste oscuramente pero sabiendo lo que hacías, porque mi cerebro y mi boca susurraban torpemente en la oscuridad de un viejo chiste: «Soy el Anticristo, soy un hombre que cuenta chistes en la oscuridad, soy el personaje que ríe de Víctor Hugo». Un hombre que se mea en la cama, y se ríe de sí mismo, junto a una mujer con cara de mona que se observa al espejo y también se ríe de sí misma, como ella se reía de sí misma. Soy el olvido del nombre de Signorelli, al principio de Psicopatología de la vida cotidiana de S. Freud, porque Freud se creía un poco el Anticristo, y le dijo a una discípula muy bonita: «¿Sabía usted que yo soy el Diablo y ellos construyen catedrales en torno a mí?». También lo supo Lacan, directamente de boca de Jung, cuando Freud le dijo al oído a éste, ya cerca de los ojos de la célebre estatua que alumbra al Universo: «Ellos no saben que les traemos la peste, aunque deberíamos haber añadido un billete de regreso en primera clase». «Yo no he hecho más -añadía- que presentar a Signorelli como la entrada del discurso en el olvido». Se refiere aquí, cabe suponer, al olvido del nombre Signorelli al principio de Psicopatología de la vida cotidiana de S. Freud. Basta ya de fatuas intrigas, vayamos a lo crucial: ¿quién fue Joaquín Sabina en el agujero negro del culo?, ¿quién fue Jesucristo, a quién agredió?, ¿pueden los hombres aprender de mis páginas la virtud del silencio? Como dijera Wigenstein: «De lo que no se puede hablar mejor callarse». Algún día seré una nada en el agujero del culo, está escrito.

Mañana es siempre un oscuro amanecer: «Coge la ropa, Leopoldito, recoge la badeja». Y la verdad, como en la tragedia griega, es el fin de la obra, los huevos y las pelotas. La verdad es una polla tiesa y una infección en la ingle que me recuerda a Dios; el dios que es preciso negar para ser hombre, para ser algo en el límite de la página, algo bien distinto a la caridad pública que somos cuando salimos a la calle o entablamos contacto duradero con el otro.

de Papá, dame la mano que tengo miedo (2007)

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