La noción de “pecado” como certidumbre del otro – LMP

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La sospecha de Atenas de que el pensamiento puede
tener alguna aplicación sobre la vida tuvo como
consecuencia la aplicación de la cicuta.
Ezra Pound

Decía Lacan que “l’inconsciente c’est le discours de l’Autre avec un grand A”, y este por cuanto el “Otro”, en la sociedad capitalista occidental, es tan solo una oscuridad o una sospecha, una sombra kafkiana o paranoica, y el “Otro”, única evidencia, es una evidencia indecible. Y si el sexo se plantea aquí como una agresión es por cuanto siendo aquel, como dijera Marx, la relación natural entre hombre y hombre, al faltar el espejo, él solo puede manifestarse como una violencia ciega.
Ahora bien, la burguesía, que acabó con la religión para deshacerse del derecho divino de la nobleza, que la privaba arbitrariamente de sus riquezas, y al inventar lo que Hegel llamara el “cristianismo ateo”, un cristianismo esquizofrénico o, mejor dicho, hipócrita, en que no se cree en lo que se dice, la burguesía, digo, creó así una sociedad infernal y paranoica donde la única evidencia o situación es la lucha, y en donde al que se le llama “loco”, y se le castiga y tortura en el manicomio, para vengarnos aún más de su fracaso.
Porque, como dijera el antipsiquiatra inglés Edwin Lemert, existe una suerte de “tasa social sobre el fracaso”, y en esa sociedad al que cae no lo levanta ni dios: “Te suelen soltar la mano si ven que hacia abajo vas”, como dijera en palabras terribles y poéticas Julio Iglesias.
Es así que aquí, a la inversa de un cristianismo al que encima se pretende reclamar, el despojo, el desgraciado, no sólo no son objeto de caridad cristiana alguna, sino que se hacen objetos de la persecución más implacable, y de la juerga flamenca más tenebrosa, que ni siquiera encuentra su término entre los muros del manicomio, donde el castigo sigue y no cesa jamás, y encuentra sólo su límite en el estupor catatónico, o en la muerte, único término y final de la más terrible de las conspiraciones, que no tiene otro sentido que el misterio terrible de la maldad humana: “cuán bestial es el topetazo de la injusticia absoluta”, como dijera Dámaso Alonso; y cuando digo aquí “absoluta” lo digo bien, por cuanto se trata de una injusticia universal, colectiva y sin salida, como no sea la dinamita con que acaba El proceso de Franz Kafka, única salida posible para un mal que está ahí pero que no se dice, y que es efecto de una moral del desconocimiento, de la que la mejor descripción es la de la película de Michelangelo Antonioni Blow-Up, la descripción de un crimen que a nadie interesa, y de una pistola en las tinieblas.
Y es que si hay alguna realidad de la noción de pecado, ésta es ese “tú”, semejante o prójimo -que significa “cercano”- que falta al capitalismo, sistema basado en la competencia desleal más salvaje y en la mas ciega de las luchas porque a aquélla le falta incluso la moral del guerrero, la moral de la Valhöll, donde las espadas nos dan al fin su luz.
“Y al faltar el tú, o la situación, estamos para siempre en la merienda de los locos de Carroll, donde siempre es a las seis, siempre es la misma luna y la misma mañana, el mismo veneno y la misma CIA, el mismo manicomio y la misma muerte, lejos de la verdad, de nuestra única y posible verdad, que son los carruajes vacíos en el crepúsculo, moviéndose en dirección al Salón de los espejos” (cito un poema mío del libro Así se fundó Carnaby Street, titulado “Ann Donne: Undone).

EGIN, 16 de juio de 1998. En Prosas econtradas.

Acerca del “Hombre de los lobos”

lmpaneroDeleuze, en su revisión radical del psicoanálisis freudo-lacaniano, hablaba en pro de una “territorialización”, o mejor “reterritorialización”, del llamado “enfermo”: ahora bien, esta territorialización es siempre fascista, o como dijera el ingenuo marxista, imperialista. Es siempre imperialismo, imperialismo del signo, pero imperialismo.
Efectivamente, la relación psicoanalista/paciente es una relación entre amo y esclavo. Y una relación que no es una relación, por cuanto no es dialéctica, en el sentido más humano que esta palabra tiene, que es el de la dialéctica socrática, el de la filosofía en situación y ubicada fuera del imperialismo del signo.
Así, el loco, ubicado por la sociedad fuera del terreno de lo social, esto es, de lo humano, acude como áncora de salvación al médico o psicoanalista en busca precisamente de un territorio, y éste lo desterritorializa aún más, y si lo ubica, lo hace como esclavo suyo, como pieza de un fantasmal museo nosográfico.
El ejemplo por excelencia de esta “histeria de conversión” -por decirlo irónicamente- es el del célebre “Hombre de los lobos” freudiano. Aquél se creía Jesucristo, como suelen creerse muchos hombres hiperputeados y que han sufrido mucho, siendo la identificación con Jesucristo una metáfora de su dolor, y no de su dolor psicótico o, lo que es lo mismo, imaginario, sino de su dolor real o, lo que es lo mismo, humano. Y conste que al decir humano me estoy refiriendo a lo que los chinos llaman , o “virtud de lo humano”, no a lo que los psicólogos llaman “hombre”, tomando a aquél por una foto robot que se parece más que al hombre al animal-máquina cartesiano, único que es sólo capaz, como los perros de Pávlov, de funcionar según mecánica estímulo-respuesta.
Pero, volviendo al “Hombre de los lobos”, Freud, interpretando su deseo según los términos de una funesta maquinaria sexual, y decirle que su sueño de unos animales con falo, esto es, unos perros provistos de razón, tenía como base una homosexualidad no impuesta sino reprimida, hizo decir a aquél: “¿Jesucristo tenía culo?”
Porque, como ya hemos dicho, el animal cartesiano se creía Jesucristo. Ahora bien, el hombre que no tenía acceso por su diferencia a otro territorio, acabó por creerse homosexual, y Freud lo paseó de museo en museo nosográfico, con los títulos de homosexual freudeano (o cristiano, mejor dicho, excristiano).
Otro ejemplo de territorialización abusiva o fascista lo constituye el de los locos tratados por psiquiatras marxistas, como Giovanni Jervis: allí, los locos, por creerse algo y figurar como alguien en el mapa de lo humano, acaban por creerse por obligación personajes de un auto sacramental político o parapolítico, siendo así que su problemática es más humana o real que cualquier problemática de homo econmicus.
Por lo menos, los lobos o los pseudomarxistas -o marxistizados- no son ya sapos o cucarachas, como se creen algunos psicóticos por trasladar así a su espejo su única posible imagen, que es la de un ser que sólo inspira repugnancia, ya que a falta de espejo no hay óptia, y por eso el asco, como aquel que nos inspira lo oculto, el ratón que sale de la cañería o del retrete, o las cucarachas que brotan de lo oscuro.

Leopoldo María Panero, EGIN, 24 de marzo de 1998, página 6. [en Prosas Encontradas]

La prohibición de la infancia (II) – Leopoldo María Panero

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Como dijera Ezra Pound, citando unas palabras del cura José María Elizondo, “hay aquí mucho catolicismo – (sounded catolithismo) – y muy poco reliHion”: porque la religión es asunto del espíritu y no de las letras, y parece ser que en este Reino, por así decirlo, sólo la letra y la blasfemia se consideran como virtud y pecado, y no lo que los chinos llamaran yen o “virtud de lo humano”, que está lejos de ta hio o “cantidad de lo humano”, con lo que se quiere decir que un hombre noble puede, como Hércules, proclamando su virtud, destruir a la Humanidad, como un loco de aquí, de Mondragón, que se proclama noeniano y reivindica el Arca de Noé, por cuanto no hay en esta tierra nada que recuerde lo humano.
O si queréis, Sodoma y Gomorra, donde no es precisamente la homosexualidad lo que debe castigarse, sino la falta de yen o “virtud de lo humano”, y eso que falta a lo humano es la infancia o la locura, como pontificara en esta dirección San Pablo: “Busca la piedra que el constructor ha descartado: he aquí la piedra angular”; o Nicolás Flamel, uno de los padres de la alquimia: Notre Pierre est couverte de fiente et d’excréments; o bien en latín, in stercore invenitur, en el estiércol lo encontrarás, perdido en el manicomio y cubierto de heno y de excrementos: porque lo que todo el mundo busca es ese deseo maldito de la infancia, es el deseo, y el deseo niega al “yo”, pero puede por fin hablar y devolvernos la infancia masacrada por la sociedad, pero no por toda sociedad, sino tan sólo por la sociedad capitalista u occidental, que es la única que niega el deseo tan radicalmente como para que de ella no reaparezca la última luz, que adviene cuando a oscuridad lo domina todo.
“¡Ah, el rey con corona! Todas las noches lo veo”, el rey cuya muerte es la luz, como dijera Ronald D. Laing -demoledoras palabras de Laing- en The Politics of Experience and the Bird of Paradise, olvidando que no hay espacio oloroso alguno, porque cuando Mary Barnes pinta la pared de mierda no quiere decir sino lo más obvio -el sello de la carta robada-, esto es, no quiere decir más que la verdad: y la verdad es que la familia, lo mismo que el manicomio, son dos colonias penitenciarias y dos lugares de castigo y de represión para prohibir el deseo y negar la luz y lo humano.

EGIN, 24 de marzo de 1997, página 6. [En Prosas encontradas]

El misterio de la verdad – Leopoldo María Panero

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Lacan comentó insistentemente que el loco efectúa una confusión entre lo que él llamaba “significante” y “significado”: es así que un enfermo de Leganés se creía que estaba en un regimiento porque estaba en un regimiento, quiero decir en algo parecido a un regimiento; pero de ahí a soñar que es la hora de diana hay, como dice el viejo refrán, “un gran trecho”. Otra loca del citado sanatorio se creía que estaba en un colegio porque estaba en algo parecido a un colegio -quiero decir que la trataban como si fuera una niña-; ahora, de ahí a creer que ya ha llegado la hora del recreo hay, también, como se dice, un margen de diferencia importante.
Y es que, como decía Deleuze, el sentido es una fisura, una grieta que a veces se agranda como la del Gran Cañón.
Ahora bien, si el loco literaliza, el homo normalis no cree en lo que dice, ni hace caso de lo que piensa, y es por ello que la literalización del loco nos sitúa de lleno en el problema -y he dicho bien problema, y no revelación o certeza- de la Verdad.
Si Nietzche se volvió loco fue precisamente para tomarse al pie de la letra lo que decía o pensaba, acabando por pensar que no era como el Anticristo, sino que era el Anticristo: a ese nudo le llamó Lacan la diferencia entre ser y tener falo.
De cualquier modo, la diferencia no es mucha, ni es obviamente ontológica: porque no hay una ontología de la idea equivocada, que es a lo que se llama Psiquiatría, y como decía Spinoza, puesto que lo que yerra son las almas y no los cuerpos, no hay errores absolutos.
Y es que la Psiquiatría también es una confusión entre significante y significado, o un -el único- error absoluto, y esto por cuanto no acepta un margen de diferencia en el signo. Esto es lo que yo llamo el principio de “relatividad cultural”.
Ahora bien, es a partir del positivismo cuando, muerta la fe, se concibe a la Verdad -a la Verdad racional o científica- como dogma, excluyendo de ella todo lo que se considera como error o, peor aún, como no Verdad.
Y no es sólo el loco la víctima de este imperialismo del signo, sino también el primitivo que, sin estar loco, confunde también el significante y el significado. Por ejemplo, un primitivo, citado por Georges Devereux en sus Ensayos de Etnopsiquiatría General, que creía que le habían robado el melón por cuanto habían hecho desaparecer su cabeza: una confusión como la del loco entre el pensamiento y su metáfora.
Porque, terminando con este asunto de la ontología de la verdad, habrá que decir con Poncio Pilatos: “¿Qué es la verdad?”

EGIN, 7 de abril de 1998, página 8. [En Prosas encontradas]

El dios rojo

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Existe la leyenda o la falsa opinión de que el marxismo está reñido con la religión, y de que sólo la burguesía cree en Dios; ahora bien, la frase de Marx que originó esta leyenda no es realmente tan dura con la religión como suele creerse: así Marx, en la Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel, dice: “la religión es el espíritu de una situación sin espíritu, el corazón de un mundo sin corazón, la religión es el opio del pueblo”.
Por otra parte, si Jesucristo era esenio y los primitivos cristianos eran los esenios, sabemos de ellos, por Gérard Walter en Les origines du comunisme, que se intercambiaban la ropa y la comida, es decir, que eran comunistas, y ahí en esa postura comunitaria y antiesclavista radicaba el peligro para Roma de la religión cristiana; en la paradoja de Pilatos no se dice por otra parte que Cristo fuera ejecutado por tener fe, sino que puede leerse homo seditoso turba galilea, hombre subversivo de la tribu galilea. Es más, los primitivos cristianos no adoraban a un Dios que no existe, que es el Dios del catolicismo, cuya tesis principal, al decir de Javier Sádaba, es que dios no existe, sino que creían en un Dios vivo y material que es el Hipercosmos o el cielo de las estrellas fijas o, lo que es lo mismo, el fuego heraclitiano, y éste es el porqué de que Nerón quiso achacar el incendio de Roma a los cristianos, que como hemos dicho adoraban al fuego, y que creían en un amor material y orgiástico -San Agustín prohibió el sexo en el s. VI d.C.-, tal como opinaba el Evangelio de Felipe: “la cámara nupcial no es la de uno sino la de muchos”.
Es más, si de terremotos va la cosa, el inconsciente, único monstruo que existe, se descubrió en Judea y es el cuerpo humano, y lo que hizo decir a Spinoza que “nadie sabe lo que puede el cuerpo”, y lo que permitió que los primeros cristianos fueran autores, si no del incendio de Roma, de la masacre de Pompeya.
Es así que toda fe es peligrosa si consiste en decir que Dios está del lado de acá, como cuando se dice “aquí se armó la de Dios es Cristo”, o como en las herejías medievales que afirmaban subversivamente que Dios existe, y digo subversivamente por cuanto situar a Dios del lado de acá –This Side of Paradise– pone en cuestión la injusticia de este mundo, y desvela la mentira de la fe, lo mismo que el descubrimiento del camarero como siendo el proletariado de verdad -verdad que, como toda verdad, incita fácilmente a la risa- devela la mentira del marxismo fetichizado y convertido en ideología, porque, como diría Wallace Stevens, el único verdadero proletariado es el Emperador del Helado: The Emperor of Ice-Cream.

Leopoldo María Panero

EGIN, 7 de octubre de 1996, página 6. [En Prosas Encontradas]

“Pegan a un borracho” – Leopoldo María Panero

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Que las drogas estimulan la telepatía, es sabido. Y el alcohol, también. Es así que por lo que “pegan a un borracho” es por la telepatía, aunque la suya sea la telepatía más asquerosa del mundo. Es así que pasamos del phantasma psicoanalítico “pegan a un niño” al phantasma metapsicoanalítico “pegan a un borracho”, siendo el borracho y el niño dos de las víctimas, así como la mujer, de esta sociedad occidental patriarcal o capitalista. De esta forma abogamos por una nueva definición del proletariado como el excluido de la sociedad, y en esa definición cabe también el loco.
Ahora bien, excluido de la sociedad quiere decir también excluido de la vida, por cuanto como es sabido el hombre es un ser social y no hay vida sin sociedad: es por ello que cambiar la sociedad es cambiar la vida, como pedía Rimbaud: Il faut changer la vie. Y es que hace falta cambiar un mundo sin alma, hacer real la religión, y no situarla Más Allá, sino aquí, como pedían las herejías medievales: aquellas eran sólo peligrosas, como mi locura, por cuanto las dos situaban a Dios del lado de acá –This Side of Paradise– de este mundo.
Es de esta manera que lo que se castiga es una pérdida del sentido, que es en verdad su hallazgo, siendo el otro sentido -la razón capitalista o la Razón- el más asqueroso de los sentidos.
La locura así no es descartar la Razón, sino ofrecerle una alternativa, como el Psicoanálisis tiene que ser el doble de la locura, su espectro o fantasma. Su redención verdadera.

EGIN, 7 de abril de 1997, página 4. [Tomado de Prosas encontradas]