El misterio de la verdad – Leopoldo María Panero

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Lacan comentó insistentemente que el loco efectúa una confusión entre lo que él llamaba “significante” y “significado”: es así que un enfermo de Leganés se creía que estaba en un regimiento porque estaba en un regimiento, quiero decir en algo parecido a un regimiento; pero de ahí a soñar que es la hora de diana hay, como dice el viejo refrán, “un gran trecho”. Otra loca del citado sanatorio se creía que estaba en un colegio porque estaba en algo parecido a un colegio -quiero decir que la trataban como si fuera una niña-; ahora, de ahí a creer que ya ha llegado la hora del recreo hay, también, como se dice, un margen de diferencia importante.
Y es que, como decía Deleuze, el sentido es una fisura, una grieta que a veces se agranda como la del Gran Cañón.
Ahora bien, si el loco literaliza, el homo normalis no cree en lo que dice, ni hace caso de lo que piensa, y es por ello que la literalización del loco nos sitúa de lleno en el problema -y he dicho bien problema, y no revelación o certeza- de la Verdad.
Si Nietzche se volvió loco fue precisamente para tomarse al pie de la letra lo que decía o pensaba, acabando por pensar que no era como el Anticristo, sino que era el Anticristo: a ese nudo le llamó Lacan la diferencia entre ser y tener falo.
De cualquier modo, la diferencia no es mucha, ni es obviamente ontológica: porque no hay una ontología de la idea equivocada, que es a lo que se llama Psiquiatría, y como decía Spinoza, puesto que lo que yerra son las almas y no los cuerpos, no hay errores absolutos.
Y es que la Psiquiatría también es una confusión entre significante y significado, o un -el único- error absoluto, y esto por cuanto no acepta un margen de diferencia en el signo. Esto es lo que yo llamo el principio de “relatividad cultural”.
Ahora bien, es a partir del positivismo cuando, muerta la fe, se concibe a la Verdad -a la Verdad racional o científica- como dogma, excluyendo de ella todo lo que se considera como error o, peor aún, como no Verdad.
Y no es sólo el loco la víctima de este imperialismo del signo, sino también el primitivo que, sin estar loco, confunde también el significante y el significado. Por ejemplo, un primitivo, citado por Georges Devereux en sus Ensayos de Etnopsiquiatría General, que creía que le habían robado el melón por cuanto habían hecho desaparecer su cabeza: una confusión como la del loco entre el pensamiento y su metáfora.
Porque, terminando con este asunto de la ontología de la verdad, habrá que decir con Poncio Pilatos: “¿Qué es la verdad?”

EGIN, 7 de abril de 1998, página 8. [En Prosas encontradas]