«Y este resulta un muerto inmenso»: Leopoldo Panero en la poesía de sus amigos

(…) Leopoldo, en tu ternura sin riberas, o en aquellas inmensas erupciones volcánicas de tus honradas iras, siempre mi amigo verdadero,
Leopoldo, aquí solo en la noche de noviembre,
de este sesenta y dos, de este año duro,
en que tú te me has muerto y en que tantos
lienzos de mi ilusión se me han hundido
y en que he visto rozándome, hocicándome, las púas en astillas y el putrescente aliento de las furias (humanas)
-sesenta y cuatro años de niño jamás imaginaron
que tales monstruos daba nuestro mundo-
se me cuaja la pena, y en náusea me rebosa el alma, el cuerpo,
y gritaría (¿a quién?):
«Ah, yo dimito de hombre» (…)

Dámaso Alonso. “Última noche de la amistad” (fragmento).

***

(…) No basta que estés muerto
para saber que ya no estás. No basta.
Tendrías que no habernos existido
en ti, en tu casa,
en Feli y en tus hijos,
en una carta tuya
o en un verso cualquiera.

Y lo sabes. No habías terminado
de hablar contigo y con nosotros. Fuiste
demasiado señor, para morirte
sin decir nada a nadie. Aún habías
de estrecharnos la mano muchas veces.
Teníamos que hablar tranquilamente
de los hijos que estudian,
de las hijas mayores que se casan,
de una copa de vino o de un paisaje,
de versos y pintura.

Y aquí estamos pensando sin remedio.
No me asusta pensar lo que ha ocurrido,
Leopoldo. El miedo, el miedo es de otras cosas.

Tal vez todo esté entero
si el pensamiento se hace
aire en el polvo de la carne muerta.

Fernando Gutiérrez. “A Leopoldo Panero” (fragmento).

***

De noche hacia tu dios
«…dime quién soy también»
L.P.

Me olvidé de la noche. Y te veía.
Todo en la noche que por mí se hizo.
No eras forma concreta, era el hechizo
de tu luz en mi sombra sobre el día.

Presente de amorosa lejanía,
yo mismo era un fulgor de albor nochizo
en la vida de Dios, con que agonizo
sin que acabe tu muerte mi agonía.

Pero estás ya en su Nombre. Todo ha sido
nombrarte y olvidarte de mi sombra,
acercarme de lejos a este olvido

en que tu ausencia misma arde en un fuego
con que es, tu ser en todo, amor que nombra
y yo el amanecer de verte, ciego.

P. Ángel Martínez. “Feliz nochebuena para Leopoldo Panero” (extracto)

***

He dicho muerto. He dicho que Leopoldo
Panero cierra ya la puerta
de la sombra tras él. He dicho que se apuran
las hormigas comiendo este silencio;
comiendo el pan mortal que hay en su alma.
Agosto, y digo que la sombra vino
con este 27. Acaso todo
quede ya resumido en una boca:
pasión de cuarzo y sombra del poema.

Por eso quiero yo mover la música
por él. Subir al ruiseñor
hasta el techo y el cielo de su casa.
Sembrar el trigo con airada mano
junto a su cementerio, para que en julio se hablen
los dos con esa inmensidad
que sólo Dios consigue sin razones.

He dicho muerto. Pero a sus cantadas
encinas yo las moveré
para que salgan del asombro. Manos,
alma y cielo pondré al asunto.
Arrancaré la música a sus copas
sonámbulas. Y al pájaro, y al campo
cegador, y a esta ciudad de Astorga
diré que se levanten porque un poeta cruza
como un gigante silencioso, más
que ceñida al pecho la camisa
triste, con la que anduvo errante por el mundo. (…)

Sí; por él robaré
la voz que necesite para el canto.
Por ese muerto ardiente que ente pecho
y espalda nos oculta la verdad,
saldré esta noche -cohetes y dulzainas-
para volver con esos maragatos, y todos
haremos corro… y le completaremos
la fiesta.

He dicho muerto,
Leopoldo, sombra y rabia mía
de amor; poema entretenido
con pausas infinitas en su boca;
forma de un cuerpo hecho a la medida
del sueño.

He dicho muerto
con tal inmensidad que no sé cómo
han de cantar las aves
para que se levanten un milímetro
del suelo. (Un muerto baja siempre,
siempre… No se responde; ni responde
su estatura a los lirios, ni su voz
a los pájaros.)

Resulta indiferente
que digamos aquí «Leopoldo», repetido
mil años por el alma, si es imposible
remitir del abismo ni una brizna, aun a pulso
de cánticos. Y este resulta un muerto inmenso
-con siglos, mundo, poemas y hermanos.
donde la terca gravedad divina
pudo extremar su neutro poderío.

Gaspar Moisés Gómez. “Última sinfonía por un poeta” (fragmentos)

***

Te digo y es verdad: tan hondamente
como nace tu voz, mi verso nace
para cantar al tuyo, transparente

como la pura linfa que el mar hace
sobre la playa, y hondo y sosegado
como el oculto valle, donde pace

el temeroso ciervo descuidado.
Palabra de mi edad, en ella suena
un eco de la tuya prolongado.

Porque es tu voz, Leopoldo, de colmena,
de misterioso trigo y levadura
que el corazón fecunda, nutre y llena

y vertical asciende hasta su altura,
como la yedra milagrosa trepa
de aérea y vegetal arquitectura,

te digo en amistad de pura cepa
que eres ante mis ojos el primero,
te sepa a adulación o no te sepa.

(…) Cuando me falte voz, por mí responda
la tuya manantial, palabra río
brotada a cada instante como onda

de la boca de Dios, donde confío
que habremos de encontrarnos otro día
más verdaderamente tuyo y mío.

(…) Nada conozco humanamente leve.
(Tampoco en poesía, que es humana
o nada es, y quien niegue que lo pruebe.)

Por eso, al despertar cada mañana
y verme tan inválido y exiguo
ante lo alrededor, me cerca y gana

un nuevo miedo general, antiguo
como toda la historia que me tiene,
y no puedo pensar y me santiguo.

Pero el mismo misterio nos sostiene,
tal si Dios nos soñara o como en vilo
nos mueve el universo y lo mantiene.

Nosotros, vicedioses, nuestro hilo
nos debemos hacer, del que pendemos
y del que pende el mundo. En ese filo

vacilantes andamos, nos movemos
temblorosos y a tientas, como en fría,
oscura, libre mar, solos, sin remos.

Para cruzarla en buena compañía
ha nacido tu verso, al que me asilo,
porque de su interior aerofanía

la esperanza de Dios, como tranquilo
manantial se derrama a cada instante,
igual que de tu alma y de tu estilo.

Por eso, a tu palabra, a tu incesante
busca de la Verdad hoy canto, amigo:
porque quiero seguirte, caminante

acogido a tu sombra y a tu trigo.

Jaime Delgado. “Carta a Leopoldo Panero” (fragmentos).

***

A Leopoldo, en su tierra de Astorga
«El dolor español de haber nacido»
Leopoldo Panero

En cuerpo y alma España te dolía
y por seguir sufriéndola, en su tierra
preferiste caer: no se destierra
el eco de la voz, la luz del día.

Te derrumbaste en medio de la vía
con tu dolor que abona ya la sierra.
El surco en torno de tu voz se cierra.
Vuelve a su cauce, al fin, la Poesía.

Mientras tu alma busca por el cielo
la morada de Dios, regresa al suelo
hecho rumor, tu corazón herido.

Como el Cid, eres ya polvo de España
y, apoyado en tu sombra, hasta su entraña
-buzo de la armonía- has descendido.

Oscar Echeverri Mejía 

 

Todos los poemas fueron publicados en Cuadernos Hispanoamericanos (edición en memoria de Leopoldo Panero). Julio-agosto 1965.

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«Disuelto estás en mi alma igual que el viento…»: Leopoldo Panero escribe a sus hermanos

A MIS HERMANAS

Estamos siempre solos. Cae el viento
entre los encinares y la vega.
A nuestro corazón el ruido llega
del campo silencioso y polvoriento.

Alguien cuenta, sin voz, el viejo cuento
de nuestra infancia, y nuestra sombra juega
trágicamente a la gallina ciega;
y una mano nos coge el pensamiento.

Ángel, Ricardo, Juan, abuelo, abuela,
nos tocan levemente, y sin palabras
nos hablan, nos tropiezan, les tocamos.

¡Estamos siempre solos, siempre en vela,
esperando, Señor, a que nos abras
los ojos para ver, mientras jugamos!

TU SUELO AZUL
(Con mi hermana Rosario)

Disuelta en risa tuya está la estrella,
y disuelto en el alma cada día
está tu suelo azul, tu compañía
de niña con dos trenzas; y en la huella

disuelto está tu paso, y suelta aquella
agilidad feliz de tu alegría;
y en evidencia y éxtasis, más mía,
más mi hermana eres hoy, disuelta y bella

plenitud inmortal en gozo y nada.
…Disuelta en todo estás y en nada existes;
sólo mi corazón te nutre ahora.

¡Tu fresca voz, la piel de tu mirada,
las olas de tu risa…! ¿En qué consistes
sino es en mi dolor mientras te llora?

DISUELTO ESTÁS EN MI ALMA…
(Con mi hermano Juan)

Disuelto estás en mi alma igual que el viento,
disuelto en el aroma, y no lejano;
disuelto y suelto al fin, pero en mi mano,
pero en mi corazón raíz te siento.

Cotidiano estupor, disuelto y lento,
de no vivir contigo y ser tu hermano;
y serlo siempre más; y siempre en vano
abrazarte disuelto en pensamiento.

Y así saber de ti cada mañana,
saber de ti disuelto, y no olvidarte,
y no poder, con plenitud humana,

disolverme también, para llenarte
de nuevo el corazón: disuelto en gana
de ser contigo dos, mas nunca aparte.

en Escrito a cada instante (1949)

«…para tener seguridad, / te toco / para apoyarme en ti si estoy cansado»: García Nieto y Rosales escriben por Panero

A Leopoldo Panero
que tenía certidumbre de corazón      

Como un golpe de más que se ha quedado
Inmóvil de repente, como un poco
de más ¡tan repentino!, de mar loco
ya entre el cielo y la tierra amortajado,

o un resquebrajamiento que ha cambiado
la tierra de lugar, ahora te invoco
para tener seguridad,
te toco
para apoyarme en ti si estoy cansado.

Tenía que ser así, como un manojo
de enebro y hierbabuena, estaba hecho
de aspereza inmediata y de ternura;

como crece la llama en el rastrojo
de repente murió;
tenía derecho,
y algo de Dios ya en primogenitura.

Luis Rosales

 

Oración por Leopoldo Panero en la ermita del Cristo de la Gracia

Busco tu compañía en esta ermita
donde he entrado a rezar por ti, tocado
de soledad, herido y asombrado
por todo lo que un golpe precipita.

Y tú no estás. ¿O no era aquí la cita?
Estoy solo. Pasaba. Me han llamado.
Y era tu voz; la voz del desterrado
que en el desierto del poema grita.

Torre de hombría, paz andante, lumbre
cautiva, acostumbrada pesadumbre:
¡cuánto valor sin sitio y tan aparte!

Rezo sin entender…¿Cómo podía
haber sido…? En la Cruz, Él me decía
Que lo mejor estaba de su parte.

José García Nieto

«Estamos siempre solos»: poemas de Leopoldo Panero Torbado

Santa María del Mar

Sobre el mar el cementerio;
la espuma junto al ciprés;
sobre las cruces gaviotas,
y en las alas rosicler;

entre las tumbas del valle
sueña y descansa al nivel
del agua que entre los pinos
se siente resplandecer;

sobre las olas las nubes;
sobre la cumbre mis pies;
y al fin la espuma infinita
abierta como un vergel.

Como un surco de alegría
entre el milagro y la fe,
la soledad nos acerca
a la plenitud del ser;

el tránsito de las nubes
abre la lenta azulez
del cielo como la espuma
que no acaba de romper;

todo está quieto en el alma
cual un rebaño al pacer;
la luz descansa en la orilla
y el heno verde en la mies;

y el mar se cubre de niebla
entre los ojos del buey,
que roza apenas la hierba
y bebe el agua sin sed;

todo está quieto en el valle
y entre las cruces se ve
trémulamente desnuda
una estrella aparecer;

el eco del mar ensancha
la soledad; y a través
de los maizales la brisa
se rompe como un papel.

¡Desde esta cima, estas alas,
y esta dulce ingravidez,
los tréboles y la espuma
me quieren alzar, mecer;

dejarme desnuda el alma
vibrante de carne fiel;
dejarme muerto en las olas
como un grumete doncel…!

¡Que me entierren cuando muera
en esta cumbre y de pie!
¡Que me cubran con la espuma
de las flores al nacer!

¡Que la música del agua
y el son del viento a la vez
me tengan presa la vida
como un pájaro en la red!

¡Que me olviden, que me dejen,
que no me vengan a ver!
¡Sobre el mar el cementerio;
la espuma junto al ciprés;

los ángeles de la mano
como la nieve al caer,
vendrán a velar, velarme,
velarte siempre, Avilés!

La palabra hace el pan

Mojada por la lengua y por el beso,
la palabra del hombre que me digo,
da semilla a la vida, y más que el trigo
hace el pan, la blancura de su peso.

Medida por la tierra y por el hueso,
la palabra es palabra que da abrigo,
que guarece en invierno al que es amigo
y al que enemigo es: palabra, es eso.

Confiadamente sale de la boca
y se pone a correr su alada suerte
y su aventura de semilla viva,

de corazón en corazón va loca,
aprendiendo a morir en cada muerte,
y en miel de libertad a estar cautiva.

Copla de la palabra lenta

Mi corazón no está muerto,
sino cantando,
lejos,
a la santa sombra
de un encinar, en los campos.
No muerto,
sino luchando
diariamente con la vida,
desnuda, hermano.
Lejos,
despacio,
jornalero de la muerte
-¡tan niño, aprendiz de anciano!-,
desde la tierra que piso
viene la copla a mis labios:
…¡ni calla el que está en silencio
ni es toda palabra canto!

Escrito a cada instante
A Pedro Laín Entralgo

Para inventar a Dios, nuestra palabra
busca, dentro del pecho,
su propia semejanza y no la encuentra,
como las olas de la mar tranquila,
una tras otra, iguales,
quieren la exactitud de lo infinito
medir, al par que cantan…
Y Su nombre sin letras,
escrito a cada instante por la espuma,
se borra a cada instante
mecido por la música del agua;
y un eco queda sólo en las orillas.
¿Qué número infinito
nos cuenta el corazón?
Cada latido,
otra vez es más dulce, y otra y otra;
otra vez ciegamente desde dentro
va a pronunciar Su nombre.
Y otra vez se ensombrece el pensamiento,
y la voz no le encuentra.
Dentro del pecho está.
Tus hijos somos,
aunque jamás sepamos
decirte la palabra exacta y Tuya,
que repite en el alma el dulce y fijo
girar de las estrellas.

A mis hermanas

Estamos siempre solos. Cae el viento
entre los encinares y la vega.
A nuestro corazón el ruido llega
del campo silencioso y polvoriento.

Alguien cuenta, sin voz, el viejo cuento
de nuestra infancia, y nuestra sombra juega
trágicamente a la gallina ciega;
y una mano nos coge el pensamiento.

Ángel, Ricardo, Juan, abuelo, abuela,
nos tocan levemente, y sin palabras
nos hablan, nos tropiezan, les tocamos.

¡Estamos siempre solos, siempre en vela,
esperando, Señor, a que nos abras
los ojos para ver, mientras jugamos!

LMP traduce a Lewis Carroll: La caza del Snark (sexto espasmo)

SEXTO ESPASMO
El sueño del Abogado

“Vds. deberían saber…” el Juez dijo; mas el Snark exclamó: “¡Vaya!" Ilustración al sexto espasmo, de Henry Holiday

“Vds. deberían saber…” el Juez dijo; mas el Snark
exclamó: “¡Vaya!”
Ilustración al sexto espasmo, de Henry Holiday

Lo persiguieron con dedales, y con inmensa ternura;
con tenedores y esperanzas le siguieron la pista;
lo torturaron con una sola acción de ferrocarril;
lo hechizaron con sonrisas y jabón.

Pero el abogado, harto de buscar la cláusula
para demostrar que el ganchillo del Castor estaba fuera
por completo de la ley, cayó dormido, y en sueños,
vio perfectamente a la criatura
que en su imaginación tan largo tiempo demorara.

Soñó que estaba en un Tribunal en la sombra,
donde el Snark, con monóculo, toga y alzacuello
y una enorme peluca, estaba
defendiendo a un cerdo del delito
de desertar de la pocilga.

Los testigos probaron, que ya la pocilga
estaba suficientemente abandonada,
mientras el Juez susurraba que
también la Ley lo estaba.

La acusación no fue nunca clara;
y, al parecer, el Snark había
hablado por tres largas horas, antes de que
nadie intuyera lo que el cerdo hiciera.

El jurado se formó cada uno un punto de vista diferente
(mucho antes incluso de que la acusación fuera leída)
y hablaron todos al tiempo, de modo de ninguno
supo jamás lo que el otro dijera.

“Vds. deberían saber…” el Juez dijo; mas el Snark
exclamó: “¡Vaya! ¡Ese estatuto tan obsoleto es!
Dejadme que os diga, caballeros, que la entera
cuestión depende de un anciano
derecho del señor.

Si de Traición puede hablarse, cabe decir que el cerdo
ayudó tal vez, pero no fue cómplice
y la Insolvencia tampoco es sugerible,
si es cierta la cláusula de “Irremisible”.

El hecho de la Deserción yo no lo pongo en duda,
pero esa culpa, espero, será lavada
(al menos eso espero, por lo que a las Costas se refiere)
porque el Descargo puede haber sido provocado.

Y es así que el pobre
destino de mi cliente dependerá ahora
del improbable viento de vuestras majestades”;
y el orador se sentó en su lugar
dejando al Juez mirar sus notas
y brevemente resumir el caso.

Pero el Juez dijo no haber recapitulado;
de modo que fue al Snark a quien le tocó en suerte
hacer el resumen de tantos argumentos,
¡y tan bien lo hiciera que más que los Testigos
supo decir lo que allí no había sucedido!

Cuando se requirió el veredicto, el Jurado pasó
por cuanto la palabra no era fácil de enunciar;
pero la esperanza aventuraron de que el Snark
no le daría a la cosa importancia, y tomaría también eso como su deber.

Así que el Snark, aunque deteriorado
por tanta tarea, el veredicto halló,
y dijo: “¡Culpable!”, y el Jurado gritó,
y alguno que otro también se desmayó.

Y por hacerlo todo, el Snark también
pronunció sentencia, el Juez
demasiado nervioso no podía articular
palabra alguna, y cuando se levantó
se hizo un silencio que sólo una aguja
cayendo podía romper.

“Trabajos forzados a perpetuidad –fue  la sentencia que hubo–
y cuarenta libras pague al expirar la condena”;
el Jurado aplaudió,
pese a que el Juez objetara
que la articulación no era muy correcta.

Pero su júbilo infantil lo rompió el Carcelero,
que descubrió del hecho la realidad obscena
de que tal dictamen no tendría el menor efecto
pues el cerdo murió hace mucho tiempo,
rodeado de rosas y de besos de madre.

El Juez dejó el Tribunal, a toda luz disgustado,
y el Snark, aunque algo horrorizado,
como autor de una frase que se perdía,
continuó bramando hasta el final.

Eso soñó el Abogado, mientras de entre los sueños,
como reventando una sábana, apareció por la puerta
un bramido, un terrible sonar cada vez más claro:
era como el toque funesto de un tañido de ánimas
que el de la Campana con la mano tocaba
para despertarlo en medio del mar.

«Ahora simplemente te escucho en la memoria, con remota ternura doy fe de tu recuerdo»: algunos poemas de Juan Luis Panero (II)

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Memoria de la carne
Por la noche, con la luz apagada,
miraba a través de los cristales,
entre los conocidos huecos de la persiana.
Como un rito o una extraña costumbre,
la escena se repetía, día tras día,
igual siempre a sí misma.
Frente a frente, su ventana,
la veía aparecer y bajo la tenue claridad de la luz,
lentamente, irse haciendo desnuda.
Sus ropas caían sobre la silla,
primero grandes, luego más pequeñas,
hasta llegar al ocre color de su cuerpo.
Andando o sentada, sus movimientos tenían
la inútil inocencia del que no se cree observado
y la imprevista ternura del cansancio.
Cuando todo volvía a la oscuridad,
los apresurados golpes del corazón
se aquietaban, con una sosegada prontitud.
De quien así ocultamente deseé,
nunca supe su nombre
y el romper de su risa es aún el vacío.
Sin embargo, allí, en la perdida frontera de los catorce
años,
por encima del Latín imposible
y de los misteriosos números de la Química,
el temblor detenido de mis manos,
la turbia fijeza de mis ojos sobre ella, permanecen,
dando fe de aquel tiempo, memoria de la carne.

Cuento de navidad
Ahora podría con estas mismas manos,
como en aquellos días del invierno,
colocar las sillas, las viejas cajas de cartón
y, sirviendo de frente, la larga, oscura mesa.
Sobre ella, los papeles, al principio lisos y estirados,
después cayendo en apresurados bloques.
Los montones de musgo aún húmedos,
las montañas de corcho, la nieve de algodón.
Allí estaría el pastor, con el peso de su oveja en los brazos
y el leñador cargado de madera y costumbre.
En la fingida altura, el castillo de Herodes se alzaría
entre lanzas de alambre y sangre de niños.
Junto al viejo portal, la mula, con la rota cabeza
pegada de nuevo, reclinaría mansamente su cansancio
y desde Oriente, bajo la deslucida estrella de plata,
los tres reyes vendrían, cabalgando en dorados camellos.
Extraño juego, inútil, muchos años repetido.
Levantada arquitectura de niñez y sueños
que tercamente vuelve a los ojos esta noche,
mientras la nieve verdadera de diciembre resbala por los cristales,
y hasta mí llega un olor lejano de musgo,
el rumor de un río hecho de espejos rotos.

Palabras sin orden para una despedida
A dónde fue el amor la radio anuncia,
con Bette Davis en cualquier cine,
y yo también pregunto, inútilmente te pregunto,
adónde, si alguna vez entre nosotros realidad tuvo.
Terca la soledad afirma sus raíces
y canción junto al viento, el odio nos iguala.
Porque el caballo y la serpiente pueden dos años convivir,
pero no con ellos tendrá la casa la ternura
y la noche guardará sus miradas de insomnio y destrucción.
«Quand vous serez bien vieille», Ronsard ha escrito
y Henry Cristophe se suicidó con una bala de plata,
hermoso gesto, absurdo, palabras cuyo destino es la Belleza.
No la mezquindad o el engaño serán vencidos por la edad,
ni prevalecerá la plata sobre la sangre,
sobre el desesperado estertor final.
Adónde fue el amor, oh tú, que amaste siempre,
doncella pura entregada a los colmillos de la fiera.
Has dejado pasar días, transparentes horas,
en las que cada sílaba desveló su peso de verdad.
Ilusorio dominio de tu vida,
no quisiste entonces escuchar, una vez tan sólo,
el tuétano último de las palabras,
lo que desnudo y virgen se levantaba tras ellas.
Más cómodo y alegre fue aprender aquello que fácil se ofrecía
con valor suficiente para ser subastado en una fiesta.
Triste es ser juez y más aún ser verdugo.
Ahora, como un ciego camino en la memoria,
tanteando los frágiles muros donde tú habitaste,
topando con tu recuerdo, al borde mismo de lo que ya no existe,
infantil y torpe. Tiembla en mis manos un cuchillo.
Adónde fue el amor.
Son las palabras para una despedida.

Lucrecia Panero recuerda su juventud

Tía abuela, cuyo nombre familiar y extraño ha sido
desde la infancia que aún toco
hasta los pesados años que repites.
Desdorado estuco y mugre de cortinas,
olor que tiene el agua donde flores se pudren,
dan cobijo a tu espera mientras se oye tu voz.
«Éramos veinte y en esta casa todo era alegría.
Hoy, ves, estoy sola, estoy sola».
Mercenaria compañía en muchas horas,
tu conocido lamentar, paciente escucha.
«Dijo mi padre…Juan…Aquel verano…»
Surgen recuerdos de bailes, entre sueños
flotan manos amigas, rostros sonrientes
bajo la claridad tenue de los candelabros.
y como el filo de una espada en los dedos,
la certidumbre de lo que va a morir,
de lo que está ya muerto, firmemente nos une.
Pasado, casi un sueño, futuro, tan dormido,
el fulgor de una espada dando luz a la noche.

Palabras junto al río
(Sevilla, 1966)
Quietas las aguas bajo la luna turbia de septiembre
y las palabras como globos de humo
torpemente elevándose, deshaciéndose luego,
materia sin ceniza bajo el pausado aire.
«Si tú pudieras», una barca desarbolada pasa
y lentamente en la noche se pierde.
«Detrás de todo está Dios, la esperanza», caen las hojas
de principio de otoño, rozan la tierra a nuestros pies.
«Tienes que pensar en el futuro, que luchar»,
las luces poco a poco se apagan tras las ventanas, enfrente.

No pude contestarte, aún no puedo,
miramos pasar el río, la oscuridad, el tiempo,
tu voz fue rompiendo hasta hacerse silencio.
Después nos fuimos. No pude contestarte.
Ahora simplemente te escucho en la memoria,
con remota ternura doy fe de tu recuerdo.

Lo que queda después de los violines
Lo que queda después de los violines.
Xavier Abril

Cuando te olvides de mi nombre,
cuando mi cuerpo sea sólo una sombra
borrándose entre las húmedas paredes de aquel cuarto.
Cuando ya no te llegue el eco de mi voz
ni el resonar cordial de mis palabras,
entonces, te pido que recuerdes que una tarde,
unas horas, fuimos juntos felices y fue hermoso vivir.
Era un domingo en Hampstead, con la frágil primavera
de abril posada sobre los brotes de los castaños.
Pasaban hacia la iglesia apresuradas monjas
irlandesas, niños, endomingados y torpes, de la mano.
Arriba, tras los setos, en la verde penumbra
del parque dos hombres lentamente se besaban.
Tú llegaste, sin que me diera cuenta apareciste y empezamos a hablar
tropezando de risa en las palabras, titubeantes
en el extraño idioma que ni a ti ni a mi pertenecía.
Después te hiciste pequeña entre mis brazos
y la hierba acogió tu oscura cabellera.
A veces las cosas son simples y sencillas
como mirar el mar una tarde en la infancia.
Luego la escalera gris, larga y estrecha,
la alfombra con ceniza y con grasa,
tus pequeños pechos desolados en mi boca.
Sí, a veces es sencillo y es hermoso vivir,
quiero que lo recuerdes, que no olvides
el pasar de aquellas horas, su esperanzado resplandor.
Yo también, lejos de ti, cuando perdida en la memoria
esté la sed de tu sonrisa me acordaré, igual que ahora,
mientras escribo estas palabras para todos aquellos
que un momento, sin promesas ni dádivas, limpiamente se entregan.
Desconociendo razas o razones se funden
en un único cuerpo más dichoso
y luego, calmado ya el instinto
se separan y cumplen su destino,
sabiendo que quizá sólo por eso
su existir no fue en vano.

Epitafio frente a un espejobscap0140_zps0985784c
Dura ha de ser la vida para ti,
que a una extraña honradez sacrificaste tus creencias,
para ti, cuya única certidumbre es tu recuerdo
y por ello, tu más aciaga tumba.
Dura ha de ser la vida, cuando los años pasen
y destruyan al fin la ilusa patria de tu adolescencia,
cuando veas, igual que hoy, este fantasma
que tiempo atrás te consoló con su belleza.
Cuando el amor como un vestido ajado
no pueda proteger tu tristeza
y motivo de burla, de piedad o de asombro,
a los ojos más puros sólo sea.
Duro ha de ser para tu cuerpo ver morir el deseo,
la juventud, todo aquello que fuiste,
y buscar sin pasión tu reposo
en la sorda ternura de lo débil,
en la gris destrucción que alguna vez amaste.
«Es la ley de la vida», dicen viejos estériles,
«y nada sino Dios puede cambiarlo», repiten,
a la luz de la noche, lentas sombras inútiles.
Dura ha de ser la vida, tú que amaste el mundo,
que con una mirada o una suave caricia soñaste poseerlo,
cuando la absurda farsa que tú tanto conoces
no esté más adornada con lo efímero y bello.
Dura ha de ser la vida hasta el instante
en que veles tu memoria en este espejo:
tus labios fríos no tendrán ya refugio
y en tus manos vacías abrazarás la muerte.

poemas pertenencientes al libro A través del tiempo (1968)

Vals en solitario
Extraño ser y extraño amor, tuyo y mío,
absurda historia, delirantes imágenes,
remotos pasajeros en un tren sin destino,
compañeros entonces, unidos y tan lejos,
al filo de la vida, donde duerme el silencio.

Suene por ti, interminable, un vals,
suenen por ti, incansables violines,
suene una orquesta en el salón enorme,
suenen tus huesos celebrando tu espíritu.

Una copa de tallado cristal, alzada al cielo,
brinde por tu azul adolescencia disecada
y madera y metal festejen tu retrato
de borrosa figura y suave pelo oscuro.
Suene, suene hasta el fin el largo trémolo,
la delicada melodía, vagarosas nubes de pasión
bañando de alegres lágrimas tus ojos imposibles,
dibujando en tus labios un deseo perdido,
entrega fugitiva, besando sólo el aire.

Vals en el tiempo y en la dicha sonámbula
de la eterna alegría y la más tersa piel
riendo bajo luces de radiantes reflejos,
inmóviles estrellas en la noche fingida.

Música y sueño, sueño technicolor,
tan cursi y tonto que llena de ternura
en algunos momentos del todo indeseables
cuando vivir resulta un sueño más grotesco.

Oh amor de Mayerling y antigua Viena,
dulce Danubio y fuegos de artificio.

Oh amor, amor al amor, que te conserva
como un oculto talismán y mariposas disecadas.

Extraño ser, extraño amor, extraña vida tuya.

Una gota de sangre en una gota de champagne,
el ruido de un disparo irrumpiendo en la música,
un helado sudor tras las blancas pecheras,
no podrán detenerte, hacer cambiar tu paso.

Tú seguirás, sobre ti misma, bailando siempre,
soñando siempre, soñando enloquecida,
aunque caigan, con estruendo de cascote y tierra,
los decorados techos, las gráciles arañas,
y rasguen lentamente tu rostros los espejos
y en un quejido mueran las cuerdas y sus notas.

Tú seguirás, eternamente sola y desolada,
girando entre las ruinas, evocando otras voces,
sonriendo a fantasmas con tímida esperanza,
en helados balcones abrazada a tus brazos.

Verás borrar la noche, su temblor inconstante
y otra luz, turbia luz, iluminar tu reino.

Su terquedad cruel descubrirá las ruinas
y la verdad del tiempo detrás de tus pupilas.

Pero tú seguirás sin detenerte nunca,
fantasma ya tú misma en el gris de la sombra,
altiva la cabeza sobre el cuello intocable,
girando para siempre, bailando para siempre,
frente a la sucia realidad de la muerte,
frente a la torpe mezquindad de los hechos.

Tú seguirás, extraño ser, extraño amor,
danzando sola, escuchando impasible
ese vals de derrota, extraña magia,
ese vals de derrota, tu más cierta victoria.

Un año después de ya no verte
Este es el corrido del caballo blanco
que en un día domingo feliz arrancara.
José Alfredo Jiménez

Olor de solitario y soledad, cama deshecha,
cegados ceniceros en esta tarde de domingo,
helado soplo de noviembre en el cristal
y un vaso medio lleno de cansancio.
Te escribo por hacer algo más inútil aún
que pensar en silencio o imaginar tu voz,
o escuchar una música herida de recuerdos,
o pedir al teléfono un absurdo milagro.
«Este es el corrido del caballo blanco
que en un día domingo feliz arrancara.»
Este es el corrido pero nadie canta
y un muerto con mi nombre, vestido con mis trajes,
me saluda y observa por los cuartos vacíos,
me mira en la distancia como si fuera un niño
y acaricia en sus dedos un rastro de ternura.
Sobre su frente inmóvil va cayendo tu nombre
y humedece sus labios una lluvia perdida.
Olor de soledad y humo de aniversario
mientras busco, dolorosamente trato de recordar,
tus dos ojos insomnes con su vaho de mendigo,
devorando su luz, ahogando su locura.
Tus dos ojos como picos de presa que se clavan
y rasgan y desgarran la piel de nuestro amor.
Soplo de embriagado recuerdo, agria melancolía
rescoldo que tu lengua aún enciende
en estas horas de strip-tease solitario
en que celebro en tu derrota todas las derrotas.
Un año después y tu pelo, tu largo pelo
ardiendo desbocado entre mis manos,
clavado para siempre en esta almohada,
recorriendo esta casa, sus rincones y puertas,
como un viento insaciable que buscase su fin.
Un año después de ya no verte,
definitivamente talando en tu memoria,
qué real sigues siendo, qué difícil herirte.
La sosegada certidumbre de esta mesa en que escribo
puede tener la pasión estremecida de tu piel
y la ropa que el sillón desordena
puede ahora ocultar el temblor de tus pechos.
Sobre tu sexo abierto y tus muslos de arena,
sobre tus manos ciegas que persiguen la noche,
qué triste es el cuchillo, qué aciaga su hoja.
Un muerto con mi nombre y mis uñas mordidas,
un cadáver grotesco, me dicta estas palabras,
me señala en los cuadros, en la pared manchada,
el destino de hoy, de este día cualquiera,
al borde de mi vida, al borde del invierno,
al borde de otro año que empieza con tu ausencia,
al borde de mis ojos y tu voz que ahora escucho.
Un año después de ya no verte,
mientras te escribo, odiando hasta la tinta,
en esta tarde de noviembre, olor de solitario y soledad,
helado soplo en el cristal vacío. Un muerto.

Como si fuera un poema de amor
Lisboa (1969)
Esta ciudad tiene hoy tu rostro
y las gaviotas vuelan al final de tus ojos,
bajo las nubes grises de tu frente.
Ramas verdes de abril se mecen en tus labios
y cúpulas y torres surgen blancas entre tus dedos.
Un castillo de sombras se levanta en tu pecho
y un avión pasa lento recorriendo tu pelo.
Historia de tu cuerpo con calles y con rostros,
rincones de cansancio, paredes de colores,
luz que viene y se para, atónita, a tus pies,
como un perro dormido cuyo nombre ignoramos.
Esta ciudad tendrá tu rostro para siempre
y en su cálida extensión conocida,
piel a piel hasta el hueso, piedra a piedra en los años,
tendrá el amor distancia y vivirá su muerte.
En tu lengua de pronto no hay pasado
y en tu lengua el presente se destruye,
y arde tu lengua y su saliva se quema
mientras el río enorme desemboca
llevando bajo sus aguas nuestras voces.
Esta ciudad tendrá tu nombre para siempre
y lo escribo como si fuese verdad,
como si fueran de piedra o de acero mis palabras,
como si nada hubiera jamás de desmentirlas.
Una noche cualquiera, una tibia mañana
de una primavera de lluvias y tormentas,
con cinismo y cansancio, mas también un momento
con aquella ilusión que otro tiempo tuvieron
y un vencido calor que aún su piel alimenta,
dos seres frente al olvido abrazaron la vida.
Con tristeza más suave, oh qué melancolía,
junto al húmedo parque sus dos sombras temblaron
«esta ciudad tendrá tu nombre para siempre»
y se oyeron remotos anunciarse su adiós.

Noblesse oblige
(Montherlant)

Posiblemente la mesa estaba ya servida
o lo estaría pronto -puntualmente como cada día-.
El orden perfecto de servilletas y platos,
el vino rojo en el cristal labrado,
la lineal perfección del mantel solitario.
Todo el silencio -un silencio solemne como de mueble antiguo-
esperaba el ritual distante de su dueño,
el paso educado pero firme de quien conoce sus deberes y normas.
Cuando de pronto el intruso sonido inoportuno,
el breve fogonazo de resplandor remoto,
vinieron a turbar tanta paz adquirida.
Un movimiento de cabeza, probablemente teatral
-aunque sin duda y es obvio, involuntario-,
cierta laxitud en las cuidadas manos,
un rictus, de desprecio quizás, instantáneo y eterno,
y cerca, sobre unos libros, un papel con membrete.
Fuera, en la calle lejana, tras el balcón cerrado y las cortinas,
apresurados peatones empujando sus sombras,
ignoraban tal vez, entre estruendo de cláxones,
los hechos referentes a la muerte de un dios.

Antiguos himnos para enterrar un sueño
(México 1970)
Antiguos himnos, viejas canciones, palabras muertas,
Ay Carmela, no pasarán y ya han pasado,
y vosotros también habéis pasado, aunque cueste admitirlo,
Puente de los Franceses, puente de nada y rota melodía,
en esta noche, alta la copa, fogoso el ron,
quemando gargantas, abrasando sueños, Ay Carmela.
Y me pregunto qué hacemos aquí, quiénes somos,
para qué este rito de revivir la muerte,
Puente de los Franceses, mientras en coro
repetimos palabras, fantasía en el tiempo.
En algunos rostros que la vejez desnuda
la nostalgia es más grande, irreparable,
en otros, aún hay brillo de alimentada ilusión,
de terquedad suicida frente al muro nefasto de los hechos.
También hay rostros grabados ya de desencanto,
de emboscada ironía o insistente cansancio,
Puente de los Franceses, puente perdido para siempre.
Y sin embargo esta noche comparto con vosotros la nostalgia
y no os engaño uniendo mi voz a vuestro canto,
pues se puede sentir, y a veces con qué fuerza,
una feroz nostalgia de lo no vivido,
un rencor de heredero de derrotas.
Pero aquello que hoy sirve a mi corazón,
en estas horas, ojos ardientes, alcohol febril,
es juventud para vosotros, vida sincera,
Ay Carmela, es ya frente a la historia,
frente al mundo de hoy, y aún peor,
frente a la dura tierra que os vio nacer,
Ay Carmela, es ya silencio añoso, es ya la pura sombra,
imágenes de sueño, abolida leyenda.
Puente de los Franceses con silbido de trenes
y enlazadas parejas que jamás supieron del Quinto Regimiento,
Puente de los Franceses, también por ti pasa la vida.
Y ahora os miro, emocionadamente contemplo vuestra noche,
como una vaga imagen de una absurda película
y os digo adiós, y casi estoy llorando, y casi os gritaría,
mientras abrazo el espíritu roto de una historia viva
o tal vez lo contrario pero igualmente triste.
Lágrimas inútiles, voces roncas al alba
-quién soy yo para juzgaros, quién vosotros para comprenderme-,
Ay Carmela, está lloviendo en la ciudad de México,
antiguos himnos, viejas canciones, palabras muertas.

Poemas pertenecientes a Los trucos de la muerte (1975)

Un étranger
Produce cierta melancolía,
una tristeza decadente -literaria sin duda-
como algunas canciones de entreguerras
o páginas perdidas de Drieu La Rochelle,
ver a un hombre solo, apartado y distante,
en la barra de un bar con decorado internacional.
En esa imprecisa edad, tan imprecisa como la luz del ambiente,
en que ya no es joven ni viejo todavía
pero lleva en sus ojos marcada su derrota
cuando con estudiado gesto enciende un cigarrillo.
Las muchas canas y las muchas camas,
un indudable estómago que la camisa inglesa apenas disimula,
el temblor, no demasiado visible, de su mano en un vaso,
son parte del naufragio, resaca de la vida.
Un hombre que espera ¿quién sabe qué?
y aspirando el humo, mira con declarada indiferencia
las botellas enfrente, los rostros que un espejo refleja,
todo con la especial irrealidad de una fotografía.
y es aún, algo más triste, un hondo suspiro reprimido,
ver al fondo del vaso -caleidoscopio mágico-
que ese hombre eres tú irremediablemente.
No queda entonces sino una sonrisa: escéptica y lejana,
-aprendida muy pronto y útil años después-
de un largo trago acabar la bebida,
pagar la cuenta mientras pides un taxi
y decirte adiós con palabras banales.

Años después de separarnos
Eran dos estrellas sobre un escenario, cada uno
actuando ante un público de dos personas: la pasión
con que jugaban la mascarada creaba la realidad.
Francis Scott Fitzgerald

Quedan sí, ciudades, paisajes, sensaciones de calor o de frío,
nieve de Nueva York, implacable sol de Cartagena de Indias.
Quedan cuadros perdidos en museos o en casas,
como postales de otro tiempo, sin brillo,
conversaciones con amigos o tal vez enemigos,
encuentros que un momento dieron valor a nuestra vida,
tardes de toros, películas, canciones,
vasos vacíos, perros, pisos abandonados, artesanías mexicanas.
Queda un escenario perfecto,
con todos los detalles cuidados hasta el límite,
para representar la obra tanto tiempo ensayada,
la pareja estelar triunfadora por fin.
Pero hoy, todos lo saben, ni tú ni yo actuamos.
Y una escenografía, por brillante que sea,
no es nada sin palabras, sin un aliento humano.
Es sólo un hueco inmenso o, seamos modestos,
una gris papelera donde arrojar de golpe
-ni protestas ni aplausos- entradas de un estreno,
viejas fotografías, que a nadie ya interesan, de dos rostros que fueron.
Y las luces se apagan y se cierran las puertas.

Used words
Con palabras usadas,
gastadas por el tiempo y la costumbre,
cuyo último temblor ya no se siente.
Con palabras, como sueños, quemadas por la vida,
esta noche de lluvia hablo contigo,
trato de hablar al menos, ligeramente ebrio,
construyendo cada sílaba en el país de nunca jamás.
Y sintiendo esa repentina lucidez
con la que, de pronto, rompemos la rutina de ser y conocernos,
sintiendo, digo, esa rara sensación, distante y desangrada,
del whisky, de la noche y el silencio,
de la entusiasta desesperación con que aceptamos la derrota,
de ese vértigo, a veces, sólo a veces, tuyo y mío,
donde morimos sonriendo con los ojos abiertos.
Sintiendo lo poco que es un beso al fondo de tu lengua,
o tus ojos mirándose en los míos,
o nuestras manos unidas en el aire,
recorriendo un museo de aceptados fracasos.
Desfilan, batallón desolado de fantasmas,
nombres y nombres con distinto eco.
Pretendemos, con abolidos rostros, fechas caducadas,
ciudades imposibles,
contestar una vieja pregunta
cuya respuesta sólo la muerte ya conoce.
Años y años, voluntarios exilios de seres y países,
los hijos que no quise tener, los que tú sí tuviste,
el temblor del deseo que aún guardas en tu piel,
mi repetido navegar de cama en cama,
se reúnen y afirman su destino
frente a la ceremonia del amanecer.
Y todo lo sabemos y está escrito en tus ojos,
sin embargo hoy, este día con sol -tan raro en Bogotá-
de finales de julio, de algún año cualquiera,
te propongo mi amor, sé que tú aceptarás,
con palabras usadas, te propongo mentirnos.
Pasada ya la noche, quietos frente al espejo,
mientras yo me afeito y tú pintas tus labios,
te propongo mi amor, decir que nos queremos.
Decir -y son tan sólo ejemplos- «hoy existe la vida por nosotros»
o «tú no te morirás nunca»
o, tal vez, «aún hay noches y noches que esperan nuestros brazos, ese especial calor de dormir abrazados».
Olvidando, tratando de olvidar nuestro pasado,
ignorando el futuro, sin duda inalcanzable,
con palabras gastadas, decir y repetir
-es otro ejemplo- «gracias mi amor por haber existido».
Al menos por un rato -a nadie molestamos-
con palabras usadas mentirnos y mentirnos,
mentirnos contra el tiempo, despreciar su victoria.

Envío:
Te dejo este poema
confuso, absurdo, largo,
para que tú lo tengas como un pañuelo viejo
a los pies de tu cama, para que tú lo tengas,
y un día te lo encuentres, confuso, absurdo, largo,
un día como este -cuando ya no estaremos-,
y recuerdes, debajo de la ducha,
que alguna vez te quise -mentiras y mentiras-.
que alguna vez te quise -era un día de julio-.
con palabras usadas, como un disco rayado,
que recuerdes, mi amor, esta letra de tango.

Meditación idiota a la hora de acostarse solo
Si has dicho, y repetido en tantas ocasiones,
que tu único amor es una maleta,
por qué te quejas y protestas
mientras miras el techo sobre tu cama solitaria.
Víctima, juez, y al final verdugo,
aún puedes sentir que te estremeces porque alguien te quiere,
pero tú elegiste, en cierto modo, ese destino,
y ahora debes pagar el precio.
Tú, que pronunciaste te quiero, tantas veces,
para reírte luego de tu propia frase,
¿qué esperas?, ¿a quién pides en vano?
Si cuando encuentras a alguien que comparte tus días,
tus noches más terribles, tu suma de fracasos,
te da miedo decirle sigamos juntos para siempre
aunque sea una frase, aunque no te lo creas,
¿qué final es el tuyo?, ¿qué es lo que aguardas?
Y si también te quejas de las grotescas farsas
que a menudo, inútiles, constuyes
con frívolas historias, palabras mercenarias,
¿qué pretendes?,¿que pides a la vida?
La vida no es un juego, debiste comprenderlo,
y si hay algo muy claro es que has envejecido.
Confórmate y aguanta, y no pidas milagros,
que el vodka te acompañe al silencio y al sueño.
A los pies de tu cama, como una perra en celo,
la muerte, desvelada, te da las buenas noches.

Luis Cernuda
En Madrid, donde me dieron la noticia de tu muerte,
en Sevilla, años después, en una extraña primavera,
en Londres, repitiendo tantas veces
el sonido de tu voz, el roce de tu mano.
En Nueva York, mirando caer la nieve
-junto a aquel cuerpo que tanto quise-,
y en México, bajo la lluvia, frente a la piedra rajada,
que nada guarda sino tu nombre y la ceniza de un recuerdo,
has estado conmigo, fantasma de un fantasma.
Y esta tarde de Roma -en la casa en que muriera Keats-,
bajo la luz transparente de principios de otoño,
he vuelto a sentir, casi un temblor, tu presencia,
la terca pasión de tu memoria,
algo remoto y familiar como tu fotografía.
Que esa presencia, esa memoria me acompañen
hasta el día en que sean reflejo fiel,
testimonio inútil de un sueño derrotado
y una mano cierre mis ojos para siempre.

Una larga espera
Alguien te espera en la terraza de un café, en Venecia,
mientras se pierde, desterrada por el golpeteo de la lluvia,
la música de una pequeña orquesta.
Alguien te esperan en el caluroso camarote de un barco
viendo amanecer sobre los minaretes de Alejandría.
Alguien te espera, con un vaso en la mano y un cuerpo cerca -la lluvia aburriendo los cristales-,
en una habitación de Hans Road, en Londres.
Alguien te espera, desnudo, en un cuarto Art Nouveau de París
-entra una luz borrosa a través de la ventana-.
Alguien en una esquina dorada por el sol,
cerca de Chapultepec, en Ciudad de México.
Alguien te espera, en otro camarote caluroso, mirando atardecer sobre las olas del Caribe.
Alguien junto a la chimenea apagada en un piso de Bogotá,
con el aliento helado, en las orillas del Hudson, en Nueva York,
en la terraza de un hotel de Taxco
y en otra terraza, donde ladran unos perros, en Madrid.
Alguien te espera en la noche de Granada y en la madrugada de Veracruz,
recorriendo Lisboa desde el alto de la Serafina
y San Francisco desde Russian Hill.
Alguien te espera -hace mucho tiempo-
entre los viejos muros de una casa de Astorga
y haciendo el amor sobre la arena de una playa perdida.
Alguien te espera, espera con impaciencia tus noticias,
en repetidas habitaciones de apartamentos, en monótonos cuartos de hotel.
Y tú deberías avisarle, decirle de una vez la verdad,
que no puedes volver, que ya no tienes tiempo,
que es mejor cancelar la cita para siempre.
Pero no lo harás y él te seguirá esperando,
soñando cada sitio como si tú estuvieras por llegar,
repitiendo las mismas frases en los antiguos escenarios.
Hasta que un día se canse de esperarte
y piense que tú ya no vendrás, que tal vez hayas muerto.
Ese día, poco antes de dormirse, cuando maldiga
tanto tiempo perdido, su agotada paciencia,
podrá leer -escrita en las paredes- la esperada noticia de tu muerte.

Una rara familia
No habían nacido para vivir sino para morir
y supieron -con indudable perfección- ser fieles a esa norma.
Castillos habitados de nostalgias y sombras
-la música de Wagner resonando en los muros-
y hundirse en un lago, sentir una mano transparente
cerrando sus ojos, apagando su extraña sed,
fue la voluntad de Luis de Baviera.bscap0126_zpsa08aad48
Un puñal, una pequeña herida en el pecho, y derrumbarse
silenciosa, educadamente, junto a otro lago,
fue el final -tal vez deseado- de Isabel De Austria-Hungría
-la llamaban Sissi y amaba los caballos-.
Rodolgo de Hasburgo -ya escribí sobre el tema-
eligió o le eligieron un revólver,
nevaba aquella noche en Mayerling
-la nieve caía con lentitud, eternamente,
sobre un imperio de realidad y otro de sueños-.
Infieles y soberbios frente al destino
que la vida y las costumbres señalaban,
fueron, hasta el último día, fieles a sí mismos
-guardianes implacables de su propio destino-.
Rebeldes frente al mundo, el mundo se vengó,
pero jamás la muerte fue tan bien recibida.
Si el destino y la muerte son la única historia de la Historia,
sírvanos de lección esta rara familia.

Días sin huella
Alguien te espera en la terraza de un café, en Venecia,
mientras se pierde, desterrada por el golpeteo de la lluvia,
la música de una pequeña orquesta.
Alguien te esperan en el caluroso camarote de un barco
viendo amanecer sobre los minaretes de Alejandría.
Alguien te espera, con un vaso en la mano y un cuerpo cerca -la lluvia aburriendo los cristales-,
en una habitación de Hans Road, en Londres.
Alguien te espera, desnudo, en un cuarto Art Nouveau de París
-entra una luz borrosa a través de la ventana-.
Alguien en una esquina dorada por el sol,
cerca de Chapultepec, en Ciudad de México.
Alguien te espera, en otro camarote caluroso, mirando atardecer sobre las olas del Caribe.
Alguien junto a la chimenea apagada en un piso de Bogotá,
con el aliento helado, en las orillas del Hudson, en Nueva York,
en la terraza de un hotel de Taxco
y en otra terraza, donde ladran unos perros, en Madrid.
Alguien te espera en la noche de Granada y en la madrugada de Veracruz,
recorriendo Lisboa desde el alto de la Serafina
y San Francisco desde Russian Hill.
Alguien te espera -hace mucho tiempo-
entre los viejos muros de una casa de Astorga
y haciendo el amor sobre la arena de una playa perdida.
Alguien te espera, espera con impaciencia tus noticias,
en repetidas habitaciones de apartamentos, en monótonos cuartos de hotel.
Y tú deberías avisarle, decirle de una vez la verdad,
que no puedes volver, que ya no tienes tiempo,
que es mejor cancelar la cita para siempre.
Pero no lo harás y él te seguirá esperando,
soñando cada sitio como si tú estuvieras por llegar,
repitiendo las mismas frases en los antiguos escenarios.
Hasta que un día se canse de esperarte
y piense que tú ya no vendrás, que tal vez hayas muerto.
Ese día, poco antes de dormirse, cuando maldiga
tanto tiempo perdido, su agotada paciencia,
podrá leer -escrita en las paredes- la esperada noticia de tu muerte.

Poemas pertenecientes a Desapariciones y fracasos (1978)

Fantasmas en la nieve
Andas bajo la nieve, con las botas mojadas
y el blanco abrigo afgano,
por la orilla helada del Hudson,
una tarde oscura de febrero.
Luego, desnuda, en el cuarto caluroso,
miro la curva suave de tu culo,
el empapado brillo de tus ojos,
mientras sigue cayendo nieve en los cristales.
Es un recurso simple, muy poco original,
pero lo guardo para aquellas horas
en que volviendo atrás, sin amor y sin odio,
intentando recordar, acerca de nuestra historia,
sólo quedan retocadas anécdotas, viejas fotografías
y unas pocas palabras desgastadas.
Gotas en tu frente y el brillo de tus ojos,
errantes y abrazados en la ciudad extraña,
así ríes aún, así regresas hoy, así nos imagino,
borrados y distantes, fantasmas en la nieve.

Un lejano adiós
Hablamos, melancólicos, a las tres de la madrugada,
tristes, no demasiado borrachos,
en aquel ruidoso bar para noctámbulos.
Curiosamente, insistimos en el tema de la muerte
y me recordó otras conversaciones, otro tiempo,
aunque ahora, era una muerte cercana -muy poco literaria-,
sórdida y tangible como las manchas del mantel.
En la puerta al salir nos quedamos serios,
sabíamos que de nuevo nos separábamos
y fingimos olvidarlo con un gesto banal.
Hoy, no sé por qué, vuelven esas imágenes
y me gustaría revivir aquella noche,
ni mejor, ni peor, lo que fue, simplemente.
Retener por un momento, solo por un momento,
la humedad de tus ojos, el rictus de tu sonrisa,
lo que me llega como una pintura desvaída,
o como, al despedirnos, las gotas de lluvia en el cristal del coche,
dibujando un camino, resbalando, borrándose.

Poemas pertenecientes a Antes que llegue la noche (1985)

Crucificad la luz: algunos poemas de “Locos”, de LMP

13940956173905

Pilar,
marcharon tus ojos
en el yunque de la vida.
Lo que queda allí
acaso lo recuerde
la sombra en la pared
o el viento.
Lo que queda allí
ya no es de nadie
y todo su ser es patrimonio del viento.

***

Animal engalanado
rostro que en el pus se inscribe
rostro para nada, queja sólo para el viento
como cae Ícaro en el cuadro de Brueghel
en Antonello da Messina: virgen
sólo para los labios, dolor para nada y para nadie, y
sólo para que el poema se escriba, para que el
ciervo dance en este agujero cruel, guarida
del gusano y rostro para el cierzo.

***

Crucificad la luz.
Entre la mieses y la muerte
un relámpago asombra.
Crucificad la luz. Adonde ya no hay nada
ríen las mandíbulas, secas.

***

Triturad el tritón para que con su savia
para que con su agua, para que
la luz no llegue al poema.
Entre palabras y ruidos
un animal se esconde. En la bahía
asoma el cruel rostro de la nada.

***

El poema como un pus
como el grito de mis ojos
como la sombra en el suelo
de Peter Pan, que los otros
pisotean sin verla
en el suelo del espíritu
en el infierno aún más atroz de lo blanco.

***

El poema hecho trizas
desnudo cae de mi mano
polvo en los labios, y muerte
cuando aparezco en tus ojos.

***

Un animal huye a través del laberinto
dejando sólo un rastro de baba
en que habita el poema.

***

para Sol, con afecto

La luz en rosa,
el cielo que cae de mi mano
el infierno de dos sombras
para el alma este abanico.

***

para Sol, con afecto

(2.a versión)
La luz en rosa
el cielo cae de mi mano
bajo el papel en blanco la sombra
polvorienta de un enano.

***

Pálido el viento en las nubes
recorre todo lo escrito: me escucho
debajo del papel, y sobre él me miro
cosa redonda en mis pupilas.

***

Judas,
el único crimen es la memoria
que te arrastra hacia la muerte:
el horror de un crimen
en tus abiertos ojos.

de Locos (1995, 2da edición)