Tema de la muerte del héroe (Reflexiones sobre la Historia)

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As a lone ant from a broken ant-hill
from the wreckage of Europe, ego scriptor.

Ezra Pound

La vida humana es sólo una pesadilla irracional: cuando alguna utopía trata de convertirla en algo racional, el resultado así sólo puede ser 1984 de Georges Orwell. Lo dijo Goya, “el sueño de la razón produce monsturos”, y cuando el Estado trata de manejar la opinión pública como un sistema, como algo distinto de lo que es, una mera epidemia, sólo alcanza a fabricar locura. El prototipo del Estado es así Hitler o Mussolini, dos racionalizaciones o sistematizaciones de la pesadilla normal o habitual. Ello quiere decir que el Estado, si es verdaderamente demócrata, no debe existir, o debe existir lo menos posible. La vida humana no debe transgredir su verdadero carácter ínfimo o banal, y el ser humano no debe alejarse jamás de su carácter de eunuco, que tiene en un antiguo general su modelo y representación más perfecta. Los gigantes, por el contrario, son los que caen en poco tiempo. Es el tema, no del nacimiento, sino de la muerte del héroe. The murder of Christ, de Wilhelm Reich. “El recién llegado decía que era capaz de extraer la espada de la roca. Todos los habitantes de Zadar palidecieron, al oír la noticia. Al llegar la noche, amparándose en la oscuridad, llegaron hasta su lecho y le ahogaron con la almohada”. Ello quiere decir que la vida humana está sellada: no puede devenir significante, y ha de sobrevivir como nada. De otra manera, violado el tabú, se transforma en algo no pretendido y horrible.
El ser humano debe, pues, dormir, y lograr con la ironía sobrellevar su vida de monstruo dormido. El gobernante, modelo de superhombre, debe continuar siendo una ilusión, tal como ocurre con el Rey de Inglaterra, y no un gobernante real. De esa manera la vida no rebasará jamás su insipidez, y no se convertirá en tragedia. Es como el final de Saló, de Pasolini: la banalidad es el único corolario del desastre o de la peor de las tragedias, y tragedia y banalidad se conllevan sin que para nada haya lucha entre ellas o negación de la negación. Así, contra lo que pretendería algún filósofo idealista, la injusticia no violenta ninguna condición humana, sino que todo lo más destruye una felicidad o un bien particular. Y al final de la Historia, repleta de crímenes, puede decirse “aquí no ha pasado nada”. Así como la literatura sólo sirve a la literatura, la causa del héroe es tan sólo la causa de sí mismo o de quienes, al identificarse con él, son también o solamente héroes, y no ciudadanos reales. La Historia, que no ahora, sino siempre, ha estado al borde de su término o de su realización, por obra del héroe o de Alejandro, recae una y otra vez en el tema de la muerte del héroe, y muerta la canción sólo queda el ruido de fondo y la brutal concreción del mercado. Que lo que Böhme llamara “rueda del miedo” sea pavorosa e invivible, no quita que haya un callo que nos acostumbra y nos une a ella. Y “aquí no ha pasado nada”
Así, pues, no hay Historia en el sentido de un progreso lineal, sino sólo una sempiterna alternancia de ascensiones y caídas, tal como en una enfermedad. También el héroe es en ella nada más que un accidente o una enfermedad, tal como incluso se ha llegado a decir de la literatura. Y el destino del héroe, algo así como un niño con dos cabezas, es la muerte, y ella incluso antes de nacer, o antes de su conversión en héroe de la Historia; véase el caso de Edipo. Es más, podríamos decir que la muerte es una de las matrices del concepto de héroe, y esto no sólo en el caso del héroe militar, sino también en el del héroe religioso: Manes o Jesucristo. Así, toda honra es una honra fúnebre. Lo que quiere decir que no hay posibilidad de que aquello que se sobreponga a lo humano logre permanecer fuera o dentro de él, y que por tanto la Historia es incapaz de adelanto o progreso alguno, sino que encuentra su principio y fin, su posibilidad toda, en lo que hemos llamado el tema de la muerte del héroe. El hacha de la decapitación define así los bordes de la Historia. O, en otras palabras, la Historia es la historia de la muerte de Cristo.

Leopoldo María Panero

ABC, 18 de febrero de 1989, página 113. [En Prosas Encontradas]

El dios rojo

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Existe la leyenda o la falsa opinión de que el marxismo está reñido con la religión, y de que sólo la burguesía cree en Dios; ahora bien, la frase de Marx que originó esta leyenda no es realmente tan dura con la religión como suele creerse: así Marx, en la Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel, dice: “la religión es el espíritu de una situación sin espíritu, el corazón de un mundo sin corazón, la religión es el opio del pueblo”.
Por otra parte, si Jesucristo era esenio y los primitivos cristianos eran los esenios, sabemos de ellos, por Gérard Walter en Les origines du comunisme, que se intercambiaban la ropa y la comida, es decir, que eran comunistas, y ahí en esa postura comunitaria y antiesclavista radicaba el peligro para Roma de la religión cristiana; en la paradoja de Pilatos no se dice por otra parte que Cristo fuera ejecutado por tener fe, sino que puede leerse homo seditoso turba galilea, hombre subversivo de la tribu galilea. Es más, los primitivos cristianos no adoraban a un Dios que no existe, que es el Dios del catolicismo, cuya tesis principal, al decir de Javier Sádaba, es que dios no existe, sino que creían en un Dios vivo y material que es el Hipercosmos o el cielo de las estrellas fijas o, lo que es lo mismo, el fuego heraclitiano, y éste es el porqué de que Nerón quiso achacar el incendio de Roma a los cristianos, que como hemos dicho adoraban al fuego, y que creían en un amor material y orgiástico -San Agustín prohibió el sexo en el s. VI d.C.-, tal como opinaba el Evangelio de Felipe: “la cámara nupcial no es la de uno sino la de muchos”.
Es más, si de terremotos va la cosa, el inconsciente, único monstruo que existe, se descubrió en Judea y es el cuerpo humano, y lo que hizo decir a Spinoza que “nadie sabe lo que puede el cuerpo”, y lo que permitió que los primeros cristianos fueran autores, si no del incendio de Roma, de la masacre de Pompeya.
Es así que toda fe es peligrosa si consiste en decir que Dios está del lado de acá, como cuando se dice “aquí se armó la de Dios es Cristo”, o como en las herejías medievales que afirmaban subversivamente que Dios existe, y digo subversivamente por cuanto situar a Dios del lado de acá –This Side of Paradise– pone en cuestión la injusticia de este mundo, y desvela la mentira de la fe, lo mismo que el descubrimiento del camarero como siendo el proletariado de verdad -verdad que, como toda verdad, incita fácilmente a la risa- devela la mentira del marxismo fetichizado y convertido en ideología, porque, como diría Wallace Stevens, el único verdadero proletariado es el Emperador del Helado: The Emperor of Ice-Cream.

Leopoldo María Panero

EGIN, 7 de octubre de 1996, página 6. [En Prosas Encontradas]

La medicina y el mal (Algunas observaciones sobre el cuerpo humano)

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Hay enfermedades que, como la lepra y la locura, han sido durante siglos emblema del Mal. Esto por cuanto son símbolos de lo que llámase “maná”, “caja de Pandora” o lo que sea. Se refiere a un cuerpo que entre los animales es colectivo, y esto no sólo en los insectos sociales. El “yo”, la escuela, son así constricciones que nos ayudan a olvidar la sabiduría animal perdida y que se rescata catastróficamente en la locura, y en especial en el delirio de autorreferencia.
Ahora bien, para la Medicina este cuerpo subjetivo o mágico no existe sino como símbolo del Mal, esto es, de la lepra o del sida, vertederos en donde va a parar toda la agresividad latente en la calle o en los bares, lugares de encuentro anónimo y, por tanto, lugares de la animalidad de lo inconsciente. Así, nuestro descubrimiento es que el inconsciente no tiene una estructura personal; no por nada Freud lo llamaba “figura de la no-persona”, de ese “huanchi fori” del que habla uno de los locos aquí prisionero, víctima de una psiquiatría que no existe, lo mismo que el enfermar de sida es víctima de una conciencia mágica que, pese a los interdichos verbales, subsiste en la medicina actual. Esto se revela, por ejemplo, en la imposición de manos, en el carácter hipnótico de la voz del médico, etc., etc.
Ahora bien, la locura y el sida son las víctimas de unas pseudociencias que, llámense Psiquiatría o Medicina, olvidan que, como decía Spinoza, “nadie sabe lo que puede el cuerpo”, y de que vivimos siempre al borde del abismo, rozando ese significante animal sin el “yo”, que, empobrecido, actúa en la llamada locura. Pero no son sólo víctimas de una cuestión de discurso, sino que también lo son de un rumor o de una opinión al que el discurso científico o filosófico no ha tenido nunca la opción de entrar.
Es así que la masa, emblema por excelencia del psiquismo animal o del “no yo”, como primero de todos afirmara Freud, se resiste a la idea, llevada sólo de un pegajoso principio del placer.
Sólo el niño conoce la calle en donde el inconsciente, que es el cuerpo mágico, existe. Sólo el niño no teme a los desconocidos ni es presa de una paranoia estructurada socialmente, y que, también, es considerada como una enfermedad mental y remite a esa otra escena en que aparece, por fuera y por debajo del teatro, la humanidad telepática o la esencia de lo que Bataille llamara “comunicación”
Así pues, el gesto, única posible curación mágica del sida, remite a la nada y al mundo, y el planeta es un sueño de un enfermo de sida.

ABC, 10 de enero de 1993, página 137. [En Prosas Encontradas]

“Teoría de la venganza” – LMP

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“La venganza es un plato que se sirve frío”, como dice un viejo adagio: es un recuerdo que nos emborracha y nos constriñe, y que nos gusta acariciar en las noches de soledad.
Toda la obra de Poe, podría decirse, es un elogio e hipérbole de la venganza: “El corazón delator”, “El gato negro”, “El tonel de amontillado”, etcétera. En “El tonel de amontillado” se lee uno de los recursos de la venganza: la deformación de la imagen del enemigo, su conversión en payaso o bufón, en algo menos humano de lo que es el vengador, quien siempre -por ejemplo, en El conde de Montecristo– se cree un héroe, un héroe frío con el corazón muerto -como dice aquí un loco de Santa Águeda-, “el corazón muerto por la droga”. Esto quiere decir que, esencialmente, la venganza no sirve para nada, por cuanto su autor para cometerla debe previamente morir: esto es, no vivir para otra cosa que no sea el sedimento del futuro, el callo de la venganza.
El vengador debe tener fe: fe en el futuro, en el cumplimiento total de la venganza, que ni está aquí, ni siquiera, cuando cumplida, hemos eyaculado el odio, y la venganza ha terminado, y ya no es.
Hay muchos tipos de venganza: la venganza del que espera y creen en el destino como el filo de la venganza, y se dice a sí mismo: “Siéntate a la puerta y verás pasar el cadáver de tu enemigo”; la venganza del chino, que es el suicidio, por cuanto aquél creer que el muerto tiene más poderes que el vivo. También, cuando la injusticia es absoluta -como dijera Dámaso Alonso, “cuan bestial es el topetazo de la injusticia absoluta”-, la venganza alcanza proporciones cósmicas y para llegar a ellas se expresa en términos políticos: es la venganza de Hitler o de Mussolini. También la venganza puede alcanzar proporciones imaginariamente totales en el simbolismo religioso: es la venganza de Savonarola, también teñida de política; la venganza de Thomas Müntzer; la venganza de San Juan: el Apocalipsis.
Ahora bien, parafraseando a Lacan, al estructuralismo, la venganza es un efecto de lenguaje: estamos ligados a ella por una palabra, por un juramento, porque, de no ser así, no estaríamos seguros de desear siempre la venganza, porque si el sueño de la venganza ha de ser siempre el mismo, el deseo es mudable y podríamos un día pensar que ya no deseamos la venganza.

ABC, 5 de abril de 1992, página 145. [Tomado de Prosas encontradas]

“Dejar de beber” (Algunas observaciones sobre la verdad) – LMP

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In vino veritas; lo que hace de nosotros una caricatura, en el alcohol, es el desbordamiento de la máscara, de la persona, esto es, la aparición de la verdad. Es así que la verdad, en el alcohol como en la locura, tiene siempre apariciones catastróficas. Todo hombre tiene miedo de la verdad.
La verdad aparece también en los sueños, sólo que disfrazada, condensada y desplazada, según las leyes de un lenguaje que no es propio de la vida. La verdad es torpe, bestial, avanza a zarpazos y no por el camino recto: como el sexo.
Pero la verdad no es el cuerpo: como Yeats escribió, sin saber que era para Marilyn Monroe: “sólo Dios, querida, te amará por ti misma y no por tus cabellos rubios”, y al decir Dios no me refiero al Dios cristiano, que no es de verdad, sino al Kwoth de los nuer, término que se puede traducir por “monstruo humano”, como si la verdad sólo pudiera tener la forma inefable del monstruo, la razón de la errata o del accidente.
La vida, fuera del alcohol, es la contemplación del humo y del cigarrillo, la pesquisa de la palabra fuera de la situación, y de la máscara que cae al suelo, humillándose, para luego recomponerse tal como en una infernal película de dibujos animados. Todo hombre huye de la catástrofe.
Y, sin embargo, la catástrofe nos hablaba, la catástrofe era nuestra mirada y veíamos por el ojo del culo.
Ello, aunque a la mañana siguiente a la noche de borrachera fueran las moscas las que nos señalaran el camino. No es extraño que el alcohólico no recuerde nada.
Dejar de beber, por el contrario, ser un absoluto beginner, es ponerse a contrapelo de la vida, saber que todo es una lucha en la que “qui non dupe erre”, quien no engaña erra, y el único Maestro posible es el maestro de la hipocresía, hábil y ducho en el arte de mentir, supremo en el gesto de esconderse.
En lugar de estar “enfermo”, como se dice del que no tiene más que una sola cara, creer en la vida como una enfermedad.
Con todo ello queremos decir que, al menos desde un punto de vista ético, todo está invertido, y lo que parece malo es bueno y viceversa. Así, por ejemplo, el alcohol, que es bueno y divertido salvo por sus consecuencias sociales, así como por el éxtasis místico al que bien puede compararse la locura, mientras que el ser normal es un hombrecillo cacorro que ha dejado, para siempre, de beber.

ABC, 26 de octubre de 1991, páginas 126-127. [Tomado de Prosas encontradas]

“Pegan a un borracho” – Leopoldo María Panero

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Que las drogas estimulan la telepatía, es sabido. Y el alcohol, también. Es así que por lo que “pegan a un borracho” es por la telepatía, aunque la suya sea la telepatía más asquerosa del mundo. Es así que pasamos del phantasma psicoanalítico “pegan a un niño” al phantasma metapsicoanalítico “pegan a un borracho”, siendo el borracho y el niño dos de las víctimas, así como la mujer, de esta sociedad occidental patriarcal o capitalista. De esta forma abogamos por una nueva definición del proletariado como el excluido de la sociedad, y en esa definición cabe también el loco.
Ahora bien, excluido de la sociedad quiere decir también excluido de la vida, por cuanto como es sabido el hombre es un ser social y no hay vida sin sociedad: es por ello que cambiar la sociedad es cambiar la vida, como pedía Rimbaud: Il faut changer la vie. Y es que hace falta cambiar un mundo sin alma, hacer real la religión, y no situarla Más Allá, sino aquí, como pedían las herejías medievales: aquellas eran sólo peligrosas, como mi locura, por cuanto las dos situaban a Dios del lado de acá –This Side of Paradise– de este mundo.
Es de esta manera que lo que se castiga es una pérdida del sentido, que es en verdad su hallazgo, siendo el otro sentido -la razón capitalista o la Razón- el más asqueroso de los sentidos.
La locura así no es descartar la Razón, sino ofrecerle una alternativa, como el Psicoanálisis tiene que ser el doble de la locura, su espectro o fantasma. Su redención verdadera.

EGIN, 7 de abril de 1997, página 4. [Tomado de Prosas encontradas]

El misterio del cuerpo humano – Leopoldo María Panero

1404220886_903345_1404221026_noticia_normalEn una especie que se dice civilizada, existen sólo dos lenguajes corporales innatos: la risa y el llanto. La risa es un acto sádico y, según Oscar Kiss Maerth, un recuerdo del canibalismo; el llanto, el acompañamiento profético de nuestra entrada en este mundo.
Nadie sabe qué sea el espíritu: en cualquier caso, si éste, como afirma el catolicismo -y no sólo él-, es innato, resulta un misterio por qué el bebé no habla, y por qué, en esta raza maldita, se aprende a ser. En el pájaro, el período de adaptación o crianza dura unos días; en el hombre dura años.
Todo hace sospechar, pues, que, como afirma Kiss Maerth, la raza humana sea una especie mal creada o enferma; también de esto, al decir del mencionado autor, responde la falta de pelo, que en nada nos ayuda para sobrevivir en un ambiente con frecuencia hostil; lo que contradice a Darwin, quien afirmaba, como es sabido, que la mutación humana o animal se producía para adecuarse a un medio nuevo y diferente.
El hombre está separado de la Naturaleza, y la percibe en todos los casos como hostil: odia a los animales, los domestica y tortura, en lugar de convivir con ellos. Y esto por cuanto no percibe su cuerpo, más que en el intervalo de la sexualidad, que no por nada se expresa en todos los idiomas como un acto sádico o una violencia -“chingar” en mexicano, “foutre” en francés, “fuck” en inglés, “joder” en español-, sean estos idiomas católicos, protestantes o ateos. Y el desnudismo, o naturalismo, no arreglan nada: la muerte sigue existiendo, el dolor sigue existiendo, la vejez sigue existiendo. Y conste que la inmortalidad no es para mí una tesis cristiana o utópica, pues las amebas son inmortales y, por tanto, podrían serlo todas las células de nuestro cuerpo. Y no se arregla nada hablando de organismos más complejos, pues los cisnes -como leí en Metalnikov, La lotta contro la morte-, viven doscientos años, las tortugas ochocientos y los baobabs más de mil.
Ahora bien, si, como decía Schopenhauer, la inmortalidad del hombre es la inmortalidad de la especie, ello no quiere decir sino que esta especie es autoconsciente, al menos en lo que a su cuerpo o natura se refiere, esto es, que de alguna manera está sellada o maldita por lo que toca a su felicidad.
Y de esta maldición da prueba el misterio del gesto humano, que la vida nombra como evidencia, y la palabra no: el misterio del gesto que es el misterio del cuerpo, pues hasta el corazón cuando palpita apresuradamente está expresando un enunciado, y el aliento-raíz del término psiquiatra, también en el frenesí amoroso, compone un lenguaje al que la hipocresía del lenguaje hablado frena y lleva hasta su descomposición, que no se sabe si es la muerte o su hermana la locura, que compone este epitafio, no se sabe si del cuerpo o del alma: “Ni obra, ni arte, ni espíritu, no hay nada; nada, sino un bello Pesa-Nervios” (Antonin Artaud)

ABC, 30 de junio de 1990, página 126. [Tomado de Prosas encontradas]