Todos los dioses serán destruidos, todos los hombres igualados al suelo y todas las casas asiento de los dioses. Páginas de poesía política. – Leopoldo María Panero

REQUIEM
Yo soy un hombre muerto al que llaman Pertur.
En la cena de los hombres quién sabe si mi nombre
algo aún será: ceniza en la mesa
o alimento para el vino.
Los bárbaros no miran a los ojos cuando hablan.
Como una mujer al fondo del recuerdo
yo soy un hombre muerto al que llaman Pertur.

LA FLOR DE LA TORTURA
(Túpac Amaru en los sueños de la prisión)
Busco aún mis ojos en la Mano
en la Mano y en el suelo,
y recuerdo que fui hombre,
antes
de que el metal hiciera arder mi cuerpo
entero como una bombilla,
como una bombilla quebrada por la Mano
del hombre sin cabeza, cuyos pies sólo veía,
cuya Mano
explorar mi cuerpo como en busca del mapa de Todo.
¡Oh los pétalos de mi vida que caen, los cristales de mi alma
que ya son sólo carne, carne en llamas
y una mujer en los brazos de otro!
¡Oh mi amor, mi amor entero, cuyos pies sólo veo!
¡Oh mi nombre, mi amado, mi esposo, quisiera
ofrecerte mi falo esta noche quemado
y mis ojos también, mientras arañas
con tu mano torpe la bombilla queriéndome,
y el látigo de tu voz desmiente mi cabeza!
Esto era la cabeza que hubo
esto el metal de tu voz.
Esto la carne en pedazos por el suelo, por el suelo
como un espejo roto que recuerda
a todos los hombres.Ya no soy yo sino eso que torturas,
y una sola flor en la cabeza,
dos en el pie, y cinco en el escroto.
Al final, como un regalo
te escupiré mi nombre al suelo.
Y quedará vacía por entero mi alma, sólo amor
sólo pasión de ti y de tu boca de acero,
de tu Mano que se mueve curiosa entre mis pelos,
que aplica electrodos con premura, tiernamente
a través del laberinto de mi cuerpo.
¿Querías saber mi nombre? Soy el Fuego,
y toda la marea de los dioses
aparece en mi frente. ¿Querías saber quién soy?
Yo soy un gato, una gota de agua salada en tu Mano
arena de la playa para que en ella como un niño juegues.
¿Te gusto más desnudo? Para que con mí juegues, sin duda
es mejor mi piel que el inútil
enigma de mi ropa.

No es nada ya mi cuerpo: tómalo,
hunde tu falo, y que te ame
como el agua ama el pie que en ella se hunde.

SOLDADO HERIDO EN EL LEJANO VIETNAM
La muerte vació mi ser, dejó mis ojos
tan blandos y sexuales como selva.
Cada vez que me acuerdo de mí y de aquellos bosques
la nieve del esperma baña mi frente.
El avión me esperaba como una amenaza:
a medida que el terror se alejaba
vi la nave del sentido hundirse entre mis ojos.
En esta habitación de Windham Street
soy sólo un disparo entre los juncos.
Dicen que allá en los ríos, cuando baja
el viento oscuro de la noche, un pez
acaso me recuerde.

BERTRAND DE BORN, O EL OSCURO ENIGMA DE LA POLÍTICA
Berttrand de Born ofrece en vano
a los hombres en el infierno su cabeza:
tan hábil con la palabra nunca supo de mano.
Toda Provenza se encendió llevada
de no sé qué pasión que se esfumaba:
y hasta para el crimen horrendo del Rey joven,
un término halló una clave
que su vida salvara.
Su arte era extranjero a todos
amó la guerra e ignoró la sangre.
Y a la sombra aquella que en Perigord se olvida
la dijo tan sólo, al despedirse alzando
la mano hacia Occidente;
dividir sé, no reunir
y no conozco al hombre.

SUEÑO DE UNA NOCHE DE VERANO
A Adelina Delorme, lloviendo
Los hombres del viet son tan hermosos cuando mueren.
El agua del río, lamiendo sus piernas, hacía más sexual su ruina.
Luego vinieron las Grandes Lluvias buscando
la vagina hambrienta de la selva, y todo lo borraron.
Quedó sólo en los labios la sed de la batalla, para nada,
como baba
que cae de la boca sin cerebro.
Hoy
que en lecho sin árboles ni hojas
con tu lengua deshojas el árbol de mi sexo
y cae toda la noche el semen como lluvia
y cae toda la noche el semen como luvia, dime
besando suavemente el túnel de mi ano,
cueva anaconda que aún me marca
los ritmos de la vida, dime qué era, qué es,
qué es un cadáver.

LA NOCHE DEL SOLDADO EN LA CASA ABANDONADA
El enemigo no está aquí: las sombras.
No sé si ha huido al mar o aúlla en la montaña
perdido entre lobos o pegando, por sentir algo
el desnudo cuerpo a un roble.
Su idea
cae de mi cabeza con el hacha que poda
una tras otra las ramas
del árbol que en la locura cantara, el búho:
es el otoño en mi cabeza.
Las palabras libertad, patria suenan ahora como el grillo
o como la puerta que el viento no conmueve: mañana
con mis cabellos encenderé la hoguera.
Dos pájaros
pelean en lo alto con sus picos.
Temo morir.
Temo morir más que en la batalla
temo perder el ser, vencida la batalla
por medio de este ruido sigiloso.
Temo que caiga el nombre
como del muro
que revoco, el papel, el dibujo.¿Qué es la noche?
¿Qué es el búho? ¡Si un perro ladrara!
Si un perro ladrara devolviéndome algo
del candor del estruendo, de
la vid de la batalla.
El ejército ruso no pudo con mi espada:
el silencio, sí.

THOMAS MUNTZER, TEÓLOGO DE LA REVOLUCIÓN
Quemaban a los ricos con antorchas
y tal que hierba seca ardían sus cuerpos.
Que el clero, con sus falsas oraciones
te consuele de desaparecer.
Todos los hombres se creían dios.
Mataban y luego eran despedazados.
Lutero maneja con mayor elegancia los libros:
su mano que no trabajó nunca sabe
mover las páginas y engañar a los hombres.
Muntzer tiene la pasión y no la idea:
sin duda morirá despedazado.

LA PALABRA, EL HECHO (teoría y praxis)
I- la palabra
(Discurso de Thomas Muntzer a las masas)
El mundo se divide en dos:
los hombres de la carne y los hombres del verbo.
Cuando la palabra cae en la pradera
es llama.

II- el hecho
Thomas Muntzer ha muerto:
polvo y nube en llanuras es todo lo que queda
de cualquier gobierno.

Primera parte de El último hombre: “Todos los templos serán destruídos, todos los hombres igualados al suelo y todas las casas asiento de los dioses. Páginas de poesía política.”

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El último hombre (Prefacio) – Leopoldo María Panero

Prefacio

El libro que he realizado, El último hombre, que es una leyenda alquímica representativa de la primera fase de la obra, también llamada nigredo (oscurecimiento) o Putrefactio (putrafacción). De alguna manera la obra poética (Rimbaud lo dijo) es semejante a la empresa alquímica: una destilación del espíritu, un psicoanálisis.

Testimonio de la decadencia de un alma, este libro, pese a lo macabro de sus temas, no romperá por ello con el rigor poético que me he propuesto a lo largo de toda mi obra literaria. La imaginería exótica, retorcida, sigue una técnica: la de contrastar la belleza y el horror, lo familiar y lo unheimlich (lo no familiar, o inquietante, en la jerga freudiana). Blake, Nerval o Poe serán mis fuentes, como emblemas que son al máximo de la inquietante extrañeza, dela locura llevada al verso: porque el arte en definitiva, como diría Deleuze, no consiste sino en dar a la locura un tercer sentido: en rozar la locura, ubicarse en sus bordes, jugar con ella como se juega y se hace arte del toro, la literatura considerada como una tauromaquia: un oficio peligroso, deliciosamente peligroso.

Otro de mis métodos para la consecución de este libro es lo que el formalista ruso Sklowsky llamaba el extrañamiento: esto es, deslizar componentes anómalos en medio de un panorama familiar. Ceniza entre unas guindas, dos sapos en un jardín, tres niños adorados por los sapos: la fealdad rodeada de belleza, o viceversa, lo que no se come de lo que se devora y es que el referente poético por excelencia es la imaginación del lector: jugar con ella como el cazador con las fieras, aturdirla, chocarla, perseguirla, cautivarla.

También he de decir, en esta suerte de POÉTICA, que, al igual que Mallarmé, no creo en la inspiración. Es más, considero que la buena literatura debe rehuir a esta como si de una bestia se tratara. La poesía no tiene más fuente que la lectura, y la imaginación del lector. La literatura, como decía Pound, es un trabajo, un job, y todo lo que en ella nos cabe es hacer un buen trabajo, y ser comprendidos, cal trovar non porta altre chaptal (porque cantar no recibe otro capital), como afirmara la Comtessa de Dia. Algo que no sabe decididamente el poeta inspirado es que trovar es difícil, que la buena poesía no cae del cielo, ni espera nada de la juventud o el deseo.

Prefacio de El último hombre (1983)