Los abominables mamarrachos – L.M.P.

panero“De todas las palabras, la que quizás ha hecho más daño a la escritura ha sido la palabra ‘genio’. Si perdura, al mismo tiempo que nociones más silvestres que salvajes como ‘inspiración’, ello sin duda se debe al desinvestimiento de la escritura por parte del capitalismo, a su descodificación por parte de este sistema ‘profundamente analfabeto’.

DELEUZE – GUATTARI

Puesto que el artista no cuenta ya, a causa de esta desintregración del sistema, con un lector, con una crítica “viva”, ya que la única respuesta con la que cabe contar es con la de una crítica “muerta”, que opera con códigos arcaicos que ya no tienen vigencia ni en el escritor ni en el improbable lector (por consiguiente, la función de esta crítica es policial: se trata sobre todo de “juzgar”, el presente no ya por el pasado sino por el resentimiento que originó el fallecimiento de este; se trata no ya de analizar sino de prohibir o elogiar lo que aún se atenga al principio de identidad, lo que a pesar de todo persevere en los pobres y secos mitos de la división del trabajo); puesto que su producción es en suma, en este sistema, improductiva, inexistente, inútil: o bien el artista hace suya esta situación, dando así lugar al “esteticismo”, en el que se celebra el absurdo -por supuesto previo al esteticismo- del “arte por el arte” (pese a lo cual el esteticista se afana en publicar, en lugar de autosatisfacerse con sus propias obra, que sería lo consecuente y en algunos casos lo más provechoso para el lector: me refiero por ejemplo al segundo Carnero, El sueño de Escipión, y al tercer y cuarto Gimferrer); o bien rechaza -vanamente, impolíticamente- este no-código capitalista mediante códigos fenecidos, mediante nociones silvestres como “inspiración” o “genio” al mismo tiempo que se refugia en un público, en un lector inexistente: la posteridad.

Todo ello en lugar de la única actitud valerosa, que sería, no ya acomodarse al presente -esteticismo- o tratar de resucitar desesperadamente el pasado, sino ir aún más lejos en esa -para el espíritu pequeñoburgués- espantosa descodificación, ir aún más lejos de lo que el capitalismo ha ido en la muerte del arte, de la escritura: hacer ver, por ejemplo, que si el arte, la escritura, han muerto no ha sido sólo por causas externas, sino también internas: el arte, la escritura han muerto por una sola causa: por cuanto eran fruto de la división social del trabajo, de la división entre el trabajo manual y el trabajo intelectual, y de la división del hombre entre lenguaje y energía, entre significado y sentido: así nos correspondería inaugurar un nuevo arte total, hecho por todos, fusión de sentido y significado. Esto es lo que, fundamentalmente, quieren decir Lautréamont, Mallarmé, Artaud: no habrá ya entonces necesidad  de “crítica”, por cuanto, de ahora en adelante, esta radicará en el mismo arte: se acabó el arte “inspirado”, ateórico (y por consiguiente ideológico) y acrítico; y la crítica, si aún quiere ser, habrá de ser artística, tan total como el arte que pretende criticar. Ejemplos de este arte total, en España, sería imposible encontrarlos en la escritura: el único que me viene a la memoria pertenece a otro género y es Darío Villalba, quien con sus obras he hecho morir el “cuadro”, ha abolido -o tratado, al menos, desesperadamente de abolir- la separación existente entre público y “autor”. El arte entonces ya no se “consume”, por cuanto producción y consumición vienen a ser uno y lo mismo: la producción se consume a sí misma, la consumición es ahora capaz de, consumiendo, producir.

En el campo de la escritura todo sigue tan desesperado e inmóvil – iba a decir como siempre, pero no siempre fue así- no hay que olvidar lo olvidado: la escritura del despotismo (en el sentido que esta palabra tiene en el contexto Deleuze-Guattari): Góngora, Villamediana, Bocángel, Juan de Jáuregui. Hay de un lado la escritura que pretende hacer brillar las condiciones a que se ve sometida por el capitalismo -que pretende incluso haber inventado ella misma estas represiones-: Gimferrer, Carnero, Félix de Azúa; por otro lado hay los “genios”: Carlos Trías, Ana Moix, Víctor Orenga -este último nombre quizá resulte desconocido para el lector, pero en breve plazo, si no me equivoco, tendrá ocasión de hacerse con una obra suya, en Tusquets Editores, una mezquina imitación de Beckett. Y la verdad es que de lo malo escojo lo peor: prefiero a los “ambiciosos burgueses” a los “abominables mamarrachos”, al menos los primeros ejercen sobre sí cierta censura, su ambición les obliga a cierto sentido de la realidad, lo cual redunda en beneficio de la calidad; mientras que los segundos, fiados en su divinidad, no se obligan a nada, la escritura les importa un bledo, el lector también; actúan impunemente y cualquier teorización de su práctica les sonará a falsa: les preocupa únicamente saber (?) que son genios, y como esta palabra, a decir verdad, es difícil de significar (ni siquiera Goethe lo logró plenamente), se sienten libres para cometer toda clase de crímenes, contra la escritura, contra la producción: en efecto, no hay nadie que responda en nombre de una ni de otra: es, pues, fácil para ellos ser “irresponsables”, y hacer coincidir esta noción con la de genio.

Puesto que es necesario que esto se dirija a alguien, y a alguien reciente, escogeré Walter, por qué te fuiste de Ana María Moix, aun cuando podría ilustrar esta crítica obras pasadas -como El juego del lagarto de Carlos Trías- o futuras como Ouroboros de Víctor Ortega.

Y nada más queda por añadir, excepto quizás, solicitar en vano un poco más de respeto para una palabra que Poe tanto amó.

 

Diario de Mallorca, “Letras”, 9 de mayo de 1974, página 34.

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