«Tú que sólo palabras dulces tienes para los muertos…»: los Panero escriben por su madre

Copia de ricardo franco   1994   después de tantos años (3 10)avi.wmv_00040246033

MA MÈRE
A mi desoladora madre, con esa extraña
mezcla de compasión y náusea que puede sólo
experimentar quien conoce la causa, banal y
sórdida, quizá, de tanto, tanto desastre.

Yo contemplaba, caído
mi cerebro
aplastado, pasto de serpientes, a
vena de las águilas,
pasto de serpientes
yo contemplaba mi cerebro para siempre aplastado
y mi madre reía, mi madre reía
viéndome hurgar con miedo en los despojos
de mi alma aún calientes
temblando siempre
como quien tiene miedo de saber que está muerto,
y llora, implora caridad a los vivos
para que no le escupan encima la palabra muerto. Vi digo
mi cerebro en el suelo licuándose, como un excremento
para las moscas. Y mi espíritu convertido en teatro
vacío, del que todo pensamiento ha desertado
-tutti gli spiriti miei eran fuggiti
dinanzi a Lei
mi espíritu como un teatro vacío
donde en vano alentaba inútil, mi conciencia,
cosa oscura o
aliento de monstruo presentido en la caverna. Y allí, en el teatro vacío
o bajo la carpa del circo
abandonado, tres atletas
-Mozo, Bozo, Lozo-
saltaban sin descanso, moviendo
con vanidad desesperada el trapecio
de un lado a otro, de un lado a otro. Y también, cortesanas
con el pelo teñido de un oro repugnante, intercambiaban
leyendas sobre lo que nunca hubo
en el palacio en ruinas Y me vi luego, más tarde
mucho más allá del demasiado tarde,
en una esquina desolada de
alguna ciudad invernal, mendigando
a los transeúntes una palabra que dijera
algo de mí, un nombre con que vestirme. Puerta
del infierno -del
infierno de la imposibilidad de sufrir ya-
puerta del infierno
-del infierno de la posibilidad de sufrir ya-
este poema, este canto exhausto
esta puerta que chirría en la casa
sin nadie, llevada sólo por lo deshabitado del viento,
como un pelele o marioneta infame que mimara
su carencia de ser con lo exagerado del gesto: una muñeca
llevada por los hilos invisibles de todas las manos
y negada por todos los ojos. Como una muñeca me mimo
a mí mismo y finjo
delante de nadie que aún existo. Peonza
en la mano del dios de los muertos. Como una muñeca extraviada
en la ruta implacable de tantas otras, de las incontables marionetas
que ejecutan su vida como un rito funerario,
una obsesión senil o un delirio
último de moribundo. Porque los hombres no hablan, me dije, dije
a los ciegos que manchaban
de heces y sangre sus zapatos al pisar mi cerebro.
Y al momento
de pensar eso, un niño
orinó sobre la masa derretida,
dando luego
de beber vino rojo y fuerte a un sapo
para que borracho riera, riera, mientras caía
sobre le invierno de la vida la lluvia
más dura. Y al verlo, y mientras me arrastraba
cojeando entre los muertos, pensé: llueve,
llueve siempre en las ruinas. Y mi madre rió, al oír aquel ruido
que delataba mi pensamiento.

LA MALDAD NACE DE LA SUPRESIÓN HIPÓCRITA DEL GOZO
«Jois e Jovens n’es trichaire
e Malvestatz eis d’aqui»
MARCABRÚ

Una cucaracha recorre el jardín húmedo
de mi chambre y circula por entre las botellas vacías:
la miro a los ojos y veo tus dos ojos
azules, madre mía.
Y canta, cantas por las noches parecida a la locura, velas
con tu maldición para que no me caiga dormido, para que no me olvide
y esté despierto para siempre frente a tus dos ojos, madre mía.

de Narciso en el acorde último de las flautas (1979), de Leopoldo María Panero

A MI MADRE
(reivindicación de una hermosura)

Escucha en las noches cómo se rasga la seda
y cae sin ruido la taza de té al suelo
como una magia
tú que sólo palabras dulces tienes para los muertos
y un manojo de flores llevas en la mano
para esperar a la Muerte
que cae de su corcel, herida
por un caballero que la apresa con sus labios brillantes
y llora por las noches pensando que le amabas,
y dice sal al jardín y contempla cómo caen las estrellas
y hablamos quedamente para que nadie nos escuche
ven, escúchame hablemos de nuestros muebles
tengo una rosa tatuada en la mejilla y un bastón
con empuñadura en forma de pato
y dicen que llueve por nosotros y que la nieve es nuestra
y ahora que el poema expira
te digo como un niño, ven
he construido una diadema
(sal al jardín y verás cómo la noche nos envuelve)

de Poemas del manicomio de Mondragón (1987), de Leopoldo María Panero

APARECE NUEVAMENTE MI MADRE, DISFRAZADA DE BLANCANIEVES

La acetonia y la lamprea se disputan en el reino del ser
en el oscuro juguete para el niño muerto
en la pecera donde una vez lo dije
juego con mis amigos.
En el bosque erra un príncipe
buscando
el sepulcro de cristal y de cuarzo
de Blancanieves: que su llanto
nos consuele, antes del Beso
antes del beso final de dos cadáveres
sobre la página en blanco,
sobre la caída de la página
que finalmente no puede caer
sino sobre sí misma: y
éste es el misterio de Blancanieves
que se corrían los niños gordezuelos de boca en boca
besándose.

de Piedra negra o del temblar (1992), de Leopoldo María Panero

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img_12914 - copiaCEREMONIAS DE OTOÑO

Entre el pellejo y el hueso aún alienta un temblor
-eso que algunos llaman alma-
un terco estertor, inútil esfuerzo de supervivencia.
La vida y sus ocultas raíces tenaces se aferran
en el húmedo atardecer, de principios de otoño,
mientras el desencajado rostro representa su extraño papel
y el coro, con su estúpida y crédula apariencia,
apuesta por el más allá o el más acá, ¿qué importa?
Sólo un aliento, sólo un aliento entrecortado,
entre el pellejo y el hueso,
simboliza un final o, sencillamente,
el borroso sueño de otro sueño desierto.
¿Y para quién tantos aparatosos gestos,
si todos los testigos, los ojos que, casi a escondidas,
se miran y se encuentran, únicamente afirman
el terror -tan real- de su propio cadáver?
Después -fuera del hospital inhóspito-
la última luz del sol dibuja el mar,
ocultándose tras el verde y la piedra del Monte Igueldo
y tiembla en tus manos la pesada copa
que lleva a tus labios el cristal funerario,
donde el alcohol y el hielo dibujan otra muerte.

20 DE DICIEMBRE DE 1990

Termina un año donde la vida y la muerte
tensaron como un arco su furia y resistencia,
las aristas más duras, los filos de las flechas.
Hoy ya -entre tantos otros- Felicidad Blanc,
Jaime Gil, José Luis Alonso, son sólo nombres,
desterradas sombras, tachaduras en la agenda del tiempo.
Muerte y vida, también llegan visiones:
una esquina perdida de una calle perdida,
en Buenos Aires, los ojos de una mujer,
y palabras, Enrique Molina leyendo un poema de Borges
y Borges resucitado en la voz de Adolfo Bioy Casares,desencanto2-333
sentados en su casa, mientras, tibia luz transparente,
entra el sol del invierno austral por la ventana.
Terco superviviente de oscuras derrotas,
espectador aún del color de los días.
El testamento inútil de un rostro en el espejo,
y el misterioso, impreciso vuelo de una flecha,
el metal que hiere y esta vez mata.

los dos últimos poemas pertenecen a Los viajes sin fin (1993), de Juan Luis Panero

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