El Anticristo

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Todo comienza mirándose al espejo: allí no hay nada, nada sino la quietud del espejo, que no devuelve al vampiro su mirada: y ahí afuera, gritan los niños.
No hay nada más horrendo que un niño: todos los niños adoran al diablo, y llevan en sí la marca de la Bestia.
En cualquier caso, en la habitación vencida, reposan los libros que me hicieron adorar al Señor, al Príncipe de las tinieblas: porque nadie sabe el porqué del mal –mysterium iniquitatis: y en su frente estaba grabado «misterio». Yo soy el arcángel San Gabriel, el príncipe de los misterios.
Me gustaría apuñalar al ser, apuñalar a Dios, hundir el cuchillo en su carne de hembra, sepultar al universo.
Yo, yo, yo: yo no soy ya un hombre, soy un monstruo, alguien que no sabe quién es: como dije en un verso «el trabajo paciente de los hombres barbados me convirtió en un monstruo, que no sabía ser un monstruo».
Pero vuelvo a leer los libros, y encuentro pistas de mi ser en ellos, rastros de mi yo, y del universo.
Quién anduvo entre la violeta y la violeta*.
Pero la vida sigue, y es peor la locura, peor que el suicidio y la desesperación: y me senté sobre la destrucción, e hice allí mi nido: hoy las avispas vuelan en torno del poema.
Y le hablaba al espejo, y recorría las calles perseguido por mi yo, y en la escritura hallé un palacio abandonado: yo era más bello que el diablo, y hoy soy sólo un palacio en vano.
«Habrá guerras como nunca las ha habido: no soy un hombre soy dinamita»**: no sé si soy Nietzche o San Juan, o Freud que se creía el Anticristo «sabía Ud. que yo soy el diablo, ellos construyen catedrales en torno a mí»***.

*Eliot
**Nietzche
***Freud

de Conjuros contra la vida (2008)

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