«Traigo recuerdos del País de Never More»: LMP prologa Peter Pan

Nadie, que yo sepa, ha connotado hasta ahora la inefable rareza de la literatura infantil. Del mismo modo, nadie, que yo sepa, ha admitido hasta hoy lo que del niño se escapa de la concepción normal del niño, la inefable “rareza” de la subjetividad infantil.
Pero empezaremos por la literatura, antes de nuestro inevitable encuentro psicológico del tema. Al cajón de sastre de la literatura infantil han ido a parar autores desesperados y profundamente misántropos como Jonathan Swift, escritos contra el género humano como los “Gulliver’s travels” al mismo tiempo que obras tan esquizofrénicas como “Alicia en el país de las maravillas” o “Alicia a través del espejo”, de Lewis Carroll,[1] así como finalmente obras como las que aquí nos preocupan, el “Peter Pan” de James Matthew Barrie, quien no desdeñó en otras páginas abordar la literatura de terror.[2] La moda actual de la literatura infantil pone efectivamente de relieve el carácter esquizofrénico de toda ella, hecho evidenciado por su inclusión en la literatura moderna de vanguardia, toda ella esquizofrénica al decir de Roger Gentis.[3] Y es que existen, creo, dos antecedentes claros de literatura moderna o de vanguardia: estos son la literatura de terror y la literatura infantil. No toda la literatura infantil, sin embargo, está tocada de ese “olor” esquizofrénico, de esa singularidad máxima propia de la literatura moderna, de esa singular rareza que consiste, como afirma Todorov, en que en ella el terror se halla por todo el relato, y no sólo en una parte de él. Definición ésta de lo moderno que toma a Kafka por su modelo favorito, al tiempo que nos aleja de piadosas ideologías “postmodernas” que restan de la literatura, so pretexto de no sé qué avances, la angustia y la muerte.[4] Con ellas, la edad actual, la edad más obscura, al decir de Ronald D. Laing, se quedaría sin el refugio de la literatura, y sumida en un horror analfabeto, ya que por muchas postmodernidades que se inventen, no se ha avanzado nada hacia el goce.
Yendo todavía un poco más allá en nuestra digresión, la noción de vanguardia como esquizofrénica debiera caracterizar a toda la literatura, como pretende en su notable estudio Javier del Amo, ya que ésta siempre plantea el dilema de una realidad divergente, heteronómica. Del mismo modo, por lo que toca a la literatura infantil, el sueño de Peter Pan no es dulce, y la literatura de L. Carroll “da miedo”. La locura se hace acompañar de una niña, y las niñas son las únicas que escuchan, “fieles a su realidad”, las historias del loco. Y es que, dejando aparte su literatura, existe una percepción de la realidad en el niño que no ha de interpretarse como una “manque”, como una falta de lo real, sino como una divergencia que tiene todo el derecho lógico a existir, lo mismo que la geometría no euclidiana a negar matemáticamente la estructura perceptible de lo espacial.
Del mismo modo, la realidad del niño no ha sido concebida, hasta ahora, como lo que es, es decir, como una realidad divergente, por cuanto no por nada el adulto procede fatalmente a olvidarla, ya que el Ello, según se dice, se crea a partir de los cinco años. De ahí lo que de revolucionario pueda tener el mito de Peter Pan, el niño que no deja de ser niño, milagro que sólo se encontraría en Wendy bajo la forma de Demencia traviesa. Y ello por cuanto esa realidad misteriosa y divergente que late en la infancia no es ajena a la substancia de eso que se ha llamado locura. Lo que luego se llamó esquizofrenia tuvo en principio por nombre el de Daementia precoz o demencia traviesa, sugiriéndose con ello la idea de que la llamada locura no es sino una regresión a la infancia. A algún sitio ha de volverse, por cuanto el vacío no existe y tampoco los viajes a ninguna parte, y en alguna parte de nuestra existencia ha de estar personificado y hecho real lo que luego en ella demora como una potencia o instancia, el inconsciente. En efecto, las alucinaciones del loco son en el niño una forma natural de percepción, por muy increíble que esta afirmación pueda parecer a alguien distinto de una madre avezada en el conocimiento de lo infantil. Peter Pan es, en el cuento, una alucinación de los niños, tal como en otros casos sucede con enanos y duendes, población natural de la mística infantil. Asimismo, un nivel del que responde lo que Freud llamaba “el retorno infantil del totenismo” Peter Pan es la figura totémica del Gran Dios Pan, como muestra, por ejemplo, su flauta, detalle insoslayable de aquel dios. El niño, como el loco, es el enemigo natural del vampiro, al que también se llama “revenant”, o el que vuelve.
Pero aparte del niño y del loco, aunque con una relación nada imaginaria sino natural, existe una tercera persona que tiene acceso a las fuentes de la realidad divergente, de lo suprarreal, del ello o inconsciente. Esta tercera persona es el escritor, y el riesgo de su aventura no radica en ninguna bebida o maléfica droga, sino en que su experiencia delimita ese otro modo de percepción u olor que caracteriza a la experiencia esquizofrénica. La función del escritor es, pues, la función psicoanalítica de canalizar y territorializar este sistema, la lacaniana función de circunscribir el inconsciente.
La neurosis es, así, el tema de la literatura, no su forma. De ahí que la psique del autor suela salir dañada de esta empresa, y que el clavicordio estropeado de Holderlin produzca las mejores notas. La imaginación es siempre una potencia mórbida. Todos tememos la llegada de Peter Pan en nuestras habitaciones cerradas, de aquel que echa a volar, demonio travieso, los papeles para recogerlos después formando una nueva y sorprendente figura. La percepción literaria es una percepción distinta, una percepción tiránica. Como titán es aquel que vuelve de la locura.
Traigo recuerdos del País de Never More: el ojo de una bruja, la cola de una sirena y el gusto de Garfio por las frases de buen tono.
Duro es el precio a pagar por tan sólo la cola de una sirena.
Que los viejos la admiren, como a Susana, e imaginen su rostro.
Yo me esconderé en el Árbol del Ahorcado.


[1] Vid. Gilles Deleuze, “Logique du sens”, cap. ‘La pareja del esquizofrénico y la niña’.
[2]  Vid. la “Antología de la literatura fantástica”, de López Ibor, que incluye un relato de James Matthew Barrie.
[3] Roger Gentis, “Le mur de l’asile”.
[4] Lo mismo que Kojeve dice de Marx, que ha suprimido de Hegel la angustia y la muerte.

Prólogo a la traducción de LMP de Peter Pan, de James M. Barrie (Madrid: Ediciones Libertarias, 1998).

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«Es esta voluntad de sobrepasar al hombre lo que está Maldito»: Leopoldo María Panero traduce y comenta un poema de Lewis Carroll

LOS HORRORES:
ANTITRADUCCIÓN DE HORRORS DE LEWIS CARROLL

Creí, en un momento de sombra
hallarme en el Lugar Abyecto:
el más obscuro Horror me vigilaba:
el aire estaba pleno en los rostros, y el terreno
en que mis pies se hundían era Negro
negro como la más negra noche.
Vi al Deforme correr
veloz hacia mí, su no-rostro
era del verde más torvo, substancia
de la que el hombre se nutre, ese Excremento
cuya vista excedía a mis ojos.
Terriblemente mudo, sin alas, e inundado
el mar de cera derretida:
me postré de rodillas ante lo Horrible
y vi cómo unos ojos muertos me miraban.
como un No-Ojo me observaba
ese vano temblor que era mi única vida:
me miraba por detrás, castrándome
con aquella mirada infinitamente lasciva.
Pero abriéndose paso a través de mi gemir, ahogado, escaso,
por entre mi sollozo profundo
apareció sin embargo, un consuelo estridente:
fuera del miedo, del Horror, la noche,
…………………………………………………..una aparente
realidad chilló: «¡Despiértese!
Señor Jones, grita Ud. mientras duerme.»

APÉNDICE O FINAL:
COMENTARIO A «LOS HORRORES»

Detalle de

Detalle de “De val van Icarus” de Pieter Bruegel de Oude.

La antitraducción «Los horrores» es tanto en el original como en su explicatio castellana, la ilustración de una siniestra reflexión contenida en el poema de Auden «Musée des Beaux Arts», y que es también el tema de dos cuadros, el «Ícaro» de Brueghel (mencionado por Auden en su poema) y la «Crucifixión» de Antonello da Messina: el aniquilamiento del superhombre —Ícaro, Cristo, Reich (quien, como es sabido, se identificaba con Cristo)— se produce siempre en el vacío, de la forma más insignificante, sin ruido: Reich es detenido como estafador, Cristo como un simple loco o impostor, y —en el cuadro de Antonello da Messina, mientras su cuerpo se retuerce en la cruz, el cielo están en calma y los hombres, a lo lejos, trabajan— el campesino sigue con la mecánica de su arado también el cuadro de Brueghel—, mientras Ícaro se hunde en el mar, y cerca pasan, ajenos al naufragio, los barcos de carga («inexorable as the thoughts of a tram conductor» —como dijo otro destruido superhombre, el ya citado y genial orificio en la cultura, Leopold Von Maskee, escritor éste— para decir de él algo a su Desconocimiento que era inglés, pero de ascendencia alemana: fusión de razas que hizo que en su obra se combinaran el Pensamiento, la Razón alemana, junto al Humor inglés, que su sangre alemana volvió trágico: “superhombre” ya que realizó la síntesis en su vida —se alcoholizó despiadadamente, pero, como él dijo, al final de sus días «I was never drunk»— como en su obra, que ha pasado inadvertida hasta ahora por la Cultura, excepto para algunos devotos admiradores; el destino de su obra es parecido al de la del Barón Corvo —de la que citaremos principalmente, The Desire and the Persuit of Whole— la cual, tal vez debido a su franca pederastia —pederasta era también Von Maskee, pero unía a ésas otras múltiples perversiones que la palabra nos impide nombrar—, ha sido objeto hasta ahora, inclusive en Inglaterra, del Mayor Desconocimiento —estos dos, decía, y principalemnte Von Maskee, reunieron vida y obra, y en su vida como en su obra, sentido y significado: es por lo que fueron superhombres, y también la razón por la que fueron —ayer— aniquilados y —hoy— desconocidos; excúseme el lector por tan larga digresión a propósito de mi autor favorito, cuyas obras leo —y tal vez sea hoy el único en hacerlo— y releo continuamente, y prosigamos con lo que él dijo: «Inexorable as the thoughts of a tram conductor») pasaron, junto a Ícaro, ahogado, los barcos de carga, ciegos, rumbo a su ciego destino, sujetos a una ley que es el vacío de sentido. Y a nadie extrañe la ausencia de eco en el decidio, ya que esa ley, el aniquilamiento del superhombre, es expresión de otra: la prohibición de la divinización del hombre (lograda al alcanzar éste su totalidad), primero por la Iglesia Católica, que suprimió a los Herejes del Espíritu Libre cuando proclamaban «ser Cristo, e incluso más que Cristo», luego por otra institución mitológica, la psiquiatría, —cuando penaliza a su «loco» por declararse Dios—, y antes de todo ello por la sinagoga mezquina —esto es, compuesta de hombres medianos, partidos por la mitad— que hizo a alguien «reo de muerte por haberse parecido al hijo de Dios». Es esta voluntad de sobrepasar al hombre lo que está Maldito: sobre el que lo intente —ya sea por la locura, por el alcohol, por la droga, ya sea por la mera palabra, o más bien por la extrapalabra— caerá, pesada como una cruz la moral del hombre y de su «realidad» (que, como vimos, es la reunión de tres fantasmas), y esa única realidad, el Hombre que quería la alquimia, que era el «oro» por ella buscado, en el que se han fundido el «alma» (significado) y «cuerpo» (sentido), esa única realidad, el Superhombre, será muerto en algún lugar oscuro, sin demasiado estrépito, sin que nadie lo oiga: para que quede así a salvo de Él —de dios, de lo extrahumano— la moral del hombre, enteramente, la norma de la normalidad, «los diez mandamientos» de la conciencia.
La caída de Ícaro es siempre silenciosa, por razones implícitas en la misma prohibición del vuelo.

El último hombre (Prefacio) – Leopoldo María Panero

Prefacio

El libro que he realizado, El último hombre, que es una leyenda alquímica representativa de la primera fase de la obra, también llamada nigredo (oscurecimiento) o Putrefactio (putrafacción). De alguna manera la obra poética (Rimbaud lo dijo) es semejante a la empresa alquímica: una destilación del espíritu, un psicoanálisis.

Testimonio de la decadencia de un alma, este libro, pese a lo macabro de sus temas, no romperá por ello con el rigor poético que me he propuesto a lo largo de toda mi obra literaria. La imaginería exótica, retorcida, sigue una técnica: la de contrastar la belleza y el horror, lo familiar y lo unheimlich (lo no familiar, o inquietante, en la jerga freudiana). Blake, Nerval o Poe serán mis fuentes, como emblemas que son al máximo de la inquietante extrañeza, dela locura llevada al verso: porque el arte en definitiva, como diría Deleuze, no consiste sino en dar a la locura un tercer sentido: en rozar la locura, ubicarse en sus bordes, jugar con ella como se juega y se hace arte del toro, la literatura considerada como una tauromaquia: un oficio peligroso, deliciosamente peligroso.

Otro de mis métodos para la consecución de este libro es lo que el formalista ruso Sklowsky llamaba el extrañamiento: esto es, deslizar componentes anómalos en medio de un panorama familiar. Ceniza entre unas guindas, dos sapos en un jardín, tres niños adorados por los sapos: la fealdad rodeada de belleza, o viceversa, lo que no se come de lo que se devora y es que el referente poético por excelencia es la imaginación del lector: jugar con ella como el cazador con las fieras, aturdirla, chocarla, perseguirla, cautivarla.

También he de decir, en esta suerte de POÉTICA, que, al igual que Mallarmé, no creo en la inspiración. Es más, considero que la buena literatura debe rehuir a esta como si de una bestia se tratara. La poesía no tiene más fuente que la lectura, y la imaginación del lector. La literatura, como decía Pound, es un trabajo, un job, y todo lo que en ella nos cabe es hacer un buen trabajo, y ser comprendidos, cal trovar non porta altre chaptal (porque cantar no recibe otro capital), como afirmara la Comtessa de Dia. Algo que no sabe decididamente el poeta inspirado es que trovar es difícil, que la buena poesía no cae del cielo, ni espera nada de la juventud o el deseo.

Prefacio de El último hombre (1983)