El misterio del cuerpo humano – Leopoldo María Panero

1404220886_903345_1404221026_noticia_normalEn una especie que se dice civilizada, existen sólo dos lenguajes corporales innatos: la risa y el llanto. La risa es un acto sádico y, según Oscar Kiss Maerth, un recuerdo del canibalismo; el llanto, el acompañamiento profético de nuestra entrada en este mundo.
Nadie sabe qué sea el espíritu: en cualquier caso, si éste, como afirma el catolicismo -y no sólo él-, es innato, resulta un misterio por qué el bebé no habla, y por qué, en esta raza maldita, se aprende a ser. En el pájaro, el período de adaptación o crianza dura unos días; en el hombre dura años.
Todo hace sospechar, pues, que, como afirma Kiss Maerth, la raza humana sea una especie mal creada o enferma; también de esto, al decir del mencionado autor, responde la falta de pelo, que en nada nos ayuda para sobrevivir en un ambiente con frecuencia hostil; lo que contradice a Darwin, quien afirmaba, como es sabido, que la mutación humana o animal se producía para adecuarse a un medio nuevo y diferente.
El hombre está separado de la Naturaleza, y la percibe en todos los casos como hostil: odia a los animales, los domestica y tortura, en lugar de convivir con ellos. Y esto por cuanto no percibe su cuerpo, más que en el intervalo de la sexualidad, que no por nada se expresa en todos los idiomas como un acto sádico o una violencia -“chingar” en mexicano, “foutre” en francés, “fuck” en inglés, “joder” en español-, sean estos idiomas católicos, protestantes o ateos. Y el desnudismo, o naturalismo, no arreglan nada: la muerte sigue existiendo, el dolor sigue existiendo, la vejez sigue existiendo. Y conste que la inmortalidad no es para mí una tesis cristiana o utópica, pues las amebas son inmortales y, por tanto, podrían serlo todas las células de nuestro cuerpo. Y no se arregla nada hablando de organismos más complejos, pues los cisnes -como leí en Metalnikov, La lotta contro la morte-, viven doscientos años, las tortugas ochocientos y los baobabs más de mil.
Ahora bien, si, como decía Schopenhauer, la inmortalidad del hombre es la inmortalidad de la especie, ello no quiere decir sino que esta especie es autoconsciente, al menos en lo que a su cuerpo o natura se refiere, esto es, que de alguna manera está sellada o maldita por lo que toca a su felicidad.
Y de esta maldición da prueba el misterio del gesto humano, que la vida nombra como evidencia, y la palabra no: el misterio del gesto que es el misterio del cuerpo, pues hasta el corazón cuando palpita apresuradamente está expresando un enunciado, y el aliento-raíz del término psiquiatra, también en el frenesí amoroso, compone un lenguaje al que la hipocresía del lenguaje hablado frena y lleva hasta su descomposición, que no se sabe si es la muerte o su hermana la locura, que compone este epitafio, no se sabe si del cuerpo o del alma: “Ni obra, ni arte, ni espíritu, no hay nada; nada, sino un bello Pesa-Nervios” (Antonin Artaud)

ABC, 30 de junio de 1990, página 126. [Tomado de Prosas encontradas]