«Ahora simplemente te escucho en la memoria, con remota ternura doy fe de tu recuerdo»: algunos poemas de Juan Luis Panero (II)

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Memoria de la carne
Por la noche, con la luz apagada,
miraba a través de los cristales,
entre los conocidos huecos de la persiana.
Como un rito o una extraña costumbre,
la escena se repetía, día tras día,
igual siempre a sí misma.
Frente a frente, su ventana,
la veía aparecer y bajo la tenue claridad de la luz,
lentamente, irse haciendo desnuda.
Sus ropas caían sobre la silla,
primero grandes, luego más pequeñas,
hasta llegar al ocre color de su cuerpo.
Andando o sentada, sus movimientos tenían
la inútil inocencia del que no se cree observado
y la imprevista ternura del cansancio.
Cuando todo volvía a la oscuridad,
los apresurados golpes del corazón
se aquietaban, con una sosegada prontitud.
De quien así ocultamente deseé,
nunca supe su nombre
y el romper de su risa es aún el vacío.
Sin embargo, allí, en la perdida frontera de los catorce
años,
por encima del Latín imposible
y de los misteriosos números de la Química,
el temblor detenido de mis manos,
la turbia fijeza de mis ojos sobre ella, permanecen,
dando fe de aquel tiempo, memoria de la carne.

Cuento de navidad
Ahora podría con estas mismas manos,
como en aquellos días del invierno,
colocar las sillas, las viejas cajas de cartón
y, sirviendo de frente, la larga, oscura mesa.
Sobre ella, los papeles, al principio lisos y estirados,
después cayendo en apresurados bloques.
Los montones de musgo aún húmedos,
las montañas de corcho, la nieve de algodón.
Allí estaría el pastor, con el peso de su oveja en los brazos
y el leñador cargado de madera y costumbre.
En la fingida altura, el castillo de Herodes se alzaría
entre lanzas de alambre y sangre de niños.
Junto al viejo portal, la mula, con la rota cabeza
pegada de nuevo, reclinaría mansamente su cansancio
y desde Oriente, bajo la deslucida estrella de plata,
los tres reyes vendrían, cabalgando en dorados camellos.
Extraño juego, inútil, muchos años repetido.
Levantada arquitectura de niñez y sueños
que tercamente vuelve a los ojos esta noche,
mientras la nieve verdadera de diciembre resbala por los cristales,
y hasta mí llega un olor lejano de musgo,
el rumor de un río hecho de espejos rotos.

Palabras sin orden para una despedida
A dónde fue el amor la radio anuncia,
con Bette Davis en cualquier cine,
y yo también pregunto, inútilmente te pregunto,
adónde, si alguna vez entre nosotros realidad tuvo.
Terca la soledad afirma sus raíces
y canción junto al viento, el odio nos iguala.
Porque el caballo y la serpiente pueden dos años convivir,
pero no con ellos tendrá la casa la ternura
y la noche guardará sus miradas de insomnio y destrucción.
«Quand vous serez bien vieille», Ronsard ha escrito
y Henry Cristophe se suicidó con una bala de plata,
hermoso gesto, absurdo, palabras cuyo destino es la Belleza.
No la mezquindad o el engaño serán vencidos por la edad,
ni prevalecerá la plata sobre la sangre,
sobre el desesperado estertor final.
Adónde fue el amor, oh tú, que amaste siempre,
doncella pura entregada a los colmillos de la fiera.
Has dejado pasar días, transparentes horas,
en las que cada sílaba desveló su peso de verdad.
Ilusorio dominio de tu vida,
no quisiste entonces escuchar, una vez tan sólo,
el tuétano último de las palabras,
lo que desnudo y virgen se levantaba tras ellas.
Más cómodo y alegre fue aprender aquello que fácil se ofrecía
con valor suficiente para ser subastado en una fiesta.
Triste es ser juez y más aún ser verdugo.
Ahora, como un ciego camino en la memoria,
tanteando los frágiles muros donde tú habitaste,
topando con tu recuerdo, al borde mismo de lo que ya no existe,
infantil y torpe. Tiembla en mis manos un cuchillo.
Adónde fue el amor.
Son las palabras para una despedida.

Lucrecia Panero recuerda su juventud

Tía abuela, cuyo nombre familiar y extraño ha sido
desde la infancia que aún toco
hasta los pesados años que repites.
Desdorado estuco y mugre de cortinas,
olor que tiene el agua donde flores se pudren,
dan cobijo a tu espera mientras se oye tu voz.
«Éramos veinte y en esta casa todo era alegría.
Hoy, ves, estoy sola, estoy sola».
Mercenaria compañía en muchas horas,
tu conocido lamentar, paciente escucha.
«Dijo mi padre…Juan…Aquel verano…»
Surgen recuerdos de bailes, entre sueños
flotan manos amigas, rostros sonrientes
bajo la claridad tenue de los candelabros.
y como el filo de una espada en los dedos,
la certidumbre de lo que va a morir,
de lo que está ya muerto, firmemente nos une.
Pasado, casi un sueño, futuro, tan dormido,
el fulgor de una espada dando luz a la noche.

Palabras junto al río
(Sevilla, 1966)
Quietas las aguas bajo la luna turbia de septiembre
y las palabras como globos de humo
torpemente elevándose, deshaciéndose luego,
materia sin ceniza bajo el pausado aire.
«Si tú pudieras», una barca desarbolada pasa
y lentamente en la noche se pierde.
«Detrás de todo está Dios, la esperanza», caen las hojas
de principio de otoño, rozan la tierra a nuestros pies.
«Tienes que pensar en el futuro, que luchar»,
las luces poco a poco se apagan tras las ventanas, enfrente.

No pude contestarte, aún no puedo,
miramos pasar el río, la oscuridad, el tiempo,
tu voz fue rompiendo hasta hacerse silencio.
Después nos fuimos. No pude contestarte.
Ahora simplemente te escucho en la memoria,
con remota ternura doy fe de tu recuerdo.

Lo que queda después de los violines
Lo que queda después de los violines.
Xavier Abril

Cuando te olvides de mi nombre,
cuando mi cuerpo sea sólo una sombra
borrándose entre las húmedas paredes de aquel cuarto.
Cuando ya no te llegue el eco de mi voz
ni el resonar cordial de mis palabras,
entonces, te pido que recuerdes que una tarde,
unas horas, fuimos juntos felices y fue hermoso vivir.
Era un domingo en Hampstead, con la frágil primavera
de abril posada sobre los brotes de los castaños.
Pasaban hacia la iglesia apresuradas monjas
irlandesas, niños, endomingados y torpes, de la mano.
Arriba, tras los setos, en la verde penumbra
del parque dos hombres lentamente se besaban.
Tú llegaste, sin que me diera cuenta apareciste y empezamos a hablar
tropezando de risa en las palabras, titubeantes
en el extraño idioma que ni a ti ni a mi pertenecía.
Después te hiciste pequeña entre mis brazos
y la hierba acogió tu oscura cabellera.
A veces las cosas son simples y sencillas
como mirar el mar una tarde en la infancia.
Luego la escalera gris, larga y estrecha,
la alfombra con ceniza y con grasa,
tus pequeños pechos desolados en mi boca.
Sí, a veces es sencillo y es hermoso vivir,
quiero que lo recuerdes, que no olvides
el pasar de aquellas horas, su esperanzado resplandor.
Yo también, lejos de ti, cuando perdida en la memoria
esté la sed de tu sonrisa me acordaré, igual que ahora,
mientras escribo estas palabras para todos aquellos
que un momento, sin promesas ni dádivas, limpiamente se entregan.
Desconociendo razas o razones se funden
en un único cuerpo más dichoso
y luego, calmado ya el instinto
se separan y cumplen su destino,
sabiendo que quizá sólo por eso
su existir no fue en vano.

Epitafio frente a un espejobscap0140_zps0985784c
Dura ha de ser la vida para ti,
que a una extraña honradez sacrificaste tus creencias,
para ti, cuya única certidumbre es tu recuerdo
y por ello, tu más aciaga tumba.
Dura ha de ser la vida, cuando los años pasen
y destruyan al fin la ilusa patria de tu adolescencia,
cuando veas, igual que hoy, este fantasma
que tiempo atrás te consoló con su belleza.
Cuando el amor como un vestido ajado
no pueda proteger tu tristeza
y motivo de burla, de piedad o de asombro,
a los ojos más puros sólo sea.
Duro ha de ser para tu cuerpo ver morir el deseo,
la juventud, todo aquello que fuiste,
y buscar sin pasión tu reposo
en la sorda ternura de lo débil,
en la gris destrucción que alguna vez amaste.
«Es la ley de la vida», dicen viejos estériles,
«y nada sino Dios puede cambiarlo», repiten,
a la luz de la noche, lentas sombras inútiles.
Dura ha de ser la vida, tú que amaste el mundo,
que con una mirada o una suave caricia soñaste poseerlo,
cuando la absurda farsa que tú tanto conoces
no esté más adornada con lo efímero y bello.
Dura ha de ser la vida hasta el instante
en que veles tu memoria en este espejo:
tus labios fríos no tendrán ya refugio
y en tus manos vacías abrazarás la muerte.

poemas pertenencientes al libro A través del tiempo (1968)

Vals en solitario
Extraño ser y extraño amor, tuyo y mío,
absurda historia, delirantes imágenes,
remotos pasajeros en un tren sin destino,
compañeros entonces, unidos y tan lejos,
al filo de la vida, donde duerme el silencio.

Suene por ti, interminable, un vals,
suenen por ti, incansables violines,
suene una orquesta en el salón enorme,
suenen tus huesos celebrando tu espíritu.

Una copa de tallado cristal, alzada al cielo,
brinde por tu azul adolescencia disecada
y madera y metal festejen tu retrato
de borrosa figura y suave pelo oscuro.
Suene, suene hasta el fin el largo trémolo,
la delicada melodía, vagarosas nubes de pasión
bañando de alegres lágrimas tus ojos imposibles,
dibujando en tus labios un deseo perdido,
entrega fugitiva, besando sólo el aire.

Vals en el tiempo y en la dicha sonámbula
de la eterna alegría y la más tersa piel
riendo bajo luces de radiantes reflejos,
inmóviles estrellas en la noche fingida.

Música y sueño, sueño technicolor,
tan cursi y tonto que llena de ternura
en algunos momentos del todo indeseables
cuando vivir resulta un sueño más grotesco.

Oh amor de Mayerling y antigua Viena,
dulce Danubio y fuegos de artificio.

Oh amor, amor al amor, que te conserva
como un oculto talismán y mariposas disecadas.

Extraño ser, extraño amor, extraña vida tuya.

Una gota de sangre en una gota de champagne,
el ruido de un disparo irrumpiendo en la música,
un helado sudor tras las blancas pecheras,
no podrán detenerte, hacer cambiar tu paso.

Tú seguirás, sobre ti misma, bailando siempre,
soñando siempre, soñando enloquecida,
aunque caigan, con estruendo de cascote y tierra,
los decorados techos, las gráciles arañas,
y rasguen lentamente tu rostros los espejos
y en un quejido mueran las cuerdas y sus notas.

Tú seguirás, eternamente sola y desolada,
girando entre las ruinas, evocando otras voces,
sonriendo a fantasmas con tímida esperanza,
en helados balcones abrazada a tus brazos.

Verás borrar la noche, su temblor inconstante
y otra luz, turbia luz, iluminar tu reino.

Su terquedad cruel descubrirá las ruinas
y la verdad del tiempo detrás de tus pupilas.

Pero tú seguirás sin detenerte nunca,
fantasma ya tú misma en el gris de la sombra,
altiva la cabeza sobre el cuello intocable,
girando para siempre, bailando para siempre,
frente a la sucia realidad de la muerte,
frente a la torpe mezquindad de los hechos.

Tú seguirás, extraño ser, extraño amor,
danzando sola, escuchando impasible
ese vals de derrota, extraña magia,
ese vals de derrota, tu más cierta victoria.

Un año después de ya no verte
Este es el corrido del caballo blanco
que en un día domingo feliz arrancara.
José Alfredo Jiménez

Olor de solitario y soledad, cama deshecha,
cegados ceniceros en esta tarde de domingo,
helado soplo de noviembre en el cristal
y un vaso medio lleno de cansancio.
Te escribo por hacer algo más inútil aún
que pensar en silencio o imaginar tu voz,
o escuchar una música herida de recuerdos,
o pedir al teléfono un absurdo milagro.
«Este es el corrido del caballo blanco
que en un día domingo feliz arrancara.»
Este es el corrido pero nadie canta
y un muerto con mi nombre, vestido con mis trajes,
me saluda y observa por los cuartos vacíos,
me mira en la distancia como si fuera un niño
y acaricia en sus dedos un rastro de ternura.
Sobre su frente inmóvil va cayendo tu nombre
y humedece sus labios una lluvia perdida.
Olor de soledad y humo de aniversario
mientras busco, dolorosamente trato de recordar,
tus dos ojos insomnes con su vaho de mendigo,
devorando su luz, ahogando su locura.
Tus dos ojos como picos de presa que se clavan
y rasgan y desgarran la piel de nuestro amor.
Soplo de embriagado recuerdo, agria melancolía
rescoldo que tu lengua aún enciende
en estas horas de strip-tease solitario
en que celebro en tu derrota todas las derrotas.
Un año después y tu pelo, tu largo pelo
ardiendo desbocado entre mis manos,
clavado para siempre en esta almohada,
recorriendo esta casa, sus rincones y puertas,
como un viento insaciable que buscase su fin.
Un año después de ya no verte,
definitivamente talando en tu memoria,
qué real sigues siendo, qué difícil herirte.
La sosegada certidumbre de esta mesa en que escribo
puede tener la pasión estremecida de tu piel
y la ropa que el sillón desordena
puede ahora ocultar el temblor de tus pechos.
Sobre tu sexo abierto y tus muslos de arena,
sobre tus manos ciegas que persiguen la noche,
qué triste es el cuchillo, qué aciaga su hoja.
Un muerto con mi nombre y mis uñas mordidas,
un cadáver grotesco, me dicta estas palabras,
me señala en los cuadros, en la pared manchada,
el destino de hoy, de este día cualquiera,
al borde de mi vida, al borde del invierno,
al borde de otro año que empieza con tu ausencia,
al borde de mis ojos y tu voz que ahora escucho.
Un año después de ya no verte,
mientras te escribo, odiando hasta la tinta,
en esta tarde de noviembre, olor de solitario y soledad,
helado soplo en el cristal vacío. Un muerto.

Como si fuera un poema de amor
Lisboa (1969)
Esta ciudad tiene hoy tu rostro
y las gaviotas vuelan al final de tus ojos,
bajo las nubes grises de tu frente.
Ramas verdes de abril se mecen en tus labios
y cúpulas y torres surgen blancas entre tus dedos.
Un castillo de sombras se levanta en tu pecho
y un avión pasa lento recorriendo tu pelo.
Historia de tu cuerpo con calles y con rostros,
rincones de cansancio, paredes de colores,
luz que viene y se para, atónita, a tus pies,
como un perro dormido cuyo nombre ignoramos.
Esta ciudad tendrá tu rostro para siempre
y en su cálida extensión conocida,
piel a piel hasta el hueso, piedra a piedra en los años,
tendrá el amor distancia y vivirá su muerte.
En tu lengua de pronto no hay pasado
y en tu lengua el presente se destruye,
y arde tu lengua y su saliva se quema
mientras el río enorme desemboca
llevando bajo sus aguas nuestras voces.
Esta ciudad tendrá tu nombre para siempre
y lo escribo como si fuese verdad,
como si fueran de piedra o de acero mis palabras,
como si nada hubiera jamás de desmentirlas.
Una noche cualquiera, una tibia mañana
de una primavera de lluvias y tormentas,
con cinismo y cansancio, mas también un momento
con aquella ilusión que otro tiempo tuvieron
y un vencido calor que aún su piel alimenta,
dos seres frente al olvido abrazaron la vida.
Con tristeza más suave, oh qué melancolía,
junto al húmedo parque sus dos sombras temblaron
«esta ciudad tendrá tu nombre para siempre»
y se oyeron remotos anunciarse su adiós.

Noblesse oblige
(Montherlant)

Posiblemente la mesa estaba ya servida
o lo estaría pronto -puntualmente como cada día-.
El orden perfecto de servilletas y platos,
el vino rojo en el cristal labrado,
la lineal perfección del mantel solitario.
Todo el silencio -un silencio solemne como de mueble antiguo-
esperaba el ritual distante de su dueño,
el paso educado pero firme de quien conoce sus deberes y normas.
Cuando de pronto el intruso sonido inoportuno,
el breve fogonazo de resplandor remoto,
vinieron a turbar tanta paz adquirida.
Un movimiento de cabeza, probablemente teatral
-aunque sin duda y es obvio, involuntario-,
cierta laxitud en las cuidadas manos,
un rictus, de desprecio quizás, instantáneo y eterno,
y cerca, sobre unos libros, un papel con membrete.
Fuera, en la calle lejana, tras el balcón cerrado y las cortinas,
apresurados peatones empujando sus sombras,
ignoraban tal vez, entre estruendo de cláxones,
los hechos referentes a la muerte de un dios.

Antiguos himnos para enterrar un sueño
(México 1970)
Antiguos himnos, viejas canciones, palabras muertas,
Ay Carmela, no pasarán y ya han pasado,
y vosotros también habéis pasado, aunque cueste admitirlo,
Puente de los Franceses, puente de nada y rota melodía,
en esta noche, alta la copa, fogoso el ron,
quemando gargantas, abrasando sueños, Ay Carmela.
Y me pregunto qué hacemos aquí, quiénes somos,
para qué este rito de revivir la muerte,
Puente de los Franceses, mientras en coro
repetimos palabras, fantasía en el tiempo.
En algunos rostros que la vejez desnuda
la nostalgia es más grande, irreparable,
en otros, aún hay brillo de alimentada ilusión,
de terquedad suicida frente al muro nefasto de los hechos.
También hay rostros grabados ya de desencanto,
de emboscada ironía o insistente cansancio,
Puente de los Franceses, puente perdido para siempre.
Y sin embargo esta noche comparto con vosotros la nostalgia
y no os engaño uniendo mi voz a vuestro canto,
pues se puede sentir, y a veces con qué fuerza,
una feroz nostalgia de lo no vivido,
un rencor de heredero de derrotas.
Pero aquello que hoy sirve a mi corazón,
en estas horas, ojos ardientes, alcohol febril,
es juventud para vosotros, vida sincera,
Ay Carmela, es ya frente a la historia,
frente al mundo de hoy, y aún peor,
frente a la dura tierra que os vio nacer,
Ay Carmela, es ya silencio añoso, es ya la pura sombra,
imágenes de sueño, abolida leyenda.
Puente de los Franceses con silbido de trenes
y enlazadas parejas que jamás supieron del Quinto Regimiento,
Puente de los Franceses, también por ti pasa la vida.
Y ahora os miro, emocionadamente contemplo vuestra noche,
como una vaga imagen de una absurda película
y os digo adiós, y casi estoy llorando, y casi os gritaría,
mientras abrazo el espíritu roto de una historia viva
o tal vez lo contrario pero igualmente triste.
Lágrimas inútiles, voces roncas al alba
-quién soy yo para juzgaros, quién vosotros para comprenderme-,
Ay Carmela, está lloviendo en la ciudad de México,
antiguos himnos, viejas canciones, palabras muertas.

Poemas pertenecientes a Los trucos de la muerte (1975)

Un étranger
Produce cierta melancolía,
una tristeza decadente -literaria sin duda-
como algunas canciones de entreguerras
o páginas perdidas de Drieu La Rochelle,
ver a un hombre solo, apartado y distante,
en la barra de un bar con decorado internacional.
En esa imprecisa edad, tan imprecisa como la luz del ambiente,
en que ya no es joven ni viejo todavía
pero lleva en sus ojos marcada su derrota
cuando con estudiado gesto enciende un cigarrillo.
Las muchas canas y las muchas camas,
un indudable estómago que la camisa inglesa apenas disimula,
el temblor, no demasiado visible, de su mano en un vaso,
son parte del naufragio, resaca de la vida.
Un hombre que espera ¿quién sabe qué?
y aspirando el humo, mira con declarada indiferencia
las botellas enfrente, los rostros que un espejo refleja,
todo con la especial irrealidad de una fotografía.
y es aún, algo más triste, un hondo suspiro reprimido,
ver al fondo del vaso -caleidoscopio mágico-
que ese hombre eres tú irremediablemente.
No queda entonces sino una sonrisa: escéptica y lejana,
-aprendida muy pronto y útil años después-
de un largo trago acabar la bebida,
pagar la cuenta mientras pides un taxi
y decirte adiós con palabras banales.

Años después de separarnos
Eran dos estrellas sobre un escenario, cada uno
actuando ante un público de dos personas: la pasión
con que jugaban la mascarada creaba la realidad.
Francis Scott Fitzgerald

Quedan sí, ciudades, paisajes, sensaciones de calor o de frío,
nieve de Nueva York, implacable sol de Cartagena de Indias.
Quedan cuadros perdidos en museos o en casas,
como postales de otro tiempo, sin brillo,
conversaciones con amigos o tal vez enemigos,
encuentros que un momento dieron valor a nuestra vida,
tardes de toros, películas, canciones,
vasos vacíos, perros, pisos abandonados, artesanías mexicanas.
Queda un escenario perfecto,
con todos los detalles cuidados hasta el límite,
para representar la obra tanto tiempo ensayada,
la pareja estelar triunfadora por fin.
Pero hoy, todos lo saben, ni tú ni yo actuamos.
Y una escenografía, por brillante que sea,
no es nada sin palabras, sin un aliento humano.
Es sólo un hueco inmenso o, seamos modestos,
una gris papelera donde arrojar de golpe
-ni protestas ni aplausos- entradas de un estreno,
viejas fotografías, que a nadie ya interesan, de dos rostros que fueron.
Y las luces se apagan y se cierran las puertas.

Used words
Con palabras usadas,
gastadas por el tiempo y la costumbre,
cuyo último temblor ya no se siente.
Con palabras, como sueños, quemadas por la vida,
esta noche de lluvia hablo contigo,
trato de hablar al menos, ligeramente ebrio,
construyendo cada sílaba en el país de nunca jamás.
Y sintiendo esa repentina lucidez
con la que, de pronto, rompemos la rutina de ser y conocernos,
sintiendo, digo, esa rara sensación, distante y desangrada,
del whisky, de la noche y el silencio,
de la entusiasta desesperación con que aceptamos la derrota,
de ese vértigo, a veces, sólo a veces, tuyo y mío,
donde morimos sonriendo con los ojos abiertos.
Sintiendo lo poco que es un beso al fondo de tu lengua,
o tus ojos mirándose en los míos,
o nuestras manos unidas en el aire,
recorriendo un museo de aceptados fracasos.
Desfilan, batallón desolado de fantasmas,
nombres y nombres con distinto eco.
Pretendemos, con abolidos rostros, fechas caducadas,
ciudades imposibles,
contestar una vieja pregunta
cuya respuesta sólo la muerte ya conoce.
Años y años, voluntarios exilios de seres y países,
los hijos que no quise tener, los que tú sí tuviste,
el temblor del deseo que aún guardas en tu piel,
mi repetido navegar de cama en cama,
se reúnen y afirman su destino
frente a la ceremonia del amanecer.
Y todo lo sabemos y está escrito en tus ojos,
sin embargo hoy, este día con sol -tan raro en Bogotá-
de finales de julio, de algún año cualquiera,
te propongo mi amor, sé que tú aceptarás,
con palabras usadas, te propongo mentirnos.
Pasada ya la noche, quietos frente al espejo,
mientras yo me afeito y tú pintas tus labios,
te propongo mi amor, decir que nos queremos.
Decir -y son tan sólo ejemplos- «hoy existe la vida por nosotros»
o «tú no te morirás nunca»
o, tal vez, «aún hay noches y noches que esperan nuestros brazos, ese especial calor de dormir abrazados».
Olvidando, tratando de olvidar nuestro pasado,
ignorando el futuro, sin duda inalcanzable,
con palabras gastadas, decir y repetir
-es otro ejemplo- «gracias mi amor por haber existido».
Al menos por un rato -a nadie molestamos-
con palabras usadas mentirnos y mentirnos,
mentirnos contra el tiempo, despreciar su victoria.

Envío:
Te dejo este poema
confuso, absurdo, largo,
para que tú lo tengas como un pañuelo viejo
a los pies de tu cama, para que tú lo tengas,
y un día te lo encuentres, confuso, absurdo, largo,
un día como este -cuando ya no estaremos-,
y recuerdes, debajo de la ducha,
que alguna vez te quise -mentiras y mentiras-.
que alguna vez te quise -era un día de julio-.
con palabras usadas, como un disco rayado,
que recuerdes, mi amor, esta letra de tango.

Meditación idiota a la hora de acostarse solo
Si has dicho, y repetido en tantas ocasiones,
que tu único amor es una maleta,
por qué te quejas y protestas
mientras miras el techo sobre tu cama solitaria.
Víctima, juez, y al final verdugo,
aún puedes sentir que te estremeces porque alguien te quiere,
pero tú elegiste, en cierto modo, ese destino,
y ahora debes pagar el precio.
Tú, que pronunciaste te quiero, tantas veces,
para reírte luego de tu propia frase,
¿qué esperas?, ¿a quién pides en vano?
Si cuando encuentras a alguien que comparte tus días,
tus noches más terribles, tu suma de fracasos,
te da miedo decirle sigamos juntos para siempre
aunque sea una frase, aunque no te lo creas,
¿qué final es el tuyo?, ¿qué es lo que aguardas?
Y si también te quejas de las grotescas farsas
que a menudo, inútiles, constuyes
con frívolas historias, palabras mercenarias,
¿qué pretendes?,¿que pides a la vida?
La vida no es un juego, debiste comprenderlo,
y si hay algo muy claro es que has envejecido.
Confórmate y aguanta, y no pidas milagros,
que el vodka te acompañe al silencio y al sueño.
A los pies de tu cama, como una perra en celo,
la muerte, desvelada, te da las buenas noches.

Luis Cernuda
En Madrid, donde me dieron la noticia de tu muerte,
en Sevilla, años después, en una extraña primavera,
en Londres, repitiendo tantas veces
el sonido de tu voz, el roce de tu mano.
En Nueva York, mirando caer la nieve
-junto a aquel cuerpo que tanto quise-,
y en México, bajo la lluvia, frente a la piedra rajada,
que nada guarda sino tu nombre y la ceniza de un recuerdo,
has estado conmigo, fantasma de un fantasma.
Y esta tarde de Roma -en la casa en que muriera Keats-,
bajo la luz transparente de principios de otoño,
he vuelto a sentir, casi un temblor, tu presencia,
la terca pasión de tu memoria,
algo remoto y familiar como tu fotografía.
Que esa presencia, esa memoria me acompañen
hasta el día en que sean reflejo fiel,
testimonio inútil de un sueño derrotado
y una mano cierre mis ojos para siempre.

Una larga espera
Alguien te espera en la terraza de un café, en Venecia,
mientras se pierde, desterrada por el golpeteo de la lluvia,
la música de una pequeña orquesta.
Alguien te esperan en el caluroso camarote de un barco
viendo amanecer sobre los minaretes de Alejandría.
Alguien te espera, con un vaso en la mano y un cuerpo cerca -la lluvia aburriendo los cristales-,
en una habitación de Hans Road, en Londres.
Alguien te espera, desnudo, en un cuarto Art Nouveau de París
-entra una luz borrosa a través de la ventana-.
Alguien en una esquina dorada por el sol,
cerca de Chapultepec, en Ciudad de México.
Alguien te espera, en otro camarote caluroso, mirando atardecer sobre las olas del Caribe.
Alguien junto a la chimenea apagada en un piso de Bogotá,
con el aliento helado, en las orillas del Hudson, en Nueva York,
en la terraza de un hotel de Taxco
y en otra terraza, donde ladran unos perros, en Madrid.
Alguien te espera en la noche de Granada y en la madrugada de Veracruz,
recorriendo Lisboa desde el alto de la Serafina
y San Francisco desde Russian Hill.
Alguien te espera -hace mucho tiempo-
entre los viejos muros de una casa de Astorga
y haciendo el amor sobre la arena de una playa perdida.
Alguien te espera, espera con impaciencia tus noticias,
en repetidas habitaciones de apartamentos, en monótonos cuartos de hotel.
Y tú deberías avisarle, decirle de una vez la verdad,
que no puedes volver, que ya no tienes tiempo,
que es mejor cancelar la cita para siempre.
Pero no lo harás y él te seguirá esperando,
soñando cada sitio como si tú estuvieras por llegar,
repitiendo las mismas frases en los antiguos escenarios.
Hasta que un día se canse de esperarte
y piense que tú ya no vendrás, que tal vez hayas muerto.
Ese día, poco antes de dormirse, cuando maldiga
tanto tiempo perdido, su agotada paciencia,
podrá leer -escrita en las paredes- la esperada noticia de tu muerte.

Una rara familia
No habían nacido para vivir sino para morir
y supieron -con indudable perfección- ser fieles a esa norma.
Castillos habitados de nostalgias y sombras
-la música de Wagner resonando en los muros-
y hundirse en un lago, sentir una mano transparente
cerrando sus ojos, apagando su extraña sed,
fue la voluntad de Luis de Baviera.bscap0126_zpsa08aad48
Un puñal, una pequeña herida en el pecho, y derrumbarse
silenciosa, educadamente, junto a otro lago,
fue el final -tal vez deseado- de Isabel De Austria-Hungría
-la llamaban Sissi y amaba los caballos-.
Rodolgo de Hasburgo -ya escribí sobre el tema-
eligió o le eligieron un revólver,
nevaba aquella noche en Mayerling
-la nieve caía con lentitud, eternamente,
sobre un imperio de realidad y otro de sueños-.
Infieles y soberbios frente al destino
que la vida y las costumbres señalaban,
fueron, hasta el último día, fieles a sí mismos
-guardianes implacables de su propio destino-.
Rebeldes frente al mundo, el mundo se vengó,
pero jamás la muerte fue tan bien recibida.
Si el destino y la muerte son la única historia de la Historia,
sírvanos de lección esta rara familia.

Días sin huella
Alguien te espera en la terraza de un café, en Venecia,
mientras se pierde, desterrada por el golpeteo de la lluvia,
la música de una pequeña orquesta.
Alguien te esperan en el caluroso camarote de un barco
viendo amanecer sobre los minaretes de Alejandría.
Alguien te espera, con un vaso en la mano y un cuerpo cerca -la lluvia aburriendo los cristales-,
en una habitación de Hans Road, en Londres.
Alguien te espera, desnudo, en un cuarto Art Nouveau de París
-entra una luz borrosa a través de la ventana-.
Alguien en una esquina dorada por el sol,
cerca de Chapultepec, en Ciudad de México.
Alguien te espera, en otro camarote caluroso, mirando atardecer sobre las olas del Caribe.
Alguien junto a la chimenea apagada en un piso de Bogotá,
con el aliento helado, en las orillas del Hudson, en Nueva York,
en la terraza de un hotel de Taxco
y en otra terraza, donde ladran unos perros, en Madrid.
Alguien te espera en la noche de Granada y en la madrugada de Veracruz,
recorriendo Lisboa desde el alto de la Serafina
y San Francisco desde Russian Hill.
Alguien te espera -hace mucho tiempo-
entre los viejos muros de una casa de Astorga
y haciendo el amor sobre la arena de una playa perdida.
Alguien te espera, espera con impaciencia tus noticias,
en repetidas habitaciones de apartamentos, en monótonos cuartos de hotel.
Y tú deberías avisarle, decirle de una vez la verdad,
que no puedes volver, que ya no tienes tiempo,
que es mejor cancelar la cita para siempre.
Pero no lo harás y él te seguirá esperando,
soñando cada sitio como si tú estuvieras por llegar,
repitiendo las mismas frases en los antiguos escenarios.
Hasta que un día se canse de esperarte
y piense que tú ya no vendrás, que tal vez hayas muerto.
Ese día, poco antes de dormirse, cuando maldiga
tanto tiempo perdido, su agotada paciencia,
podrá leer -escrita en las paredes- la esperada noticia de tu muerte.

Poemas pertenecientes a Desapariciones y fracasos (1978)

Fantasmas en la nieve
Andas bajo la nieve, con las botas mojadas
y el blanco abrigo afgano,
por la orilla helada del Hudson,
una tarde oscura de febrero.
Luego, desnuda, en el cuarto caluroso,
miro la curva suave de tu culo,
el empapado brillo de tus ojos,
mientras sigue cayendo nieve en los cristales.
Es un recurso simple, muy poco original,
pero lo guardo para aquellas horas
en que volviendo atrás, sin amor y sin odio,
intentando recordar, acerca de nuestra historia,
sólo quedan retocadas anécdotas, viejas fotografías
y unas pocas palabras desgastadas.
Gotas en tu frente y el brillo de tus ojos,
errantes y abrazados en la ciudad extraña,
así ríes aún, así regresas hoy, así nos imagino,
borrados y distantes, fantasmas en la nieve.

Un lejano adiós
Hablamos, melancólicos, a las tres de la madrugada,
tristes, no demasiado borrachos,
en aquel ruidoso bar para noctámbulos.
Curiosamente, insistimos en el tema de la muerte
y me recordó otras conversaciones, otro tiempo,
aunque ahora, era una muerte cercana -muy poco literaria-,
sórdida y tangible como las manchas del mantel.
En la puerta al salir nos quedamos serios,
sabíamos que de nuevo nos separábamos
y fingimos olvidarlo con un gesto banal.
Hoy, no sé por qué, vuelven esas imágenes
y me gustaría revivir aquella noche,
ni mejor, ni peor, lo que fue, simplemente.
Retener por un momento, solo por un momento,
la humedad de tus ojos, el rictus de tu sonrisa,
lo que me llega como una pintura desvaída,
o como, al despedirnos, las gotas de lluvia en el cristal del coche,
dibujando un camino, resbalando, borrándose.

Poemas pertenecientes a Antes que llegue la noche (1985)

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«El primero de los Panero»: algunos poemas de Juan Panero

leopoldo y juan panero - copia juanpanero

Lleva mi pecho por amor herida,
me desangro en la angustia de perderte,
y mana grave su temblor de muerte
con la nieve en la sangre detenida.

Dobla mi carne y tiembla, estremecida
en la noble presencia de saberte
tan lejos ya de mí, que se convierte
el mirar de mis ojos en tu vida.

Al pecho mío, con la luz brotada
en la severidad de esta agonía,
de llanto lo ilumino y de consuelo.

Y el alma es sangre tuya recostada,
aposento de paz en la paz mía,
ala de ruiseñor en dulce vuelo.

***

Donde pisan tus pies nacen las rosas,
cuyo color compite la azucena,
nace el jazmín que la blancura ordena,
las leves flores para siempre hermosas.

Por los aires derramas generosas
y delicadas brisas de colmena,
y en tu paso tranquilo se serena
la purísima nieve, que en gozosas

horas del esplendor de primavera
dulcifica los montes sosegados.
Tu lento caminar de manso cielo

extrema mi temblor; y mensajera,
la voz siento perder en desmayados
jazmines que te estrechan por el vuelo.

***

Más allá de la mar…
¡Ay! Los ojos me llevan más allá de la mar;
como si la espuma de quebradas olas
fuera la cadena que a la mar me uniera.

Me espuma los ojos
la mansa obediencia del agua del mar.
Y en la roca viva,
donde esculpe el agua su trágica fuerza con
la blanca espuma,
lentamente huyen los ojos de mí…
Perdidos, se abisman buscando el temblor
fluido del agua.
Ansiosos, cegados de arena,
penetran los ojos en lo más profundo.
Me arrastran los ojos el alma,
y siento la sed invencible de apurar la gracia
desnuda del mar.
Y en la soledad que el mar nos impone
se duermen mis ojos soñando la plácida playa,
las olas que adquieren un rumor de besos,
y brizan la espuma con huellas levísimas de
ángeles heridos.

***

Consagración de la sangre
No es la muerte un morir perfilando facciones,
o estirando los miembros contra severos pi-
nos de muertas primaveras.
Ni es angustiar los pechos con la grave caída
de las piedras sonando sobre la paz del mundo.
Ni es partir a las sombras espesas de la tierra
para escuchar del viento la queja lastimera
que pone en los cipreses,
y oír sonar los pasos de hombres tristes que
llevan el corazón con peso,
y percibir el llanto de la madre que queda
esclava de los ríos,
y el llanto de la amada derramado en las
flores.
Ni es la muerte el desmayo de los labios
serenos
como rosas que pierden lozanía y donaire
sobre el rosal ungido por aguas del otoño.
Ni es el gesto de dolor desvaneciendo el
rostro
al cesar en las dulces pupilas la benéfica llu-
via de que se sirve el hombre para ver el
paisaje sereno de la sierra.
Ni tampoco es la muerte el oro que los cirios
dejan caer, temblado, sobre el grave silencio;
ni es la leve ceniza que se lleva la tierra
como nieve humildísima de un pecho que
se hunde lentamente en el olvido.

Es poner luz de vida sobre la carne oculta en
aquella otra carne que hoy sufre podre-
dumbre,
y mostrar el revés como su almendra muestra
al madurar la fruta, por perecer la carne
con júbilo de pájaros.
Es lograr la apacible dulzura y sentir lo más
frágil de las brisas del cielo, al salvar por
la fe la inocencia del alma;
es apurar la sangre en la luz ordenada por
las nubes que cantan la plata fugitiva del
sueño de los ángeles.

Es la entrega del alma a la perenne paz re-
mansada del tiempo,
donde el silencio afirma la divina palabra,
y un torrente de luz la anega y estremece
para darnos el tiemblo preciso de la Gracia;
donde el silencio afirma el no existir del
tiempo,
porque es la caridad el sostenido asombro de
Dios en nuestros ojos,
y nos ciega la de, y la visión trasciende al
gozar su presencia,
y todo es maravilla, majestad y consuelo.
Porque el tiempo no existe donde le tiem-
po nace;
porque sólo es allí donde la luz adquiere
sentido de lo eterno,
y es la luz la elocuente palabra que redime a
los ojos y consagra la sangre.

Morir es desbordar el ámbito del mundo,
que se inicia en los vuelos suavísimos de las
pequeñas aves cuando alaban airosas las
pujanzas del día;
es cortar las tinieblas para alcanzar el manso
manantial de la luz;
romper gloriosamente con los estrechos lími-
tes que ahogan y torturan lo encendido del hombre en sus estancia de tierra.

Morir es consagrar el fervor de la sangre como
la flor de harina consagra la blancura.
Es hacer evidente la existencia del hombre,
confirmando la honda realidad de la muerte.
¡Oh misterio dulcísimo, prodigiosa ventura
colmada en el silencio redentor de la carne!
¡Oh el amoroso alivio prodigando las glorias
excelsas del descanso en la paz de los cielos!
Oh, morir es hallar el delgado sonido de la
carne que luce su transparente vidrio;
es tañir el silencio celeste con los húmedos
huesos que quedaron perdidos entre piedras
y abrojos de humildes cementerios.

La muerte es plenitud perfecta de la vida.
Es agostar los mares hasta dejar la ola que
siente en soledad la delgadez del agua.
Es el fruto del hombre con madurez colmada,
que en presencia del cielo resucita su sangre.
Es un salir sereno, y ansiado de quietudes, de
la prieta angostura que le ponen sus carnes,
para en respiro eterno reposar como arcánge-
les blancos que despegan sus alas al man-
dato divino,
allí donde se sabe del tránsito en la tierra
porque existen los hombres,
y los hombres ascienden con sus alas de sueño
a la morada última,
donde el descanso acierta a ser descanso
eterno.

de Cantos del ofrecimiento (1936), de Juan Panero Torbado

«Todo el lógico andamiaje, la ilusoria permanencia de lo que tenemos, desplomándose con estrépito…»: Leopoldo Panero en la poesía de sus hijos

PANERO-LEOPOLDIANAS-MARIA-JOSE-CORDERO-LLAVE-CAMINO-ASTORGA-SW00244444

XVIII

Y aquella tarde que fui al ballet ruso. Mi padre me llevaba de la mano. Su risa se parecía a la muerte. ¿O era él quien se parecía a la muerte? Las cenizas de la marihuana son blancas.
Esto, claro, no se aprende en la escuela.

***

In Memoriam
Leopoldo Panero Torbado, 1909-1962
La luz del día vence sobre la llama de los cirios

de Así se fundó Carnaby Street (1970) – Leopoldo María Panero

GLOSA A UN EPITAFIO
(Carta al padre)
«And fish to catch regeneration»
(SAMUEL BUTLER, Pescador de muertos)

Solos tú y yo, e irremediablemente
unidos por la muerte: torturados aún por
fantasmas que dejamos con torpeza
arañarnos el cuerpo y luchar por los despojos
del sudario, pero ambos muertos, y seguros
de nuestra muerte; dejando al espectro proseguir en vano
con el turbio negocio de los datos: mudo,
el cuerpo, ese impostor en el retrato, y los dos siguiendo
ese otro juego del alma que ya a nada responde,
que lucha con su sombra en el espejo-solos,
caídos frente a él y viendo
detrás del cristal la vida como lluvia, tras del cristal asombrados
por los demás, por aquellos Vous êtes combien? que nos sobreviven
y dicen conocernos, y nos llaman
por nuestro nombre grotesco, ¡ah el sórdido, el
viscoso templo de lo humano!
Y sin embargo
solos los dos, y unidos por el frío
que apenas roza brillante envoltura
solos los dos en esta pausa
eterna del tiempo que nada sabe ni quiere, pero dura
como la piedra, solos los dos, y amándonos
sobre el lecho de la pausa, como se aman
los muertos
«amó», dijiste, autorizado por la muerte
porque sabías de ti como de una tercera persona
«bebió», dijiste, porque Dios estaba (Pound dixit)
en tu baso de whiski
«amó bebió», dijiste, pero ahora espera
¿espera? y en efecto la resurrección
de un cristal inválido te avisa
que con armas nuestra muerte florece
para ti que sólo
sabías de la muerte. Aquí
¿debajo o por encima?
de esta piedra
tú que doraste la sobrenatural dureza y el
dolor sobrenatural de los edificios desnudos
¿en qué perspectiva
-dime- acoger la muerte?
en la mesa de disección
2013-07-28_13h33_35tú que danzaste
enloquecido en la plaza desierta
tropezando
hiriéndote las manos en el trapecio del silencio
en pie contra las hojas muertas que
se adherían a tu cuerpo, y contra la hiedra que tapaba
obsesivamente tu boca hinchada de borracho,
danzas, danzaste
sin espacio, caído, pero
no quiero errar en la mitología
de ese nombre del padre que a todos nos falta,
porque somos tan sólo hermanos de una invasión de lo imposible
y tus pasos repiten el eco de los míos en un largo
corredor donde
retrocedo infatigable, sin
jamás moverme
¡ah los hermanos, los hermanos invisibles que florecen
en el Terror! ¡Ah los hermanos, los hermanos que se defienden
inútilmente de la luz del mundo con las manos,
que se guardan del mundo por el Miedo, y cultivan en la sombra
de su huerto nefasto la amenaza de lo eterno, en
el ruin mundo de los vivos! ¡Ah los hermanos,
Y el ave,
el ave que vuela sobre el mundo en llamas, diciendo solo
a los mortales que se agitan debajo, diciendo
solo: ABISMO, ABISMO!
Abismo, sí, tibia guarida
de nuestro amor de hermanos, padre.
¡Pero tan solos!
¡Tan solos! Fantasmas que hace visible la hiedra
-como hiedramerlín comoniñadecabezacortada como
mujermurciélagola niña que ya es árbol-
crecen hojas
en la foto, y un florecer te arranca
de los labios caníbales de nuestra madre Muerte, madre
de nuestro rezo
florecen los muertos florecen
unidos acaso por el sudor helado
muerto de muchas cabezas hambrientas de los vivos
te esperamos ave, ave nacida
de la cabeza que explotó al crepúsculo
ave dibujada en la piedra y llena
de lo posible de la dulzura, de su sabor
ajeno que es más que la vida, de su crueldad
que es más que la vida
¡ira
de la piedra, ira que a la realidad insulta,
que apalea
a la cabaña torpe de la mentira con verbos
que no son, resplandecen, ira
suprema de lo mudo!
(te esperamos
en la delgada orilla de lo que cae, en el prado
nocturno que atraviesan lentos
los elefantes
percibís el frío
la
conspiración de las algas,
gelatina, escamas, mano
que sobresale de la tumba
manos que surgen de la tierra como tallos
surcos arados por la muerte,
cabezas de ahorcados que echan flor:
decapitados que dialogan
a la luz decreciente de las velas,
¡oh quién nos traerá la rima
la música, el sonido que rompa la campana
de la asfixia, y el cristal borroso
de lo posible, la música del beso!
De ese beso, final, padre, en que
desaparezcan
de un soplo nuestras sombras, para
asidos de ese metro imposible y feroz, quedarnos
a salvo de los hombres para siempre,
solos yo y tú, mi amada,
aquí, bajo esta piedra.

de Narciso en el acorde último de las flautas (1979) – Leopoldo María Panero

EL BESO DE BUENAS NOCHES

I
Padre, me voy:
voy a jugar en la muerte,
padre me voy.
Dile adiós a mi madre,
y apaga la luz de mi cuarto:
padre, me voy.

Dile a aquel niño que allá ríe,
no sé de qué, si de la vida,
mi nombre, sólo mi nombre
pon mis juguetes en buen orden
oso con oso, pon al perro
con el pájaro, en cuanto al pato
déjalo solo, al pato:
padre, me voy: voy a jugar con la muerte.
Había una llama, sí en mis ojos,
porque velaron tantas noches
y no logró nadie cerrarlos
sino yo; perdona, padre, que no hubiera
nadie, sino yo: me voy,
me voy solo a jugar con la muerte.

II
Padre, estoy muerto, ya, y qué oscuro
es todo esto:
no hay luna aquí, no hay sol ni tierras,
padre, estoy muerto.
Somos los muertos como enfermos
y el cementerio el hospital
para jugar aquí a los médicos
sábana blanca y bisturí
y tantas tumbas como lechos
para soñar: y son tan blancos esos huesos
padre tan blancos: como soñar.
Dicen los otros, los más muertos
los que ya llevan tiempo y tiempo
aquí vengándose de Dios
que vendrá el Diablo, el buen Diablo
que vendrá el Diablo con más flores
de las que nadie pueda traer.
Padre, estoy muerto, no estoy solo
padre, estoy muerto, tengo amigos
con quien jugar.

III
Madre, esos besos que en la tumba
aún me das
son despertar, son nuevo frío;
estuve vivo, ya lo supe
ahora
déjame olvidar.

IV
Padre, estoy muerto, y es la tumba
una cuna mucho mejor
padre, no hay nadie, ya estoy solo
padre, si alguna vez de nuevo
vuelvo a vosotros, padre si otra
vez yo vivo
no sé con quién voy a soñar.

de El que no ve (1980) – Leopoldo María Panero


AL LLEGAR EL CUARTO ANIVERSARIO
Estamos siempre solos
LEOPOLDO PANERO

Fue primero el aletazo sordo, la grieta sin remedio
abriéndose una tarde, el alarido animal,
las innecesarias comprobaciones repetidas, el rostro desencajado bajo las sábanas
y la última bocanada de sangre y las moscas en la noche de agosto.
Todo el lógico andamiaje, la ilusoria permanencia de lo que tenemos,
desplomándose con estrépito, lo mismo
que la tierra y las piedras sobre la caja de madera.
Después y tanto tiempo, la tenaz indagación,
las soluciones a deshora: «Si hubiera sido en otra parte…», «Quizás otro médico»,
y el terco recordar, el minucioso tacto de los lugares o los libros,
de la corbata preferida o lo que ahora pensaría si nos viese.
Por las noches a la luz del insomnio o la amargura
el roce aún vivo de otra piel, el eco persistente de sus palabras.
Agotadora lucha, inútil, contra el tiempo,
reuniendo rotos gestos, tardes inalcanzables,
para negar lo que sabíamos, para dar forma al espeso vacío incomprensible.
Y hoy, sin embargo, cuatro años después, qué difícil,
entre endulzadas figuraciones, entre imágenes de pintados colores,
entre sueños, encontrar lo que fuera simple realidad,
reconstruir el apagado brillo de unos ojos, el calor de unas manos,
el sonido de su voz verdadera.
Sí, triste es la muerte, pero más triste aún es su derrota
y ahora miras atrás y ya no tienes lágrimas,
y buscas donde habitaste y es tan solo una sombra,
una mancha borrándose, un papel en el agua.

de A través del tiempo (1968) – Juan Luis Panero

FRENTE A LA ESTATUA DEL POETA LEOPOLDO PANERO

Poeta húmedo como Darío
te define Oreste Macrí
en la última edición de su antología.
Por supuesto no descubre nada nuevo,
el asunto de tu bebida ha dado ya mucho que hablar
y por otro lado la comparación con Rubén Darío es bastante honorable.
También se han comentado tus proezas en los burdelesPanero-estatua-picassa
y algunos de tus amigos las suelen repetir
adornándolas con pintorescos detalles
(aunque es muy posible que esto te divertiría saberlo).
En cuanto a los arranques violentos de tu genio
para qué mencionar lo que todos sabemos.
Sin embargo, para la Historia ya eres:
cristiano viejo, caballero de Astorga,
esposo inolvidable, paladín de los justos.
Y también en todo eso hay algo de verdad.
Sin duda eras un tipo raro y bien curioso.
Rojo para unos, amigo de Vallejo, condenado en San Marcos,
y azul para los otros, amigo de Foxá, poeta del franquismo.
«La caterva infiel de los Panero,
los asesinos de los ruiseñores»,
que airadamente escribió Neruda.
Y tu final -gordo y escéptico-.
con tus trajes ingleses que tanto te gustaban
y tu whisky en la mano, trabajando para una compañía norteamericana.
Y años después canonizados en revistas y libros
(excepto la alusión de Macrí), números de homenaje
y las calles de Leopoldo Panero
y las lápidas de Leopoldo Panero
y el premio Leopoldo Panero
y el colegio Leopoldo Panero
y tu efigie entre otras ilustres
en los muros solemnes del Ateneo
y por fin esta estatua de Leopoldo Panero
que contemplo en un helado atardecer
mientras llueve a lo lejos sobre el Teleno.
De verdad, me gustaría saber
si los muertos conservan un cierto sentido del humor
y frente a tu noble cabeza de patricio romano
(que podría escribir cualquier cretino)
«poeta arraigado», «poeta de la esperanza»,
«leonés sajonizado», «hombre de secreto»,
«eximio vate», «gloria de nuestras letras»,
etc., etc., etc.,
con tu libro de piedra sobre las rodillas
y tus ojos perdidos -extraño personaje-
puedes sonreír irónico y distante,
pensando en tu batalla perdida de antemano.
Yo así te lo deseo y no sin cierta envidia
-estar muerto en España es un lujo envidiable-
esta noche en tu casa mientras me sirvo un whisky
y en el pesado vaso de cristal rayado
el alcohol venerable y tu hijo primogénito
(por supuesto menos venerable) te rinden
-y no es broma- su más fiel homenaje.

de Desapariciones y fracasos (1978) – Juan Luis Panero

EL CONVIDADO DE PIEDRA
                  (L.P.)

A veces, regresas en una pesadilla,
tan absurda como fue nuestra historia,
Panero-C-300x300y al despertar no dejas sino
rencor y descontento, miedo
petrificado en la memoria.
Ni aún ahora, tantos años después,
es posible el pacto entre nosotros,
ni aún ahora, la piedad y el olvido.

de Los viajes sin fin (1993) – Juan Luis Panero

«Tú que sólo palabras dulces tienes para los muertos…»: los Panero escriben por su madre

Copia de ricardo franco   1994   después de tantos años (3 10)avi.wmv_00040246033

MA MÈRE
A mi desoladora madre, con esa extraña
mezcla de compasión y náusea que puede sólo
experimentar quien conoce la causa, banal y
sórdida, quizá, de tanto, tanto desastre.

Yo contemplaba, caído
mi cerebro
aplastado, pasto de serpientes, a
vena de las águilas,
pasto de serpientes
yo contemplaba mi cerebro para siempre aplastado
y mi madre reía, mi madre reía
viéndome hurgar con miedo en los despojos
de mi alma aún calientes
temblando siempre
como quien tiene miedo de saber que está muerto,
y llora, implora caridad a los vivos
para que no le escupan encima la palabra muerto. Vi digo
mi cerebro en el suelo licuándose, como un excremento
para las moscas. Y mi espíritu convertido en teatro
vacío, del que todo pensamiento ha desertado
-tutti gli spiriti miei eran fuggiti
dinanzi a Lei
mi espíritu como un teatro vacío
donde en vano alentaba inútil, mi conciencia,
cosa oscura o
aliento de monstruo presentido en la caverna. Y allí, en el teatro vacío
o bajo la carpa del circo
abandonado, tres atletas
-Mozo, Bozo, Lozo-
saltaban sin descanso, moviendo
con vanidad desesperada el trapecio
de un lado a otro, de un lado a otro. Y también, cortesanas
con el pelo teñido de un oro repugnante, intercambiaban
leyendas sobre lo que nunca hubo
en el palacio en ruinas Y me vi luego, más tarde
mucho más allá del demasiado tarde,
en una esquina desolada de
alguna ciudad invernal, mendigando
a los transeúntes una palabra que dijera
algo de mí, un nombre con que vestirme. Puerta
del infierno -del
infierno de la imposibilidad de sufrir ya-
puerta del infierno
-del infierno de la posibilidad de sufrir ya-
este poema, este canto exhausto
esta puerta que chirría en la casa
sin nadie, llevada sólo por lo deshabitado del viento,
como un pelele o marioneta infame que mimara
su carencia de ser con lo exagerado del gesto: una muñeca
llevada por los hilos invisibles de todas las manos
y negada por todos los ojos. Como una muñeca me mimo
a mí mismo y finjo
delante de nadie que aún existo. Peonza
en la mano del dios de los muertos. Como una muñeca extraviada
en la ruta implacable de tantas otras, de las incontables marionetas
que ejecutan su vida como un rito funerario,
una obsesión senil o un delirio
último de moribundo. Porque los hombres no hablan, me dije, dije
a los ciegos que manchaban
de heces y sangre sus zapatos al pisar mi cerebro.
Y al momento
de pensar eso, un niño
orinó sobre la masa derretida,
dando luego
de beber vino rojo y fuerte a un sapo
para que borracho riera, riera, mientras caía
sobre le invierno de la vida la lluvia
más dura. Y al verlo, y mientras me arrastraba
cojeando entre los muertos, pensé: llueve,
llueve siempre en las ruinas. Y mi madre rió, al oír aquel ruido
que delataba mi pensamiento.

LA MALDAD NACE DE LA SUPRESIÓN HIPÓCRITA DEL GOZO
«Jois e Jovens n’es trichaire
e Malvestatz eis d’aqui»
MARCABRÚ

Una cucaracha recorre el jardín húmedo
de mi chambre y circula por entre las botellas vacías:
la miro a los ojos y veo tus dos ojos
azules, madre mía.
Y canta, cantas por las noches parecida a la locura, velas
con tu maldición para que no me caiga dormido, para que no me olvide
y esté despierto para siempre frente a tus dos ojos, madre mía.

de Narciso en el acorde último de las flautas (1979), de Leopoldo María Panero

A MI MADRE
(reivindicación de una hermosura)

Escucha en las noches cómo se rasga la seda
y cae sin ruido la taza de té al suelo
como una magia
tú que sólo palabras dulces tienes para los muertos
y un manojo de flores llevas en la mano
para esperar a la Muerte
que cae de su corcel, herida
por un caballero que la apresa con sus labios brillantes
y llora por las noches pensando que le amabas,
y dice sal al jardín y contempla cómo caen las estrellas
y hablamos quedamente para que nadie nos escuche
ven, escúchame hablemos de nuestros muebles
tengo una rosa tatuada en la mejilla y un bastón
con empuñadura en forma de pato
y dicen que llueve por nosotros y que la nieve es nuestra
y ahora que el poema expira
te digo como un niño, ven
he construido una diadema
(sal al jardín y verás cómo la noche nos envuelve)

de Poemas del manicomio de Mondragón (1987), de Leopoldo María Panero

APARECE NUEVAMENTE MI MADRE, DISFRAZADA DE BLANCANIEVES

La acetonia y la lamprea se disputan en el reino del ser
en el oscuro juguete para el niño muerto
en la pecera donde una vez lo dije
juego con mis amigos.
En el bosque erra un príncipe
buscando
el sepulcro de cristal y de cuarzo
de Blancanieves: que su llanto
nos consuele, antes del Beso
antes del beso final de dos cadáveres
sobre la página en blanco,
sobre la caída de la página
que finalmente no puede caer
sino sobre sí misma: y
éste es el misterio de Blancanieves
que se corrían los niños gordezuelos de boca en boca
besándose.

de Piedra negra o del temblar (1992), de Leopoldo María Panero

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img_12914 - copiaCEREMONIAS DE OTOÑO

Entre el pellejo y el hueso aún alienta un temblor
-eso que algunos llaman alma-
un terco estertor, inútil esfuerzo de supervivencia.
La vida y sus ocultas raíces tenaces se aferran
en el húmedo atardecer, de principios de otoño,
mientras el desencajado rostro representa su extraño papel
y el coro, con su estúpida y crédula apariencia,
apuesta por el más allá o el más acá, ¿qué importa?
Sólo un aliento, sólo un aliento entrecortado,
entre el pellejo y el hueso,
simboliza un final o, sencillamente,
el borroso sueño de otro sueño desierto.
¿Y para quién tantos aparatosos gestos,
si todos los testigos, los ojos que, casi a escondidas,
se miran y se encuentran, únicamente afirman
el terror -tan real- de su propio cadáver?
Después -fuera del hospital inhóspito-
la última luz del sol dibuja el mar,
ocultándose tras el verde y la piedra del Monte Igueldo
y tiembla en tus manos la pesada copa
que lleva a tus labios el cristal funerario,
donde el alcohol y el hielo dibujan otra muerte.

20 DE DICIEMBRE DE 1990

Termina un año donde la vida y la muerte
tensaron como un arco su furia y resistencia,
las aristas más duras, los filos de las flechas.
Hoy ya -entre tantos otros- Felicidad Blanc,
Jaime Gil, José Luis Alonso, son sólo nombres,
desterradas sombras, tachaduras en la agenda del tiempo.
Muerte y vida, también llegan visiones:
una esquina perdida de una calle perdida,
en Buenos Aires, los ojos de una mujer,
y palabras, Enrique Molina leyendo un poema de Borges
y Borges resucitado en la voz de Adolfo Bioy Casares,desencanto2-333
sentados en su casa, mientras, tibia luz transparente,
entra el sol del invierno austral por la ventana.
Terco superviviente de oscuras derrotas,
espectador aún del color de los días.
El testamento inútil de un rostro en el espejo,
y el misterioso, impreciso vuelo de una flecha,
el metal que hiere y esta vez mata.

los dos últimos poemas pertenecen a Los viajes sin fin (1993), de Juan Luis Panero

«Nunca pude verlo, ni ya lo veré, aunque posiblemente haya sido el único hombre que me ayudó a vivir»: algunos poemas de Juan Luis Panero

Juan-Luis-Panero_54386736326_51351706917_600_226

-TESTIGOS DE DERROTAS-

Cada uno ha sorprendido ya en la voz del otro,
el insoportable cansancio de haber sobrevivido
tanto tiempo a la total desesperanza.
ÁLVARO MUTIS

ROMA. AÑO 363

Hace calor, mucho calor y no es solamente por este violento comienzo de primavera, sino por algo más. Sé que está ardiendo el jardín de la casa, el humo me ciega los ojos, apenas puedo respirar.

Estoy viejo, cansado y enfermo. No quiero levantarme. No podría apagar ese fuego, tampoco tengo ningún interés en correr entre piedras ruinosas, solamente para poder respirar unas horas más, unos pocos días.

Tal vez hace un año lo hubiera hecho, cuando él aún vivía. Pero la noticia de su muerte no por esperada fue menos atroz.

Nunca pude verlo, ni ya lo veré, aunque posiblemente haya sido el único hombre que me ayudó a vivir, a resistir hasta estas horas finales de ahogo y fracaso.

Se llamaba Juliano, fue coronado emperador en Germania y reinó en esa lejanía que llaman Constantinopla. Nunca vino a Roma, a esta parte derrotada del imperio, nunca pude verlo, escucharlo. Sin embargo, su voluntad de volver a los viejos dioses, de dar valor y respeto a lo que estas piedras aún representan me pareció hermosa, digna, en unos años de cobardía y de indignidad.

Por mi parte, apenas puedo recordar aquellos remotos dioses, nací en otra época, en otro mundo, pero siempre me gustaron estas piedras, el resplandor que reflejaron. En cambio, nunca me gustó el Galileo, ese dios cristiano, adusto como un cobrador de impuestos.

Cuando me hablaron de Juliano y de sus fantasías, pensé que jamás podrían hacerse realidad. Esto fue lo que me entusiasmó.

Hoy, todo está perdido, su destino se cerró hace tiempo, en tierras de los persas, entre polvo y sudor de hombres y caballos, borbotones de sangre y aliento de sed.

La misma sed que en este momento seca mi boca. La que, mezclada con el fuego y el humo que sube por la colina, entre muros de otro tiempo y borradas inscripciones, pondrá fin a mi vida.

Mientras el humo y la muerte ocultan ya los contornos de mi tiempo, pienso en la magia de aquel sueño. Dioses dorados, no mugre de sangre en una cruz de madera.

CONSTANTINOPLA. AÑO 1453

Olor acre de axilas depiladas, de perfume pasado de rosas, de estiércol pisoteado de caballos.

Sé, me lo han contado, que las murallas de la ciudad ya no pueden resistir al infiel. Todas las defensas han fracasado.

El pobre emperador, nuestro bien amado Constantino XI, intenta inútilmente salvar la ciudad de su nombre, pactar con el enemigo, firmar desesperados tratados de paz. Pero todo, lo sé, es completamente inútil.

Escucho griterío de mujeres, carreras enloquecidas, golpes de puertas, aullidos de la soldadesca, mandobles y agonías, eructos de borrachos.

Aún podría escapar, ocultarme en el húmedo sótano disimulado, como aquella otra vez. Pero ahora todo está perdido. Sé bien que esto es el fin.

Salgo a la calle, maldiciones, estruendo, sollozos, humo pestilente.

En la hoja, con gotas de sangre, de un alfanje afilado, miro, tercamente, por última vez, el rostro de este pobre pecador abandonado.

SAN PETERSBURGO. AÑO 1917

No sé si debo hacer caso a lo que dicen. Cuántas insensateces, cuánto horror.

Que el Zar ha abdicado, que ha llegado, prisionero, a la estación de Tsarkoie Selo, que al conductor del tren imperial lo han tiroteado como a un perro, que las turbas repiten insultos y amenazas contra la familia imperial, que han tomado -esos pobres salvajes- el Palacio de Invierno.

Es cierto que desde hace horas se oyen gritos y detonaciones en la calle, cascos de caballos golpean, con sonido metálico, las piedras. ¿Serán los cosacos? ¿Habría salido el regimiento Preobrajensky a defender a su Zar? ¿O todo es producto de este vodka que veo temblar a través del cristal transparente?

Suena, insistentemente, el teléfono, pero no voy a contestar. Desde la ventana puedo ver lo que pasa. Aquí dentro no hace frío. Solo un poco, en los dedos, cuando me sirvo el vodka.

Ahora se escuchan abajo gritos, estruendo de gentes. Deben estar frente a la puerta principal. Bayonetas clavándose en la madera, crujido de astillas, las cerraduras, los herrajes que chirrían y saltan.

Aún queda vodka en la botella, ya no hace falta la copa ni la bandeja, con sus inútiles iniciales y escudos.

Están subiendo la escalera. Están buscándome, pero aún tardarán unos minutos, los suficientes para acabar la botella.

Los suficientes también para hacer, por fin, uso de este revólver, con las cachas de nácar y el cañón de plata. Este revólver que me regaló Su Majestad Imperial, al final de aquellas maniobras de verano, en los últimos días de agosto de 1903 o 1904.

-ENCUENTROS EN LA SOMBRA-

Parece que estoy solo, pero llevo en derredor un mundo de fantasmas.
GASTÓN BAQUERO

EL SUEÑO DE UN DESIERTO

Perduró en la mañana, al despertarme,
se volvió a repetir, casi igual, con luz en la ventana,
y todavía regresa, terca sombra sonámbula,
aquel sueño -el fragmento de un sueño- desvelado y distante.
Una extraña visión, en blanco y negro, estática,
vacíos arenales, piedras disformes,
y allí una figura, borrosamente parecida a mí,
gritando, repitiendo, solo, sin testigos
-¿para mí mismo, para quién, para nadie?-,
México es un desierto de muertos.
Al día siguiente, mirando el televisor,
llegó, envuelta en penosa retórica,
la noticia de que Juan Rulfo había muerto.
Sirvan estas imágenes, alucinadas, misteriosas,
como epitafio a quien tanto quise.
Que su abrigo verde y el temblor de sus párpados
en el primer encuentro, que su voz entrecortada,
me repitan, otra vez, la historia de un fantasma.
Que sus palabras, habladas o escritas,
me recuerde, sin terror ni mentira -mágicamente-
esa muerte que me sueña y que sueño.

EL ÚLTIMO BAILE
(Zelda Fitzgerald)

No, no son llamas en el cristal, qué absurdo,
ni humo lo que entra por las rendijas de la puerta,
no, son las luces, las luces de las barcas y del puerto,
el humo de un cigarrillo, aquella noche
de principios de verano, en la Riviera.
Bailaba y bailaba para mí sola, para todos, para nadie,
con aquel oficial francés -recuerdo su blanco uniforme-
mientras Scott gritaba y maldecía, me insultaba,
mirando fijamente una botella. Pobre Scott, dónde estará ahora.
No, cierto que no son llamas abrasando esta puerta cerrada
y esos cristales rojos que saltan al vacío,
son las luces, los farolillos que aquella fiesta,
y las copas rompiéndose entre carcajadas
cuando la pequeña orquesta tocaba «Coge una estrella para mí».
Claro que no son llamas, son bengalas iluminando el cielo,
aquel jardín, el baile y luego nuestros cuerpos
desnudos en el mar, el roce del agua fría
y Scott nadando a mi lado, besándonos entre las olas.
Pobre Scott, dónde estará ahora. Tal vez haya muerto
-mejor para él-, así no podrá leer, mañana o pasado, en los periódicos,
los siniestros informes sobre un cadáver carbonizado.

UN ARAÑADO SIGNO

Este libro lo firmó Borges,
una tarde, hace años,
conversando en un hotel de Quito.
Un arañado signo, simbólico, ilegible,
viajó conmigo por distintos caminos,
fue refugio en noches de derrota.
Esta tarde, en Barcelona, al enseñárselo a alguien,
un vaso se vertió sobre las páginas,
borrando en un segundo la tinta de su firma
y mi nombre escrito con letra temblorosa.
Ahora ya no es mío, ni suyo, ni de nadie,
ahora es ya, por fin, lo que fue siempre,
un rastro de la vida que se pierde,
húmeda lápida, sombra de papel,
el terco sueño de unas pocas palabras.

ESCRITO EN UN MACHETE
(Malcolm Lowry)

Eras tú, apestoso borracho tartamudo,
mirándome terco, húmedos, enrojecidos ojos,
siguiéndome por el mercado de fierro viejo
en la nublada mañana de Oaxaca.
Eras tú, comprando conmigo aquel machete,
plateada hoja y borrosa inscripción:
«Sólo sirvo a mi dueño», letras roñosas
y la fría empuñadura que mi mano recuerda.
Eras tú, en la noche del mezcal agotado
-los dos indios cantando y los secos gusanos-,
y en la dulce y dorada llamarada del ron
bajo estrellas temblando como el vaso en tus labios.
Eras tú, quien huyó, tambaleándose,
con el viejo machete colgado a la cintura,
tropezando en las piedras de aquel amanecer,
borrándote en la luz, fantasma que ahora invoco.
Eras tú, en Cuernavaca, sentado junto al puente,
mirando la barranca y el perro desventurado,
la botella en la mano y en la otra el machete,
aullándole a los cielos insultos y perdones.
Eras tú, tras las ventanas del torreón desierto,
andrajoso habitante en tu cárcel de vidrio,
que de pronto rompías con un golpe metálico,
sonámbulo monarca de un reino de cristales.
Eras tú, a quien no veré más,
desvanecido espectro del alcohol y la noche,
acuchillado fantasma que dibuja la luna
entre manchas de vómito y babas de borracho.
Eras tú, luminoso esqueleto danzante,
perdiéndose en la calle, junto a muros de sombra,
y el filo de un machete escribiendo en el polvo
sucias letras de sangre: «Sólo sirvo a mi dueño».

ENCUENTRO EN INVIERNO

De pronto la intimidad, la intensidad de la vida
-de esa extraña ficción que llamamos vida-,
se sentía allí, memoria y piel, frente a aquella casa.
Caía lentamente la nieve mientras me acercaba,
adivinando, no sé por qué, tras aquellas paredes
que jamás había visto, mi verdadera historia.
Llamé a la puerta y un hombre me abrió
hablando un idioma desconocido, luego,
tartamudeantes, iniciamos una conversación en francés.
Atardecía, blancas sombras de nieve, el tictac del reloj,
crujidos de madera, el viento en los cristales.
Con cierta timidez le pregunté su nombre,
esbozó una sonrisa cansada y moviendo una mano en el aire,
entre toses y ahogos, murmuró, Antón Paulovich Chéjov.

CABALLOS EN LA NOCHE
(John Ford)

Todos los caballos sin jinetes,
todos los caballos sin jinetes
-Cooper, Wayne, Fonda, muertos-,
tiembla la tierra bajo las herraduras.

Todos los caballos sin jinetes,
desbocados esta noche en la memoria,
relinchos frente a las rocas rojas,
chispas en las piedras, llamaradas de sueños.

Todos los caballos sin jinetes
frente a la tumba del viejo mago tuerto,
resplandor y polvo, ceniza y fuego,
por el Valle de la Muerte los caballos galopan.

ENCARA LES PARAULES
(Joan Vinyoli)

Se confunde el humo con la niebla en el cristal,
el hielo es agua turbia al fondo del vaso,
húmedo el silencio en el oscuro pueblo,
mientras todos duermen, alguien sueña despierto.
Una voz repite pensamientos de un muerto
-pero, quién está vivo, quién muerto-, tenaz
rasguea el lápiz sobre el mundo papel,
en la noche sin fin, aún llegan las palabras.

de las secciones Testigos de derrotas y Encuentros en la sombra, de Galería de fantasmas (1988).