Dios en la herejía medieval

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Cátaros, bogomilas, guaraníes, aztecas (y el degollado en Treveris)
exterminados por un asesino que dice ser ‘único’,
cíclope de un solo ojo,
exterminados en el nombre de Dios.
Leopoldo María Panero, Teoría

En los textos de Qumrán, escritura original de los Evangelios, puede leerse “la ofrenda cereal debe comerse con las grasas y la carne en el día de su sacrificio…y en lo que concierne a la ternera roja de la ofrenda por el pecado…” (Carta Heláquica). En los referidos textos de Qumrán, al decir de uno de sus intérpretes, Thompson, había cuatro Mesías y un Maestro de Justicia que no perdonaba a sus enemigos. En los mismos textos de Qumrán se habla de astrología, cosa que la Iglesia desprestigia y rechaza.
Es más, si los cristianos primitivos estuvieron tan obsesionados por el espagirismo, que consiste en creer que los dioses son hombres, Joven un rey y Venus una mujer, es por cuanto Jesucristo era un hombre: así leemos en L’energie sexuelle de Robert S. De Ropp que Jesucristo fue divinizado en el siglo II después de Cristo, y ello ante la protesta del patriarca Pablo de Samosata que lo consideró absurdo.
Es más, si los cristianos primitivos fueron los esenios, éstos adoraban al Sol, al fuego original de Heráclito, y es por ello que Nerón quiso achacar a los cristianos el incendio de Roma. Ahora bien, según Freud en Moisés y la religión monoteísta, Moisés y la Biblia judía tuvieron su cuna en el monoteísmo de Amenofis IV, quien también creía que el Sol era el único dios. Es decir, que el monoteísmo en su principio no tiene por rey a un dios muerto y lejano situado en el Más Allá, que es lo que hizo decir a mi amigo Javier Sádaba que el dogma principal del cristianismo es la no existencia de Dios.
Ahora bien, en las herejías medievales es en donde vuelve la idea de Dios como experiencia, la idea de un dios vivo que también pulula en la Mística, enemiga lo mismo que la herejía de la letra. Así pues, situar a Dios del lado de acá es poner en cuestión la injusticia de este mundo, y es por eso que las herejías medievales eran políticamente peligrosas.
La mayoría de las herejías medievales, los donatistas por ejemplo, rechazaban los sacramentos y la penitencia, adoraban, y no solo de boquilla como los hermanos de San Juan de Dios, la pobreza primitiva de Cristo y practicaban una lectura ácrata de la Biblia: así los bogomilas niegan el Antiguo Testamento y los cátaros aseguran que ese Antiguo Testamento es obra del Diablo y no de Dios. Así, según los referidos cátaros, el mundo es obra del Diablo y el cielo no está aquí. Así el sacramento principal de los cátaros era la endura, que consistía en una misa extraña en que para subir al cielo se ayudaban mutuamente a quitarse la vida.
Que Dios para esos herejes fuera la imagen de la felicidad, lo mismo que mear es un símbolo de la risa, es lo que habla del limón, en hebreo etrog, amarillo como la orina, como símbolo de Jesucristo y de la cerveza.
Ahora bien, esta idea del Mesías, alegre como Xipe Tótec, nuestro señor el insolente, a quien también descubrimos meando -y que era Dios para los aztecas-, coincide con la postura de los petrobrusianos de no adorar al crucifijo, el cual para ellos sería una blasfemia, por cuanto significa adorar a Dios en la muerte, y no en la vida, si es cierto que aquella pertenecía a Jesucristo. También Eón de la Estrella no creía que Dios fuera la Iglesia y se oponía a la construcción de iglesias, a las que atacaba y despojaba de sus ornamentos. Del mismo modo Thomas Müntzer, otro pseudo-Mesías, atacaba a ricos y curas sosteniendo una llama por enseña, lo mismo que Eón de la Estrella, quien se creía eum o eso, como en la frase bíblica per eum qui venturus est judicare vivos et mortuos et seculum per ignem.
Enrique el Monje, otro pesudo-Mesías, patriarca de los tejedores y de los arrianos, también rechazaba por completo los sacramentos incluido el matrimonio. Así, practicaba el amor libre, sosteniendo como los Herejes del Espíritu Libre que “todo es puro para el puro”, y como los ophitas, cuya comunión era el intercambio de semen, al que ellos llamaban el licor precioso, sostenían que “toda tierra es tierra”, refiriéndose a la sodomía como un posible territorio de Dios. Del mismo modo Margarita Porete, otra hereje del Espíritu Libre, argumentaba en su libro Le miroir des âmes simples et anéanties que el robo era defendible como patrimonio de los pobres, y decía “allá donde pones el ojo pon la mano”.
Ahora bien, para los cátaros el verdadero sacrilegio es la misa: Ecberto definía al pan y al vino como parte de la creación perversa o demoníaca, y para dos campesinos, Clemente y Ebrardo, el pueblo de Bucy-le-Long, la boca del sacerdote es la entrada al infierno. Por el contrario, los valdenses reincidieron en la postura de los cristianos primitivos que se intercambiaban los trajes y que, por tanto, es de suponer que no eran castos, convirtiéndose en seguidores desnudos de un Cristo desnudo, y dando a las mujeres acceso a la predicación, cosa que sólo muy recientemente ha aprobado la Iglesia
católica, la infecta Iglesia católica contra la que se rebelaron los valdenses al considerar pecado mortal cualquier mentira. También los cátaros rechazaban completamente la mentira siguiendo así las palabras de Jesús “no jurarás”.

II
Con todo esto hemos comprobado que la herejía no solo no es un error de la letra o una divergencia de aquellos, sino que es perseguida precisamente por tomarse las cosas al pie de la letra, lo mismo que el loco y lo mismo que Lacan a Freud cuando dice “La Némesis, para coger en la trampa a su propio autor, no tuvo más que tomarle al pie de la letra”. Del mismo modo que la herejía, el Apocalipsis, en el cual Lacan también creía, es, como la locura, un retorno catastrófico de la letra, una incidencia de Dios sobre la realidad malsana, porque lo verdaderamente maldito (y este es el sentido de la herejía) es la idea de Dios, si con ello aludimos a ese Dios no aristotélico y abstracto que no nos toca y al cual rezamos, sino a ese continuum que reenvía el psiquismo animal a las formas de la Mística, por cuanto ese animal es un continuum del que dijera Bataille en su teoría de la religión, que un animal manduca a otro animal sin otro territorio ni límite que el suelo; del mismo modo que Böhme, zapatero que creía en el Sol, dijera que Dios es un abismo o Ungrund, literalmente no territorio en el que desaparecen los “yoes” igual que en la locura. GLORIA IN EXCELSIS NIHI, diremos al igual que Stirner, fundador del anarquismo individualista que realizara una crítica de Hegel y de las categorías en función del “yo”: “Yo he basado mi causa en nada: no hay nada ni nadie por encima de mí”.

 

Conferencia leída en el Salón de Actos de la Facultad de Psicología el 21 de marzo de 1995. Vacío, n°5, primavera de 1996, pp. 35-36.

«triste oficio / el mío, el tuyo, de resucitar muertos»: LMP traduce a Robert Browning

De cómo un niño llegó a la negra torre

Robert Browning
Traducción de Leopoldo María Panero

I
Mi primer pensamiento hubo de ser
todo miente y hay sólo
un viejo tullido que es el signo
de Toda la Mentira, un viejo de pelo
blanco y ojo tenso, perverso, que espera
en mi faz comprobar el efecto
de Toda la Mentira, y su boca que, presa
del temblor más lascivo, no logra
ocultar el prematuro goce
de contar una víctima más.

II
¿Por qué si no estaría señalando con
su báculo, en qué otra dirección, con qué
distinta meta que la de desviar con la promesa
que contiene la mentira al viajero del camino
cuando inevitablemente lo encontrara
una y otra vez en la misma encrucijada?
Y preví
la risa de calavera en que habría de estallar y qué
epitafio escribiría con su muleta en el
camino atestado y polvoriento,
como pasatiempo
para los demás viajeros,

III
Si aceptando su reto me encami-
nara a lo largo del sendero
inexistente del que sólo habla
por ello la Vieja Mentira y que
conduce sólo a la Torre Negra.
Y sin embargo
le obedecí y pensaba
que sería mejor, como él me indicaba
morir en vida que vivir, simplemente. Abrí
pues la puerta estrecha y penetré
en el lugar que no hay, en el sendero. No
me animaba ya esperanza, orgullo en
dirección a la sugeridad
meta, ni siquiera
la extraña dicha de que haber pudiera
tal meta oscuro, tal Peor Sentido.

IV
Porque, pesa a que sin nunca viajar había viajado
y busqué y pese
a mi experiencia y valor, toda esperanza
decreció en mí hasta ser un espectro
que anidaba acurrucado, acurrucado y trémulo
al fondo
de mi alma —donde yo estaba, incapaz
de enfrentarse con la Otra Alegría—
y qué difícil fue el gesto
mismo de andar, sin tener miedo
de estar contento de esa otra manera. Mi
corazón fracasaba.

V
Como cuando un enfermo está al borde
de la Muerte —Dea Tacita, que no habla—
y no está allí por tanto, oye a algún amigo
recomendar a otro que se salga afuera
a tomar un poco de aire fresco, ya que «todo
terminó», dicen, «y no hay lamento alguno
que pueda reparar el dolor»…

VI
Y alguien también discute si al lado
de tantas, tantas, tumbas habrá espacio
bastante para ésta, y cuál día
será el mejor para avisar a la
funeraria y llevarse el cadáver tras
adornarlo bien, y el hombre, repito,
lo oye todo, y sufre sólo
por no defraudar con una muerte
lenta tan tierno amor.

VII
Así busqué durante tanto tiempo y
demasiado había oído la profecía
y
visto el cumplimiento ciego del fracaso en todos
los caballeros que dirigieron sus pasos en esa
misma inquisición de una Torre Distinta,
que sólo
me preguntaba si sería digno
de fracasar como ellos.

VIII
Así, tranquilo como sólo lo está la
desesperación hice crecer la
distancia entre mí y aquel
adominable tullido, aquel
feto negro dejado
allí como mojón y
abandoné igualmente el camino
real para a lo larg
ir de aquel sendero que
me señaló, en el aire.
La jornada
se demostró extenunante como nin-
guna otra jamás lo había sido, oscura y
cercana ya a su fin, pero antes
lanzó una roja y agria mueca para que
se viese antes de morir la luz cómo acogía
la llanura el rayo último:
la oscuridad
del día llegaba así a su fin y
pronto, con la noche, veríamos la luz.

IX
Pero ¡alerta! Tan pronto como
entregué mi destino a la llanura atroz, tras
de dar un paso o dos, cuando me
detuve por
arrojar una mirada
última, compasiva, hacia atrás, no estaba
ya el camino real. Nada
sino llanura alrededor, llanura
y hasta más allá
de los límites del horizonte que no había
para ser más llanura la llanura, ya no
sin nada que pusiere
allí signo o diferencia; ningún
horizonte, sólo yo, sin mí, y el sol
quemante como espejo. Sólo yo, y debía
continuar pues no quedaba
ya otra cosa por hacer.

X
De modo que seguí, sólo hice eso,
mis pasos como martillo en el metal,
mi pensamiento
como un martillo inútil y tenaz. Pensé que
no hubo naturaleza tan infame, hambrienta
y dadora de hambre como ésa. nada que pudiera
erguirse y todo cuanto era se caía,
allí pudo tan sólo
crecer una flor cuyo solo
nombre sospechado
me hizo temblar. Pero no, tártago, cizaña, eran los
vástagos que de acuerdo con su
tendencia innata hacía crecer
estúpidamente para caer, allí se propagaban sin
que nadie fuera apto para podar o
sentir molestia o dolor por su presencia
una y compacta, sin perdón, fisura, tártago o
cizaña, el nudo
de un solo árbol habría sido allí
un cofre en donde, oculto, respirar.

XI
¡No! No, inercia, miseria, una mueca
el paisaje son toda la herencia
que la tierra nos deja.
«Mira o quédate sin ojos», dijo la Naturaleza
de mal humor, y seca como el pecho
de una madre vieja. «Nada puedes
hacer y nada
de lo que hagas importa
—nada o nadie podría curar la
realidad que es llaga, enfermedad
devenida, paisaje—, sólo el Fuego
exhausto y trabajado, último clavo
en la sien desasistida del hombre
que ya no puede llorar, sólo el Fuego
del Juicio Final y la hoguera para
calentarse un viejo con la leña
sacada de la casa demolida, sólo Él podría
calcinar esta suerte de hueso que es cuanto
queda en mí de vida, espíritu, y
liberar mis presos: triste oficio
el mío, el tuyo, de resucitar muertos.»

XII
Y seguí, olvidando
que la había oído, su voz de carne.
Y seguí y unánime aplaudía
el Fracaso, y tanta la Caída
que si cardo alguno
para su desgracia un poco más crecía
que los demás le era cortada
la corola y el tallo, por que no sintieran celos
los que dormían. Quién ese agujero
inscrito habría, tales cortes, en las
hojas negras del lampazo, así de magu-
llado como
para descartar toda esperanza de verdura,
debe de
habitar aquí un hombre con un cuerpo
de animal, una
bestia híbrida, excretando su
vida como una babosa o
un pez en el tembladeral.

XIII
Y en cuanto a la hierba, crecía rala como
el pelo el la lepra, sus
briznas perforaban apenas
el lodo que pa-
recía amasado con sangre: y un tieso
rocín ciego, huesos relucientes
de pura desnudez, estaba
allí quieto y asombrado, quién
sabe cómo lle-
gó hasta ese espacio un día, arrojado
por inservible del establo
inmóvil y putrefacto del diablo.

XIV
¿Vive? Muy bien podría estar muerto, si hay
diferencia alguna entre los dos estados: y con aquel
cuello exhausto, desvaído y
colorado, y los ojos cerrados bajo
la crin lacia y herrumbrosa.
¡Pocas veces lo grotesco fue tan doloroso! Y nunca vi
a una bestia a la que odiara tanto, muy
maligno debió ser en vida, si
es el mal lo que merece el sufrimiento.

XV
Cerré mis ojos y observé
cómo mi corazón se movía como cola
arrancada de gusano, y cual
un hombre que pide un
trago antes de luchar, imploró algún sorbo
de recuerdos más felices antes
de cumplir mi destino. Primero
pensar lo que de combatir se ha, éste es
el arte del soldado, y el sabor
de tiempos idos pone todo en su lugar.

XVI
¡Ni siquiera! Imaginé el
rostro encendido de aquel Cuthbert bajo
su guarnición de hilo dorado, santo
cuyo rostro lamo con lengua cansada.
Soñé así a Cuthbert y creí
por un momento que su brazo
sujetaba el mío para retenerme
siempre en aquel lugar. ¡Ay, otra noche
del desastre más entero! Se aleja el fuego
de mi corazón más nuevo, y sólo
queda, detrás, el frío.

XVII
Y es luego Giles quien aparece
de pie en mi alma, para sentir el frío,
Giles, el espíritu
mismo del honor, tan recto y franco como cuando
por vez primera caballero fue
ordenado. Cualquier cosa a que alguien
claro y valiente atreverse pudiera, él la osó. Pero de nuevo
la escena se demuda, ¿qué manos de verdugo
clavan en su pecho la afrenta de un pergamino? Son
los mismos caballeros de su orden,
¡pobre traidor al que la muerte escupe
y cubre con su maldición!

XVIII
Más vale el presente que vivir otra vez;
otra vida, así que regresé
una vez más al de todos los caminos
más negro, hediondo. Ni un sonido, ni
un matiz, un color, hasta donde los ojos
podían llegar, los ojos que sudaban
el más frío sudor. ¿Enviaría la noche por caridad
un solo murciélago? Pensé, cuando algo
en el llano más lúgubre bloquea
el pensamiento y lo deja
allí convertido en hielo, y varía
inmóvilmente su curso.

XIX
Y ahora, de pronto, un río interrumpe
mi paso, inesperado
como una larga serpiente, que no se ve.
Su corriente
serena no fue, desacorde
con aquella calma, aquella
pesadumbre oscura; y, rica en toda
clase de espuma negra y blanca, hubiera servido
bien de baño a las pezuñas del diablo, por la hirviente
cólera del negro
impulso suyo y por sus aguas
cubiertas de escamas.

XX
Río peligroso y exiguo. A lo largo
de él los alisos enanos y
pocos se inclinaban
no para verse; y los sauces
empapados de agua se arrojaban
allí de cabeza, en un acceso
rotundo de una lenta desesperación, como
por un acuerdo tácito y fulmíneo de suicidio
colectivo y total, como si el mundo
se suicidara entero, con la imagen
del río en las pupilas de
todos los que iban a morir, y el cauce
que al desespero les había
inducido pasaba de largo sin jamás
repetir en sus aguas la silueta.

XXI
Infame arroyo, cuando lo crucé. ¡Dios mío!, qué miedo
tenía de que mi bastón tocara buscando
suelo firme a un hombre
muerto, o de que en mis pies
desnudos y húmedos sintiera su barba
o cabellera viscosa y muerta, convertida
en pez de las profundidades. Tal vez
tal vez sólo fuera una rata
de agua lo que atravesó
de cuajo mi bastón, pero aquel grito
—lo juro— era el de un niño.

XXII
Así que respiré cuando en mitad
de la asfixia llegué a la otra orilla, aun cuando
vanos es el movimiento de la esperanza,
tardo
como el de un gusano al que el pie ha aplastado. No había
ya, en la otra orilla, realidad,
sino lucha, lucha de
sombras anónimas, que nadie podía
saber quiénes
fueron o por qué se
mantenían en «vida» sólo por la lucha
cuyo estremecedor pisoteo convertía
la tierra en un charco. Sapos en un envenenado
estanque o salvajes
gatos en una jaula al rojo. Aquel ruido
me volvió sordo o me volvió loco.

XXIII
A eso el combate semejaba en aquel circo
para Infames. ¿Qué los hacía
pelear mejor que
huir o morir, qué los retenía
en el barro y la lucha? Y ni una huella
en la tierra, pese a que aquel
espacio parecía atestado, y pese a que
ninguna salió nunca de él: un brebaje
sin duda que el espíritu
deja toda la vida agonizante era lo que hacía
a sus cerebros funcionar, con la locura
de la máquina, cual
esclavos de galeras que matándose
divierten al Turco.

XXIV
Y aún peor, un estado más
allá, por qué, para qué podía
ser esa máquina, o freno, o rueda, o hierro útil
¿para embobinar los cuerpos de hombres como seda? Con todo
el aire de ser el
instrumento abominable de Tophet, abandonado
allí por el viento o traído
por una mano sin cuerpo para que le afilaran
la falta de brisa los oxidados dientes.

XXV
Y di un paso más en el horror. Llegué
entonces a un pedazo de
tierra desigual, que fuera
en otra época bosque, más lejos que el recuerdo.
Al lado estaba de un pantano, al parecer, y lo que fuera
antaño reposo del
sol y lo que fuera
un bosque o un padre ahora
sólo desesperada tierra, y
acabada como la vida del viento (así
el loco se divierte, haciendo y
rompiendo), y en un cuarto de acre se extendía
junto a él como digo una ciénaga,
arcilla, escombros de vida, y desnuda
desolación como palabra muda.

XI
Y allí, tan pronto manchas podridas
de algún color, chillón, como el traje
de quien ayer mató a su amigo y hoy se viste
para una fiesta con atuendos
caros que ha malcomprado, tan pronto
manchas donde la miseria
atroz de la tierra se nombra como
musgo poblado de granos y forúnculos
rojos y purulentos; y más tarde, como alivio
de una lluvia para alguien
muerto o agonizante, alguna
encina temblando de una
enfermedad que no se cura, abierta
de par en par por un único tajo como boca
de labios rotos, boca hambrienta
de un hambre que no se cura, y que
sólo se cerrará cuando el
tronco caiga y el barro lo cubra
con vergüenza.

XXVII
Y un paso más, y un paso, ni dos, alteran
este estar lejos como siempre del fin. Nada
sino el atardecer en la distancia, nada que animara
a dar un paso y otro más, y sin embargo
ando con la fuerza de un martillo, con su misma
necesidad, sobre el yunque del que sale fuego
para nada, en lo oscuro. Con la misma
necesidad del golpe, avanzo. Y cuando pensaba
en esto, si eso es pensar, un pájaro
negro hermano y amante
incestuoso de Apollyon pasó al vuelo,
planeando, sin mover
nunca para volar las alas y no obstante
ásperamente me rozaron el pelo y dejaron
allí un líquido
espeso y blanco, semen o sangre. Y de ellas el roce
le digo áspero, como lija o madera
seca, y la semilla
blanca que dejó en mi cerebro
la siento
crecer y moverse entre las glándulas. Era éste quizás,
éste de alas de dragón el guía que buscaba,
el padre.

XXVIII
Y he aquí que al mirar
a lo alto sin creer en el cielo, veo
a pesar de la sombra,
que crecieron montañas donde no había ya nada, montañas que no son
sino tierra y rocas apiladas, montones de
basura que se elevan hasta
tapar el cielo que yo nunca vi. Y aquella visión, aquella
también me cogió por la espalda, a traición: una
y otra vez era enculado por la pesadilla. Escapar.

XXIX
Y asomaba la cara de la trampa. En la boca
amenazaba la palabra, la clave
peor que no saber, que estar oscuro. La había soñado
aquella explicación, la había soñado
ya en alguna pesadilla. Aquí
terminaba el camino. Y cuando
estaba a punto de no pensar, de olvidar, un chasquido
se oyó como una trampa
que para siempre se cierra,
y tú estás dentro de ella.

XXX
Y era peor la luz. Sobre mi mente
cayó como un rayo, quemando
el pensamiento, quemándome, la idea de que
el lugar era ése, de que estaba
yo allí, donde se acaba, y no cabe
arrepentirse o volver
atrás o tan siquiera
pensarlo todo otra vez, donde no hay
salida ya porque se sabe
por entero la Verdad, y no hay por
tanto más que una sola realidad, eterna,
y el tiempo ha muerto: nada más que verdad.
Aquellas dos montañas como toros
agazapados para embestir y con los cuernos
trabados ya en la lucha
y el conflicto sin fin. Y en el centro
la montaña esculpida. Imbécil
de mí, loco, despertarme dormido
el día que esperé toda mi vida.

XXXI
¿Qué había allí, en el medio, sino
la Torre misma, redondo
y chato torreón con almenas
esperando como el Juicio Final, como al final
del laberinto el monstruo? Sí, el redondo
torreón con almenas ciego como el corazón
de un idiota, hecho
de piedra oscura, sin igual
en cualquier paisaje del mundo, conteniendo
en sí toda la mirada. Así el genio
de la tempestad sarcástico lleva de la mano
al timonel contra
el arrecife y él lo sabe
sólo cuando cruje la madera, sólo
por el oído que ensordece, ahora.
La noche. Su luz.
La noche. Deshaz mi cuerpo.

XXXII
¿Cerrar los ojos? ¿En la noche? ¿Llamar a otra noche
más densa en que no pueda ver? No, el día volvió sólo
para eso, para hacerme mirar, mirar. Y antes de ponerse
el sol relumbró por la grieta: había
colinas cual gigantes a la caza
de hombres, con el mentón
en la mano sucia de tierra, para ver
por fin a la presa
acorralada, dando vueltas: ya te
rodea el círculo. «¡Ahora apuñala y remata
a la víctima clavándole la espada
hasta la empuñadura que ya no dice nada!»

XXXIII
¿O tapar los oídos? ¿Para no oír el silencio?
¿Para no oír el estruendo? Sí, el ruido
tenso y vibrante de la más enorme
campana. Y cuando en mis orejas
resonaban, apiñados, los nombres
de los héroes mejores que yo, cuán fuerte
uno era, otro qué valiente,
otro qué dichoso hasta llegar ahí. Y sin embargo todos
y cada uno de tantos
hombres excesivos estaba
perdido, ¡perdido! Y las campanas
doblaron otra vez para que se supiera
el desastre de los siglos.

XXXIV
Ahí estaban de pie, en fila, a los dos lados
de la colina para ver mi fin y verme
entrar en el cuadro y no
moverme allí —en una sábana de
fuego los vi a todos y a
todos los reconozco. Y cuando iba —una
figura más en el cuadro atestado
a ocupar el último lugar en el Museo, a subir
con mi cuerpo al pedestal vacío
para mí, y a
morir, o a estar vivo
para nada en la tela sin embargo
puse el cuerno en los labios por decir
—por decir al aire que no me esperaba—
por decir:
al frío y al viento que después de mí
hablaría girando en derredor
de la Negra Torre, una y otra vez, con
el mismo sonido, por decir —una vez
más— por decir a quienes no oyeron
ni oirán, decir: «Soy un niño, pues
no viví nunca, soy un niño, y
un niño llegó hoy a la Torre Negra, un niño
para hablarles a los muertos del Terror.»

«Disuelto estás en mi alma igual que el viento…»: Leopoldo Panero escribe a sus hermanos

A MIS HERMANAS

Estamos siempre solos. Cae el viento
entre los encinares y la vega.
A nuestro corazón el ruido llega
del campo silencioso y polvoriento.

Alguien cuenta, sin voz, el viejo cuento
de nuestra infancia, y nuestra sombra juega
trágicamente a la gallina ciega;
y una mano nos coge el pensamiento.

Ángel, Ricardo, Juan, abuelo, abuela,
nos tocan levemente, y sin palabras
nos hablan, nos tropiezan, les tocamos.

¡Estamos siempre solos, siempre en vela,
esperando, Señor, a que nos abras
los ojos para ver, mientras jugamos!

TU SUELO AZUL
(Con mi hermana Rosario)

Disuelta en risa tuya está la estrella,
y disuelto en el alma cada día
está tu suelo azul, tu compañía
de niña con dos trenzas; y en la huella

disuelto está tu paso, y suelta aquella
agilidad feliz de tu alegría;
y en evidencia y éxtasis, más mía,
más mi hermana eres hoy, disuelta y bella

plenitud inmortal en gozo y nada.
…Disuelta en todo estás y en nada existes;
sólo mi corazón te nutre ahora.

¡Tu fresca voz, la piel de tu mirada,
las olas de tu risa…! ¿En qué consistes
sino es en mi dolor mientras te llora?

DISUELTO ESTÁS EN MI ALMA…
(Con mi hermano Juan)

Disuelto estás en mi alma igual que el viento,
disuelto en el aroma, y no lejano;
disuelto y suelto al fin, pero en mi mano,
pero en mi corazón raíz te siento.

Cotidiano estupor, disuelto y lento,
de no vivir contigo y ser tu hermano;
y serlo siempre más; y siempre en vano
abrazarte disuelto en pensamiento.

Y así saber de ti cada mañana,
saber de ti disuelto, y no olvidarte,
y no poder, con plenitud humana,

disolverme también, para llenarte
de nuevo el corazón: disuelto en gana
de ser contigo dos, mas nunca aparte.

en Escrito a cada instante (1949)

«Traigo recuerdos del País de Never More»: LMP prologa Peter Pan

Nadie, que yo sepa, ha connotado hasta ahora la inefable rareza de la literatura infantil. Del mismo modo, nadie, que yo sepa, ha admitido hasta hoy lo que del niño se escapa de la concepción normal del niño, la inefable “rareza” de la subjetividad infantil.
Pero empezaremos por la literatura, antes de nuestro inevitable encuentro psicológico del tema. Al cajón de sastre de la literatura infantil han ido a parar autores desesperados y profundamente misántropos como Jonathan Swift, escritos contra el género humano como los “Gulliver’s travels” al mismo tiempo que obras tan esquizofrénicas como “Alicia en el país de las maravillas” o “Alicia a través del espejo”, de Lewis Carroll,[1] así como finalmente obras como las que aquí nos preocupan, el “Peter Pan” de James Matthew Barrie, quien no desdeñó en otras páginas abordar la literatura de terror.[2] La moda actual de la literatura infantil pone efectivamente de relieve el carácter esquizofrénico de toda ella, hecho evidenciado por su inclusión en la literatura moderna de vanguardia, toda ella esquizofrénica al decir de Roger Gentis.[3] Y es que existen, creo, dos antecedentes claros de literatura moderna o de vanguardia: estos son la literatura de terror y la literatura infantil. No toda la literatura infantil, sin embargo, está tocada de ese “olor” esquizofrénico, de esa singularidad máxima propia de la literatura moderna, de esa singular rareza que consiste, como afirma Todorov, en que en ella el terror se halla por todo el relato, y no sólo en una parte de él. Definición ésta de lo moderno que toma a Kafka por su modelo favorito, al tiempo que nos aleja de piadosas ideologías “postmodernas” que restan de la literatura, so pretexto de no sé qué avances, la angustia y la muerte.[4] Con ellas, la edad actual, la edad más obscura, al decir de Ronald D. Laing, se quedaría sin el refugio de la literatura, y sumida en un horror analfabeto, ya que por muchas postmodernidades que se inventen, no se ha avanzado nada hacia el goce.
Yendo todavía un poco más allá en nuestra digresión, la noción de vanguardia como esquizofrénica debiera caracterizar a toda la literatura, como pretende en su notable estudio Javier del Amo, ya que ésta siempre plantea el dilema de una realidad divergente, heteronómica. Del mismo modo, por lo que toca a la literatura infantil, el sueño de Peter Pan no es dulce, y la literatura de L. Carroll “da miedo”. La locura se hace acompañar de una niña, y las niñas son las únicas que escuchan, “fieles a su realidad”, las historias del loco. Y es que, dejando aparte su literatura, existe una percepción de la realidad en el niño que no ha de interpretarse como una “manque”, como una falta de lo real, sino como una divergencia que tiene todo el derecho lógico a existir, lo mismo que la geometría no euclidiana a negar matemáticamente la estructura perceptible de lo espacial.
Del mismo modo, la realidad del niño no ha sido concebida, hasta ahora, como lo que es, es decir, como una realidad divergente, por cuanto no por nada el adulto procede fatalmente a olvidarla, ya que el Ello, según se dice, se crea a partir de los cinco años. De ahí lo que de revolucionario pueda tener el mito de Peter Pan, el niño que no deja de ser niño, milagro que sólo se encontraría en Wendy bajo la forma de Demencia traviesa. Y ello por cuanto esa realidad misteriosa y divergente que late en la infancia no es ajena a la substancia de eso que se ha llamado locura. Lo que luego se llamó esquizofrenia tuvo en principio por nombre el de Daementia precoz o demencia traviesa, sugiriéndose con ello la idea de que la llamada locura no es sino una regresión a la infancia. A algún sitio ha de volverse, por cuanto el vacío no existe y tampoco los viajes a ninguna parte, y en alguna parte de nuestra existencia ha de estar personificado y hecho real lo que luego en ella demora como una potencia o instancia, el inconsciente. En efecto, las alucinaciones del loco son en el niño una forma natural de percepción, por muy increíble que esta afirmación pueda parecer a alguien distinto de una madre avezada en el conocimiento de lo infantil. Peter Pan es, en el cuento, una alucinación de los niños, tal como en otros casos sucede con enanos y duendes, población natural de la mística infantil. Asimismo, un nivel del que responde lo que Freud llamaba “el retorno infantil del totenismo” Peter Pan es la figura totémica del Gran Dios Pan, como muestra, por ejemplo, su flauta, detalle insoslayable de aquel dios. El niño, como el loco, es el enemigo natural del vampiro, al que también se llama “revenant”, o el que vuelve.
Pero aparte del niño y del loco, aunque con una relación nada imaginaria sino natural, existe una tercera persona que tiene acceso a las fuentes de la realidad divergente, de lo suprarreal, del ello o inconsciente. Esta tercera persona es el escritor, y el riesgo de su aventura no radica en ninguna bebida o maléfica droga, sino en que su experiencia delimita ese otro modo de percepción u olor que caracteriza a la experiencia esquizofrénica. La función del escritor es, pues, la función psicoanalítica de canalizar y territorializar este sistema, la lacaniana función de circunscribir el inconsciente.
La neurosis es, así, el tema de la literatura, no su forma. De ahí que la psique del autor suela salir dañada de esta empresa, y que el clavicordio estropeado de Holderlin produzca las mejores notas. La imaginación es siempre una potencia mórbida. Todos tememos la llegada de Peter Pan en nuestras habitaciones cerradas, de aquel que echa a volar, demonio travieso, los papeles para recogerlos después formando una nueva y sorprendente figura. La percepción literaria es una percepción distinta, una percepción tiránica. Como titán es aquel que vuelve de la locura.
Traigo recuerdos del País de Never More: el ojo de una bruja, la cola de una sirena y el gusto de Garfio por las frases de buen tono.
Duro es el precio a pagar por tan sólo la cola de una sirena.
Que los viejos la admiren, como a Susana, e imaginen su rostro.
Yo me esconderé en el Árbol del Ahorcado.


[1] Vid. Gilles Deleuze, “Logique du sens”, cap. ‘La pareja del esquizofrénico y la niña’.
[2]  Vid. la “Antología de la literatura fantástica”, de López Ibor, que incluye un relato de James Matthew Barrie.
[3] Roger Gentis, “Le mur de l’asile”.
[4] Lo mismo que Kojeve dice de Marx, que ha suprimido de Hegel la angustia y la muerte.

Prólogo a la traducción de LMP de Peter Pan, de James M. Barrie (Madrid: Ediciones Libertarias, 1998).

La noción de “pecado” como certidumbre del otro – LMP

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La sospecha de Atenas de que el pensamiento puede
tener alguna aplicación sobre la vida tuvo como
consecuencia la aplicación de la cicuta.
Ezra Pound

Decía Lacan que “l’inconsciente c’est le discours de l’Autre avec un grand A”, y este por cuanto el “Otro”, en la sociedad capitalista occidental, es tan solo una oscuridad o una sospecha, una sombra kafkiana o paranoica, y el “Otro”, única evidencia, es una evidencia indecible. Y si el sexo se plantea aquí como una agresión es por cuanto siendo aquel, como dijera Marx, la relación natural entre hombre y hombre, al faltar el espejo, él solo puede manifestarse como una violencia ciega.
Ahora bien, la burguesía, que acabó con la religión para deshacerse del derecho divino de la nobleza, que la privaba arbitrariamente de sus riquezas, y al inventar lo que Hegel llamara el “cristianismo ateo”, un cristianismo esquizofrénico o, mejor dicho, hipócrita, en que no se cree en lo que se dice, la burguesía, digo, creó así una sociedad infernal y paranoica donde la única evidencia o situación es la lucha, y en donde al que se le llama “loco”, y se le castiga y tortura en el manicomio, para vengarnos aún más de su fracaso.
Porque, como dijera el antipsiquiatra inglés Edwin Lemert, existe una suerte de “tasa social sobre el fracaso”, y en esa sociedad al que cae no lo levanta ni dios: “Te suelen soltar la mano si ven que hacia abajo vas”, como dijera en palabras terribles y poéticas Julio Iglesias.
Es así que aquí, a la inversa de un cristianismo al que encima se pretende reclamar, el despojo, el desgraciado, no sólo no son objeto de caridad cristiana alguna, sino que se hacen objetos de la persecución más implacable, y de la juerga flamenca más tenebrosa, que ni siquiera encuentra su término entre los muros del manicomio, donde el castigo sigue y no cesa jamás, y encuentra sólo su límite en el estupor catatónico, o en la muerte, único término y final de la más terrible de las conspiraciones, que no tiene otro sentido que el misterio terrible de la maldad humana: “cuán bestial es el topetazo de la injusticia absoluta”, como dijera Dámaso Alonso; y cuando digo aquí “absoluta” lo digo bien, por cuanto se trata de una injusticia universal, colectiva y sin salida, como no sea la dinamita con que acaba El proceso de Franz Kafka, única salida posible para un mal que está ahí pero que no se dice, y que es efecto de una moral del desconocimiento, de la que la mejor descripción es la de la película de Michelangelo Antonioni Blow-Up, la descripción de un crimen que a nadie interesa, y de una pistola en las tinieblas.
Y es que si hay alguna realidad de la noción de pecado, ésta es ese “tú”, semejante o prójimo -que significa “cercano”- que falta al capitalismo, sistema basado en la competencia desleal más salvaje y en la mas ciega de las luchas porque a aquélla le falta incluso la moral del guerrero, la moral de la Valhöll, donde las espadas nos dan al fin su luz.
“Y al faltar el tú, o la situación, estamos para siempre en la merienda de los locos de Carroll, donde siempre es a las seis, siempre es la misma luna y la misma mañana, el mismo veneno y la misma CIA, el mismo manicomio y la misma muerte, lejos de la verdad, de nuestra única y posible verdad, que son los carruajes vacíos en el crepúsculo, moviéndose en dirección al Salón de los espejos” (cito un poema mío del libro Así se fundó Carnaby Street, titulado “Ann Donne: Undone).

EGIN, 16 de juio de 1998. En Prosas econtradas.

«…para tener seguridad, / te toco / para apoyarme en ti si estoy cansado»: García Nieto y Rosales escriben por Panero

A Leopoldo Panero
que tenía certidumbre de corazón      

Como un golpe de más que se ha quedado
Inmóvil de repente, como un poco
de más ¡tan repentino!, de mar loco
ya entre el cielo y la tierra amortajado,

o un resquebrajamiento que ha cambiado
la tierra de lugar, ahora te invoco
para tener seguridad,
te toco
para apoyarme en ti si estoy cansado.

Tenía que ser así, como un manojo
de enebro y hierbabuena, estaba hecho
de aspereza inmediata y de ternura;

como crece la llama en el rastrojo
de repente murió;
tenía derecho,
y algo de Dios ya en primogenitura.

Luis Rosales

 

Oración por Leopoldo Panero en la ermita del Cristo de la Gracia

Busco tu compañía en esta ermita
donde he entrado a rezar por ti, tocado
de soledad, herido y asombrado
por todo lo que un golpe precipita.

Y tú no estás. ¿O no era aquí la cita?
Estoy solo. Pasaba. Me han llamado.
Y era tu voz; la voz del desterrado
que en el desierto del poema grita.

Torre de hombría, paz andante, lumbre
cautiva, acostumbrada pesadumbre:
¡cuánto valor sin sitio y tan aparte!

Rezo sin entender…¿Cómo podía
haber sido…? En la Cruz, Él me decía
Que lo mejor estaba de su parte.

José García Nieto

«Estamos siempre solos»: poemas de Leopoldo Panero Torbado

Santa María del Mar

Sobre el mar el cementerio;
la espuma junto al ciprés;
sobre las cruces gaviotas,
y en las alas rosicler;

entre las tumbas del valle
sueña y descansa al nivel
del agua que entre los pinos
se siente resplandecer;

sobre las olas las nubes;
sobre la cumbre mis pies;
y al fin la espuma infinita
abierta como un vergel.

Como un surco de alegría
entre el milagro y la fe,
la soledad nos acerca
a la plenitud del ser;

el tránsito de las nubes
abre la lenta azulez
del cielo como la espuma
que no acaba de romper;

todo está quieto en el alma
cual un rebaño al pacer;
la luz descansa en la orilla
y el heno verde en la mies;

y el mar se cubre de niebla
entre los ojos del buey,
que roza apenas la hierba
y bebe el agua sin sed;

todo está quieto en el valle
y entre las cruces se ve
trémulamente desnuda
una estrella aparecer;

el eco del mar ensancha
la soledad; y a través
de los maizales la brisa
se rompe como un papel.

¡Desde esta cima, estas alas,
y esta dulce ingravidez,
los tréboles y la espuma
me quieren alzar, mecer;

dejarme desnuda el alma
vibrante de carne fiel;
dejarme muerto en las olas
como un grumete doncel…!

¡Que me entierren cuando muera
en esta cumbre y de pie!
¡Que me cubran con la espuma
de las flores al nacer!

¡Que la música del agua
y el son del viento a la vez
me tengan presa la vida
como un pájaro en la red!

¡Que me olviden, que me dejen,
que no me vengan a ver!
¡Sobre el mar el cementerio;
la espuma junto al ciprés;

los ángeles de la mano
como la nieve al caer,
vendrán a velar, velarme,
velarte siempre, Avilés!

La palabra hace el pan

Mojada por la lengua y por el beso,
la palabra del hombre que me digo,
da semilla a la vida, y más que el trigo
hace el pan, la blancura de su peso.

Medida por la tierra y por el hueso,
la palabra es palabra que da abrigo,
que guarece en invierno al que es amigo
y al que enemigo es: palabra, es eso.

Confiadamente sale de la boca
y se pone a correr su alada suerte
y su aventura de semilla viva,

de corazón en corazón va loca,
aprendiendo a morir en cada muerte,
y en miel de libertad a estar cautiva.

Copla de la palabra lenta

Mi corazón no está muerto,
sino cantando,
lejos,
a la santa sombra
de un encinar, en los campos.
No muerto,
sino luchando
diariamente con la vida,
desnuda, hermano.
Lejos,
despacio,
jornalero de la muerte
-¡tan niño, aprendiz de anciano!-,
desde la tierra que piso
viene la copla a mis labios:
…¡ni calla el que está en silencio
ni es toda palabra canto!

Escrito a cada instante
A Pedro Laín Entralgo

Para inventar a Dios, nuestra palabra
busca, dentro del pecho,
su propia semejanza y no la encuentra,
como las olas de la mar tranquila,
una tras otra, iguales,
quieren la exactitud de lo infinito
medir, al par que cantan…
Y Su nombre sin letras,
escrito a cada instante por la espuma,
se borra a cada instante
mecido por la música del agua;
y un eco queda sólo en las orillas.
¿Qué número infinito
nos cuenta el corazón?
Cada latido,
otra vez es más dulce, y otra y otra;
otra vez ciegamente desde dentro
va a pronunciar Su nombre.
Y otra vez se ensombrece el pensamiento,
y la voz no le encuentra.
Dentro del pecho está.
Tus hijos somos,
aunque jamás sepamos
decirte la palabra exacta y Tuya,
que repite en el alma el dulce y fijo
girar de las estrellas.

A mis hermanas

Estamos siempre solos. Cae el viento
entre los encinares y la vega.
A nuestro corazón el ruido llega
del campo silencioso y polvoriento.

Alguien cuenta, sin voz, el viejo cuento
de nuestra infancia, y nuestra sombra juega
trágicamente a la gallina ciega;
y una mano nos coge el pensamiento.

Ángel, Ricardo, Juan, abuelo, abuela,
nos tocan levemente, y sin palabras
nos hablan, nos tropiezan, les tocamos.

¡Estamos siempre solos, siempre en vela,
esperando, Señor, a que nos abras
los ojos para ver, mientras jugamos!