“Teoría de la venganza” – LMP

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“La venganza es un plato que se sirve frío”, como dice un viejo adagio: es un recuerdo que nos emborracha y nos constriñe, y que nos gusta acariciar en las noches de soledad.
Toda la obra de Poe, podría decirse, es un elogio e hipérbole de la venganza: “El corazón delator”, “El gato negro”, “El tonel de amontillado”, etcétera. En “El tonel de amontillado” se lee uno de los recursos de la venganza: la deformación de la imagen del enemigo, su conversión en payaso o bufón, en algo menos humano de lo que es el vengador, quien siempre -por ejemplo, en El conde de Montecristo– se cree un héroe, un héroe frío con el corazón muerto -como dice aquí un loco de Santa Águeda-, “el corazón muerto por la droga”. Esto quiere decir que, esencialmente, la venganza no sirve para nada, por cuanto su autor para cometerla debe previamente morir: esto es, no vivir para otra cosa que no sea el sedimento del futuro, el callo de la venganza.
El vengador debe tener fe: fe en el futuro, en el cumplimiento total de la venganza, que ni está aquí, ni siquiera, cuando cumplida, hemos eyaculado el odio, y la venganza ha terminado, y ya no es.
Hay muchos tipos de venganza: la venganza del que espera y creen en el destino como el filo de la venganza, y se dice a sí mismo: “Siéntate a la puerta y verás pasar el cadáver de tu enemigo”; la venganza del chino, que es el suicidio, por cuanto aquél creer que el muerto tiene más poderes que el vivo. También, cuando la injusticia es absoluta -como dijera Dámaso Alonso, “cuan bestial es el topetazo de la injusticia absoluta”-, la venganza alcanza proporciones cósmicas y para llegar a ellas se expresa en términos políticos: es la venganza de Hitler o de Mussolini. También la venganza puede alcanzar proporciones imaginariamente totales en el simbolismo religioso: es la venganza de Savonarola, también teñida de política; la venganza de Thomas Müntzer; la venganza de San Juan: el Apocalipsis.
Ahora bien, parafraseando a Lacan, al estructuralismo, la venganza es un efecto de lenguaje: estamos ligados a ella por una palabra, por un juramento, porque, de no ser así, no estaríamos seguros de desear siempre la venganza, porque si el sueño de la venganza ha de ser siempre el mismo, el deseo es mudable y podríamos un día pensar que ya no deseamos la venganza.

ABC, 5 de abril de 1992, página 145. [Tomado de Prosas encontradas]

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