Acerca del “Hombre de los lobos”

lmpaneroDeleuze, en su revisión radical del psicoanálisis freudo-lacaniano, hablaba en pro de una “territorialización”, o mejor “reterritorialización”, del llamado “enfermo”: ahora bien, esta territorialización es siempre fascista, o como dijera el ingenuo marxista, imperialista. Es siempre imperialismo, imperialismo del signo, pero imperialismo.
Efectivamente, la relación psicoanalista/paciente es una relación entre amo y esclavo. Y una relación que no es una relación, por cuanto no es dialéctica, en el sentido más humano que esta palabra tiene, que es el de la dialéctica socrática, el de la filosofía en situación y ubicada fuera del imperialismo del signo.
Así, el loco, ubicado por la sociedad fuera del terreno de lo social, esto es, de lo humano, acude como áncora de salvación al médico o psicoanalista en busca precisamente de un territorio, y éste lo desterritorializa aún más, y si lo ubica, lo hace como esclavo suyo, como pieza de un fantasmal museo nosográfico.
El ejemplo por excelencia de esta “histeria de conversión” -por decirlo irónicamente- es el del célebre “Hombre de los lobos” freudiano. Aquél se creía Jesucristo, como suelen creerse muchos hombres hiperputeados y que han sufrido mucho, siendo la identificación con Jesucristo una metáfora de su dolor, y no de su dolor psicótico o, lo que es lo mismo, imaginario, sino de su dolor real o, lo que es lo mismo, humano. Y conste que al decir humano me estoy refiriendo a lo que los chinos llaman , o “virtud de lo humano”, no a lo que los psicólogos llaman “hombre”, tomando a aquél por una foto robot que se parece más que al hombre al animal-máquina cartesiano, único que es sólo capaz, como los perros de Pávlov, de funcionar según mecánica estímulo-respuesta.
Pero, volviendo al “Hombre de los lobos”, Freud, interpretando su deseo según los términos de una funesta maquinaria sexual, y decirle que su sueño de unos animales con falo, esto es, unos perros provistos de razón, tenía como base una homosexualidad no impuesta sino reprimida, hizo decir a aquél: “¿Jesucristo tenía culo?”
Porque, como ya hemos dicho, el animal cartesiano se creía Jesucristo. Ahora bien, el hombre que no tenía acceso por su diferencia a otro territorio, acabó por creerse homosexual, y Freud lo paseó de museo en museo nosográfico, con los títulos de homosexual freudeano (o cristiano, mejor dicho, excristiano).
Otro ejemplo de territorialización abusiva o fascista lo constituye el de los locos tratados por psiquiatras marxistas, como Giovanni Jervis: allí, los locos, por creerse algo y figurar como alguien en el mapa de lo humano, acaban por creerse por obligación personajes de un auto sacramental político o parapolítico, siendo así que su problemática es más humana o real que cualquier problemática de homo econmicus.
Por lo menos, los lobos o los pseudomarxistas -o marxistizados- no son ya sapos o cucarachas, como se creen algunos psicóticos por trasladar así a su espejo su única posible imagen, que es la de un ser que sólo inspira repugnancia, ya que a falta de espejo no hay óptia, y por eso el asco, como aquel que nos inspira lo oculto, el ratón que sale de la cañería o del retrete, o las cucarachas que brotan de lo oscuro.

Leopoldo María Panero, EGIN, 24 de marzo de 1998, página 6. [en Prosas Encontradas]

La prohibición de la infancia (II) – Leopoldo María Panero

1394065028_740215_0000000000_noticia_normal

Como dijera Ezra Pound, citando unas palabras del cura José María Elizondo, “hay aquí mucho catolicismo – (sounded catolithismo) – y muy poco reliHion”: porque la religión es asunto del espíritu y no de las letras, y parece ser que en este Reino, por así decirlo, sólo la letra y la blasfemia se consideran como virtud y pecado, y no lo que los chinos llamaran yen o “virtud de lo humano”, que está lejos de ta hio o “cantidad de lo humano”, con lo que se quiere decir que un hombre noble puede, como Hércules, proclamando su virtud, destruir a la Humanidad, como un loco de aquí, de Mondragón, que se proclama noeniano y reivindica el Arca de Noé, por cuanto no hay en esta tierra nada que recuerde lo humano.
O si queréis, Sodoma y Gomorra, donde no es precisamente la homosexualidad lo que debe castigarse, sino la falta de yen o “virtud de lo humano”, y eso que falta a lo humano es la infancia o la locura, como pontificara en esta dirección San Pablo: “Busca la piedra que el constructor ha descartado: he aquí la piedra angular”; o Nicolás Flamel, uno de los padres de la alquimia: Notre Pierre est couverte de fiente et d’excréments; o bien en latín, in stercore invenitur, en el estiércol lo encontrarás, perdido en el manicomio y cubierto de heno y de excrementos: porque lo que todo el mundo busca es ese deseo maldito de la infancia, es el deseo, y el deseo niega al “yo”, pero puede por fin hablar y devolvernos la infancia masacrada por la sociedad, pero no por toda sociedad, sino tan sólo por la sociedad capitalista u occidental, que es la única que niega el deseo tan radicalmente como para que de ella no reaparezca la última luz, que adviene cuando a oscuridad lo domina todo.
“¡Ah, el rey con corona! Todas las noches lo veo”, el rey cuya muerte es la luz, como dijera Ronald D. Laing -demoledoras palabras de Laing- en The Politics of Experience and the Bird of Paradise, olvidando que no hay espacio oloroso alguno, porque cuando Mary Barnes pinta la pared de mierda no quiere decir sino lo más obvio -el sello de la carta robada-, esto es, no quiere decir más que la verdad: y la verdad es que la familia, lo mismo que el manicomio, son dos colonias penitenciarias y dos lugares de castigo y de represión para prohibir el deseo y negar la luz y lo humano.

EGIN, 24 de marzo de 1997, página 6. [En Prosas encontradas]

El misterio de la verdad – Leopoldo María Panero

20140805200204-10568830-497841307027002-1713786237187271013-n

Lacan comentó insistentemente que el loco efectúa una confusión entre lo que él llamaba “significante” y “significado”: es así que un enfermo de Leganés se creía que estaba en un regimiento porque estaba en un regimiento, quiero decir en algo parecido a un regimiento; pero de ahí a soñar que es la hora de diana hay, como dice el viejo refrán, “un gran trecho”. Otra loca del citado sanatorio se creía que estaba en un colegio porque estaba en algo parecido a un colegio -quiero decir que la trataban como si fuera una niña-; ahora, de ahí a creer que ya ha llegado la hora del recreo hay, también, como se dice, un margen de diferencia importante.
Y es que, como decía Deleuze, el sentido es una fisura, una grieta que a veces se agranda como la del Gran Cañón.
Ahora bien, si el loco literaliza, el homo normalis no cree en lo que dice, ni hace caso de lo que piensa, y es por ello que la literalización del loco nos sitúa de lleno en el problema -y he dicho bien problema, y no revelación o certeza- de la Verdad.
Si Nietzche se volvió loco fue precisamente para tomarse al pie de la letra lo que decía o pensaba, acabando por pensar que no era como el Anticristo, sino que era el Anticristo: a ese nudo le llamó Lacan la diferencia entre ser y tener falo.
De cualquier modo, la diferencia no es mucha, ni es obviamente ontológica: porque no hay una ontología de la idea equivocada, que es a lo que se llama Psiquiatría, y como decía Spinoza, puesto que lo que yerra son las almas y no los cuerpos, no hay errores absolutos.
Y es que la Psiquiatría también es una confusión entre significante y significado, o un -el único- error absoluto, y esto por cuanto no acepta un margen de diferencia en el signo. Esto es lo que yo llamo el principio de “relatividad cultural”.
Ahora bien, es a partir del positivismo cuando, muerta la fe, se concibe a la Verdad -a la Verdad racional o científica- como dogma, excluyendo de ella todo lo que se considera como error o, peor aún, como no Verdad.
Y no es sólo el loco la víctima de este imperialismo del signo, sino también el primitivo que, sin estar loco, confunde también el significante y el significado. Por ejemplo, un primitivo, citado por Georges Devereux en sus Ensayos de Etnopsiquiatría General, que creía que le habían robado el melón por cuanto habían hecho desaparecer su cabeza: una confusión como la del loco entre el pensamiento y su metáfora.
Porque, terminando con este asunto de la ontología de la verdad, habrá que decir con Poncio Pilatos: “¿Qué es la verdad?”

EGIN, 7 de abril de 1998, página 8. [En Prosas encontradas]

LMP traduce a Lewis Carroll: La caza del Snark (octavo espasmo)

OCTAVO ESPASMO
La desaparición 

Y nada más. Ilustración al octavo espasmo, de Henry Holiday

Y nada más.
Ilustración al octavo espasmo, de Henry Holiday

Lo persiguieron con dedales, y con mucho cuidado;
lo persiguieron tenedores y esperanza;
lo torturaron incesantes con la acción de ferrocarril;
lo hechizaron con sonrisas y mucho jabón.

Muertos de miedo estaban de no cazar nada, nada, y el Castor
al fin, contento, sobre su cola brincaba
aprovechándose de la noche.

“Es Zingumbob el que grita –dijo el Campanero–.
Grita como un demonio,
¡oíd su grito bello, oídlo! Mueve también las manos,
además de gritar, y por si fuera poco,
menea la cabeza, no hay duda
¡de que en sus ojos tiene la mancha de un Snark!”

Y abrieron los ojos al gozo: mas el Carnicero
aún dudaba y se rascaba la cabeza, y por si fuera poco
dijo: “No le hagáis caso: se burla”:

Y entonces vieron al Panadero, el sin nombre,
en lo alto de un peñasco, tan alto como un ángel,
sólo un segundo ¡ay! pues cayó luego
al abismo y se hizo nada. Y ellos, ansiosos:

“¡Es un Snark!” Y era tan bello
que nadie lo creía. Y ahora las risas,
los hurras, aleluyas: luego la voz del mal augurio:
“Es un Bu…”

Y nada más. Unos creyeron
que atravesaba el aire la palabra “Jum”
cansada de existir y de sonar, cansada; otros dijeron
que era sólo la brisa que pasaba.

Buscaron hasta la noche, no hallaron
pluma o botón o seña
alguna que permitiera
afirmar que estaba donde
el Panadero dijo que un Snark
había en lugar de su nombre.

A través del verbo que decir se quiso,
a través de la risa y el gozo
suavemente aquello se había ido y no volvería,
porque el Snark no era un Snark, sino un Bujum,
y más no había.

9

LMP traduce a Lewis Carroll: La caza del Snark (séptimo espasmo)

SÉPTIMO ESPASMO
El destino del Banquero

tan grande fue su espanto que el chaleco lo tuvo todo blanco Ilustración al séptimo espasmo, de Henry Holiday

…tan grande
fue su espanto que el chaleco
lo tuvo todo blanco
Ilustración al séptimo espasmo, de Henry Holiday

Lo persiguieron con dedales, y con inmensa cautela;
lo persiguieron tenedores y esperanzas;
lo torturaron con una acción de ferrocarril;
lo hechizaron con sonrisas y jabón.

Y el Barquero, armándose de un coraje tan nuevo,
como para inspirar por doquier asombro,
corrió locamente y se perdió de vista
en su celo de cazar al Snark.

Pero, mientras lo perseguía armado
de dedales y de gran cautela, un Bandersnatch
surgió de repente como el fuego
cazando al Banquero, quien lanzó de desesperanza
un aullido, sabiendo lo imposible de escapar.

Ofreció pródigo rescate, ofreció un cheque
(pagadero “al portador”) por siete
libras diez, pero
el Bandersnatch se contentó con alargar su cuello,
asiendo con más fuerza al Banquero.

Sin desmayo –mientras su furmiantes[1] mandíbulas
lanzaban salvajes mordiscos–
forcejeó, saltó, se debatió hasta
que vencido cayó al suelo.

El Bandersnatch, cuando los otros
corriendo acudieron, huyó: tan sólo
quedó del Banquero el aullido.
Y el de la Campana: “Es exactamente
lo que me temía” –dijo tocando la Campana.

Tenía el pobre
la cara negra, y además
tan grande
fue su espanto que el chaleco
lo tuvo todo blanco: algo
por cierto bastante asombroso.

Ante el horror de quienes lo miraban,
se irguió de gala vestido y con muecas
quiso hablar con lengua que no tuvo.
Caído en una silla, buscaba en el cabello
cosas de su infancia y recuerdos de su abuela
y una sortija de su novia. Y cantó, cantó
con la lengua perdida, más que nunca
frivolente[2], cosas inútiles que demostraban
científicamente su locura, tocando
con dedos de cadáver castañuelas de hueso.

“Dejémosle ahí, se hace tarde
–profiriera el de la Campana temblando–,
hemos perdido medio día; un poco más
y nos quedamos sin el Snark, que ya la noche cae
y nos viene siguiendo”.


[1] Furmiantes: furiosas – humeantes (ver prefacio de esta obra).
[2] “Frivolente”, traducción de “mimsy”, frívolo y doliente.

LMP traduce a Lewis Carroll: La caza del Snark (sexto espasmo)

SEXTO ESPASMO
El sueño del Abogado

“Vds. deberían saber…” el Juez dijo; mas el Snark exclamó: “¡Vaya!" Ilustración al sexto espasmo, de Henry Holiday

“Vds. deberían saber…” el Juez dijo; mas el Snark
exclamó: “¡Vaya!”
Ilustración al sexto espasmo, de Henry Holiday

Lo persiguieron con dedales, y con inmensa ternura;
con tenedores y esperanzas le siguieron la pista;
lo torturaron con una sola acción de ferrocarril;
lo hechizaron con sonrisas y jabón.

Pero el abogado, harto de buscar la cláusula
para demostrar que el ganchillo del Castor estaba fuera
por completo de la ley, cayó dormido, y en sueños,
vio perfectamente a la criatura
que en su imaginación tan largo tiempo demorara.

Soñó que estaba en un Tribunal en la sombra,
donde el Snark, con monóculo, toga y alzacuello
y una enorme peluca, estaba
defendiendo a un cerdo del delito
de desertar de la pocilga.

Los testigos probaron, que ya la pocilga
estaba suficientemente abandonada,
mientras el Juez susurraba que
también la Ley lo estaba.

La acusación no fue nunca clara;
y, al parecer, el Snark había
hablado por tres largas horas, antes de que
nadie intuyera lo que el cerdo hiciera.

El jurado se formó cada uno un punto de vista diferente
(mucho antes incluso de que la acusación fuera leída)
y hablaron todos al tiempo, de modo de ninguno
supo jamás lo que el otro dijera.

“Vds. deberían saber…” el Juez dijo; mas el Snark
exclamó: “¡Vaya! ¡Ese estatuto tan obsoleto es!
Dejadme que os diga, caballeros, que la entera
cuestión depende de un anciano
derecho del señor.

Si de Traición puede hablarse, cabe decir que el cerdo
ayudó tal vez, pero no fue cómplice
y la Insolvencia tampoco es sugerible,
si es cierta la cláusula de “Irremisible”.

El hecho de la Deserción yo no lo pongo en duda,
pero esa culpa, espero, será lavada
(al menos eso espero, por lo que a las Costas se refiere)
porque el Descargo puede haber sido provocado.

Y es así que el pobre
destino de mi cliente dependerá ahora
del improbable viento de vuestras majestades”;
y el orador se sentó en su lugar
dejando al Juez mirar sus notas
y brevemente resumir el caso.

Pero el Juez dijo no haber recapitulado;
de modo que fue al Snark a quien le tocó en suerte
hacer el resumen de tantos argumentos,
¡y tan bien lo hiciera que más que los Testigos
supo decir lo que allí no había sucedido!

Cuando se requirió el veredicto, el Jurado pasó
por cuanto la palabra no era fácil de enunciar;
pero la esperanza aventuraron de que el Snark
no le daría a la cosa importancia, y tomaría también eso como su deber.

Así que el Snark, aunque deteriorado
por tanta tarea, el veredicto halló,
y dijo: “¡Culpable!”, y el Jurado gritó,
y alguno que otro también se desmayó.

Y por hacerlo todo, el Snark también
pronunció sentencia, el Juez
demasiado nervioso no podía articular
palabra alguna, y cuando se levantó
se hizo un silencio que sólo una aguja
cayendo podía romper.

“Trabajos forzados a perpetuidad –fue  la sentencia que hubo–
y cuarenta libras pague al expirar la condena”;
el Jurado aplaudió,
pese a que el Juez objetara
que la articulación no era muy correcta.

Pero su júbilo infantil lo rompió el Carcelero,
que descubrió del hecho la realidad obscena
de que tal dictamen no tendría el menor efecto
pues el cerdo murió hace mucho tiempo,
rodeado de rosas y de besos de madre.

El Juez dejó el Tribunal, a toda luz disgustado,
y el Snark, aunque algo horrorizado,
como autor de una frase que se perdía,
continuó bramando hasta el final.

Eso soñó el Abogado, mientras de entre los sueños,
como reventando una sábana, apareció por la puerta
un bramido, un terrible sonar cada vez más claro:
era como el toque funesto de un tañido de ánimas
que el de la Campana con la mano tocaba
para despertarlo en medio del mar.

LMP traduce a Lewis Carroll: La caza del Snark (quinto espasmo)

QUINTO ESPASMO
La lección del Castor

“Y el Castor
trajo papel, portafolio, plumas”
Ilustración al quinto espasmo, de Henry Holiday

Lo cazaron con dedales, y con inmenso cuidado;
lo persiguieron con tenedores y esperanza;
lo torturaron con una acción de ferrocarril;
lo hechizaron con sonrisas y jabón.

Luego el Carnicero concibió un plan muy ingenioso,
para hacerse al Snark él solito;
y decidió esperarlo en un lugar sin hombres,
un caído y desolado valle.

Pero el mismo proyecto se le ocurrió al Castor,
que había escogido el mismísimo lugar;
y cuando al verse lo supieron, ni una seña o palabra
traicionaron el disgusto que su cara mostraba.

Cada uno sabía que no había otra cosa que el “Snark”
y el esfuerzo glorioso del día;
y cada uno hacía como si no se hubiera enterado
de que el otro tenía la misma perspectiva.

Pero el valle se hizo más y más estrecho,
y la tarde más oscura y fría,
hasta que
(meramente por los nervios, no de buena voluntad)
empezaron a andar hombro con hombro.

Y al fin un grito, alto y estridente, llenó el cielo de espanto,
y previeron que algún peligro estaba cerca:
el Castor se puso pálido hasta la punta de su cola,
e incluso el Carnicero se sintió aterrado.

Recordó su niñez, tan lejos ya de aquí
–aquel maravilloso e inocente estado–
¡tan parecido era el grito a una tiza
chirriando en la infantil pizarra!

“¡Es la voz del Jubjub!” –gritó súbitamente
el que vulgarmente se llama “Quijada de Caballo”;
“como el de la Campana te dirá seguro –añadió con orgullo–
yo sentí otra vez esa emoción”.

“¡Es la nota del Jubjub! Haced de cuenta, os lo suplico;
veréis que ya lo he dicho dos veces.
¡Es la canción del Jubjub! La prueba es ya completa
si sólo esto lo he dicho tres veces”[1].

El Castor había contado con infinitos escrúpulos
atento a cada palabra;
pero a la tercera el corazón le falló y sintió a la negra
desesperación a su casa llamarlo, por el nombre de su hijo.

El sintió eso, a pesar de los pesares,
algo había la cuenta echado a perder,
y lo único que ahora hacer se podía
era rascar sus dos pobres cerebros
volviendo a empezar de nuevo.

“Dos más uno: ¡Si al menos contar se pudiera
–dijo– con los dedos y con los pulgares!”
recordando, con lágrimas, los días
en que el estudio del cálculo descuidara.

“Puede hacerse –dijo el Carnicero–. Eso pienso,
puede hacerse por cierto, estoy seguro.
Puede hacerse la suma, te lo juro, tráeme
lápiz y papel, tan pronto
como puedas, bicho”.

Y el Castor
trajo papel, portafolio, plumas
y tinta como para que nunca se acabara,
mientras, extrañas y muertas criaturas,
de sus madrigueras
salían y miraban con ojos asombrados.

Tan ocupado estaba el Carnicero, no las vio,
mientras con una pluma en cada mano escribía,
explicando al tiempo en un estilo popular
lo que el Castor podía fácilmente escuchar.

“Toma tres como clave para continuar
–un número conveniente para postular–
añade siete, y diez, y multiplica todo
por mil, menos la cifra de ocho.

Acto seguido se divide, como verá,
el total por novecientos noventa y dos;
quitamos diecisiete, y la respuesta será
exacta y perfectamente cierta[2].

El método empleado te lo explicaría
de buen grado en la cama soñando con mujeres
si sólo tuviera yo el tiempo y la inteligencia tú,
pero aún me queda mucho por decir de todo esto.

En un instante yo vi lo que desde hace tanto
estaba enterrado en el misterio,
y sin sobretasa te daré una amplia
lección de Natural Historia”.

A su modo genial continuó hablando
(olvidando todas las leyes de la propiedad,
pero educar a la gente sin preliminares
hubiera escandalizado al Gran Mundo):

“De temperamento, el Jubjub es ave desesperada,
porque vive en perpetua pasión;
su gusto para el traje es totalmente absurdo:
se remonta a épocas donde el dinosaurio andaba.

Mas a un amigo reconoce siempre:
y no acepta en su cerrado puño un vaso de vino,
y en los mítines de caridad se queda en la puerta
para colectar aunque no dé nada él.

Su sabor cocinado es con mucho mejor
que el del cordero, las ostras o los huevos:
hay quien piensa que conservarlo se puede,
más bien, en jarra de marfil; y otros
apuestan por los barriletes de caoba.

Lo cueces en serrín, no salas con cola,
y para la sopa es mejor mezclarlo
con langosta y cintas de esparadrapo,
siempre conservando el principal propósito:
preservar su forma simétrica”.

De buena gana el Carnicero habría
hablado del Jubjub otros tres días,
pero pensó que toda lección tiene su fin,
y lloró de alegría al tratar de decir
que consideraba al Castor como un amigo.

Al tiempo, el Castor confesaba, con miradas tiernas,
más elocuentes aún que las lágrimas, que en diez
minutos aprendió más que en los libros
habría aprendido en setenta años.

Y a andar juntos volvieron, y el de la Campana,
debilitado (por el momento) por una noble emoción, dijo:
“¡Cosas como éstas compensan de los tenebrosos día
que hemos pasado recorriendo el mar!”

De amigos como éstos, como el Castor y Carnicero
eran ahora, raras veces o nunca se había sabido;
en invierno o verano siempre era lo mismo:
no se los podía encontrar solos.

Y cuando surgían las querellas, como suele ocurrir
en las mejores casas, el canto
del Jubjub ¡volvía a sus cabezas
cimentando una amistad para siempre!


[1] “Tres era la prueba de la verdad”, dice en el original. La vez anterior que se tradujo el verso, por razones de ritmo poético, se puso “cinco”.
[2] El resultado de estas operaciones es 0.