«…para tener seguridad, / te toco / para apoyarme en ti si estoy cansado»: García Nieto y Rosales escriben por Panero

A Leopoldo Panero
que tenía certidumbre de corazón      

Como un golpe de más que se ha quedado
Inmóvil de repente, como un poco
de más ¡tan repentino!, de mar loco
ya entre el cielo y la tierra amortajado,

o un resquebrajamiento que ha cambiado
la tierra de lugar, ahora te invoco
para tener seguridad,
te toco
para apoyarme en ti si estoy cansado.

Tenía que ser así, como un manojo
de enebro y hierbabuena, estaba hecho
de aspereza inmediata y de ternura;

como crece la llama en el rastrojo
de repente murió;
tenía derecho,
y algo de Dios ya en primogenitura.

Luis Rosales

 

Oración por Leopoldo Panero en la ermita del Cristo de la Gracia

Busco tu compañía en esta ermita
donde he entrado a rezar por ti, tocado
de soledad, herido y asombrado
por todo lo que un golpe precipita.

Y tú no estás. ¿O no era aquí la cita?
Estoy solo. Pasaba. Me han llamado.
Y era tu voz; la voz del desterrado
que en el desierto del poema grita.

Torre de hombría, paz andante, lumbre
cautiva, acostumbrada pesadumbre:
¡cuánto valor sin sitio y tan aparte!

Rezo sin entender…¿Cómo podía
haber sido…? En la Cruz, Él me decía
Que lo mejor estaba de su parte.

José García Nieto

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«Estamos siempre solos»: poemas de Leopoldo Panero Torbado

Santa María del Mar

Sobre el mar el cementerio;
la espuma junto al ciprés;
sobre las cruces gaviotas,
y en las alas rosicler;

entre las tumbas del valle
sueña y descansa al nivel
del agua que entre los pinos
se siente resplandecer;

sobre las olas las nubes;
sobre la cumbre mis pies;
y al fin la espuma infinita
abierta como un vergel.

Como un surco de alegría
entre el milagro y la fe,
la soledad nos acerca
a la plenitud del ser;

el tránsito de las nubes
abre la lenta azulez
del cielo como la espuma
que no acaba de romper;

todo está quieto en el alma
cual un rebaño al pacer;
la luz descansa en la orilla
y el heno verde en la mies;

y el mar se cubre de niebla
entre los ojos del buey,
que roza apenas la hierba
y bebe el agua sin sed;

todo está quieto en el valle
y entre las cruces se ve
trémulamente desnuda
una estrella aparecer;

el eco del mar ensancha
la soledad; y a través
de los maizales la brisa
se rompe como un papel.

¡Desde esta cima, estas alas,
y esta dulce ingravidez,
los tréboles y la espuma
me quieren alzar, mecer;

dejarme desnuda el alma
vibrante de carne fiel;
dejarme muerto en las olas
como un grumete doncel…!

¡Que me entierren cuando muera
en esta cumbre y de pie!
¡Que me cubran con la espuma
de las flores al nacer!

¡Que la música del agua
y el son del viento a la vez
me tengan presa la vida
como un pájaro en la red!

¡Que me olviden, que me dejen,
que no me vengan a ver!
¡Sobre el mar el cementerio;
la espuma junto al ciprés;

los ángeles de la mano
como la nieve al caer,
vendrán a velar, velarme,
velarte siempre, Avilés!

La palabra hace el pan

Mojada por la lengua y por el beso,
la palabra del hombre que me digo,
da semilla a la vida, y más que el trigo
hace el pan, la blancura de su peso.

Medida por la tierra y por el hueso,
la palabra es palabra que da abrigo,
que guarece en invierno al que es amigo
y al que enemigo es: palabra, es eso.

Confiadamente sale de la boca
y se pone a correr su alada suerte
y su aventura de semilla viva,

de corazón en corazón va loca,
aprendiendo a morir en cada muerte,
y en miel de libertad a estar cautiva.

Copla de la palabra lenta

Mi corazón no está muerto,
sino cantando,
lejos,
a la santa sombra
de un encinar, en los campos.
No muerto,
sino luchando
diariamente con la vida,
desnuda, hermano.
Lejos,
despacio,
jornalero de la muerte
-¡tan niño, aprendiz de anciano!-,
desde la tierra que piso
viene la copla a mis labios:
…¡ni calla el que está en silencio
ni es toda palabra canto!

Escrito a cada instante
A Pedro Laín Entralgo

Para inventar a Dios, nuestra palabra
busca, dentro del pecho,
su propia semejanza y no la encuentra,
como las olas de la mar tranquila,
una tras otra, iguales,
quieren la exactitud de lo infinito
medir, al par que cantan…
Y Su nombre sin letras,
escrito a cada instante por la espuma,
se borra a cada instante
mecido por la música del agua;
y un eco queda sólo en las orillas.
¿Qué número infinito
nos cuenta el corazón?
Cada latido,
otra vez es más dulce, y otra y otra;
otra vez ciegamente desde dentro
va a pronunciar Su nombre.
Y otra vez se ensombrece el pensamiento,
y la voz no le encuentra.
Dentro del pecho está.
Tus hijos somos,
aunque jamás sepamos
decirte la palabra exacta y Tuya,
que repite en el alma el dulce y fijo
girar de las estrellas.

A mis hermanas

Estamos siempre solos. Cae el viento
entre los encinares y la vega.
A nuestro corazón el ruido llega
del campo silencioso y polvoriento.

Alguien cuenta, sin voz, el viejo cuento
de nuestra infancia, y nuestra sombra juega
trágicamente a la gallina ciega;
y una mano nos coge el pensamiento.

Ángel, Ricardo, Juan, abuelo, abuela,
nos tocan levemente, y sin palabras
nos hablan, nos tropiezan, les tocamos.

¡Estamos siempre solos, siempre en vela,
esperando, Señor, a que nos abras
los ojos para ver, mientras jugamos!

Acerca del “Hombre de los lobos”

lmpaneroDeleuze, en su revisión radical del psicoanálisis freudo-lacaniano, hablaba en pro de una “territorialización”, o mejor “reterritorialización”, del llamado “enfermo”: ahora bien, esta territorialización es siempre fascista, o como dijera el ingenuo marxista, imperialista. Es siempre imperialismo, imperialismo del signo, pero imperialismo.
Efectivamente, la relación psicoanalista/paciente es una relación entre amo y esclavo. Y una relación que no es una relación, por cuanto no es dialéctica, en el sentido más humano que esta palabra tiene, que es el de la dialéctica socrática, el de la filosofía en situación y ubicada fuera del imperialismo del signo.
Así, el loco, ubicado por la sociedad fuera del terreno de lo social, esto es, de lo humano, acude como áncora de salvación al médico o psicoanalista en busca precisamente de un territorio, y éste lo desterritorializa aún más, y si lo ubica, lo hace como esclavo suyo, como pieza de un fantasmal museo nosográfico.
El ejemplo por excelencia de esta “histeria de conversión” -por decirlo irónicamente- es el del célebre “Hombre de los lobos” freudiano. Aquél se creía Jesucristo, como suelen creerse muchos hombres hiperputeados y que han sufrido mucho, siendo la identificación con Jesucristo una metáfora de su dolor, y no de su dolor psicótico o, lo que es lo mismo, imaginario, sino de su dolor real o, lo que es lo mismo, humano. Y conste que al decir humano me estoy refiriendo a lo que los chinos llaman , o “virtud de lo humano”, no a lo que los psicólogos llaman “hombre”, tomando a aquél por una foto robot que se parece más que al hombre al animal-máquina cartesiano, único que es sólo capaz, como los perros de Pávlov, de funcionar según mecánica estímulo-respuesta.
Pero, volviendo al “Hombre de los lobos”, Freud, interpretando su deseo según los términos de una funesta maquinaria sexual, y decirle que su sueño de unos animales con falo, esto es, unos perros provistos de razón, tenía como base una homosexualidad no impuesta sino reprimida, hizo decir a aquél: “¿Jesucristo tenía culo?”
Porque, como ya hemos dicho, el animal cartesiano se creía Jesucristo. Ahora bien, el hombre que no tenía acceso por su diferencia a otro territorio, acabó por creerse homosexual, y Freud lo paseó de museo en museo nosográfico, con los títulos de homosexual freudeano (o cristiano, mejor dicho, excristiano).
Otro ejemplo de territorialización abusiva o fascista lo constituye el de los locos tratados por psiquiatras marxistas, como Giovanni Jervis: allí, los locos, por creerse algo y figurar como alguien en el mapa de lo humano, acaban por creerse por obligación personajes de un auto sacramental político o parapolítico, siendo así que su problemática es más humana o real que cualquier problemática de homo econmicus.
Por lo menos, los lobos o los pseudomarxistas -o marxistizados- no son ya sapos o cucarachas, como se creen algunos psicóticos por trasladar así a su espejo su única posible imagen, que es la de un ser que sólo inspira repugnancia, ya que a falta de espejo no hay óptia, y por eso el asco, como aquel que nos inspira lo oculto, el ratón que sale de la cañería o del retrete, o las cucarachas que brotan de lo oscuro.

Leopoldo María Panero, EGIN, 24 de marzo de 1998, página 6. [en Prosas Encontradas]

La prohibición de la infancia (II) – Leopoldo María Panero

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Como dijera Ezra Pound, citando unas palabras del cura José María Elizondo, “hay aquí mucho catolicismo – (sounded catolithismo) – y muy poco reliHion”: porque la religión es asunto del espíritu y no de las letras, y parece ser que en este Reino, por así decirlo, sólo la letra y la blasfemia se consideran como virtud y pecado, y no lo que los chinos llamaran yen o “virtud de lo humano”, que está lejos de ta hio o “cantidad de lo humano”, con lo que se quiere decir que un hombre noble puede, como Hércules, proclamando su virtud, destruir a la Humanidad, como un loco de aquí, de Mondragón, que se proclama noeniano y reivindica el Arca de Noé, por cuanto no hay en esta tierra nada que recuerde lo humano.
O si queréis, Sodoma y Gomorra, donde no es precisamente la homosexualidad lo que debe castigarse, sino la falta de yen o “virtud de lo humano”, y eso que falta a lo humano es la infancia o la locura, como pontificara en esta dirección San Pablo: “Busca la piedra que el constructor ha descartado: he aquí la piedra angular”; o Nicolás Flamel, uno de los padres de la alquimia: Notre Pierre est couverte de fiente et d’excréments; o bien en latín, in stercore invenitur, en el estiércol lo encontrarás, perdido en el manicomio y cubierto de heno y de excrementos: porque lo que todo el mundo busca es ese deseo maldito de la infancia, es el deseo, y el deseo niega al “yo”, pero puede por fin hablar y devolvernos la infancia masacrada por la sociedad, pero no por toda sociedad, sino tan sólo por la sociedad capitalista u occidental, que es la única que niega el deseo tan radicalmente como para que de ella no reaparezca la última luz, que adviene cuando a oscuridad lo domina todo.
“¡Ah, el rey con corona! Todas las noches lo veo”, el rey cuya muerte es la luz, como dijera Ronald D. Laing -demoledoras palabras de Laing- en The Politics of Experience and the Bird of Paradise, olvidando que no hay espacio oloroso alguno, porque cuando Mary Barnes pinta la pared de mierda no quiere decir sino lo más obvio -el sello de la carta robada-, esto es, no quiere decir más que la verdad: y la verdad es que la familia, lo mismo que el manicomio, son dos colonias penitenciarias y dos lugares de castigo y de represión para prohibir el deseo y negar la luz y lo humano.

EGIN, 24 de marzo de 1997, página 6. [En Prosas encontradas]

El misterio de la verdad – Leopoldo María Panero

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Lacan comentó insistentemente que el loco efectúa una confusión entre lo que él llamaba “significante” y “significado”: es así que un enfermo de Leganés se creía que estaba en un regimiento porque estaba en un regimiento, quiero decir en algo parecido a un regimiento; pero de ahí a soñar que es la hora de diana hay, como dice el viejo refrán, “un gran trecho”. Otra loca del citado sanatorio se creía que estaba en un colegio porque estaba en algo parecido a un colegio -quiero decir que la trataban como si fuera una niña-; ahora, de ahí a creer que ya ha llegado la hora del recreo hay, también, como se dice, un margen de diferencia importante.
Y es que, como decía Deleuze, el sentido es una fisura, una grieta que a veces se agranda como la del Gran Cañón.
Ahora bien, si el loco literaliza, el homo normalis no cree en lo que dice, ni hace caso de lo que piensa, y es por ello que la literalización del loco nos sitúa de lleno en el problema -y he dicho bien problema, y no revelación o certeza- de la Verdad.
Si Nietzche se volvió loco fue precisamente para tomarse al pie de la letra lo que decía o pensaba, acabando por pensar que no era como el Anticristo, sino que era el Anticristo: a ese nudo le llamó Lacan la diferencia entre ser y tener falo.
De cualquier modo, la diferencia no es mucha, ni es obviamente ontológica: porque no hay una ontología de la idea equivocada, que es a lo que se llama Psiquiatría, y como decía Spinoza, puesto que lo que yerra son las almas y no los cuerpos, no hay errores absolutos.
Y es que la Psiquiatría también es una confusión entre significante y significado, o un -el único- error absoluto, y esto por cuanto no acepta un margen de diferencia en el signo. Esto es lo que yo llamo el principio de “relatividad cultural”.
Ahora bien, es a partir del positivismo cuando, muerta la fe, se concibe a la Verdad -a la Verdad racional o científica- como dogma, excluyendo de ella todo lo que se considera como error o, peor aún, como no Verdad.
Y no es sólo el loco la víctima de este imperialismo del signo, sino también el primitivo que, sin estar loco, confunde también el significante y el significado. Por ejemplo, un primitivo, citado por Georges Devereux en sus Ensayos de Etnopsiquiatría General, que creía que le habían robado el melón por cuanto habían hecho desaparecer su cabeza: una confusión como la del loco entre el pensamiento y su metáfora.
Porque, terminando con este asunto de la ontología de la verdad, habrá que decir con Poncio Pilatos: “¿Qué es la verdad?”

EGIN, 7 de abril de 1998, página 8. [En Prosas encontradas]

LMP traduce a Lewis Carroll: La caza del Snark (octavo espasmo)

OCTAVO ESPASMO
La desaparición 

Y nada más. Ilustración al octavo espasmo, de Henry Holiday

Y nada más.
Ilustración al octavo espasmo, de Henry Holiday

Lo persiguieron con dedales, y con mucho cuidado;
lo persiguieron tenedores y esperanza;
lo torturaron incesantes con la acción de ferrocarril;
lo hechizaron con sonrisas y mucho jabón.

Muertos de miedo estaban de no cazar nada, nada, y el Castor
al fin, contento, sobre su cola brincaba
aprovechándose de la noche.

“Es Zingumbob el que grita –dijo el Campanero–.
Grita como un demonio,
¡oíd su grito bello, oídlo! Mueve también las manos,
además de gritar, y por si fuera poco,
menea la cabeza, no hay duda
¡de que en sus ojos tiene la mancha de un Snark!”

Y abrieron los ojos al gozo: mas el Carnicero
aún dudaba y se rascaba la cabeza, y por si fuera poco
dijo: “No le hagáis caso: se burla”:

Y entonces vieron al Panadero, el sin nombre,
en lo alto de un peñasco, tan alto como un ángel,
sólo un segundo ¡ay! pues cayó luego
al abismo y se hizo nada. Y ellos, ansiosos:

“¡Es un Snark!” Y era tan bello
que nadie lo creía. Y ahora las risas,
los hurras, aleluyas: luego la voz del mal augurio:
“Es un Bu…”

Y nada más. Unos creyeron
que atravesaba el aire la palabra “Jum”
cansada de existir y de sonar, cansada; otros dijeron
que era sólo la brisa que pasaba.

Buscaron hasta la noche, no hallaron
pluma o botón o seña
alguna que permitiera
afirmar que estaba donde
el Panadero dijo que un Snark
había en lugar de su nombre.

A través del verbo que decir se quiso,
a través de la risa y el gozo
suavemente aquello se había ido y no volvería,
porque el Snark no era un Snark, sino un Bujum,
y más no había.

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LMP traduce a Lewis Carroll: La caza del Snark (séptimo espasmo)

SÉPTIMO ESPASMO
El destino del Banquero

tan grande fue su espanto que el chaleco lo tuvo todo blanco Ilustración al séptimo espasmo, de Henry Holiday

…tan grande
fue su espanto que el chaleco
lo tuvo todo blanco
Ilustración al séptimo espasmo, de Henry Holiday

Lo persiguieron con dedales, y con inmensa cautela;
lo persiguieron tenedores y esperanzas;
lo torturaron con una acción de ferrocarril;
lo hechizaron con sonrisas y jabón.

Y el Barquero, armándose de un coraje tan nuevo,
como para inspirar por doquier asombro,
corrió locamente y se perdió de vista
en su celo de cazar al Snark.

Pero, mientras lo perseguía armado
de dedales y de gran cautela, un Bandersnatch
surgió de repente como el fuego
cazando al Banquero, quien lanzó de desesperanza
un aullido, sabiendo lo imposible de escapar.

Ofreció pródigo rescate, ofreció un cheque
(pagadero “al portador”) por siete
libras diez, pero
el Bandersnatch se contentó con alargar su cuello,
asiendo con más fuerza al Banquero.

Sin desmayo –mientras su furmiantes[1] mandíbulas
lanzaban salvajes mordiscos–
forcejeó, saltó, se debatió hasta
que vencido cayó al suelo.

El Bandersnatch, cuando los otros
corriendo acudieron, huyó: tan sólo
quedó del Banquero el aullido.
Y el de la Campana: “Es exactamente
lo que me temía” –dijo tocando la Campana.

Tenía el pobre
la cara negra, y además
tan grande
fue su espanto que el chaleco
lo tuvo todo blanco: algo
por cierto bastante asombroso.

Ante el horror de quienes lo miraban,
se irguió de gala vestido y con muecas
quiso hablar con lengua que no tuvo.
Caído en una silla, buscaba en el cabello
cosas de su infancia y recuerdos de su abuela
y una sortija de su novia. Y cantó, cantó
con la lengua perdida, más que nunca
frivolente[2], cosas inútiles que demostraban
científicamente su locura, tocando
con dedos de cadáver castañuelas de hueso.

“Dejémosle ahí, se hace tarde
–profiriera el de la Campana temblando–,
hemos perdido medio día; un poco más
y nos quedamos sin el Snark, que ya la noche cae
y nos viene siguiendo”.


[1] Furmiantes: furiosas – humeantes (ver prefacio de esta obra).
[2] “Frivolente”, traducción de “mimsy”, frívolo y doliente.