«triste oficio / el mío, el tuyo, de resucitar muertos»: LMP traduce a Robert Browning

De cómo un niño llegó a la negra torre

Robert Browning
Traducción de Leopoldo María Panero

I
Mi primer pensamiento hubo de ser
todo miente y hay sólo
un viejo tullido que es el signo
de Toda la Mentira, un viejo de pelo
blanco y ojo tenso, perverso, que espera
en mi faz comprobar el efecto
de Toda la Mentira, y su boca que, presa
del temblor más lascivo, no logra
ocultar el prematuro goce
de contar una víctima más.

II
¿Por qué si no estaría señalando con
su báculo, en qué otra dirección, con qué
distinta meta que la de desviar con la promesa
que contiene la mentira al viajero del camino
cuando inevitablemente lo encontrara
una y otra vez en la misma encrucijada?
Y preví
la risa de calavera en que habría de estallar y qué
epitafio escribiría con su muleta en el
camino atestado y polvoriento,
como pasatiempo
para los demás viajeros,

III
Si aceptando su reto me encami-
nara a lo largo del sendero
inexistente del que sólo habla
por ello la Vieja Mentira y que
conduce sólo a la Torre Negra.
Y sin embargo
le obedecí y pensaba
que sería mejor, como él me indicaba
morir en vida que vivir, simplemente. Abrí
pues la puerta estrecha y penetré
en el lugar que no hay, en el sendero. No
me animaba ya esperanza, orgullo en
dirección a la sugeridad
meta, ni siquiera
la extraña dicha de que haber pudiera
tal meta oscuro, tal Peor Sentido.

IV
Porque, pesa a que sin nunca viajar había viajado
y busqué y pese
a mi experiencia y valor, toda esperanza
decreció en mí hasta ser un espectro
que anidaba acurrucado, acurrucado y trémulo
al fondo
de mi alma —donde yo estaba, incapaz
de enfrentarse con la Otra Alegría—
y qué difícil fue el gesto
mismo de andar, sin tener miedo
de estar contento de esa otra manera. Mi
corazón fracasaba.

V
Como cuando un enfermo está al borde
de la Muerte —Dea Tacita, que no habla—
y no está allí por tanto, oye a algún amigo
recomendar a otro que se salga afuera
a tomar un poco de aire fresco, ya que «todo
terminó», dicen, «y no hay lamento alguno
que pueda reparar el dolor»…

VI
Y alguien también discute si al lado
de tantas, tantas, tumbas habrá espacio
bastante para ésta, y cuál día
será el mejor para avisar a la
funeraria y llevarse el cadáver tras
adornarlo bien, y el hombre, repito,
lo oye todo, y sufre sólo
por no defraudar con una muerte
lenta tan tierno amor.

VII
Así busqué durante tanto tiempo y
demasiado había oído la profecía
y
visto el cumplimiento ciego del fracaso en todos
los caballeros que dirigieron sus pasos en esa
misma inquisición de una Torre Distinta,
que sólo
me preguntaba si sería digno
de fracasar como ellos.

VIII
Así, tranquilo como sólo lo está la
desesperación hice crecer la
distancia entre mí y aquel
adominable tullido, aquel
feto negro dejado
allí como mojón y
abandoné igualmente el camino
real para a lo larg
ir de aquel sendero que
me señaló, en el aire.
La jornada
se demostró extenunante como nin-
guna otra jamás lo había sido, oscura y
cercana ya a su fin, pero antes
lanzó una roja y agria mueca para que
se viese antes de morir la luz cómo acogía
la llanura el rayo último:
la oscuridad
del día llegaba así a su fin y
pronto, con la noche, veríamos la luz.

IX
Pero ¡alerta! Tan pronto como
entregué mi destino a la llanura atroz, tras
de dar un paso o dos, cuando me
detuve por
arrojar una mirada
última, compasiva, hacia atrás, no estaba
ya el camino real. Nada
sino llanura alrededor, llanura
y hasta más allá
de los límites del horizonte que no había
para ser más llanura la llanura, ya no
sin nada que pusiere
allí signo o diferencia; ningún
horizonte, sólo yo, sin mí, y el sol
quemante como espejo. Sólo yo, y debía
continuar pues no quedaba
ya otra cosa por hacer.

X
De modo que seguí, sólo hice eso,
mis pasos como martillo en el metal,
mi pensamiento
como un martillo inútil y tenaz. Pensé que
no hubo naturaleza tan infame, hambrienta
y dadora de hambre como ésa. nada que pudiera
erguirse y todo cuanto era se caía,
allí pudo tan sólo
crecer una flor cuyo solo
nombre sospechado
me hizo temblar. Pero no, tártago, cizaña, eran los
vástagos que de acuerdo con su
tendencia innata hacía crecer
estúpidamente para caer, allí se propagaban sin
que nadie fuera apto para podar o
sentir molestia o dolor por su presencia
una y compacta, sin perdón, fisura, tártago o
cizaña, el nudo
de un solo árbol habría sido allí
un cofre en donde, oculto, respirar.

XI
¡No! No, inercia, miseria, una mueca
el paisaje son toda la herencia
que la tierra nos deja.
«Mira o quédate sin ojos», dijo la Naturaleza
de mal humor, y seca como el pecho
de una madre vieja. «Nada puedes
hacer y nada
de lo que hagas importa
—nada o nadie podría curar la
realidad que es llaga, enfermedad
devenida, paisaje—, sólo el Fuego
exhausto y trabajado, último clavo
en la sien desasistida del hombre
que ya no puede llorar, sólo el Fuego
del Juicio Final y la hoguera para
calentarse un viejo con la leña
sacada de la casa demolida, sólo Él podría
calcinar esta suerte de hueso que es cuanto
queda en mí de vida, espíritu, y
liberar mis presos: triste oficio
el mío, el tuyo, de resucitar muertos.»

XII
Y seguí, olvidando
que la había oído, su voz de carne.
Y seguí y unánime aplaudía
el Fracaso, y tanta la Caída
que si cardo alguno
para su desgracia un poco más crecía
que los demás le era cortada
la corola y el tallo, por que no sintieran celos
los que dormían. Quién ese agujero
inscrito habría, tales cortes, en las
hojas negras del lampazo, así de magu-
llado como
para descartar toda esperanza de verdura,
debe de
habitar aquí un hombre con un cuerpo
de animal, una
bestia híbrida, excretando su
vida como una babosa o
un pez en el tembladeral.

XIII
Y en cuanto a la hierba, crecía rala como
el pelo el la lepra, sus
briznas perforaban apenas
el lodo que pa-
recía amasado con sangre: y un tieso
rocín ciego, huesos relucientes
de pura desnudez, estaba
allí quieto y asombrado, quién
sabe cómo lle-
gó hasta ese espacio un día, arrojado
por inservible del establo
inmóvil y putrefacto del diablo.

XIV
¿Vive? Muy bien podría estar muerto, si hay
diferencia alguna entre los dos estados: y con aquel
cuello exhausto, desvaído y
colorado, y los ojos cerrados bajo
la crin lacia y herrumbrosa.
¡Pocas veces lo grotesco fue tan doloroso! Y nunca vi
a una bestia a la que odiara tanto, muy
maligno debió ser en vida, si
es el mal lo que merece el sufrimiento.

XV
Cerré mis ojos y observé
cómo mi corazón se movía como cola
arrancada de gusano, y cual
un hombre que pide un
trago antes de luchar, imploró algún sorbo
de recuerdos más felices antes
de cumplir mi destino. Primero
pensar lo que de combatir se ha, éste es
el arte del soldado, y el sabor
de tiempos idos pone todo en su lugar.

XVI
¡Ni siquiera! Imaginé el
rostro encendido de aquel Cuthbert bajo
su guarnición de hilo dorado, santo
cuyo rostro lamo con lengua cansada.
Soñé así a Cuthbert y creí
por un momento que su brazo
sujetaba el mío para retenerme
siempre en aquel lugar. ¡Ay, otra noche
del desastre más entero! Se aleja el fuego
de mi corazón más nuevo, y sólo
queda, detrás, el frío.

XVII
Y es luego Giles quien aparece
de pie en mi alma, para sentir el frío,
Giles, el espíritu
mismo del honor, tan recto y franco como cuando
por vez primera caballero fue
ordenado. Cualquier cosa a que alguien
claro y valiente atreverse pudiera, él la osó. Pero de nuevo
la escena se demuda, ¿qué manos de verdugo
clavan en su pecho la afrenta de un pergamino? Son
los mismos caballeros de su orden,
¡pobre traidor al que la muerte escupe
y cubre con su maldición!

XVIII
Más vale el presente que vivir otra vez;
otra vida, así que regresé
una vez más al de todos los caminos
más negro, hediondo. Ni un sonido, ni
un matiz, un color, hasta donde los ojos
podían llegar, los ojos que sudaban
el más frío sudor. ¿Enviaría la noche por caridad
un solo murciélago? Pensé, cuando algo
en el llano más lúgubre bloquea
el pensamiento y lo deja
allí convertido en hielo, y varía
inmóvilmente su curso.

XIX
Y ahora, de pronto, un río interrumpe
mi paso, inesperado
como una larga serpiente, que no se ve.
Su corriente
serena no fue, desacorde
con aquella calma, aquella
pesadumbre oscura; y, rica en toda
clase de espuma negra y blanca, hubiera servido
bien de baño a las pezuñas del diablo, por la hirviente
cólera del negro
impulso suyo y por sus aguas
cubiertas de escamas.

XX
Río peligroso y exiguo. A lo largo
de él los alisos enanos y
pocos se inclinaban
no para verse; y los sauces
empapados de agua se arrojaban
allí de cabeza, en un acceso
rotundo de una lenta desesperación, como
por un acuerdo tácito y fulmíneo de suicidio
colectivo y total, como si el mundo
se suicidara entero, con la imagen
del río en las pupilas de
todos los que iban a morir, y el cauce
que al desespero les había
inducido pasaba de largo sin jamás
repetir en sus aguas la silueta.

XXI
Infame arroyo, cuando lo crucé. ¡Dios mío!, qué miedo
tenía de que mi bastón tocara buscando
suelo firme a un hombre
muerto, o de que en mis pies
desnudos y húmedos sintiera su barba
o cabellera viscosa y muerta, convertida
en pez de las profundidades. Tal vez
tal vez sólo fuera una rata
de agua lo que atravesó
de cuajo mi bastón, pero aquel grito
—lo juro— era el de un niño.

XXII
Así que respiré cuando en mitad
de la asfixia llegué a la otra orilla, aun cuando
vanos es el movimiento de la esperanza,
tardo
como el de un gusano al que el pie ha aplastado. No había
ya, en la otra orilla, realidad,
sino lucha, lucha de
sombras anónimas, que nadie podía
saber quiénes
fueron o por qué se
mantenían en «vida» sólo por la lucha
cuyo estremecedor pisoteo convertía
la tierra en un charco. Sapos en un envenenado
estanque o salvajes
gatos en una jaula al rojo. Aquel ruido
me volvió sordo o me volvió loco.

XXIII
A eso el combate semejaba en aquel circo
para Infames. ¿Qué los hacía
pelear mejor que
huir o morir, qué los retenía
en el barro y la lucha? Y ni una huella
en la tierra, pese a que aquel
espacio parecía atestado, y pese a que
ninguna salió nunca de él: un brebaje
sin duda que el espíritu
deja toda la vida agonizante era lo que hacía
a sus cerebros funcionar, con la locura
de la máquina, cual
esclavos de galeras que matándose
divierten al Turco.

XXIV
Y aún peor, un estado más
allá, por qué, para qué podía
ser esa máquina, o freno, o rueda, o hierro útil
¿para embobinar los cuerpos de hombres como seda? Con todo
el aire de ser el
instrumento abominable de Tophet, abandonado
allí por el viento o traído
por una mano sin cuerpo para que le afilaran
la falta de brisa los oxidados dientes.

XXV
Y di un paso más en el horror. Llegué
entonces a un pedazo de
tierra desigual, que fuera
en otra época bosque, más lejos que el recuerdo.
Al lado estaba de un pantano, al parecer, y lo que fuera
antaño reposo del
sol y lo que fuera
un bosque o un padre ahora
sólo desesperada tierra, y
acabada como la vida del viento (así
el loco se divierte, haciendo y
rompiendo), y en un cuarto de acre se extendía
junto a él como digo una ciénaga,
arcilla, escombros de vida, y desnuda
desolación como palabra muda.

XI
Y allí, tan pronto manchas podridas
de algún color, chillón, como el traje
de quien ayer mató a su amigo y hoy se viste
para una fiesta con atuendos
caros que ha malcomprado, tan pronto
manchas donde la miseria
atroz de la tierra se nombra como
musgo poblado de granos y forúnculos
rojos y purulentos; y más tarde, como alivio
de una lluvia para alguien
muerto o agonizante, alguna
encina temblando de una
enfermedad que no se cura, abierta
de par en par por un único tajo como boca
de labios rotos, boca hambrienta
de un hambre que no se cura, y que
sólo se cerrará cuando el
tronco caiga y el barro lo cubra
con vergüenza.

XXVII
Y un paso más, y un paso, ni dos, alteran
este estar lejos como siempre del fin. Nada
sino el atardecer en la distancia, nada que animara
a dar un paso y otro más, y sin embargo
ando con la fuerza de un martillo, con su misma
necesidad, sobre el yunque del que sale fuego
para nada, en lo oscuro. Con la misma
necesidad del golpe, avanzo. Y cuando pensaba
en esto, si eso es pensar, un pájaro
negro hermano y amante
incestuoso de Apollyon pasó al vuelo,
planeando, sin mover
nunca para volar las alas y no obstante
ásperamente me rozaron el pelo y dejaron
allí un líquido
espeso y blanco, semen o sangre. Y de ellas el roce
le digo áspero, como lija o madera
seca, y la semilla
blanca que dejó en mi cerebro
la siento
crecer y moverse entre las glándulas. Era éste quizás,
éste de alas de dragón el guía que buscaba,
el padre.

XXVIII
Y he aquí que al mirar
a lo alto sin creer en el cielo, veo
a pesar de la sombra,
que crecieron montañas donde no había ya nada, montañas que no son
sino tierra y rocas apiladas, montones de
basura que se elevan hasta
tapar el cielo que yo nunca vi. Y aquella visión, aquella
también me cogió por la espalda, a traición: una
y otra vez era enculado por la pesadilla. Escapar.

XXIX
Y asomaba la cara de la trampa. En la boca
amenazaba la palabra, la clave
peor que no saber, que estar oscuro. La había soñado
aquella explicación, la había soñado
ya en alguna pesadilla. Aquí
terminaba el camino. Y cuando
estaba a punto de no pensar, de olvidar, un chasquido
se oyó como una trampa
que para siempre se cierra,
y tú estás dentro de ella.

XXX
Y era peor la luz. Sobre mi mente
cayó como un rayo, quemando
el pensamiento, quemándome, la idea de que
el lugar era ése, de que estaba
yo allí, donde se acaba, y no cabe
arrepentirse o volver
atrás o tan siquiera
pensarlo todo otra vez, donde no hay
salida ya porque se sabe
por entero la Verdad, y no hay por
tanto más que una sola realidad, eterna,
y el tiempo ha muerto: nada más que verdad.
Aquellas dos montañas como toros
agazapados para embestir y con los cuernos
trabados ya en la lucha
y el conflicto sin fin. Y en el centro
la montaña esculpida. Imbécil
de mí, loco, despertarme dormido
el día que esperé toda mi vida.

XXXI
¿Qué había allí, en el medio, sino
la Torre misma, redondo
y chato torreón con almenas
esperando como el Juicio Final, como al final
del laberinto el monstruo? Sí, el redondo
torreón con almenas ciego como el corazón
de un idiota, hecho
de piedra oscura, sin igual
en cualquier paisaje del mundo, conteniendo
en sí toda la mirada. Así el genio
de la tempestad sarcástico lleva de la mano
al timonel contra
el arrecife y él lo sabe
sólo cuando cruje la madera, sólo
por el oído que ensordece, ahora.
La noche. Su luz.
La noche. Deshaz mi cuerpo.

XXXII
¿Cerrar los ojos? ¿En la noche? ¿Llamar a otra noche
más densa en que no pueda ver? No, el día volvió sólo
para eso, para hacerme mirar, mirar. Y antes de ponerse
el sol relumbró por la grieta: había
colinas cual gigantes a la caza
de hombres, con el mentón
en la mano sucia de tierra, para ver
por fin a la presa
acorralada, dando vueltas: ya te
rodea el círculo. «¡Ahora apuñala y remata
a la víctima clavándole la espada
hasta la empuñadura que ya no dice nada!»

XXXIII
¿O tapar los oídos? ¿Para no oír el silencio?
¿Para no oír el estruendo? Sí, el ruido
tenso y vibrante de la más enorme
campana. Y cuando en mis orejas
resonaban, apiñados, los nombres
de los héroes mejores que yo, cuán fuerte
uno era, otro qué valiente,
otro qué dichoso hasta llegar ahí. Y sin embargo todos
y cada uno de tantos
hombres excesivos estaba
perdido, ¡perdido! Y las campanas
doblaron otra vez para que se supiera
el desastre de los siglos.

XXXIV
Ahí estaban de pie, en fila, a los dos lados
de la colina para ver mi fin y verme
entrar en el cuadro y no
moverme allí —en una sábana de
fuego los vi a todos y a
todos los reconozco. Y cuando iba —una
figura más en el cuadro atestado
a ocupar el último lugar en el Museo, a subir
con mi cuerpo al pedestal vacío
para mí, y a
morir, o a estar vivo
para nada en la tela sin embargo
puse el cuerno en los labios por decir
—por decir al aire que no me esperaba—
por decir:
al frío y al viento que después de mí
hablaría girando en derredor
de la Negra Torre, una y otra vez, con
el mismo sonido, por decir —una vez
más— por decir a quienes no oyeron
ni oirán, decir: «Soy un niño, pues
no viví nunca, soy un niño, y
un niño llegó hoy a la Torre Negra, un niño
para hablarles a los muertos del Terror.»

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«Traigo recuerdos del País de Never More»: LMP prologa Peter Pan

Nadie, que yo sepa, ha connotado hasta ahora la inefable rareza de la literatura infantil. Del mismo modo, nadie, que yo sepa, ha admitido hasta hoy lo que del niño se escapa de la concepción normal del niño, la inefable “rareza” de la subjetividad infantil.
Pero empezaremos por la literatura, antes de nuestro inevitable encuentro psicológico del tema. Al cajón de sastre de la literatura infantil han ido a parar autores desesperados y profundamente misántropos como Jonathan Swift, escritos contra el género humano como los “Gulliver’s travels” al mismo tiempo que obras tan esquizofrénicas como “Alicia en el país de las maravillas” o “Alicia a través del espejo”, de Lewis Carroll,[1] así como finalmente obras como las que aquí nos preocupan, el “Peter Pan” de James Matthew Barrie, quien no desdeñó en otras páginas abordar la literatura de terror.[2] La moda actual de la literatura infantil pone efectivamente de relieve el carácter esquizofrénico de toda ella, hecho evidenciado por su inclusión en la literatura moderna de vanguardia, toda ella esquizofrénica al decir de Roger Gentis.[3] Y es que existen, creo, dos antecedentes claros de literatura moderna o de vanguardia: estos son la literatura de terror y la literatura infantil. No toda la literatura infantil, sin embargo, está tocada de ese “olor” esquizofrénico, de esa singularidad máxima propia de la literatura moderna, de esa singular rareza que consiste, como afirma Todorov, en que en ella el terror se halla por todo el relato, y no sólo en una parte de él. Definición ésta de lo moderno que toma a Kafka por su modelo favorito, al tiempo que nos aleja de piadosas ideologías “postmodernas” que restan de la literatura, so pretexto de no sé qué avances, la angustia y la muerte.[4] Con ellas, la edad actual, la edad más obscura, al decir de Ronald D. Laing, se quedaría sin el refugio de la literatura, y sumida en un horror analfabeto, ya que por muchas postmodernidades que se inventen, no se ha avanzado nada hacia el goce.
Yendo todavía un poco más allá en nuestra digresión, la noción de vanguardia como esquizofrénica debiera caracterizar a toda la literatura, como pretende en su notable estudio Javier del Amo, ya que ésta siempre plantea el dilema de una realidad divergente, heteronómica. Del mismo modo, por lo que toca a la literatura infantil, el sueño de Peter Pan no es dulce, y la literatura de L. Carroll “da miedo”. La locura se hace acompañar de una niña, y las niñas son las únicas que escuchan, “fieles a su realidad”, las historias del loco. Y es que, dejando aparte su literatura, existe una percepción de la realidad en el niño que no ha de interpretarse como una “manque”, como una falta de lo real, sino como una divergencia que tiene todo el derecho lógico a existir, lo mismo que la geometría no euclidiana a negar matemáticamente la estructura perceptible de lo espacial.
Del mismo modo, la realidad del niño no ha sido concebida, hasta ahora, como lo que es, es decir, como una realidad divergente, por cuanto no por nada el adulto procede fatalmente a olvidarla, ya que el Ello, según se dice, se crea a partir de los cinco años. De ahí lo que de revolucionario pueda tener el mito de Peter Pan, el niño que no deja de ser niño, milagro que sólo se encontraría en Wendy bajo la forma de Demencia traviesa. Y ello por cuanto esa realidad misteriosa y divergente que late en la infancia no es ajena a la substancia de eso que se ha llamado locura. Lo que luego se llamó esquizofrenia tuvo en principio por nombre el de Daementia precoz o demencia traviesa, sugiriéndose con ello la idea de que la llamada locura no es sino una regresión a la infancia. A algún sitio ha de volverse, por cuanto el vacío no existe y tampoco los viajes a ninguna parte, y en alguna parte de nuestra existencia ha de estar personificado y hecho real lo que luego en ella demora como una potencia o instancia, el inconsciente. En efecto, las alucinaciones del loco son en el niño una forma natural de percepción, por muy increíble que esta afirmación pueda parecer a alguien distinto de una madre avezada en el conocimiento de lo infantil. Peter Pan es, en el cuento, una alucinación de los niños, tal como en otros casos sucede con enanos y duendes, población natural de la mística infantil. Asimismo, un nivel del que responde lo que Freud llamaba “el retorno infantil del totenismo” Peter Pan es la figura totémica del Gran Dios Pan, como muestra, por ejemplo, su flauta, detalle insoslayable de aquel dios. El niño, como el loco, es el enemigo natural del vampiro, al que también se llama “revenant”, o el que vuelve.
Pero aparte del niño y del loco, aunque con una relación nada imaginaria sino natural, existe una tercera persona que tiene acceso a las fuentes de la realidad divergente, de lo suprarreal, del ello o inconsciente. Esta tercera persona es el escritor, y el riesgo de su aventura no radica en ninguna bebida o maléfica droga, sino en que su experiencia delimita ese otro modo de percepción u olor que caracteriza a la experiencia esquizofrénica. La función del escritor es, pues, la función psicoanalítica de canalizar y territorializar este sistema, la lacaniana función de circunscribir el inconsciente.
La neurosis es, así, el tema de la literatura, no su forma. De ahí que la psique del autor suela salir dañada de esta empresa, y que el clavicordio estropeado de Holderlin produzca las mejores notas. La imaginación es siempre una potencia mórbida. Todos tememos la llegada de Peter Pan en nuestras habitaciones cerradas, de aquel que echa a volar, demonio travieso, los papeles para recogerlos después formando una nueva y sorprendente figura. La percepción literaria es una percepción distinta, una percepción tiránica. Como titán es aquel que vuelve de la locura.
Traigo recuerdos del País de Never More: el ojo de una bruja, la cola de una sirena y el gusto de Garfio por las frases de buen tono.
Duro es el precio a pagar por tan sólo la cola de una sirena.
Que los viejos la admiren, como a Susana, e imaginen su rostro.
Yo me esconderé en el Árbol del Ahorcado.


[1] Vid. Gilles Deleuze, “Logique du sens”, cap. ‘La pareja del esquizofrénico y la niña’.
[2]  Vid. la “Antología de la literatura fantástica”, de López Ibor, que incluye un relato de James Matthew Barrie.
[3] Roger Gentis, “Le mur de l’asile”.
[4] Lo mismo que Kojeve dice de Marx, que ha suprimido de Hegel la angustia y la muerte.

Prólogo a la traducción de LMP de Peter Pan, de James M. Barrie (Madrid: Ediciones Libertarias, 1998).

LMP traduce a Lewis Carroll: La caza del Snark (octavo espasmo)

OCTAVO ESPASMO
La desaparición 

Y nada más. Ilustración al octavo espasmo, de Henry Holiday

Y nada más.
Ilustración al octavo espasmo, de Henry Holiday

Lo persiguieron con dedales, y con mucho cuidado;
lo persiguieron tenedores y esperanza;
lo torturaron incesantes con la acción de ferrocarril;
lo hechizaron con sonrisas y mucho jabón.

Muertos de miedo estaban de no cazar nada, nada, y el Castor
al fin, contento, sobre su cola brincaba
aprovechándose de la noche.

“Es Zingumbob el que grita –dijo el Campanero–.
Grita como un demonio,
¡oíd su grito bello, oídlo! Mueve también las manos,
además de gritar, y por si fuera poco,
menea la cabeza, no hay duda
¡de que en sus ojos tiene la mancha de un Snark!”

Y abrieron los ojos al gozo: mas el Carnicero
aún dudaba y se rascaba la cabeza, y por si fuera poco
dijo: “No le hagáis caso: se burla”:

Y entonces vieron al Panadero, el sin nombre,
en lo alto de un peñasco, tan alto como un ángel,
sólo un segundo ¡ay! pues cayó luego
al abismo y se hizo nada. Y ellos, ansiosos:

“¡Es un Snark!” Y era tan bello
que nadie lo creía. Y ahora las risas,
los hurras, aleluyas: luego la voz del mal augurio:
“Es un Bu…”

Y nada más. Unos creyeron
que atravesaba el aire la palabra “Jum”
cansada de existir y de sonar, cansada; otros dijeron
que era sólo la brisa que pasaba.

Buscaron hasta la noche, no hallaron
pluma o botón o seña
alguna que permitiera
afirmar que estaba donde
el Panadero dijo que un Snark
había en lugar de su nombre.

A través del verbo que decir se quiso,
a través de la risa y el gozo
suavemente aquello se había ido y no volvería,
porque el Snark no era un Snark, sino un Bujum,
y más no había.

9

LMP traduce a Lewis Carroll: La caza del Snark (séptimo espasmo)

SÉPTIMO ESPASMO
El destino del Banquero

tan grande fue su espanto que el chaleco lo tuvo todo blanco Ilustración al séptimo espasmo, de Henry Holiday

…tan grande
fue su espanto que el chaleco
lo tuvo todo blanco
Ilustración al séptimo espasmo, de Henry Holiday

Lo persiguieron con dedales, y con inmensa cautela;
lo persiguieron tenedores y esperanzas;
lo torturaron con una acción de ferrocarril;
lo hechizaron con sonrisas y jabón.

Y el Barquero, armándose de un coraje tan nuevo,
como para inspirar por doquier asombro,
corrió locamente y se perdió de vista
en su celo de cazar al Snark.

Pero, mientras lo perseguía armado
de dedales y de gran cautela, un Bandersnatch
surgió de repente como el fuego
cazando al Banquero, quien lanzó de desesperanza
un aullido, sabiendo lo imposible de escapar.

Ofreció pródigo rescate, ofreció un cheque
(pagadero “al portador”) por siete
libras diez, pero
el Bandersnatch se contentó con alargar su cuello,
asiendo con más fuerza al Banquero.

Sin desmayo –mientras su furmiantes[1] mandíbulas
lanzaban salvajes mordiscos–
forcejeó, saltó, se debatió hasta
que vencido cayó al suelo.

El Bandersnatch, cuando los otros
corriendo acudieron, huyó: tan sólo
quedó del Banquero el aullido.
Y el de la Campana: “Es exactamente
lo que me temía” –dijo tocando la Campana.

Tenía el pobre
la cara negra, y además
tan grande
fue su espanto que el chaleco
lo tuvo todo blanco: algo
por cierto bastante asombroso.

Ante el horror de quienes lo miraban,
se irguió de gala vestido y con muecas
quiso hablar con lengua que no tuvo.
Caído en una silla, buscaba en el cabello
cosas de su infancia y recuerdos de su abuela
y una sortija de su novia. Y cantó, cantó
con la lengua perdida, más que nunca
frivolente[2], cosas inútiles que demostraban
científicamente su locura, tocando
con dedos de cadáver castañuelas de hueso.

“Dejémosle ahí, se hace tarde
–profiriera el de la Campana temblando–,
hemos perdido medio día; un poco más
y nos quedamos sin el Snark, que ya la noche cae
y nos viene siguiendo”.


[1] Furmiantes: furiosas – humeantes (ver prefacio de esta obra).
[2] “Frivolente”, traducción de “mimsy”, frívolo y doliente.

LMP traduce a Lewis Carroll: La caza del Snark (sexto espasmo)

SEXTO ESPASMO
El sueño del Abogado

“Vds. deberían saber…” el Juez dijo; mas el Snark exclamó: “¡Vaya!" Ilustración al sexto espasmo, de Henry Holiday

“Vds. deberían saber…” el Juez dijo; mas el Snark
exclamó: “¡Vaya!”
Ilustración al sexto espasmo, de Henry Holiday

Lo persiguieron con dedales, y con inmensa ternura;
con tenedores y esperanzas le siguieron la pista;
lo torturaron con una sola acción de ferrocarril;
lo hechizaron con sonrisas y jabón.

Pero el abogado, harto de buscar la cláusula
para demostrar que el ganchillo del Castor estaba fuera
por completo de la ley, cayó dormido, y en sueños,
vio perfectamente a la criatura
que en su imaginación tan largo tiempo demorara.

Soñó que estaba en un Tribunal en la sombra,
donde el Snark, con monóculo, toga y alzacuello
y una enorme peluca, estaba
defendiendo a un cerdo del delito
de desertar de la pocilga.

Los testigos probaron, que ya la pocilga
estaba suficientemente abandonada,
mientras el Juez susurraba que
también la Ley lo estaba.

La acusación no fue nunca clara;
y, al parecer, el Snark había
hablado por tres largas horas, antes de que
nadie intuyera lo que el cerdo hiciera.

El jurado se formó cada uno un punto de vista diferente
(mucho antes incluso de que la acusación fuera leída)
y hablaron todos al tiempo, de modo de ninguno
supo jamás lo que el otro dijera.

“Vds. deberían saber…” el Juez dijo; mas el Snark
exclamó: “¡Vaya! ¡Ese estatuto tan obsoleto es!
Dejadme que os diga, caballeros, que la entera
cuestión depende de un anciano
derecho del señor.

Si de Traición puede hablarse, cabe decir que el cerdo
ayudó tal vez, pero no fue cómplice
y la Insolvencia tampoco es sugerible,
si es cierta la cláusula de “Irremisible”.

El hecho de la Deserción yo no lo pongo en duda,
pero esa culpa, espero, será lavada
(al menos eso espero, por lo que a las Costas se refiere)
porque el Descargo puede haber sido provocado.

Y es así que el pobre
destino de mi cliente dependerá ahora
del improbable viento de vuestras majestades”;
y el orador se sentó en su lugar
dejando al Juez mirar sus notas
y brevemente resumir el caso.

Pero el Juez dijo no haber recapitulado;
de modo que fue al Snark a quien le tocó en suerte
hacer el resumen de tantos argumentos,
¡y tan bien lo hiciera que más que los Testigos
supo decir lo que allí no había sucedido!

Cuando se requirió el veredicto, el Jurado pasó
por cuanto la palabra no era fácil de enunciar;
pero la esperanza aventuraron de que el Snark
no le daría a la cosa importancia, y tomaría también eso como su deber.

Así que el Snark, aunque deteriorado
por tanta tarea, el veredicto halló,
y dijo: “¡Culpable!”, y el Jurado gritó,
y alguno que otro también se desmayó.

Y por hacerlo todo, el Snark también
pronunció sentencia, el Juez
demasiado nervioso no podía articular
palabra alguna, y cuando se levantó
se hizo un silencio que sólo una aguja
cayendo podía romper.

“Trabajos forzados a perpetuidad –fue  la sentencia que hubo–
y cuarenta libras pague al expirar la condena”;
el Jurado aplaudió,
pese a que el Juez objetara
que la articulación no era muy correcta.

Pero su júbilo infantil lo rompió el Carcelero,
que descubrió del hecho la realidad obscena
de que tal dictamen no tendría el menor efecto
pues el cerdo murió hace mucho tiempo,
rodeado de rosas y de besos de madre.

El Juez dejó el Tribunal, a toda luz disgustado,
y el Snark, aunque algo horrorizado,
como autor de una frase que se perdía,
continuó bramando hasta el final.

Eso soñó el Abogado, mientras de entre los sueños,
como reventando una sábana, apareció por la puerta
un bramido, un terrible sonar cada vez más claro:
era como el toque funesto de un tañido de ánimas
que el de la Campana con la mano tocaba
para despertarlo en medio del mar.

LMP traduce a Lewis Carroll: La caza del Snark (quinto espasmo)

QUINTO ESPASMO
La lección del Castor

“Y el Castor
trajo papel, portafolio, plumas”
Ilustración al quinto espasmo, de Henry Holiday

Lo cazaron con dedales, y con inmenso cuidado;
lo persiguieron con tenedores y esperanza;
lo torturaron con una acción de ferrocarril;
lo hechizaron con sonrisas y jabón.

Luego el Carnicero concibió un plan muy ingenioso,
para hacerse al Snark él solito;
y decidió esperarlo en un lugar sin hombres,
un caído y desolado valle.

Pero el mismo proyecto se le ocurrió al Castor,
que había escogido el mismísimo lugar;
y cuando al verse lo supieron, ni una seña o palabra
traicionaron el disgusto que su cara mostraba.

Cada uno sabía que no había otra cosa que el “Snark”
y el esfuerzo glorioso del día;
y cada uno hacía como si no se hubiera enterado
de que el otro tenía la misma perspectiva.

Pero el valle se hizo más y más estrecho,
y la tarde más oscura y fría,
hasta que
(meramente por los nervios, no de buena voluntad)
empezaron a andar hombro con hombro.

Y al fin un grito, alto y estridente, llenó el cielo de espanto,
y previeron que algún peligro estaba cerca:
el Castor se puso pálido hasta la punta de su cola,
e incluso el Carnicero se sintió aterrado.

Recordó su niñez, tan lejos ya de aquí
–aquel maravilloso e inocente estado–
¡tan parecido era el grito a una tiza
chirriando en la infantil pizarra!

“¡Es la voz del Jubjub!” –gritó súbitamente
el que vulgarmente se llama “Quijada de Caballo”;
“como el de la Campana te dirá seguro –añadió con orgullo–
yo sentí otra vez esa emoción”.

“¡Es la nota del Jubjub! Haced de cuenta, os lo suplico;
veréis que ya lo he dicho dos veces.
¡Es la canción del Jubjub! La prueba es ya completa
si sólo esto lo he dicho tres veces”[1].

El Castor había contado con infinitos escrúpulos
atento a cada palabra;
pero a la tercera el corazón le falló y sintió a la negra
desesperación a su casa llamarlo, por el nombre de su hijo.

El sintió eso, a pesar de los pesares,
algo había la cuenta echado a perder,
y lo único que ahora hacer se podía
era rascar sus dos pobres cerebros
volviendo a empezar de nuevo.

“Dos más uno: ¡Si al menos contar se pudiera
–dijo– con los dedos y con los pulgares!”
recordando, con lágrimas, los días
en que el estudio del cálculo descuidara.

“Puede hacerse –dijo el Carnicero–. Eso pienso,
puede hacerse por cierto, estoy seguro.
Puede hacerse la suma, te lo juro, tráeme
lápiz y papel, tan pronto
como puedas, bicho”.

Y el Castor
trajo papel, portafolio, plumas
y tinta como para que nunca se acabara,
mientras, extrañas y muertas criaturas,
de sus madrigueras
salían y miraban con ojos asombrados.

Tan ocupado estaba el Carnicero, no las vio,
mientras con una pluma en cada mano escribía,
explicando al tiempo en un estilo popular
lo que el Castor podía fácilmente escuchar.

“Toma tres como clave para continuar
–un número conveniente para postular–
añade siete, y diez, y multiplica todo
por mil, menos la cifra de ocho.

Acto seguido se divide, como verá,
el total por novecientos noventa y dos;
quitamos diecisiete, y la respuesta será
exacta y perfectamente cierta[2].

El método empleado te lo explicaría
de buen grado en la cama soñando con mujeres
si sólo tuviera yo el tiempo y la inteligencia tú,
pero aún me queda mucho por decir de todo esto.

En un instante yo vi lo que desde hace tanto
estaba enterrado en el misterio,
y sin sobretasa te daré una amplia
lección de Natural Historia”.

A su modo genial continuó hablando
(olvidando todas las leyes de la propiedad,
pero educar a la gente sin preliminares
hubiera escandalizado al Gran Mundo):

“De temperamento, el Jubjub es ave desesperada,
porque vive en perpetua pasión;
su gusto para el traje es totalmente absurdo:
se remonta a épocas donde el dinosaurio andaba.

Mas a un amigo reconoce siempre:
y no acepta en su cerrado puño un vaso de vino,
y en los mítines de caridad se queda en la puerta
para colectar aunque no dé nada él.

Su sabor cocinado es con mucho mejor
que el del cordero, las ostras o los huevos:
hay quien piensa que conservarlo se puede,
más bien, en jarra de marfil; y otros
apuestan por los barriletes de caoba.

Lo cueces en serrín, no salas con cola,
y para la sopa es mejor mezclarlo
con langosta y cintas de esparadrapo,
siempre conservando el principal propósito:
preservar su forma simétrica”.

De buena gana el Carnicero habría
hablado del Jubjub otros tres días,
pero pensó que toda lección tiene su fin,
y lloró de alegría al tratar de decir
que consideraba al Castor como un amigo.

Al tiempo, el Castor confesaba, con miradas tiernas,
más elocuentes aún que las lágrimas, que en diez
minutos aprendió más que en los libros
habría aprendido en setenta años.

Y a andar juntos volvieron, y el de la Campana,
debilitado (por el momento) por una noble emoción, dijo:
“¡Cosas como éstas compensan de los tenebrosos día
que hemos pasado recorriendo el mar!”

De amigos como éstos, como el Castor y Carnicero
eran ahora, raras veces o nunca se había sabido;
en invierno o verano siempre era lo mismo:
no se los podía encontrar solos.

Y cuando surgían las querellas, como suele ocurrir
en las mejores casas, el canto
del Jubjub ¡volvía a sus cabezas
cimentando una amistad para siempre!


[1] “Tres era la prueba de la verdad”, dice en el original. La vez anterior que se tradujo el verso, por razones de ritmo poético, se puso “cinco”.
[2] El resultado de estas operaciones es 0.

LMP traduce a Lewis Carroll: La caza del Snark (cuarto espasmo)

CUARTO ESPASMO
La caza

“perseguirlo con tenedores y esperanza”
Ilustración al cuarto espasmo, de Henry Holiday

El de la Campana parecía sobresaltado, y frunció el ceño.
“¡Si sólo hubieras hablado antes!
Es en exceso descortés apuntar tal cosa ahora,
con el Snark, por así decirlo, ¡a las puertas!

¡Todos lloraríamos y la pierna frotaríamos,
y encontraríamos granizo en la taza del desayuno
el día en que te dé por desaparecer del todo!
Pero seguro, amigo, antes de emprender viaje
¿no podías haberlo dicho?

Es en exceso descortés mencionarlo ahora,
como creo haber ya sugerido”.
Y el hombre al que ¡“Eh”! llamaban,
con un suspiro dijo valiente:
“Yo os informé cuando embarcamos.

Podríais de algún homicidio culparme
o de un anhelo del sentido, de un hombre
(todos somos débiles a veces)
pero la más ligera insinuación de una
falsa pretensión no fue nunca
ni por asomo uno de mis crímenes.

Yo lo dije en Hebreo, lo dije en Holandés,
en Alemán lo dije, y en Griego también;
pero olvidé del todo (y no sabéis lo que me duele)
¡que era Inglés lo que vosotros hablabais!”

“Es una historia lamentable”, dijo el Hombre
de la Campana, cuyo rostro
se había hecho más y más largo a cada frase;
“Mas ahora que nos referiste tu caso por entero,
un debate más amplio sería absurdo.

Lo que de mi palabra aún queda (explicó a sus hombres)
podréis escucharlo cuando tenga tiempo.
Pero el Snark está a un paso, dejadme que repita
¡es deber glorioso hacer con él de una vez!”

Cazarlo con dedales, y con gran cuidado;
perseguirlo con tenedores y esperanza;
torturarlo con una acción de ferrocarril;
hechizarlo con sonrisas y jabón.

Porque Snark es criatura peculiar, que no admite
ser presa de una forma vulgar.
¡Hacedlo como sabéis, intentad lo imposible:
ninguna posibilidad hoy será desaprovechada!

Porque Inglaterra aguarda[1], pero no iré más lejos
porque es máxima tremenda aunque trivial;
y vosotros mejor deshacéis los paquetes
y tomáis lo necesario, preparándoos
bien para el combate”.

Y, acto seguido, el Banquero endosó un cheque en blanco
(al que cruzó), y convirtió en billetes todo su dinero.
El Panadero peinó con cuidado cabello y bigotes,
y sacudió el polvo de sus vestidos.

El Camarero y el Ropavejero
afilaron una pala
turnándose con la piedra de afilar;
pero el Castor continuó haciendo encaje, y mostró
bien poco interés por la empresa:

en balde Abogado trató de apelar a su orgullo
y vanamente procedió a citar
un gran número de casos en los que el encaje
fuera en contra de la Ley.

El Vendedor de Bonetes sangrientamente preparaba
una nueva modalidad de nudos:
mientras el Marcador de Billetes con mano temblorosa
se frotaba con tiza la nariz.

Mas el Carnicero se puso nervioso, y
se vistió lo mejor que pudo
con guantes amarillos de cabritilla y gorguera;
dijo que quería ir a cenar,
y el de la Campana replicó: “¡Tonterías!”[2]

“Presénteme –dijo el Carnicero–, y así me visto
por si acaso nos toca encontrárnoslo juntos!”
y el de la Campana, sacudiendo sagazmente la cabeza
dijo, “Eso depende del tiempo”.

El Castor se limitó a dar gozosos saltitos
al ver al Carnicero tan débil;
en incluso el Panadero, aunque estúpido y necio,
hizo un esfuerzo por guiñar un ojo.

–“¡Sé hombre” –dijo el de la Campana colérico, al oír
al Carnicero esbozar un sollozo.
“Si tuviéramos que topar al Jubjub, pájaro desgraciado,
¡necesitaríamos toda la fuerza para la empresa!”


[1] “Inglaterra espera que cada uno cumpla con su deber”: de la célebre arenga de Nelson en la batalla de Trafalgar.
[2] Se juega aquí con el doble (y hasta triple) sentido del término “Stuff”: “tonterías”, “paños” y “drogas, bebedizos”.