La medicina y el mal (Algunas observaciones sobre el cuerpo humano)

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Hay enfermedades que, como la lepra y la locura, han sido durante siglos emblema del Mal. Esto por cuanto son símbolos de lo que llámase “maná”, “caja de Pandora” o lo que sea. Se refiere a un cuerpo que entre los animales es colectivo, y esto no sólo en los insectos sociales. El “yo”, la escuela, son así constricciones que nos ayudan a olvidar la sabiduría animal perdida y que se rescata catastróficamente en la locura, y en especial en el delirio de autorreferencia.
Ahora bien, para la Medicina este cuerpo subjetivo o mágico no existe sino como símbolo del Mal, esto es, de la lepra o del sida, vertederos en donde va a parar toda la agresividad latente en la calle o en los bares, lugares de encuentro anónimo y, por tanto, lugares de la animalidad de lo inconsciente. Así, nuestro descubrimiento es que el inconsciente no tiene una estructura personal; no por nada Freud lo llamaba “figura de la no-persona”, de ese “huanchi fori” del que habla uno de los locos aquí prisionero, víctima de una psiquiatría que no existe, lo mismo que el enfermar de sida es víctima de una conciencia mágica que, pese a los interdichos verbales, subsiste en la medicina actual. Esto se revela, por ejemplo, en la imposición de manos, en el carácter hipnótico de la voz del médico, etc., etc.
Ahora bien, la locura y el sida son las víctimas de unas pseudociencias que, llámense Psiquiatría o Medicina, olvidan que, como decía Spinoza, “nadie sabe lo que puede el cuerpo”, y de que vivimos siempre al borde del abismo, rozando ese significante animal sin el “yo”, que, empobrecido, actúa en la llamada locura. Pero no son sólo víctimas de una cuestión de discurso, sino que también lo son de un rumor o de una opinión al que el discurso científico o filosófico no ha tenido nunca la opción de entrar.
Es así que la masa, emblema por excelencia del psiquismo animal o del “no yo”, como primero de todos afirmara Freud, se resiste a la idea, llevada sólo de un pegajoso principio del placer.
Sólo el niño conoce la calle en donde el inconsciente, que es el cuerpo mágico, existe. Sólo el niño no teme a los desconocidos ni es presa de una paranoia estructurada socialmente, y que, también, es considerada como una enfermedad mental y remite a esa otra escena en que aparece, por fuera y por debajo del teatro, la humanidad telepática o la esencia de lo que Bataille llamara “comunicación”
Así pues, el gesto, única posible curación mágica del sida, remite a la nada y al mundo, y el planeta es un sueño de un enfermo de sida.

ABC, 10 de enero de 1993, página 137. [En Prosas Encontradas]

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